domingo, 17 de diciembre de 2017

La ridícula idea de no volver a verte. Rosa Montero

Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día (lo que recuerdo hoy de mi infancia no es lo que recordaba hace veinte años); lo que quiere decir que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria. Y sin esa imaginación que completa y reconstruye nuestro pasado y que le otorga al caos de la vida una aparienciade sentido, la existencia sería enloquecedora e insoportable, puro ruido y furia.

Cuántas veces mentimos las mujeres a los hombres; en cuántas ocasiones fingimos saber menos de lo que sabemos, para que parezca que ellos saben más; o les decimos que les necesitamos para algo, aunque no sea cierto, sólo para hacerles sentir bien; o les adulamos descaradamente para celebrar cualquier pequeño logro. Y hasta nos resulta enternecedor constatar que, por muy exagerada que sea la lisonja, nunca se dan cuenta de que les estamos dando coba, porque en verdad necesitan oír esos halagos, como esos adolescentes que precisan de un apoyo extra para poder creer en sí mismos. Si: son capaces de ir alfrente a combatir en guerras espantosas; de arriesgar la vida subiendo al Everest; de atravesar selvas procelosas para encontras las fuentes del Nilo, pero, en lo emocional, en lo sentimental, en la realidad de cada día, los hombres nos parecen francamente débiles.

Debemos ganarnos la vida y esto nos obliga a convertirnos en un engranaje de la máquina. Lo más dolorososon las concesiones que nos vemos forzados a hacer a los prejuicios de la sociedaden la que vivimos. Debemos hacer más o menos concesiones dependiendo de que nos sintamos más débiles o más fuertes. Si uno no hace suficientes concesiones, lo aplastan; si hace demasiadas, es innoble y se desprecia a sí mismo.

La agonía de Francia. Manuel Chaves Nogales.

Seguíamos manteniendo la ilusión de que la gran ciudad engendra el mito de la ciudadanía. Hemos visto ahora que la gran ciudad moderna, con toda su vibración y su formidable progreso material, es un ser inanimado, una fuerza y una resistencia gigantesca si se quiere pero que sólo actúan en el dominio estricto de su propia función, que permanecen inoperantes cuando se quiere esgrimirlas con una finalidad espiritual superior. Se ha demostrado que es punto menos que imposible paralizar la vida de una gran ciudad, conseguir que dejen de circular sus tranvías, impedir que funcionen sus teatros y sus cines, hacer que se cierren sus mercados y sus bazares, que los guardias dejen de regular el tráfico y los carteros de repartir las cartas. Ni guerras ni revoluciones lo logran. Todo intento contra esta inercia formidable de la gran ciudad está condenada al fracaso.

Francia se ha suicidado, pero al suicidarse ha cometido además un crimen inexpiable con esas masas humanas que habían acudido a ella porque en ella habían depositado su fe y su esperanza. Entre las cláusulas del deshonroso armisticio aceptado por el mariscal Pétain hay una que basta y sobra para deshonrar a un Estado; la cláusula por la que el gobierno francés se compromete a entregar a Hitler, atados de pies y manos, a los refugiados alemanes antihitlerianos que habían buscado su salvación en Francia y a quienes el Estado francés había utilizado sin escrúpulo en el simulacro de lucha contra el hitlerismo. La entrega al verdugo alemán de esos hombres que habían tenido fe en Francia será una de las mayores vergüenzas de la historia.

El pueblo de Francia volvía a encontrar en la promiscuidad de la movilización general su cohesión y su unidad perdidas a lo largo de una guerra civil larvada en la que los ciudadanos no se asesinaban unos a otros -como habían estado haciendo gozosamente los españoles- por pura y simple dificultad material, por la sencilla razón de que la gendarmería no había perdido su eficacia y faltaba el margen de impunidad que es indispensable a los héroes de las guerras civiles.

En realidad, los regímenes totalitarios no marcan una superioridad sobre las democracias más que cuando éstas se hallan interiormente podridas. Frente a una democracia que conserva sus virtudes cívicas la inferioridad y la impotencia de los regímenes totalitarios siguen siendo incuestionables.

El gran delito comunista ha consistido en convertir las agresiones del fascismo contra los pueblos libres en mero instrumento de propaganda del partido. Esta convicción apartó a las masas populares francesas de sus deberes de solidaridad con los pueblos agredidos y permitió impunemente a las derechas desarrollar su política profascista.

