jueves, 26 de marzo de 2026

Grecia para todos. Carlos García Gual.

Solo tres crateras mezclo. Para lo que son sensatos: trae salud. La primera, la que se apura al comienzo. La segunda es de amor y placer. La tercera, de sueño. Después de tomarla los invitados sensatos regresan a casa. En la cuarta se pierde el dominio, es la de la insolencia. La quinta es la del jaleo. La sexta, la de los bailes por la calle. La séptima, la de ojos morados. La octava, la de los alguaciles. La novena, la de la cólera. La décima, del frenesí. La siguiente, del delirio, que tumba a cualquiera. Si llenas a menudo la misma copa, por pequeña que sea, acabará por echarte la zancadilla.


Amamos la belleza con sencillez y amamos el saber sin relajación. Nos servimos de la riqueza más como oportunidad para la acción que como pretexto para la ostentación, y entre nosotros no es motivo de vergüenza para nadie reconocer su pobreza, sino que lo es más bien el no hacer nada por evitarla. Las mismas personas pueden dedicar a un tiempo la atención a sus asuntos particulares y a los públicos, y gentes que se dedican a diversas actividades tienen suficiente criterio con respecto a los asuntos públicos. Somos, en efecto, los únicos que a quien no participa en esos asuntos lo consideramos no un despreocupado, sino un inútil; y nosotros mismos cuando menos exponemos nuestra reflexión sobre los asuntos, o los estudiamos puntualmente, porque, en nuestra opinión, no son las palabras un perjuicio para la acción, sino, por el contrario, lo es el no informase por medio de las palabras antes de acometer lo necesario mediante la acción. También nos distinguimos en que somos extraordinariamente audaces a la vez que hacemos nuestros cálculos sobre las acciones a emprender, mientras que a los otros la ignorancia les da coraje, y el cálculo indecisión. Y justo es que sean considerados los más fueres de espíritu quienes, sabiendo perfectamente las penalidades y los placeres, no por eso se apartan de los peligros. Y en cuanto a la generosidad somos distintos de la mayoría, pues nos ganamos amigos no recibiendo favores, sino haciéndolos.

Resumiendo, afirma que nuestra ciudad es, en su conjunto una enseñanza para Grecia, y que cada uno de nuestros ciudadanos como individuo puede mostrar una personalidad suficientemente capacitada para las más diversas actividades con una gracia y una habilidad extraordinarias. Hay en estas palabras de Pericles (es decir, según escribió Tucídides).

 

En el centro del nuevo espíritu panhelénico figuraban dos motivos: el compromiso con la Eleutheria -la libertad política- y la obediencia al nomos -la ley-. Estos valores eran opuestos a los de los persas, que vivían sometidos a un gobernante.

 

Con el fin de explicar cómo surgió el conflicto bélico Tucídides propone distinguir entre causas y pretextos.

 

Las causas de tan profundo enfrentamiento son la ambición y la envidia y el miedo; los pretextos, las quejas y recelos de unas ciudades contra otras por motivos ocasionales. Fue el progresivo aumento del poderío ateniense lo que incitó a la rencorosa Esparta, azuzada por los corintios, a declarar la guerra. Fue, por otro lado, el afán por mantener sus dominios, su ansia de poder, lo que hizo que Atenas se mostrara inflexible frente a sus enemigos.

 

En un ambiente cívico donde la retórica y la superioridad intelectual y el arte de la persuasión eran armas para triunfar, los sofistas encontraron en Atenas un público ávido de sus enseñanzas y dispuesta a pagar por ellas. A veces se ha comparado a la sofística con la Ilustración, en cuanto que ambas tratan de educar a la sociedad -o a una capa “ilustrada” de la sociedad- para su progreso mediante la razón y la crítica de lo tradicional.

 

Como advertía Tucídides, en los asuntos humanos y en los políticos no basta para decidir el éxito lo que los griegos llamaban gnome (previsión, cálculo racional), si se le opone la tyche (azar o fortuna).

 

El individualismo es un rasgo ubicuo en toda la época; pero en su desarraigo cívico el individuo intenta sentirse articulado en el orden cósmico, y la propuesta estoica de que todos los humanos son hijos de un dios providente tendrá un éxito merecido.  Por otro lado, los epicúreos negarán toda trascendencia; en un universo infinito y azaroso formado por infinitos átomos en combinaciones muy varias, el ser humano es solo un compuesto físico más, destinado a la muerte, pero que puede ser feliz gozando del placer y la amistad, apartándose de los torbellinos de la política y las varias creencias.

 

El pueblo … ¿dónde está? ¿Será acaso, en las ciudades, esa masa confusa de individuos de oficios múltiples, de nacionalidades y religiones mezcladas, multitud sin fustos comunes, que une a duras penas una vaga lealtad hacia el soberano, pero sin comunidad de intereses, sin conciencia cívica ni una tarea entrega a la gloria de los dioses o el asombro de “la gente del porvenir”?

 

Un pueblo sin mitos se moriría de frío.

