Solo tres crateras mezclo. Para
lo que son sensatos: trae salud. La primera, la que se apura al comienzo. La
segunda es de amor y placer. La tercera, de sueño. Después de tomarla los invitados
sensatos regresan a casa. En la cuarta se pierde el dominio, es la de la
insolencia. La quinta es la del jaleo. La sexta, la de los bailes por la calle.
La séptima, la de ojos morados. La octava, la de los alguaciles. La novena, la
de la cólera. La décima, del frenesí. La siguiente, del delirio, que tumba a
cualquiera. Si llenas a menudo la misma copa, por pequeña que sea, acabará por
echarte la zancadilla.
Amamos la belleza con sencillez y
amamos el saber sin relajación. Nos servimos de la riqueza más como oportunidad
para la acción que como pretexto para la ostentación, y entre nosotros no es
motivo de vergüenza para nadie reconocer su pobreza, sino que lo es más bien el
no hacer nada por evitarla. Las mismas personas pueden dedicar a un tiempo la
atención a sus asuntos particulares y a los públicos, y gentes que se dedican a
diversas actividades tienen suficiente criterio con respecto a los asuntos
públicos. Somos, en efecto, los únicos que a quien no participa en esos asuntos
lo consideramos no un despreocupado, sino un inútil; y nosotros mismos cuando
menos exponemos nuestra reflexión sobre los asuntos, o los estudiamos
puntualmente, porque, en nuestra opinión, no son las palabras un perjuicio para
la acción, sino, por el contrario, lo es el no informase por medio de las
palabras antes de acometer lo necesario mediante la acción. También nos
distinguimos en que somos extraordinariamente audaces a la vez que hacemos
nuestros cálculos sobre las acciones a emprender, mientras que a los otros la
ignorancia les da coraje, y el cálculo indecisión. Y justo es que sean
considerados los más fueres de espíritu quienes, sabiendo perfectamente las
penalidades y los placeres, no por eso se apartan de los peligros. Y en cuanto
a la generosidad somos distintos de la mayoría, pues nos ganamos amigos no
recibiendo favores, sino haciéndolos.
Resumiendo, afirma que nuestra
ciudad es, en su conjunto una enseñanza para Grecia, y que cada uno de nuestros
ciudadanos como individuo puede mostrar una personalidad suficientemente capacitada
para las más diversas actividades con una gracia y una habilidad
extraordinarias. Hay en estas palabras de Pericles (es decir, según escribió
Tucídides).
En el centro del nuevo espíritu
panhelénico figuraban dos motivos: el compromiso con la Eleutheria -la libertad
política- y la obediencia al nomos -la ley-. Estos valores eran opuestos a los
de los persas, que vivían sometidos a un gobernante.
Con el fin de explicar cómo
surgió el conflicto bélico Tucídides propone distinguir entre causas y
pretextos.
Las causas de tan profundo
enfrentamiento son la ambición y la envidia y el miedo; los pretextos, las
quejas y recelos de unas ciudades contra otras por motivos ocasionales. Fue el
progresivo aumento del poderío ateniense lo que incitó a la rencorosa Esparta,
azuzada por los corintios, a declarar la guerra. Fue, por otro lado, el afán
por mantener sus dominios, su ansia de poder, lo que hizo que Atenas se
mostrara inflexible frente a sus enemigos.
En un ambiente cívico donde la
retórica y la superioridad intelectual y el arte de la persuasión eran armas
para triunfar, los sofistas encontraron en Atenas un público ávido de sus
enseñanzas y dispuesta a pagar por ellas. A veces se ha comparado a la
sofística con la Ilustración, en cuanto que ambas tratan de educar a la
sociedad -o a una capa “ilustrada” de la sociedad- para su progreso mediante la
razón y la crítica de lo tradicional.
Como advertía Tucídides, en los
asuntos humanos y en los políticos no basta para decidir el éxito lo que los
griegos llamaban gnome (previsión, cálculo racional), si se le opone la tyche
(azar o fortuna).
El individualismo es un rasgo
ubicuo en toda la época; pero en su desarraigo cívico el individuo intenta
sentirse articulado en el orden cósmico, y la propuesta estoica de que todos
los humanos son hijos de un dios providente tendrá un éxito merecido. Por otro lado, los epicúreos negarán toda
trascendencia; en un universo infinito y azaroso formado por infinitos átomos
en combinaciones muy varias, el ser humano es solo un compuesto físico más,
destinado a la muerte, pero que puede ser feliz gozando del placer y la
amistad, apartándose de los torbellinos de la política y las varias creencias.
