domingo, 31 de mayo de 2026
jueves, 14 de mayo de 2026
Aristóteles
El pensamiento condiciona la acción, la acción determina el comportamiento, el comportamiento repetido crea hábitos, el hábito estructura el carácter y el carácter marca el destino.
viernes, 24 de abril de 2026
No me gusta mi cuello, de Nora Ephron.
Pero la pura verdad es que es triste pasar de los sesenta. Todo son sombras alargadas: los amigos se mueren o enferman. Te envuelve un velo de melancolía que te obliga a reconocer que tu vida, aunque feliz y afortunada, ha estado llena de decepciones y errores, pequeños y grandes. Hay sueños que nunca se harán realidad, ambiciones que nunca llegarán a alcanzarse del todo. Hay, en suma, arrepentimiento.
Hamnet. Maggie O'Farrell.
Con qué facilidad, piensa Agnes mientras recoge platos, nos pasan desapercibidos el sufrimiento y la angustia de una persona si esa persona guarda silencio, si se lo guarda todo para sí, como una botella con un tapón muy ajustado; la presión aumenta en el interior hasta que... ¿qué?
jueves, 26 de marzo de 2026
Grecia para todos. Carlos García Gual.
Solo tres crateras mezclo. Para
lo que son sensatos: trae salud. La primera, la que se apura al comienzo. La
segunda es de amor y placer. La tercera, de sueño. Después de tomarla los invitados
sensatos regresan a casa. En la cuarta se pierde el dominio, es la de la
insolencia. La quinta es la del jaleo. La sexta, la de los bailes por la calle.
La séptima, la de ojos morados. La octava, la de los alguaciles. La novena, la
de la cólera. La décima, del frenesí. La siguiente, del delirio, que tumba a
cualquiera. Si llenas a menudo la misma copa, por pequeña que sea, acabará por
echarte la zancadilla.
Amamos la belleza con sencillez y
amamos el saber sin relajación. Nos servimos de la riqueza más como oportunidad
para la acción que como pretexto para la ostentación, y entre nosotros no es
motivo de vergüenza para nadie reconocer su pobreza, sino que lo es más bien el
no hacer nada por evitarla. Las mismas personas pueden dedicar a un tiempo la
atención a sus asuntos particulares y a los públicos, y gentes que se dedican a
diversas actividades tienen suficiente criterio con respecto a los asuntos
públicos. Somos, en efecto, los únicos que a quien no participa en esos asuntos
lo consideramos no un despreocupado, sino un inútil; y nosotros mismos cuando
menos exponemos nuestra reflexión sobre los asuntos, o los estudiamos
puntualmente, porque, en nuestra opinión, no son las palabras un perjuicio para
la acción, sino, por el contrario, lo es el no informase por medio de las
palabras antes de acometer lo necesario mediante la acción. También nos
distinguimos en que somos extraordinariamente audaces a la vez que hacemos
nuestros cálculos sobre las acciones a emprender, mientras que a los otros la
ignorancia les da coraje, y el cálculo indecisión. Y justo es que sean
considerados los más fueres de espíritu quienes, sabiendo perfectamente las
penalidades y los placeres, no por eso se apartan de los peligros. Y en cuanto
a la generosidad somos distintos de la mayoría, pues nos ganamos amigos no
recibiendo favores, sino haciéndolos.
Resumiendo, afirma que nuestra
ciudad es, en su conjunto una enseñanza para Grecia, y que cada uno de nuestros
ciudadanos como individuo puede mostrar una personalidad suficientemente capacitada
para las más diversas actividades con una gracia y una habilidad
extraordinarias. Hay en estas palabras de Pericles (es decir, según escribió
Tucídides).
En el centro del nuevo espíritu
panhelénico figuraban dos motivos: el compromiso con la Eleutheria -la libertad
política- y la obediencia al nomos -la ley-. Estos valores eran opuestos a los
de los persas, que vivían sometidos a un gobernante.
Con el fin de explicar cómo
surgió el conflicto bélico Tucídides propone distinguir entre causas y
pretextos.
