Mientras a consecuencia de las leyes y de las costumbres exista una condenación social, creando artificialmente, en plena civilización, infiernos, y complicando con una humana fatalidad el destino, que es divino; mientras no se resuelvan los tres problemas del siglo: la degradación del hombre por el proletariado, la decadencia de la mujer por el hambre, la atrofia del niño por las tinieblas; en tanto que en ciertas regiones sea posible la asfixia social; en otros términos y bajo un punto de vista más dilatado todavía, mientras haya sobre la tierra ignorancia y miseria, los libros de la naturaleza del presente podrán no ser inútiles.
Lo que de los hombres se dice,
verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y sobre todo en su vida,
como lo que hacen.
No era bastante ignorante para
ser absolutamente indiferente.
Quien no ha sido obstinado
acusador durante la prosperidad debe callarse ante el derrumbamiento. El
denunciador del éxito es el sólo legítimo justiciero de la caída.
Quien no ha sido obstinado
acusador durante la prosperidad, debe callarse ante el derrumbamiento. El
denunciador del éxito es el sólo legítimo justiciero de la caída.
Vivimos en una sociedad sombría.
Medrar, tal es la enseñanza que gota a gota cae de la corrupción a plomo sobre
nosotros.
Dicho sea de paso, el éxito es
una cosa bastante fea. Su falso parecido con el mérito engaña a los hombres de
tal modo que para la multitud, el fringo tiene casi el mismo rostro que la
superioridad.
Aprovechad la ocasión de medrar y
tendréis lo demás; sed afortunados y os creerán grande. Fuera de cinco o seis
excepciones inmensas, que son el orgullo y la luz de un siglo, la admiración
contemporánea no es sino miopía: se toma el similor por el oro: no importa que
uno sea advenedizo si llega a su objeto el primero. El vulgo es un viejo
Narciso que se adora a sí mismo, y que aplaude todo lo vulgar.
Confunden con las constelaciones
del firmamento las huellas estrelladas que dejan en el cieno blando de un
lodazal las patas de los gansos.
¿Qué más necesitaba aquel anciano
que repartía los ocios de su vida, donde tan poco lugar había de estar ocioso,
entre cuidar su jardín de día y la contemplación de noche? Aquel estrecho
cercado que tenía por bóveda los cielos, ¿o era bastante para poder adorar a
Dios, ya en sus obras más hermosas, ya en las más sublimes? ¿Qué más podía
desear? Un pequeño jardín para pasearse y la inmensidad para meditar. A sus
pies lo que podía cultivar y recoger, sobre su cabeza lo que se puede estudiar
y meditar: algunas flores sobre la tierra y todas las estrellas en el cielo.
… era sencillamente un hombre que
observa desde fuera las cuestiones misteriosas, sin escrutarlas, sin agitarlas
y sin perturbar su propio espíritu, y que tenía en el alma el grave respeto de
la sombra.
Todas las invasiones de la
historia están determinadas y señaladas por mujeres. La mujer es el derecho del
hombre. Rómulo robó las sabinas, Guillermo robó las sajonas, César robó las
romanas. El hombre que no es amado se cierne como un buitre sobre los amores
del prójimo. Por lo que a mí hace, a todos esos infortunados que están viudos,
les dirijo la sublime proclama de Bonaparte al ejército de Italia:
<<Soldados, carecéis de todo. El enemigo lo tiene.>>
Hay almas, que como el cangrejo,
retroceden continuamente hacia las tinieblas, que retrograda más que adelantan
en la vida, empleando su experiencia en aumentar su deformidad, empeorándose
sin cesar, e impregnándose más y más de un tizne creciente.
Cuando se le vio ganar dinero, se
dijo: <<Es un negociante.>> Cuando se le vio derramar su ganancia,
se dijo: <<Es un ambicioso.>> Cuando se le vio desechar los
honores, se dijo: <<Es un aventurero.>> Cuando se le vio rechazar
la sociedad, se dijo: <<Es un bruto.>>
Comía siempre solo, con un libro
abierto delante de sí, en el cual leía. Tenía una pequeña y escogida
biblioteca; gustaba de los libros: los libros son amigos fríos y seguros.