Francia no comprendió que, para seguir viviendo con dignidad como nación independiente, los franceses tenían que morir por España, por Checoslovaquia y por Danzig.

Entonces se acusaba de belicistas a los hombres que intentaban provocar una reacción decorosa de Francia ante la vasta maniobra envolvente que metódicamente desarrollaba el hitlerismo con la colaboración de Italia y con la complicidad de los mismos reaccionarios franceses.

Jamás un pueblo ha querido engañarse a sí mismo con tan firme voluntad. No era sólo que sus dirigentes practicasen la política clásica del avestruz.

En sus largas horas de inacciónn, el soldado, a quien se había despojado de sus virtudes cívicas, caía fatalmente en todos los vicios militares sin que llegase a infundirle ninguna virtud militar verdadera.

La masa francesa había caído en la abyección gregaria, no por circunstancial, menos odiosa que el gregarismo consustancial del germano.

De este hecho evidente, de la convicción de que en la democracia los mejor dotados fracasaban mientras en los regímenes totalitarios el material humano más innoble, los antiguos confidentes de la policía, los chulos, los estafadores, toda la escoria de una mesocracia ruin se convierte fácilmente en instrumento eficaz de gobierno, se ha deducido la superioridad fundamental de los regímenes autoritarios.

Porque la única verdad de la decadencia de las democracias radica en el hecho innegable de la rebelión de las masas, el gran fenómeno de nuestro tiempo, provocado no por un afán de superación multitudinario, sino por un desencadenamiento diabólico de los más bajos instintos.

Las democrácias, privadas de la asistgencia de las masas, en cuyo nombre actúan y gobiernan, están perdidas. El totalitarismo, la nueva barbarie, lo único que ha conseguido ha sido sustraer a la democracia las masas populares que eran su razón de ser, pero no porque represente una superación filosófica, ni siquera política, social o económica, sino por el desequilibrio tremendo que se ha producido entre el progreso material y el progreso espiritual, por el hecho puro y simple de que hoy día un adolescente semianalfabeto, pero que tenga buenos movimientos, reflejos y pulmones resistentes puede aterrorizar a una ciudad de millones de habitantes planeando sobre ella con una tonelada de mortíferos explosivos, gracias a un motor cuyo funcionamiento ni siquiera conoce y que conduce a ciegas con sólo mover unos resortes.

Se ha conseguido reducir al mínimum los valores humanos que entran en juego en la lucha y con ese mínimum de humanidad, mejor dicho, con esa animalidad amaestrada que basta para las grandes acciones gracias al progreso meca´nico, los nuevos bárbaros pretenden dominar y esclavizar a una civilización que ni intelectual ni espiritualmente han podido superar.

Hasta ahora no se ha descubierto una fórmula de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una samblea deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia. Es decir, el liberalismo, la democracia. En el mundo no hay más, al menos, por ahora.

La verdad era que había un sector de la vida nacional, acaso el que tenía más influencia social, absolutamente ganado por la propaganda totalitaria.

Era triste ver a los agentes de policía persiguiendo en los cafés, los mercados y los autobuses a quienes pronunciasen una palabra imprudente mientras el derrotismo más descarado se instalaba en los centros vitales del país, irradiaba a las masas merced a los órganos de opinión que hábilmente y por la boca de los máx eximios escritores iban difundiéndolo cautelosamente. Era impresionantge ver cómo la mentalidad nazi había ido ganando a los mejores cerebros de Francia.

El capitalismo francés, penetrado hasta la médula por la propaganda totalitaria, está dispuesto desde luego a rendirse, creía sinceramente que el enemigo tenía razón, reconocía en lo íntimo de su ser que todos los ataques totalitarios contra las plutocracias estaban archijustificados y al ligar su suerte a la del capitalismo británico lo que buscaba era que las condiciones de su entrega fueran lo más ventajosas posibles.

En Francia las gentes burguesas clamaban por la paz a cualquier precio sencillamente porque les molestaba andar a oscuras por las calles, porque se había reducido el servicio de autobuses, porque se les habían suprimido los aperitivos tres días a la semana, porque esaban prohibidos los chocolates de lujo, porque no se podían jugar el dinero en las carreras de galgos, porque no se podía bailar en los cabarets y porque en el cine tenían que aguanar los noticiarios de guerra y en la radio los discursos patrióticos y las marchas militares.