Las causas de tan profundo
enfrentamiento son la ambición y la envidia y el miedo; los pretextos, las
quejas y recelos de unas ciudades contra otras por motivos ocasionales. Fue el
progresivo aumento del poderío ateniense lo que incitó a la rencorosa Esparta,
azuzada por los corintios, a declarar la guerra. Fue, por otro lado, el afán
por mantener sus dominios, su ansia de poder, lo que hizo que Atenas se
mostrara inflexible frente a sus enemigos.
En un ambiente cívico donde la
retórica y la superioridad intelectual y el arte de la persuasión eran armas
para triunfar, los sofistas encontraron en Atenas un público ávido de sus
enseñanzas y dispuesta a pagar por ellas. A veces se ha comparado a la
sofística con la Ilustración, en cuanto que ambas tratan de educar a la
sociedad -o a una capa “ilustrada” de la sociedad- para su progreso mediante la
razón y la crítica de lo tradicional.
Como advertía Tucídides, en los
asuntos humanos y en los políticos no basta para decidir el éxito lo que los
griegos llamaban gnome (previsión, cálculo racional), si se le opone la tyche
(azar o fortuna).
El individualismo es un rasgo
ubicuo en toda la época; pero en su desarraigo cívico el individuo intenta
sentirse articulado en el orden cósmico, y la propuesta estoica de que todos
los humanos son hijos de un dios providente tendrá un éxito merecido. Por otro lado, los epicúreos negarán toda
trascendencia; en un universo infinito y azaroso formado por infinitos átomos
en combinaciones muy varias, el ser humano es solo un compuesto físico más,
destinado a la muerte, pero que puede ser feliz gozando del placer y la
amistad, apartándose de los torbellinos de la política y las varias creencias.
El pueblo … ¿dónde está? ¿Será
acaso, en las ciudades, esa masa confusa de individuos de oficios múltiples, de
nacionalidades y religiones mezcladas, multitud sin fustos comunes, que une a
duras penas una vaga lealtad hacia el soberano, pero sin comunidad de
intereses, sin conciencia cívica ni una tarea entrega a la gloria de los dioses
o el asombro de “la gente del porvenir”?
Un pueblo sin mitos se moriría de
frío.
Porque ese entramado narrativo da
la respuesta a la inquietud natural de los seres humanos, y su conglomerado de
relatos ofrece una iluminación fabulosa y fantástica del mundo, y habla de sus
raíces ocultas, es decir, de los eres divinos y las acciones que lo
fundamentan. Como si el ser humano necesitara dar sentido a su existencia con esas
historias que le hablan de un trasfondo sagrado, de presencias divinas más allá
del presente efímero y su condición mortal.
(es curioso el declive de las
leyendas del santoral en contraste con la permanencia de los relatos más
fantásticos de la antigua mitología grecolatina)
Hasta qué punto la gente creía o
cree en los mitos es muy difícil precisarlo. En una sociedad primitiva o
salvaje los mitos ofrecen – como apuntamos-una visión ingenua del mundo que
podemos suponer aceptable para una comunidad arcaica. Pero en una comunidad más
desarrollada y moderna la cosmovisión objetiva se funda en la ciencia y la
lógica. No obstante, la visión científica y la tecnología derivada no dan
respuesta a los enigmas vitales, a las últimas preguntas sobre el sentido de la
existencia. De ahí que siempre queden las creencias de la religión y los mitos
-en su inmensa variedad- como promesa de sentido final, “una arriesgada
apuesta”, según Platón.
Ambición, orgullo y miedo son
impulsos primordiales de los conflictos políticos, y la guerra los pone
cruelmente de relieve. El historiador enseña a distinguir “causas” de
“pretextos”, e incluso demuestra cómo en los momentos de aguda crisis el
lenguaje mismo se manipula mostrando la descomposición moral de la sociedad.
El individualismo es una
característica de la época. Epicúreos y estoicos se desentienden de la
felicidad de la colectividad cívica, como de un lastra, y se ocupan solo de la
felicidad individual. Mientras que en la Academia y en el Liceo se sigue conservando
el programa escolar donde las lecciones de metafísica alternan con otras
científicas, en la línea de sus fundadores, en el Jardín y en la Estoa el
filosofar tiene una finalidad ética personal
El filosofar es, sobre todo, una
propuesta para la vida feliz, logrando la serenidad de ánimo, sin temores ni
pasiones. Más allá de ese objetivo común, las dos escuelas se oponen
radicalmente en sus tesis básicas y sus recetas morales.