Querer prohibir a la imaginación
que vuelva a una idea, es lo mismo que querer prohibir al mar que vuelva a la
playa. Para el marinero este fenómeno se llama marea; para el culpado se llama
remordimiento.
Las realidades del alma no dejan
de ser realidades porque sean invisibles e impalpables.
La probidad, la sinceridad, el
candor, la convicción, la idea del deber, son cosas que, engañándose, pueden
ser repugnantes; pero aun repugnantes, son grandes; la majestad propia de la
conciencia humana subsiste en el horror; son virtudes que tienen un vicio, el
error. El impío y honrado placer de un fanático en medio de la atrocidad
conserva algún resplandor lúgubre, pero respetable.
Wellington, caprichosamente
ingrato, declara en una carta a Lord Rathurst, que su ejército, el ejército que
combatió el 18 de junio de 1815, era <<un ejército pésimo>>. ¿Qué
piensa de esta frase ese oscuro montón de huesos sepultados bajo los surcos de
Waterloo?
El soldado de hierro vale tanto
como el duque de hierro.
Mientras uno vive en su país
natal, cree que las calles le son indiferentes; que las ventanas, los tejados y
las puertas nada significan; que las paredes le son extrañas; que los árboles
son como otros cualesquiera; que las casas cuyo umbral no se pisa son inútiles;
que el suelo que se pisa se solamente piedra. Pero después, cuando se ha
abandonado la patria, se conoce que aquellas calles son objeto de cariño; se
siente la falta de aquellas ventanas, de aquellos tejados y aquellas puertas;
se echa de ver que aquellas paredes son necesarias; que aquellos árboles son
queridos; que en aquellas casas cuyo umbral no se pisaba se entraba todos los
días, y que el desterrado ha dejado su sangre y su corazón en aquel suelo.
Todos esos sitios que no se ven ya, que no serán nunca quizá, y cuya imagen se
han conservado viva, toman un encanto doloroso, se presentan con la melancolía
de una aparición, hacen visible la tierra sagrada, y son, por decirlo así, la
forma misma de la patria: se les ama; se les evoca tales como son, tales como
eran; se recuerdan obstinadamente, y no se nota que hayan cambiado nada, porque
se ven en ellos el rostro de la madre.
Estudiemos las cosas que ya no
existen. Es necesario conocerlas, aunque no sea más que evitarlas. Las
falsificaciones de lo pasado toman falsos nombres, y se apropian a sí mismas el
del porvenir; lo pasado es un viajero que puede falsificar el pasaporte:
estemos prevenidos, desconfiemos. Lo pasado tiene una fisonomía, la
superstición; una máscara, la hipocresía. Denunciemos la fisonomía y arranquemos
la máscara.
Negar la voluntad del infinito,
es decir, negar a Dios, es cosas que sólo puede hacerse negando el infinito; y
que el infinito existe, lo hemos demostrado.
La negación del infinito nos
lleva vía recta al nihilismo, y entonces todo se convierte <<en un puro
concepto del espíritu>>.
Con el nihilismo no hay discusión
posible; porque si el nihilismo es lógico, niega que su interlocutor exista, y
tampoco está s4eguro de su propia existencia.
Aplicando su doctrina, es posible
que no sea para sí mismo más que un <<puro concepto del espíritu>>.
Pero no cae en que todo lo que
niega lo admite en junto, con sólo pronunciar la palabra:
<<Espíritu>>.
A este monosílabo no hay más que
una respuesta posible: sí.
El nihilismo no tiene
trascendencia alguna.
Y la nada no existe; el cero no
existe. Todo es algo; porque la nada es nada.
El hombre vive de afirmación más
que de pan.
Ver y enseñar no basta.