Un Estado puede derrumbarse, un país puede ser invadido sin que se produzca en las masas una reacción profua, pero en cambio no es posible que el servicio municipal de limpieza deje de recoger las basuras durante cuarenta y ocho horas. Las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material, física. La independencia de la patria, los derechos del hombre, los destinos de la civilización, son hoy para la gran masa ciudadana puras abstracciones que no tienen ningún sentido frente al hecho cierto, trangible, irritante, de que al salir del trabajo no se pueda tomar el aperitivo o de que haya que perder una hora haciendo cola ante la puerta de una panadería o de que el tráfico rodado no esté cuidadosamente regulado en las encrucijadas por los agentes de la autoridad.

El hombre moderno puede pasar por penalidades terribles; pero no hay que tenerle demasiada lástima. Su facultad de inhibición es prodigiosa.

No hagamos una guera ideológica -decían los agentes de la quinta columna-; sacrifiquemos la democracia, la liberad política y la república, si es necesario; abandonemos el lastre de nuestros compromisos con los pueblos débiles, que han sido ya arrollados, y de nuestra alianza con Inglaterra, que se niega a capitular y nos obliga a continuar la guerra para defender su imperio y a los capitalistas de la City; adoptemos la doctrina que ha hecho poderoso al adversario y los métodos que le llevan a la victoria; entremos en la órbita de las potencias totalitarias y Francia no perecerá. El equilibrio de las potencias totalitarias en Europa exige la supervivencia de una Francia fuerte. Aun aceptando la hegemonía alemana, Francia, Italia y España, identificadas, tendrán su place au soleil si llegan a formar un solo bloque totalitario en el Mediterráneo, de donde la Gran Bretaña tiene que ser eliminada. Este bloque, andando el tiempo, podrá ser el único contrapeso eficaz de las ambiciones germánicas en Europa, dando por supuesto que la Alemania hitleriana se niegue definitivamente a cumplir la misión providencial para la que había sido creada, la invasión de Rusia y el aniquilamiento del bocheviquismo. Si el imperio británico, por su parte, quiere seguir la guerra hasta la exterminación del nazismo, allá él con sus intereses. Nosotros podemos someternos y nuestra misión nos salva. Si Hitler vence a Inglaterra habremos sido los colaboradores más eficaces de su triunfo y ocasión habrá de cotizarlo. Si Inglaterra vence a Hitler, con la victoria de la democracia británica recobraremos nuestra libertad sin haber tenido que pagar el duro rescate de un millón de vidas que hoy se nos exige por ella. Esta fue la plataforma de la quinta columna. Esto fue lo que arrastró a los patriotas franceses a la traición. Y esto fue lo que triunfó en Burdeos el domingo 16 de junio de 1940 en medio de una muchedumbre indiferente que llenaba los jardincillos del Hôtel de Ville viendo entrar y salir a los ministros con frívola curiosidad mientras las columnas alemanas llegaban a las orillas del Loira sin encontrar resistencia.

Hasta ahora no se ha descubierto ninguna forma de convicencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea deliberante, no hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia; es decir; la paz, la libertad, la democracia. En el mundo no hay más.

martes, 28 de noviembre de 2017

Odiar a Ciudadanos. Jorge Bustos. El Mundo.

Libertad es una palabra que suena bien pero cuyo significado casi nadie comparte porque entraña dolorosas renuncias. Desear ser libre significa primero atribuirse la capacidad de responder por las propias decisiones, lo cual te exilia para siempre del confortable país de la queja, y significa después asumir que cada decisión tomada excluye todas las alternativas. Decidir es renunciar. Solo cuando eres niño lo quieres todo, pero la vida te enseña -a menudo demasiado tarde- que lo primero que debes elegir son los descartes, lo que no quieres ser, de modo que un día puedas vivir reconciliado con el hombre del espejo con el que finalmente te quedaste. La libertad a menudo depara soledad, intemperie sentimental, mediática o parlamentaria. La compañía da calor pero enajena la voluntad, a veces a inquilinos indeseables. Solo amamos lo que elegimos tener. 