 

Porque ese entramado narrativo da la respuesta a la inquietud natural de los seres humanos, y su conglomerado de relatos ofrece una iluminación fabulosa y fantástica del mundo, y habla de sus raíces ocultas, es decir, de los eres divinos y las acciones que lo fundamentan. Como si el ser humano necesitara dar sentido a su existencia con esas historias que le hablan de un trasfondo sagrado, de presencias divinas más allá del presente efímero y su condición mortal.

 

(es curioso el declive de las leyendas del santoral en contraste con la permanencia de los relatos más fantásticos de la antigua mitología grecolatina)

 

Hasta qué punto la gente creía o cree en los mitos es muy difícil precisarlo. En una sociedad primitiva o salvaje los mitos ofrecen – como apuntamos-una visión ingenua del mundo que podemos suponer aceptable para una comunidad arcaica. Pero en una comunidad más desarrollada y moderna la cosmovisión objetiva se funda en la ciencia y la lógica. No obstante, la visión científica y la tecnología derivada no dan respuesta a los enigmas vitales, a las últimas preguntas sobre el sentido de la existencia. De ahí que siempre queden las creencias de la religión y los mitos -en su inmensa variedad- como promesa de sentido final, “una arriesgada apuesta”, según Platón.

 

Ambición, orgullo y miedo son impulsos primordiales de los conflictos políticos, y la guerra los pone cruelmente de relieve. El historiador enseña a distinguir “causas” de “pretextos”, e incluso demuestra cómo en los momentos de aguda crisis el lenguaje mismo se manipula mostrando la descomposición moral de la sociedad.

 

El individualismo es una característica de la época. Epicúreos y estoicos se desentienden de la felicidad de la colectividad cívica, como de un lastra, y se ocupan solo de la felicidad individual. Mientras que en la Academia y en el Liceo se sigue conservando el programa escolar donde las lecciones de metafísica alternan con otras científicas, en la línea de sus fundadores, en el Jardín y en la Estoa el filosofar tiene una finalidad ética personal

 

El filosofar es, sobre todo, una propuesta para la vida feliz, logrando la serenidad de ánimo, sin temores ni pasiones. Más allá de ese objetivo común, las dos escuelas se oponen radicalmente en sus tesis básicas y sus recetas morales.

 

Para Epicuro la felicidad se funda en el placer y en la ausencia de temor, dolor y angustia.

 

En su sistema materialista niega la pervivencia del alma; también esta, compuesta de átomos, muere con el cuerpo. Por otra parte, desaconseja la actuación política y la búsqueda de fama y honores.

 

El fundador de la Estoa, Zenón de Citio, proclama que sólo la virtud (la areté) es el camino seguro hacia la vida feliz..

 

Más allá de las penas y dolores y de los accidentes posibles, el sophós desapasionado se mantiene sereno y ecuánime, como la roca en el oleaje marino. Los estoicos piensan que lo real es la manifestación de un orden superior, y que el cosmos tiene su sentido y está guiado por una divinidad providente.

 

El humanismo promueve la libertad de pensamiento, un afán de búsqueda de la verdad, con un progreso hacia un horizonte cosmopolita. Rechazando dogmatismos e imposiciones, en él resuena como un eco la frase del sofista Protágoras: “El ser humano es la medida de todas las cosas”.

 

En el marco de ese antiguo mundo helénico surgieron la teoría política y la praxis democrática, la poética y los géneros literarios, la filosofía y la ciencia, y las creaciones de un arte que consideramos clásico y los juegos atléticos que aún imitamos.

 

Fue en el espacio geográfico griego, en unos pocos siglos, y en el marco de las ciudades helénicas, esas poleis que caracterizan a la sociedad clásica griega, donde aparecen y se desarrollan nuevos conceptos acerca de la vida libre y la búsqueda de la verdad, conceptos que aún nos parecen esenciales para una existencia digna. Y en ese ámbito se inicia la reflexión crítica sobre la condición humana en el cosmos, la filosofía que de alguna manera inicia la tradición del saber crítico, y que aún, pienso, nos resulta intrigante y familiar. En esa Grecia se expresa, como nunca antes, la consideración del ser humano como medida de todas las cosas. Allí surgió la democracia, ese sistema de gobierno donde los ciudadanos, libres e iguales, configuran una forma ejemplar de convivencia política, una comunidad basada en la ley, el orden social y la libertad (que se asegura mediante la téchne politiké, como decían Protágoras, Platón y Aristóteles.

 

Heráclito: physis philei kryptesthai, “la naturaleza gusta de ocultarse”.

 

Descubrieron y practicaron la filosofía con muy diversos maestros. Fueron creando los grandes géneros literarios: la épica heroica, la lírica coral y personal, y el drama teatral, en sus dos subgéneros clásicos, la tragedia y la comedia. E inventaron y diseñaron la historiografía, la biografía, y las novelas de amor y aventuras. Por otra parte, trazaron los ejes teóricos de múltiples ciencias, desde la matemática a la biología y las ciencias naturales, pasando por la medicina hipocrática y la astronomía. Con su sentido propio de la belleza y la armonía, diseñaron los cánones del arte del clasicismo occidental tanto en la arquitectura como en la escultura y la pintura. Y fueron artistas admirables tanto en las artes mayores como en alguna artesanías menores, como la cerámica. Diseñaron los ideales de una educación humanista -la famosa paideia-, moral y poética, gimnástica y racional, para una existencia consciente y digna de ser vivida en libertad.