Para Epicuro la felicidad se
funda en el placer y en la ausencia de temor, dolor y angustia.
En su sistema materialista niega
la pervivencia del alma; también esta, compuesta de átomos, muere con el
cuerpo. Por otra parte, desaconseja la actuación política y la búsqueda de fama
y honores.
El fundador de la Estoa, Zenón de
Citio, proclama que sólo la virtud (la areté) es el camino seguro hacia la vida
feliz..
Más allá de las penas y dolores y
de los accidentes posibles, el sophós desapasionado se mantiene sereno y
ecuánime, como la roca en el oleaje marino. Los estoicos piensan que lo real es
la manifestación de un orden superior, y que el cosmos tiene su sentido y está
guiado por una divinidad providente.
El humanismo promueve la libertad
de pensamiento, un afán de búsqueda de la verdad, con un progreso hacia un
horizonte cosmopolita. Rechazando dogmatismos e imposiciones, en él resuena
como un eco la frase del sofista Protágoras: “El ser humano es la medida de
todas las cosas”.
En el marco de ese antiguo mundo
helénico surgieron la teoría política y la praxis democrática, la poética y los
géneros literarios, la filosofía y la ciencia, y las creaciones de un arte que
consideramos clásico y los juegos atléticos que aún imitamos.
Fue en el espacio geográfico griego,
en unos pocos siglos, y en el marco de las ciudades helénicas, esas poleis que
caracterizan a la sociedad clásica griega, donde aparecen y se desarrollan
nuevos conceptos acerca de la vida libre y la búsqueda de la verdad, conceptos
que aún nos parecen esenciales para una existencia digna. Y en ese ámbito se
inicia la reflexión crítica sobre la condición humana en el cosmos, la filosofía
que de alguna manera inicia la tradición del saber crítico, y que aún, pienso,
nos resulta intrigante y familiar. En esa Grecia se expresa, como nunca antes,
la consideración del ser humano como medida de todas las cosas. Allí surgió la
democracia, ese sistema de gobierno donde los ciudadanos, libres e iguales, configuran
una forma ejemplar de convivencia política, una comunidad basada en la ley, el
orden social y la libertad (que se asegura mediante la téchne politiké, como
decían Protágoras, Platón y Aristóteles.
Heráclito: physis philei
kryptesthai, “la naturaleza gusta de ocultarse”.
Descubrieron y practicaron la
filosofía con muy diversos maestros. Fueron creando los grandes géneros literarios:
la épica heroica, la lírica coral y personal, y el drama teatral, en sus dos
subgéneros clásicos, la tragedia y la comedia. E inventaron y diseñaron la historiografía,
la biografía, y las novelas de amor y aventuras. Por otra parte, trazaron los
ejes teóricos de múltiples ciencias, desde la matemática a la biología y las ciencias
naturales, pasando por la medicina hipocrática y la astronomía. Con su sentido
propio de la belleza y la armonía, diseñaron los cánones del arte del
clasicismo occidental tanto en la arquitectura como en la escultura y la
pintura. Y fueron artistas admirables tanto en las artes mayores como en alguna
artesanías menores, como la cerámica. Diseñaron los ideales de una educación
humanista -la famosa paideia-, moral y poética, gimnástica y racional, para una
existencia consciente y digna de ser vivida en libertad.
Lo fatal. Rubén Darío.
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...
lunes, 16 de marzo de 2026
Hamlet. William Shakespeare.
Hamlet:
¿Qué parece decís, señora?
no hay tal: es; yo no sé de pareceres,
no es tan solo mi capa color tinta,
mi buena madre, ni mi usual ropaje
solemnemente negro, ni el suspirar ruidoso
con forzado resuello.
No, ni el copioso río de los ojos,
ni el aspecto abatido de mi rostro,
junto a todas las formas
y talentes y nuestras de dolor,
lo que puede de veras expresarme.
Todo eso en efeto es parecer,
pues son actos que un hombre muy bien puede fingir,
pero yo llevo dentro lo que va más allá
de cualquier apariencia;
lo otro son los arreos y galas de la pena.
Hamlet:
¡Oh, Dios mío, Dios mío, qué fatigosos, rancios,
vanos y sin provecho,
me parecen los usos de este mundo!