La filosofía debe ser un poder
vivo, y debe tener por esfuerzo y por efecto la mejora del hombre. Sócrates
debe entrar en Adán y producir a Marco Aurelio; en otros términos, es preciso
hacer del hombre de la felicidad, el hombre de la sabiduría: transformar el
Edén en el Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Sólo gozar! ¡Qué objeto tan
triste! ¡Qué ambición tan pequeña! Los brutos gozan. Pero ¡pensar! Ése es el
verdadero triunfo del espíritu. La misión de la filosofía real es hacer fluir
el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles a todos en elixir la
noción de Dios; unir fraternalmente en ellos la conciencia y la ciencia, y
hacerlos justos por medio de esta unión misteriosa. La moral es un ramillete de
verdades y la contemplación nos lleva a la acción. Lo absoluto debe ser
práctico; lo ideal debe ser respirable, potable, comestible al espíritu humano.
Sólo lo ideal puede decir: Tomad, ésta es mi carne; tomad, ésta es mi sangre.
La sabiduría es una comunión sagrada. Sólo bajo esta condición deja de ser un
amor estéril de la ciencia para convertirse en el modo único y soberano de la
unión humana, y pasar de ser filosofía a ser religión.
La filosofía no debe ser un
edificio construido sobre el misterio para mirarlo fácilmente, sin más
resultado que una distracción de la curiosidad.
Aunque dejamos para otra ocasión
el desarrollo de nuestro pensamiento, diremos aquí que no comprendemos ni el
hombre como punto de partida ni el progreso como fin, sin están dos firmezas,
que son los dos motores: crear y amar.
El progreso, es el fin; lo ideal,
es el tipo.
¿Qué es lo ideal? Dios.
Lo ideal, lo absoluto, lo
perfecto, lo infinito; todo esto es idéntico.
¡Qué olas tan poderosas son las
ideas! ¡Cómo cubren rápidamente todo lo que deben destruir y sepultar en
cumplimiento de su misión, y cuán pronto excavan terribles profundidades!
No debemos renegar de la patria
ni en lo pasado ni en lo presente. ¿Por qué no hemos de admitir toda la
historia? ¿Por qué no hemos de amar a toda Francia?
Por lo demás, era un joven
entusiasta… Puro hasta ser insociable.
¿Cómo le subyugaba Enjolras? ¿Por
las ideas? No, por el carácter. Fenómeno observado muchas veces. Un escéptico
que se une a un creyente es una cosa tan sencilla, como la ley de los colores
complementarios; siempre nos atrae lo que nos falta; nadie ama la luz como el
ciego.
… porque hay hombres que parece
que han nacido para ser el verso, el anverso y el reservo; que son al mismo
tiempo Pólux y Patroco, Niso y Eudámidas, Efestión y Pechméja. Sólo viven a
condición de estar unidos a otro; su nombre es una continuación, y sólo se
escribe precedido de la conjunción y; su existencia no les pertenece; es el
otro lado de un destino que no es el suyo. Grantaire era uno de esos hombres;
era el reverso de Enjolras.
La vida, la desgracia, el
aislamiento, el abandono, la pobreza son campos de batalla que tienen sus
héroes; héroes oscuros, pero más grandes a veces que los héroes ilustres.
Hay naturalezas firmes y raras
que han sido creadas así; porque la miseria, que es casi siempre una madrastra,
es algunas veces madre; la desnudez engendra en ocasiones el vigor del alma y
del talento; la miseria amamante la altivez; la desgracia suele ser un buen
alimento para los corazones magnánimos.
Se daba testimonio de que nunca
había debido un sueldo a nadie, porque creía que una deuda era el principio de
la esclavitud; y se decía que un acreedor es peor que un amo, porque un amo no
posee más que la persona, pero un acreedor posee la dignidad, y puede
abofetearla…
… son raros aquellos que han
caído y no se han degradado. Además, hay un punto en que los infortunios y las
infamias se confunden y mezclan en una sola palabra fatal: los miserables.
El pensamiento es el trabajo de
la inteligencia, la meditación fantástica es la voluptuosidad; reemplazar aquél
por ésta es confundir un veneno con un alimento.