Lo fatal. Rubén Darío.

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...

lunes, 16 de marzo de 2026

Hamlet. William Shakespeare.

Hamlet:

¿Qué parece decís, señora?

no hay tal: es; yo no sé de pareceres,

no es tan solo mi capa color tinta,

mi buena madre, ni mi usual ropaje

solemnemente negro, ni el suspirar ruidoso

con forzado resuello.

No, ni el copioso río de los ojos,

ni el aspecto abatido de mi rostro,

junto a todas las formas

y talentes y nuestras de dolor,

lo que puede de veras expresarme.

Todo eso en efeto es parecer,

pues son actos que un hombre muy bien puede fingir,

pero yo llevo dentro lo que va más allá

de cualquier apariencia;

lo otro son los arreos y galas de la pena.

 

Hamlet:

¡Oh, Dios mío, Dios mío, qué fatigosos, rancios,

vanos y sin provecho,

me parecen los usos de este mundo!

 

Hamlet:

Sospecho alguna sucia treta;

ojalá fuera ya de noche;

hasta entonces, serénate, alma mía;

las perfidias saldrán a plena luz

aunque la tierra entera las sepulte

a la mirada humana.

 

Polonio:

No te muestres lenguaraz

para tus pensamientos, ni pongas en acto

un pensamiento desproporcionado.

sé natural; pero vulgar, de ningún modo.

los amigos que tengas,

y puesta a prueba su adopción,

aférralos a tu alma con anillas de acero;

pero no hagas callosa la palma de tu mano

agasajando a cada camarada imberbe

y no salido aún del cascarón;

cuídate de meterte en una riña,

pero una vez metido, llévala de tal modo

que sea tu oponente quien se cuide de ti.

Presta a todos tu oído, pero a pocos tu voz;

Recibe las censuras de cualquiera,

pero resérvate tu juicio;

tu ropa tan costosa como alcance tu bolsa,

mas no manifestada estrafalariamente:

rica sí, no ostentosa

pues muchas veces por el atavío

se ve lo que es un hombre,

y en Francia los de más alcurnia y rango

del modo más selecto y generoso

sobresalen en esto. Nunca pidas prestado

ni prestes tú, que un préstamo casi siempre te lleva

a perder el dinero y el amigo.

Y el pedir mella el filo de tu buen gobierno.

Y sobre todo esto: sé sincero

contigo mismo, y de ello ha de seguirse,

como la noche sigue al día, que no podrás entonces

ser falso con ninguno.

 

Ofelia:

Señor, me ha requebrado de manera honesta.

Apolonio:

Bien sé yo

cuando abrasa la sangre, con qué soltura el alma

presta promesas a la lengua;

estas pavesas, hija, con más luz que calor,

que una y otra se extinguen en su promesa misma

mientras aún está haciéndose,

no debe confundirlas con el fuego.

 

Hamlet:

Es costumbre que se honra mas

rompiéndola que respetándola

 

Hamlet:

No hay nada bueno o malo, sino que el pensamiento lo hace tal.

 

Hamlet:

Ser o no ser, de eso se trata;

...

¿quién soportaría los azotes

y escarnios de los tiempos, el daño del tirano,

el desprecio del fatuo, las angustias

del amor despechado, las largas de la ley,

la insolencia de aquel que posee el poder

y las pullas que el mérito paciente

recibe del indigno, cuando él mismo podría

¿Dirimir ese pleito con un simple punzón?

¿Quién querría cargar con fardos,

rezongar y sudar en una vida fatigosa,

¿Si no es porque algo teme tras la muerte?

Esa región no descubierta,

de cuyos límites ningún viajero

retorna nunca, desconcierta

nuestro albedrío, y nos inclina

a soportar los males que tenemos

antes que abalanzarnos a otros que no sabemos.

De esta manera la conciencia

hace de todos nosotros cobarde,

y así el matiz nativo de la resolución

se opaca con el pálido reflejo del pensar,

y empresas de gran miga y de mucho momento

por tal motivo tuercen sus caudales

y dejan de llamarse acciones.

 

Rey:

¿Puede ser personado uno, y a la vez

retener el delito? En los cursos

corruptos de este mundo,

puede, cubierta de oro, la mano del delito

hacer a un lado a la justicia,

y vemos a menudo que el precio infecto mismo

compra a la ley; mas no es así en lo alto,

allí no se hace trampa: allí la acción se muestra

en su naturaleza verdadera,

y allí nosotros mismos nos vemos obligados

a rendir nuestras pruebas de nuestros delitos

a rostro descubierto.

 

Rey:

Si mis palabras vuelan,

mi pensamiento en cambio permanece en el suelo;

palabras sin ideas nunca alcanzan el cielo.