Luego está la igualdad. Todos la invocan en público y todos la odian en secreto. Por eso fracasó el comunismo y por eso triunfa el nacionalismo: porque lo último que en esta vida desea un hombre, o una mujer, es ser igual que su vecino. O su vecina. Hubo de venir la Ilustración a notificarle a nuestro supremacista interior que ningún ciudadano es más que otro si no hace más que otro, y que la igualdad de oportunidades es tan justa como la desigualdad de resultados.

El prisionero de Zenda. Anthony Hope.

-A medida que el hombre envejece, más cree en el Destino.

Además, era un hombre joven, amaba la acción y me estaban ofreciendo participar en una clase de juego que quizá nunca ningún otro hombre había jugado.

-¿Me estáis amenazando, Alteza? -preguntó Rupert.
-Una amenaza es la advertencia más inocua que la mayoría de los hombres obtienen de mí.

-No siempre el Cielo hace reyes a los hombres que lo merecen.
-El diablo se entromete en casi todo.

Pero si tal no sucede nunca, si jamás puedo volver a conversar dulcemente con ella, ni a contemplar su rostro, ni a oírle decir que me ama, entonces, de este lado de la tumba seguiré viviendo como corresponde al hombre al que ella dio su amor; y del otro, suplicaré que me sea otorgado un sueño sin sueños.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Eva. Arturo Pérez-Reverte.

Una mujer con algo serio que ocultar -sobre todo si era casada- solía reaccionar con más sangre fría que otra obligada a disimular un simple flirt.


- ¿Y cuál es tu pecado?
- Quizás anteponer todavía, de modo burgués, los sentimientos a la idea colectiva de la humanidad.
Alzó él una mano, solicitando una pausa que le permitiera comprender aquello.
- ¿Y qué tiene eso de malo? - inquirió al fin.
- Quien antepone los sentimientos es culpable.
- ¿De qué?
- Comete errores que ponen en peligro la revolución internacional... Actúa objetivamente como agente del fascismo.


- La democracia es una forma camuflada del capitalismo, y el fascismo, su forma declarada.


- Está hablando de morir.
- Eso no es tan horrible. Los seres humanos llevamos millones de años muriendo.
- ¿Y tu vida?... ¿Tu felicidad?
- La vida no es más que una preocupación burguesa -lo miraba como si acabase de insultarla-. Y la felicidad, un problema de ingeniería social.
En ese punto, ella hizo una pausa. Cuando habló de nuevo, su voz sonaba dura y arrogante.
- Antes hablaste de fe... Yo tengo fe. Eso incluye saber qué papel juego en el engranaje. Estar dispuesta a aceptar las órdenes.
- ¿Todas?
- Todas.
- ¿Incluso ser sacrificada por los tuyos, si llegara el caso?
Eva lo miraba como se mira a un niño incapaz de comprender, o a un idiota.
- No se trata de sacrificio, sino de formar parte de algo históricamente tan correcto, inevitable y evidente como los postulados de Euclides.


Para un marino a bordo de un barco, pensaba, lo mismo que para el soldado en la batalla o para el feligrés arrodillado ante un sacerdote, la enormidad de la propia insignificancia resultaba tan evidente que el único consuelo era imaginarse gobernados por hombre que poseían certezas en lugar de preguntas. O algo parecido. Eso explicaba que siempre hubiera alguien dispuesto a arrepentirse de sus pecados, a pelear por una bandera o a tripular un barco en su último viaje.


Sologastúa -prosiguió el Almirante cuando se alejó el barman -anduvo removiendo bien la mierda separatista vasca, y cuando la cosa se puso turbia se largó a Francia con la familia, a ver los toros desde la barrera... Su mujer va de compras con chófer, las hijas beben cocktails y bailan en el Miramar, y él se da la gran vida. Incordia desde aquel lado de la frontera, sin correr riesgos, mientras sus heroicos gudaris se parten el pecho... O se los partimos nosotros.

Prólogo de A sangre y fuego. Manuel Chaves Nogales.


Yo era eso que los sociólogos llaman un "pequeñoburgués liberal", ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio – como dicen los marxistas –, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionado periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, de ciudadano de una república democrática y parlamentaria. 