Se ha abusado tanto de las
miradas en las novelas amorosas, que se han concluido por darles poca
importancia; apenas se atreve hoy un novelista a decir que dos seres se han
amado porque se han mirado; y sin embargo, así es como únicamente se ama. Lo
demás no es sino lo demás, y viene después. Nada es más real que estas grandes
sacudidas, que dos almas se impresionen mutuamente al cambiar esta chispa.
Y además, cosa extraña, el primer
síntoma del verdadero amor en un joven es la timidez, y es una joven es el
atrevimiento.
Es un error creer que la pasión
es pura cuando es feliz, y que conduce al hombre a un estado de perfección; le
conduce simplemente, como hemos dicho, al estado de olvido. En esta situación,
el hombre se olvida de ser malo, pero se olvida también de ser bueno. El
agradecimiento, el deber, los recuerdos esenciales e importunos desaparecen.
Como hemos dicho ya, en el primer
amor se toma el alma antes que el cuerpo; después se toma el cuerpo antes que
el alma, y aun algunas veces no se toma el alma del todo.
La convicción irritada, el
entusiasmo frustrado, la indignación conmovida, el instinto de guerra
comprimido, el valor de la juventud exaltada, la ceguedad generosa, la
curiosidad, el placer de la variación, la sed de lo inesperado, el sentimiento
que hace experimentar placer al leer el cartel de un nuevo espectáculo, y al
oír en el teatro el silbato del maquinista; los odios vagos, los rencores, las
contrariedades, la vanidad que cree que ha fracasado el destino; el malestar,
los pensamientos profundos, las ambiciones rodeadas de abismos; todo el que
espera de un derrumbamiento una salida; y en fin, en lo más bajo la turba, ese
lodo que se convierte en fuego tales son los elementos del motín.
La multitud tiene cierta
tendencia a admitir un amo. Su masa produce la apatía; la multitud se totaliza
fácilmente en la obediencia. Y es preciso removerla, empujarla, animar a los
hombre con el beneficio de su libertad, deslumbrar sus ojos con la verdad,
arrojarles la luz a puñados. Es preciso que se vean un poco deslumbrados para
su propia salvación; porque este deslumbramiento los despierta.
Los grandes dolores llevan en sí
mismos el decaimiento, desaniman; el hombre en quien penetran siente retirarse
alguna cosa. En la juventud, su visita es lúgubre; más tarde, es siniestra. Cuando
la sangre está caliente; cuando los cabellos son negros; cuando la cabeza está
recta sobre el cuerpo como la llama sobre la antorcha; cuando la rueda del destino
tiene aún casi todo su espesor; cuando el corazón lleno de amor tiene aún
latidos que pueden renacer; cuando se tiene delante tiempo para repararlos; cuando
aún existen para él todas las mujeres, toda las sonrisas, todo el provenir y
todo el horizonte; cuando la fuerza de la vida está completa, si la desesperación
es una cosa terrible, ¿qué será en la vejez cuando los años se precipitan cada
vez más pálidos, en esa hora crepuscular en que se principian a descubrir las
estrellas de la tumba?
Las estatuas, bajo los árboles,
desnudas y blancas, tenían ropajes de sombra, agujereados de luz; eran diosas
con harapos de sol, pues los rayos les colgaban de todas partes.
Las razas petrificadas en el
dogma, o desmoralizadas por el huero, son impropias para dirigir la
civilización. La genuflexión ante el ídolo o ante el escudo, atrofia el músculo
que anda y la voluntad que va. La absorción hierática o comercial aminora el
radio de un pueblo, baja su horizonte al bajar su nivel, y le retira el
conocimiento, a la vez humano y divino, del fin universal, que constituye las
naciones misioneras.
Duerme. Aunque la suerte no le
fue propicia,
vivía, y murió cuando perdió a su
ángel.
La muerte le llegó sencillamente,
como llega la noche cuando se
marcha el día.