 

Reina:

Ay, Hamlet, no hables más.

Me haces volver los ojos al fondo mismo de mi alma,

y veo allí unas manchas

yan negras en sus fibras íntimas,

que nunca perderán su tinte.

 

Hamlet:

La costumbre, ese monstruo que se come

todos nuestros sentidos, demonio de los hábitos.

 

Hamlet:

Tengo que ser cruel; sólo para ser bueno.

Ahora empieza lo malo, y falta lo peor.

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Los miserables. Víctor Hugo.

Mientras a consecuencia de las leyes y de las costumbres exista una condenación social, creando artificialmente, en plena civilización, infiernos, y complicando con una humana fatalidad el destino, que es divino; mientras no se resuelvan los tres problemas del siglo: la degradación del hombre por el proletariado, la decadencia de la mujer por el hambre, la atrofia del niño por las tinieblas; en tanto que en ciertas regiones sea posible la asfixia social; en otros términos y bajo un punto de vista más dilatado todavía, mientras haya sobre la tierra ignorancia y miseria, los libros de la naturaleza del presente podrán no ser inútiles.

 

Lo que de los hombres se dice, verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y sobre todo en su vida, como lo que hacen.

 

No era bastante ignorante para ser absolutamente indiferente.

 

Quien no ha sido obstinado acusador durante la prosperidad debe callarse ante el derrumbamiento. El denunciador del éxito es el sólo legítimo justiciero de la caída.

 

Quien no ha sido obstinado acusador durante la prosperidad, debe callarse ante el derrumbamiento. El denunciador del éxito es el sólo legítimo justiciero de la caída.

 

Vivimos en una sociedad sombría. Medrar, tal es la enseñanza que gota a gota cae de la corrupción a plomo sobre nosotros.

 

Dicho sea de paso, el éxito es una cosa bastante fea. Su falso parecido con el mérito engaña a los hombres de tal modo que para la multitud, el fringo tiene casi el mismo rostro que la superioridad.

 

Aprovechad la ocasión de medrar y tendréis lo demás; sed afortunados y os creerán grande. Fuera de cinco o seis excepciones inmensas, que son el orgullo y la luz de un siglo, la admiración contemporánea no es sino miopía: se toma el similor por el oro: no importa que uno sea advenedizo si llega a su objeto el primero. El vulgo es un viejo Narciso que se adora a sí mismo, y que aplaude todo lo vulgar.

 

Confunden con las constelaciones del firmamento las huellas estrelladas que dejan en el cieno blando de un lodazal las patas de los gansos.

 

¿Qué más necesitaba aquel anciano que repartía los ocios de su vida, donde tan poco lugar había de estar ocioso, entre cuidar su jardín de día y la contemplación de noche? Aquel estrecho cercado que tenía por bóveda los cielos, ¿o era bastante para poder adorar a Dios, ya en sus obras más hermosas, ya en las más sublimes? ¿Qué más podía desear? Un pequeño jardín para pasearse y la inmensidad para meditar. A sus pies lo que podía cultivar y recoger, sobre su cabeza lo que se puede estudiar y meditar: algunas flores sobre la tierra y todas las estrellas en el cielo.

 

… era sencillamente un hombre que observa desde fuera las cuestiones misteriosas, sin escrutarlas, sin agitarlas y sin perturbar su propio espíritu, y que tenía en el alma el grave respeto de la sombra.

 

Todas las invasiones de la historia están determinadas y señaladas por mujeres. La mujer es el derecho del hombre. Rómulo robó las sabinas, Guillermo robó las sajonas, César robó las romanas. El hombre que no es amado se cierne como un buitre sobre los amores del prójimo. Por lo que a mí hace, a todos esos infortunados que están viudos, les dirijo la sublime proclama de Bonaparte al ejército de Italia: <<Soldados, carecéis de todo. El enemigo lo tiene.>>

 

Hay almas, que como el cangrejo, retroceden continuamente hacia las tinieblas, que retrograda más que adelantan en la vida, empleando su experiencia en aumentar su deformidad, empeorándose sin cesar, e impregnándose más y más de un tizne creciente.

 

Cuando se le vio ganar dinero, se dijo: <<Es un negociante.>> Cuando se le vio derramar su ganancia, se dijo: <<Es un ambicioso.>> Cuando se le vio desechar los honores, se dijo: <<Es un aventurero.>> Cuando se le vio rechazar la sociedad, se dijo: <<Es un bruto.>>

 

Comía siempre solo, con un libro abierto delante de sí, en el cual leía. Tenía una pequeña y escogida biblioteca; gustaba de los libros: los libros son amigos fríos y seguros.

 

Querer prohibir a la imaginación que vuelva a una idea, es lo mismo que querer prohibir al mar que vuelva a la playa. Para el marinero este fenómeno se llama marea; para el culpado se llama remordimiento.

 

Las realidades del alma no dejan de ser realidades porque sean invisibles e impalpables.