Hamlet:
Sospecho alguna sucia treta;
ojalá fuera ya de noche;
hasta entonces, serénate, alma mía;
las perfidias saldrán a plena luz
aunque la tierra entera las sepulte
a la mirada humana.
Polonio:
No te muestres lenguaraz
para tus pensamientos, ni pongas en acto
un pensamiento desproporcionado.
sé natural; pero vulgar, de ningún modo.
los amigos que tengas,
y puesta a prueba su adopción,
aférralos a tu alma con anillas de acero;
pero no hagas callosa la palma de tu mano
agasajando a cada camarada imberbe
y no salido aún del cascarón;
cuídate de meterte en una riña,
pero una vez metido, llévala de tal modo
que sea tu oponente quien se cuide de ti.
Presta a todos tu oído, pero a pocos tu voz;
Recibe las censuras de cualquiera,
pero resérvate tu juicio;
tu ropa tan costosa como alcance tu bolsa,
mas no manifestada estrafalariamente:
rica sí, no ostentosa
pues muchas veces por el atavío
se ve lo que es un hombre,
y en Francia los de más alcurnia y rango
del modo más selecto y generoso
sobresalen en esto. Nunca pidas prestado
ni prestes tú, que un préstamo casi siempre te lleva
a perder el dinero y el amigo.
Y el pedir mella el filo de tu buen gobierno.
Y sobre todo esto: sé sincero
contigo mismo, y de ello ha de seguirse,
como la noche sigue al día, que no podrás entonces
ser falso con ninguno.
Ofelia:
Señor, me ha requebrado de manera honesta.
Apolonio:
Bien sé yo
cuando abrasa la sangre, con qué soltura el alma
presta promesas a la lengua;
estas pavesas, hija, con más luz que calor,
que una y otra se extinguen en su promesa misma
mientras aún está haciéndose,
no debe confundirlas con el fuego.
Hamlet:
Es costumbre que se honra mas
rompiéndola que respetándola
Hamlet:
No hay nada bueno o malo, sino que el pensamiento lo hace
tal.
Hamlet:
Ser o no ser, de
eso se trata;
...
¿quién soportaría
los azotes
y escarnios de los tiempos, el daño del tirano,
el desprecio del fatuo, las angustias
del amor despechado, las largas de la ley,
la insolencia de aquel que posee el poder
y las pullas que el mérito paciente
recibe del indigno, cuando él mismo podría
¿Dirimir ese pleito con un simple punzón?
¿Quién querría cargar con fardos,
rezongar y sudar en una vida fatigosa,
¿Si no es porque algo teme tras la muerte?
Esa región no descubierta,
de cuyos límites ningún viajero
retorna nunca, desconcierta
nuestro albedrío, y nos inclina
a soportar los males que tenemos
antes que abalanzarnos a otros que no sabemos.
De esta manera la conciencia
hace de todos nosotros cobarde,
y así el matiz nativo de la resolución
se opaca con el pálido reflejo del pensar,
y empresas de gran miga y de mucho momento
por tal motivo tuercen sus caudales
y dejan de llamarse acciones.
Rey:
¿Puede ser personado uno, y a la vez
retener el delito? En los cursos
corruptos de este mundo,
puede, cubierta de oro, la mano del delito
hacer a un lado a la justicia,
y vemos a menudo que el precio infecto mismo
compra a la ley; mas no es así en lo alto,
allí no se hace trampa: allí la acción se muestra
en su naturaleza verdadera,
y allí nosotros mismos nos vemos obligados
a rendir nuestras pruebas de nuestros delitos
a rostro descubierto.
Rey:
Si mis palabras vuelan,
mi pensamiento en cambio permanece en el suelo;
palabras sin ideas nunca alcanzan el cielo.
Reina:
Ay, Hamlet, no hables más.
Me haces volver los ojos al fondo mismo de mi alma,
y veo allí unas manchas
yan negras en sus fibras íntimas,
que nunca perderán su tinte.
Hamlet:
La costumbre, ese monstruo que se come
todos nuestros sentidos, demonio de los hábitos.
Hamlet:
Tengo que ser cruel; sólo para ser bueno.
Ahora empieza lo malo, y falta lo peor.