Si, como me ocurría a veces, el capitalismo no prestaba de buen grado sus grandes rotativas y sus toneladas de papel para que yo dijese lo que quería decir, me resignaba a decirlo en el café, en la mesa de redacción o en la humilde tribuna de un ateneo provinciano, sin el temor de que nadie viniese a ponerme la mano en la boca y sin miedo a policías que me encarcelasen, ni a encamisados que me hiciesen purgar atrozmente sus errores. Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario.

En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo.

Pero la estupidez y la crueldad se enseñoreaban de España. ¿Por dónde empezó el contagio? Los caldos de cultivo de esta nueva peste, germinada en ese gran pudridero de Asia, nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtíbero los absorbió ávidamente. Después de tres siglos de barbecho, la tierra feraz de España hizo pavorosamente prolífica la semilla de la estupidez y la crueldad ancestrales. Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector social, en esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España.

De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros. Me consta por confidencias fidedignas que, aun antes de que comenzase la guerra civil, un grupo fascista de Madrid había tomado el acuerdo, perfectamente reglamentario, de proceder a mi asesinato como una de las medidas preventivas que había que adoptar contra el posible triunfo de la revolución social, sin perjuicio de que los revolucionarios, anarquistas y comunistas, considerasen por su parte que yo era perfectamente fusilable.

Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo mi deber profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. Me puse entonces al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista, es decir, siendo leal con ellos y conmigo mismo. Hice constar mi falta de convicción revolucionaria y mi protesta contra todas las dictaduras, incluso la del proletariado y me comprometí únicamente a defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevados. Me convertí en el "camarada director", y puedo decir que durante los meses de guerra que estuve en Madrid, al frente de un periódico gubernamental que llegó a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana, nadie me molestó por mi falta de espíritu revolucionario, ni por mi condición de "pequeñoburgués liberal", de la que no renegué jamás.

Vi entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo.

Hombro a hombro con los revolucionarios, yo, que no lo era, luché contra el fascismo con el arma de mi oficio. No me acusa la conciencia de ninguna apostasía. Cuando no estuve conforme con ellos, me dejaron ir en paz.

Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas.

Los "espíritus fuertes" dirán seguramente que esta repugnancia por la humana carnicería es un sentimentalismo anacrónico. Es posible. Pero, sin grandes aspavientos, sin dar a la vida humana más valor del que puede y debe tener en nuestro tiempo, ni a la acción de matar más trascendencia de la que la moral al uso pueda darle, yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo.

Se paga caro, desde luego. El precio, hoy por hoy, es la Patria. Pero, la verdad, entre ser una especie de abisinio desteñido, que es a lo que le condena a uno el general Franco, o un kirguís de Occidente, como quisieran los agentes del bolchevismo, es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo, por la parte habitable de mundo que nos queda, aun a sabiendas de que en esta época de estrechos y egoístas nacionalismos el exiliado, el sin patria, es en todas partes un huésped indeseable que tiene que hacerse perdonar a fuerza de humildad y servidumbre su existencia. De cualquier modo, soporto mejor la servidumbre en tierra ajena que en mi propia casa.

Cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una hora antes, ni una hora después. Mi condición de ciudadano de la República Española no me obligaba a más ni a menos. El poder que el gobierno legítimo dejaba abandonado en las trincheras de los arrabales de Madrid lo recogieron los hombres que se quedaron defendiendo heroicamente aquellas trincheras. De ellos, si vencen, o de sus vencedores, si sucumben, es el porvenir de España.

El resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes –según la imagen clásica– va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado. Desde luego, no será ninguno de los líderes o caudillos que han provocado con su estupidez y su crueldad monstruosas este gran cataclismo de España. A ésos, a todos, absolutamente a todos, los ahoga ya la sangre vertida. No va a salir tampoco de entre nosotros, los que nos hemos apartado con miedo y con asco de la lucha. Mucho menos hay que pensar que las aguas vuelvan a remontar la corriente y sea posible la resurrección de ninguno de los personajes monárquicos o republicanos a quienes mató civilmente la guerra.

El hombre que encarnará la España superviviente surgirá merced a esa terrible e ininteligente selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores. ¿De derechas? ¿De izquierdas? ¿Rojo? ¿Blanco? Es indiferente. Sea el que fuere, para imponerse, para subsistir, tendrá, como primera providencia, que renegar del ideal que hoy lo tiene clavado en un parapeto, con el fusil echado a la cara, dispuesto a morir y a matar. Sea quien fuere, será un traidor a la causa que hoy defiende. Viniendo de un campo o de otro, de uno u otro lado de la trinchera, llegará más tarde o más temprano a la única fórmula concebible de subsistencia, la de organizar un Estado en el que sea posible la humana convivencia entre los ciudadanos de diversas ideas y la normal relación con los demás Estados, que es precisamente a lo que se niegan hoy unánimemente con estupidez y crueldad ilimitadas los que están combatiendo.