 

La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del deber, son cosas que, engañándose, pueden ser repugnantes; pero aun repugnantes, son grandes; la majestad propia de la conciencia humana subsiste en el horror; son virtudes que tienen un vicio, el error. El impío y honrado placer de un fanático en medio de la atrocidad conserva algún resplandor lúgubre, pero respetable.

 

Wellington, caprichosamente ingrato, declara en una carta a Lord Rathurst, que su ejército, el ejército que combatió el 18 de junio de 1815, era <<un ejército pésimo>>. ¿Qué piensa de esta frase ese oscuro montón de huesos sepultados bajo los surcos de Waterloo?

 

El soldado de hierro vale tanto como el duque de hierro.

 

Mientras uno vive en su país natal, cree que las calles le son indiferentes; que las ventanas, los tejados y las puertas nada significan; que las paredes le son extrañas; que los árboles son como otros cualesquiera; que las casas cuyo umbral no se pisa son inútiles; que el suelo que se pisa se solamente piedra. Pero después, cuando se ha abandonado la patria, se conoce que aquellas calles son objeto de cariño; se siente la falta de aquellas ventanas, de aquellos tejados y aquellas puertas; se echa de ver que aquellas paredes son necesarias; que aquellos árboles son queridos; que en aquellas casas cuyo umbral no se pisaba se entraba todos los días, y que el desterrado ha dejado su sangre y su corazón en aquel suelo. Todos esos sitios que no se ven ya, que no serán nunca quizá, y cuya imagen se han conservado viva, toman un encanto doloroso, se presentan con la melancolía de una aparición, hacen visible la tierra sagrada, y son, por decirlo así, la forma misma de la patria: se les ama; se les evoca tales como son, tales como eran; se recuerdan obstinadamente, y no se nota que hayan cambiado nada, porque se ven en ellos el rostro de la madre.

 

Estudiemos las cosas que ya no existen. Es necesario conocerlas, aunque no sea más que evitarlas. Las falsificaciones de lo pasado toman falsos nombres, y se apropian a sí mismas el del porvenir; lo pasado es un viajero que puede falsificar el pasaporte: estemos prevenidos, desconfiemos. Lo pasado tiene una fisonomía, la superstición; una máscara, la hipocresía. Denunciemos la fisonomía y arranquemos la máscara.

 

Negar la voluntad del infinito, es decir, negar a Dios, es cosas que sólo puede hacerse negando el infinito; y que el infinito existe, lo hemos demostrado.

La negación del infinito nos lleva vía recta al nihilismo, y entonces todo se convierte <<en un puro concepto del espíritu>>.

Con el nihilismo no hay discusión posible; porque si el nihilismo es lógico, niega que su interlocutor exista, y tampoco está s4eguro de su propia existencia.

Aplicando su doctrina, es posible que no sea para sí mismo más que un <<puro concepto del espíritu>>.

Pero no cae en que todo lo que niega lo admite en junto, con sólo pronunciar la palabra: <<Espíritu>>.

A este monosílabo no hay más que una respuesta posible: sí.

El nihilismo no tiene trascendencia alguna.

Y la nada no existe; el cero no existe. Todo es algo; porque la nada es nada.

El hombre vive de afirmación más que de pan.

Ver y enseñar no basta.

La filosofía debe ser un poder vivo, y debe tener por esfuerzo y por efecto la mejora del hombre. Sócrates debe entrar en Adán y producir a Marco Aurelio; en otros términos, es preciso hacer del hombre de la felicidad, el hombre de la sabiduría: transformar el Edén en el Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Sólo gozar! ¡Qué objeto tan triste! ¡Qué ambición tan pequeña! Los brutos gozan. Pero ¡pensar! Ése es el verdadero triunfo del espíritu. La misión de la filosofía real es hacer fluir el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles a todos en elixir la noción de Dios; unir fraternalmente en ellos la conciencia y la ciencia, y hacerlos justos por medio de esta unión misteriosa. La moral es un ramillete de verdades y la contemplación nos lleva a la acción. Lo absoluto debe ser práctico; lo ideal debe ser respirable, potable, comestible al espíritu humano. Sólo lo ideal puede decir: Tomad, ésta es mi carne; tomad, ésta es mi sangre. La sabiduría es una comunión sagrada. Sólo bajo esta condición deja de ser un amor estéril de la ciencia para convertirse en el modo único y soberano de la unión humana, y pasar de ser filosofía a ser religión.

La filosofía no debe ser un edificio construido sobre el misterio para mirarlo fácilmente, sin más resultado que una distracción de la curiosidad.

Aunque dejamos para otra ocasión el desarrollo de nuestro pensamiento, diremos aquí que no comprendemos ni el hombre como punto de partida ni el progreso como fin, sin están dos firmezas, que son los dos motores: crear y amar.

El progreso, es el fin; lo ideal, es el tipo.

¿Qué es lo ideal? Dios.

Lo ideal, lo absoluto, lo perfecto, lo infinito; todo esto es idéntico.

 

¡Qué olas tan poderosas son las ideas! ¡Cómo cubren rápidamente todo lo que deben destruir y sepultar en cumplimiento de su misión, y cuán pronto excavan terribles profundidades!

 

No debemos renegar de la patria ni en lo pasado ni en lo presente. ¿Por qué no hemos de admitir toda la historia? ¿Por qué no hemos de amar a toda Francia?

 

Por lo demás, era un joven entusiasta… Puro hasta ser insociable.

 

¿Cómo le subyugaba Enjolras? ¿Por las ideas? No, por el carácter. Fenómeno observado muchas veces. Un escéptico que se une a un creyente es una cosa tan sencilla, como la ley de los colores complementarios; siempre nos atrae lo que nos falta; nadie ama la luz como el ciego.

 

… porque hay hombres que parece que han nacido para ser el verso, el anverso y el reservo; que son al mismo tiempo Pólux y Patroco, Niso y Eudámidas, Efestión y Pechméja. Sólo viven a condición de estar unidos a otro; su nombre es una continuación, y sólo se escribe precedido de la conjunción y; su existencia no les pertenece; es el otro lado de un destino que no es el suyo. Grantaire era uno de esos hombres; era el reverso de Enjolras.

 

La vida, la desgracia, el aislamiento, el abandono, la pobreza son campos de batalla que tienen sus héroes; héroes oscuros, pero más grandes a veces que los héroes ilustres.

 

Hay naturalezas firmes y raras que han sido creadas así; porque la miseria, que es casi siempre una madrastra, es algunas veces madre; la desnudez engendra en ocasiones el vigor del alma y del talento; la miseria amamante la altivez; la desgracia suele ser un buen alimento para los corazones magnánimos.

 

Se daba testimonio de que nunca había debido un sueldo a nadie, porque creía que una deuda era el principio de la esclavitud; y se decía que un acreedor es peor que un amo, porque un amo no posee más que la persona, pero un acreedor posee la dignidad, y puede abofetearla…

 

… son raros aquellos que han caído y no se han degradado. Además, hay un punto en que los infortunios y las infamias se confunden y mezclan en una sola palabra fatal: los miserables.

 

El pensamiento es el trabajo de la inteligencia, la meditación fantástica es la voluptuosidad; reemplazar aquél por ésta es confundir un veneno con un alimento.

 

Se ha abusado tanto de las miradas en las novelas amorosas, que se han concluido por darles poca importancia; apenas se atreve hoy un novelista a decir que dos seres se han amado porque se han mirado; y sin embargo, así es como únicamente se ama. Lo demás no es sino lo demás, y viene después. Nada es más real que estas grandes sacudidas, que dos almas se impresionen mutuamente al cambiar esta chispa.

 

Y además, cosa extraña, el primer síntoma del verdadero amor en un joven es la timidez, y es una joven es el atrevimiento.

 

 

Es un error creer que la pasión es pura cuando es feliz, y que conduce al hombre a un estado de perfección; le conduce simplemente, como hemos dicho, al estado de olvido. En esta situación, el hombre se olvida de ser malo, pero se olvida también de ser bueno. El agradecimiento, el deber, los recuerdos esenciales e importunos desaparecen.

 

Como hemos dicho ya, en el primer amor se toma el alma antes que el cuerpo; después se toma el cuerpo antes que el alma, y aun algunas veces no se toma el alma del todo.

 

La convicción irritada, el entusiasmo frustrado, la indignación conmovida, el instinto de guerra comprimido, el valor de la juventud exaltada, la ceguedad generosa, la curiosidad, el placer de la variación, la sed de lo inesperado, el sentimiento que hace experimentar placer al leer el cartel de un nuevo espectáculo, y al oír en el teatro el silbato del maquinista; los odios vagos, los rencores, las contrariedades, la vanidad que cree que ha fracasado el destino; el malestar, los pensamientos profundos, las ambiciones rodeadas de abismos; todo el que espera de un derrumbamiento una salida; y en fin, en lo más bajo la turba, ese lodo que se convierte en fuego tales son los elementos del motín.

 

La multitud tiene cierta tendencia a admitir un amo. Su masa produce la apatía; la multitud se totaliza fácilmente en la obediencia. Y es preciso removerla, empujarla, animar a los hombre con el beneficio de su libertad, deslumbrar sus ojos con la verdad, arrojarles la luz a puñados. Es preciso que se vean un poco deslumbrados para su propia salvación; porque este deslumbramiento los despierta.

 

Los grandes dolores llevan en sí mismos el decaimiento, desaniman; el hombre en quien penetran siente retirarse alguna cosa. En la juventud, su visita es lúgubre; más tarde, es siniestra. Cuando la sangre está caliente; cuando los cabellos son negros; cuando la cabeza está recta sobre el cuerpo como la llama sobre la antorcha; cuando la rueda del destino tiene aún casi todo su espesor; cuando el corazón lleno de amor tiene aún latidos que pueden renacer; cuando se tiene delante tiempo para repararlos; cuando aún existen para él todas las mujeres, toda las sonrisas, todo el provenir y todo el horizonte; cuando la fuerza de la vida está completa, si la desesperación es una cosa terrible, ¿qué será en la vejez cuando los años se precipitan cada vez más pálidos, en esa hora crepuscular en que se principian a descubrir las estrellas de la tumba?