No habrá más que una diferencia, un matiz. El de que el nuevo Estado español cuente con la confianza de un grupo de potencias europeas y sea sencillamente tolerado por otro, o viceversa. No habrá más. Ni colonia fascista ni avanzada del comunismo. Ni tiranía aristocrática ni dictadura del proletariado. En lo interior, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra. Rojo o blanco, capitán del ejército o comisario político, fascista o comunista, probablemente ninguna de las dos cosas, o ambas a la vez, el cómitre que nos hará remar a latigazos hasta salir de esta galerna ha de ser igualmente cruel e inhumano. En lo Exterior, un Estado fuerte, colocado bajo la protección de unas naciones y la vigilancia de otras. Que sean éstas o aquéllas, esta mínima cosa que se decidirá al fin en torno de una mesa y que dependerá en gran parte de la inteligencia de los negociadores, habrá costado a España más de medio millón de muertos. Podía haber sido más barato.

Cuando llegué a esta conclusión abandoné mi puesto en la lucha. Hombre de un solo oficio, anduve errante por la España gubernamental confundido con aquellas masas de pobres gentes arrancadas de su hogar y su labor por el ventarrón de la guerra. Me expatrié cuando me convencí de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España.

Caí, naturalmente, en un arrabal de París, que es donde caen todos los residuos de la humanidad que la monstruosa edificación de los Estados totalitarios va dejando. Aquí, en este hotelito humilde de un arrabal parisiense, viven mal y esperan a morirse los más diversos especímenes de la vieja Europa: popes rusos, judíos alemanes, revolucionarios italianos..., gente toda con un aire triste y un carácter agrio que se afana por conseguir lo inasequible: una patria de elección, una nueva ciudadanía. No quiero sumarme a esta legión triste de los "desarraigados" y, aunque siente como una afrenta el hecho de ser español, me esfuerzo en mantener una ciudadanía española puramente espiritual, de la que ni blancos ni rojos puedan desposeerme.

Para librarme de esta congoja de la expatriación y ganar mi vida, me he puesto otra vez a escribir y poco a poco he ido tomando el gusto de nuevo a mi viejo oficio de narrador. España y la guerra, tan próximas, tan actuales, tan en carne viva, tienen para mí desde este rincón de París el sentido de una pura evocación. Cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera. A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen ni dijesen.

Y luchando con ellos y conmigo mismo por permanecer distante, ajeno, imparcial, escribo estos relatos de la guerra y de la revolución que presuntuosamente hubiera querido colocar sub specie aeternitatis. No creo haberlo conseguido.

Y quizá sea mejor así.
Mountrouge (Seine), enero-mayo de 1937.

jueves, 26 de octubre de 2017

El Rey Lear. William Shakespeare.

... ¿Esperas que el miedo imponga silencio al deber, cuando, seducido por vanas palabras, inmolas tu poder a la lisonja?

... Un timbre de voz tímido y modesto no es, ordinariamente, eco de un corazón vacío e insensible.

... Lear: Te lo ruego, hija mía; no hagas que me vuelva loco. No quiero causarte la menor incomodidad, hija mía. Adios, no volveremos a encontrarnos más, pero con todo eres de mi carne, de mi sangre, mi hija. O más bien eres veneno engrendrado de mi sangre corrompida. Nada quiero reprocharte; caiga sobre ti el oprobio cuando quiera; no lo llamaré. No provocaré sobre tu cabeza los dardos del dios que fulgura el rayo. Enmiéndate cuando puedas. Todo puedo sufrirlo con paciencia.

... Insensato quien fía en la mansedumbre de un lobo domesticado, en la grupa de un caballo, en la amistad de un joven y en el juramento de una cortesana.

Cuando vemos a hombre de superior jerarquía compartir nuestros males e infortunios, casi damos al olvido los propios. Quien sufre solo, sufre sobre todo en su alma, considerando a los demás exentos de penas y nadando en venturas.