 

Las estatuas, bajo los árboles, desnudas y blancas, tenían ropajes de sombra, agujereados de luz; eran diosas con harapos de sol, pues los rayos les colgaban de todas partes.

 

Las razas petrificadas en el dogma, o desmoralizadas por el huero, son impropias para dirigir la civilización. La genuflexión ante el ídolo o ante el escudo, atrofia el músculo que anda y la voluntad que va. La absorción hierática o comercial aminora el radio de un pueblo, baja su horizonte al bajar su nivel, y le retira el conocimiento, a la vez humano y divino, del fin universal, que constituye las naciones misioneras.

 

Duerme. Aunque la suerte no le fue propicia,

vivía, y murió cuando perdió a su ángel.

La muerte le llegó sencillamente,

como llega la noche cuando se marcha el día.

miércoles, 21 de enero de 2026

Corazón tan blanco (relectura). Javier Marías.

El mundo entero se mueve a menudo sólo para dejar de ocupar su lugar y usurpar el de otro, sólo por eso, para olvidarse de sí mismo y enterrar al que ha sido, todos nos cansamos indeciblemente de ser el que somos y el que hemos sido.

No era desconfianza ni falta de compañerismo ni ganas de ocultamiento. Era simplemente instalarse en el convencimiento yo superstición de que no existe lo que no se dice. Y es verdad que sólo lo que no se dice ni expresa es lo que no traducimos nunca.

El mundo está lleno de sorpresas, también de secretos. Creemos que vamos conociendo a quienes están cerca, pero el tiempo trae consigo mucho más ignorado de lo que trae sabido, cada vez se conoce menos comparativamente, cada vez hay más zona de sombra.

Ahora lo vi claro: no es que no supiera cómo, sino que era una superstición lo que lo paralizaba, no saber qué puede dar suerte o traerla mala, hablar o callar, no callar o no hablar, dejar que las cosas sigan su curso sin invocarlas ni conjurarlas o intervenir verbalmente para condicionar ese curso, verbalizarla o no hacer advertencias poner en guardia o bien no dar ideas, a veces nos dan ideas quienes nos previenen contra esas ideas, nos las dan porque nos previenen, y hacen que se nos ocurra lo que nunca habríamos concebido.

Casi todo el mundo se avergüenza de su juventud, no es muy cierto que se añore como se dice, más bien se relega o rehúye y con facilidad o esfuerzo se confina el origen a la esfera de los malos sueños, o de las novelas, o de lo que no ha existido. La juventud se oculta, la juventud es secreta para quienes ya no nos conocen jóvenes.

Hay personas que han estado en el mundo durante muchos años y de las que nadie recuerda nada, como si a la postre no hubieran estado.

Esa noche, viendo el mundo desde mi almohada con Luisa a mi lado, como es costumbre entre los recién casados, con la televisión delante y en las manos un libro que no leía, le conté a Luisa lo que ¨Custardoy el joven me había contado y lo que yoo no había querido que me contara. La verdadera unidad de los matrimonios y aún de las parejas la traen las palabras, más que las palabras dichas – dichas voluntariamente-, las palabras que no se callan- que no se callan sin que nuestra voluntad intervenga-. No es tanto que entre dos personas que comparten la almohada no haya secretos porque así lo deciden -qué es lo bastante grave para constituir un secreto y qué no, si se lo silencia- cuanto que no es posible dejar de contar, y de relatar, y de comentar y enunciar, como si esa fuera la actividad primordial de los emparejados, al menos de los que son recientes y aún no sienten la pereza del habla. No es sólo que con la cabeza sobre una almohada se recuerde el pasado e incluso la infancia y vengan a la memoria y también a la lengua las cosas remotas y las más insignificantes y todas cobren valor y parezcan dignas de rememorarse en voz alta, ni que estemos dispuestos a contar nuestra vida entera a quien también apoya su cabeza sobre nuestra almohada como si necesitáramos que esa persona pudiera vernos desde el principio -sobre todo desde el principio, es decir, de niños- y pudiera asistir a través de la narración a todos los años en que no nos conocíamos y en que creemos ahora que nos esperábamos. No es sólo, tampoco, un afán comparativo o de paralelismo o de búsqueda de coincidencias, el de saber cada uno dónde estaba el otro en las diferentes épocas de sus existencias y fantasear con la posibilidad improbable de haberse conocido antes, a los amantes su encuentro les parece siempre demasiado tarde, como si el tiempo de su pasión nunca fuera el más adecuado o nunca lo bastante largo retrospectivamente (el presente es desconfiado), o quizás es que no se soporta que no haya habido pasión entre ellos, ni siquiera intuida, mientras los dos estaban ya en el mundo, incorporados a su paso más raudo y sin embargo con la espalda vuelta hacia el uno el otro, sin conocerse ni tal vez quererlo. No es tampoco que se establezca un sistema de interrogatorio diario al que por cansancio o rutina ningún cónyuge escapa y acaban todos contestando. Es más bien que estar junto a alguien consiste en buena medida en pensar en voz alta, esto es, en pensarlo todo dos veces en lugar de una, una con el pensamiento y otra con el relato, el matrimonio es una institución narrativa. O acaso es que hay tanto tiempo pasado en compañía mutua (por poco que sea en los matrimonios modernos, siempre tanto tiempo) que los dos cónyuges (pero sobre todo el varón, que se siente culpable cuando permanece en silencio) han de echar mano de cuento piensan y se les ocurre y les acontece para distraer al otro, y así acaba por no quedar apenas resquicio de los hechos y los pensamientos de un individuo que no sea transmitido, o bien traducido matrimonialmente. 

Yo no creo que a nada se le pase el tiempo, todo está ahí, esperando a que se lo haga volver. Además, a todo el mundo le gusta contar su historia, incluso a los que no tienen ninguna. Si los relatos son distintos, el significado es el mismo.

Date cuenta de que un vídeo se mira impunemente como la televisión. Nunca miramos a nadie en persona con tanto detenimiento ni con tanto descaro, porque en cualquier otra circunstancia sabemos que el otro también nos está mirando, o que puede descubrirnos si lo estamos mirando a escondidas. Es un invento infernal, ha acabado con la fugacidad de lo que sucede, con la posibilidad de engañarse y contarse después las cosas de manera distinta de como ocurrieron. Ha acabado con el recuerdo, que era imperfecto y manipulable, selectivo y variable. Ahora uno no puede recordar a su gusto lo que está registrado, cómo va uno a recordar lo que sabe que puede volver a ver, tal cual, incluso a mayor lentitud de como se produjo.

Quizá sea esto lo que nos lleva a leer novelas y crónicas y a ver películas, la búsqueda de la analogía, del símbolo, la búsqueda del reconocimiento, no del conocimiento.

Parece increíble pero nada puede saberse nunca. O eso creo. Por eso es mejor a veces no saber ni el inicio, ni oír las voces que cuentan ante las cuales se está tan inerme, esas voces narrativas que todos tenemos y que se remontan hasta el pasado remoto o reciente y descubren secretos que ya no importan y sin embargo influyen en la vida o los venideros años, en nuestro conocimiento del mundo y de las personas, no se puede confiar en nadie después de escucharlas, es todo posible, el mayor horror y la mayor vileza en las personas que conocemos, como en nosotros mismos.

Cuántas cosas se van no diciendo a lo largo de una vida o historia o relato, a veces sin querer o sin proponérselo.

Pude callar y callar para siempre, pero uno cree que quiere más porque cuenta secretos, contar parece tantas veces un obsequio, el mayor obsequio que puede hacerse, la mayor lealtad, la mayor prueba de amor y entrega. Y se hacen méritos contando. De repente a uno no le basta con decir tan sólo encendidas palabras que se gastan pronto o se hacen repetitivas. Tampoco le basta a quien las escucha. El que dice es insaciable y es insaciable el que escucha, el que dice quiere mantener la atención del otro infinitamente…y el que escucha quiere ser distraído infinitamente, quiere oír y saber más y más, aunque sean cosas inventadas o falsas. 

Lo que hice fue hecho, pero la gran diferencia para lo que viene luego no es haberlo o no haberlo hecho, sino que fuera ignorado por todos. Que fuera un secreto. Tal vez ni siquiera habría tenido vida, después de eso.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

El fantasma y la señora Muir. R.A. Dick.

¿Y por qué se retiró si le gustaba tanto el mar? – preguntó Lucy.

-Me estaba haciendo viejo en todos los aspectos – dijo el capitán-; más corto de vista y de resuello, de juicio y movimientos más lentos. Uno tiene que ser capitán de sí mismo ante de ser capitán de mar.

… en general, las habladurías no son más que un reflejo de la mente retorcida de la gente salida a la superficie.

Era imposible de explicar, ni siquiera a Anna, que sentirse solo no tenía nada que ver con la sociedad, sino con el espíritu, y que por esa misma razón esa sensación se veía agravada a menudo estando en compañía.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Agnes Grey. Anne Brontë.

Me resulta difícil concebir situaciones más desoladoras que ésta: por mucho que desees el éxito, por mucho que luches por cumplir con tu deber, tus esfuerzos se ven frustrados y aniquilados por los que están por debajo de ti e injustamente censurados y malinterpretados por los que están por encima. 

Y me dejó, ofendida por mi falta de compresión, y, sin duda, pensando que la envidiaba. Yo no la envidiaba…, o, al menos, no creía envidiarla en absoluto. La compadecía; sentía asombro y un horrible rechazo por su cruel vanidad. Me preguntaba por qué tanta belleza recaía en personas que tan mal uso hacían de ella, y se les negaba a otras que podrían emplearla en beneficio propio y en el de los demás. Pero Dios sabe lo que hace, pensé. Seguramente hay hombres tan vanos, egoístas y crueles como ella, y quizá este tipo de mujer sea el castigo que merecen.