El pueblo … ¿dónde está? ¿Será
acaso, en las ciudades, esa masa confusa de individuos de oficios múltiples, de
nacionalidades y religiones mezcladas, multitud sin fustos comunes, que une a
duras penas una vaga lealtad hacia el soberano, pero sin comunidad de
intereses, sin conciencia cívica ni una tarea entrega a la gloria de los dioses
o el asombro de “la gente del porvenir”?
Un pueblo sin mitos se moriría de
frío.
Porque ese entramado narrativo da
la respuesta a la inquietud natural de los seres humanos, y su conglomerado de
relatos ofrece una iluminación fabulosa y fantástica del mundo, y habla de sus
raíces ocultas, es decir, de los eres divinos y las acciones que lo
fundamentan. Como si el ser humano necesitara dar sentido a su existencia con esas
historias que le hablan de un trasfondo sagrado, de presencias divinas más allá
del presente efímero y su condición mortal.
(es curioso el declive de las
leyendas del santoral en contraste con la permanencia de los relatos más
fantásticos de la antigua mitología grecolatina)
Hasta qué punto la gente creía o
cree en los mitos es muy difícil precisarlo. En una sociedad primitiva o
salvaje los mitos ofrecen – como apuntamos-una visión ingenua del mundo que
podemos suponer aceptable para una comunidad arcaica. Pero en una comunidad más
desarrollada y moderna la cosmovisión objetiva se funda en la ciencia y la
lógica. No obstante, la visión científica y la tecnología derivada no dan
respuesta a los enigmas vitales, a las últimas preguntas sobre el sentido de la
existencia. De ahí que siempre queden las creencias de la religión y los mitos
-en su inmensa variedad- como promesa de sentido final, “una arriesgada
apuesta”, según Platón.
Ambición, orgullo y miedo son
impulsos primordiales de los conflictos políticos, y la guerra los pone
cruelmente de relieve. El historiador enseña a distinguir “causas” de
“pretextos”, e incluso demuestra cómo en los momentos de aguda crisis el
lenguaje mismo se manipula mostrando la descomposición moral de la sociedad.
El individualismo es una
característica de la época. Epicúreos y estoicos se desentienden de la
felicidad de la colectividad cívica, como de un lastra, y se ocupan solo de la
felicidad individual. Mientras que en la Academia y en el Liceo se sigue conservando
el programa escolar donde las lecciones de metafísica alternan con otras
científicas, en la línea de sus fundadores, en el Jardín y en la Estoa el
filosofar tiene una finalidad ética personal
El filosofar es, sobre todo, una
propuesta para la vida feliz, logrando la serenidad de ánimo, sin temores ni
pasiones. Más allá de ese objetivo común, las dos escuelas se oponen
radicalmente en sus tesis básicas y sus recetas morales.
Para Epicuro la felicidad se
funda en el placer y en la ausencia de temor, dolor y angustia.
En su sistema materialista niega
la pervivencia del alma; también esta, compuesta de átomos, muere con el
cuerpo. Por otra parte, desaconseja la actuación política y la búsqueda de fama
y honores.
El fundador de la Estoa, Zenón de
Citio, proclama que sólo la virtud (la areté) es el camino seguro hacia la vida
feliz..
Más allá de las penas y dolores y
de los accidentes posibles, el sophós desapasionado se mantiene sereno y
ecuánime, como la roca en el oleaje marino. Los estoicos piensan que lo real es
la manifestación de un orden superior, y que el cosmos tiene su sentido y está
guiado por una divinidad providente.
El humanismo promueve la libertad
de pensamiento, un afán de búsqueda de la verdad, con un progreso hacia un
horizonte cosmopolita. Rechazando dogmatismos e imposiciones, en él resuena
como un eco la frase del sofista Protágoras: “El ser humano es la medida de
todas las cosas”.
En el marco de ese antiguo mundo
helénico surgieron la teoría política y la praxis democrática, la poética y los
géneros literarios, la filosofía y la ciencia, y las creaciones de un arte que
consideramos clásico y los juegos atléticos que aún imitamos.
Fue en el espacio geográfico griego,
en unos pocos siglos, y en el marco de las ciudades helénicas, esas poleis que
caracterizan a la sociedad clásica griega, donde aparecen y se desarrollan
nuevos conceptos acerca de la vida libre y la búsqueda de la verdad, conceptos
que aún nos parecen esenciales para una existencia digna. Y en ese ámbito se
inicia la reflexión crítica sobre la condición humana en el cosmos, la filosofía
que de alguna manera inicia la tradición del saber crítico, y que aún, pienso,
nos resulta intrigante y familiar. En esa Grecia se expresa, como nunca antes,
la consideración del ser humano como medida de todas las cosas. Allí surgió la
democracia, ese sistema de gobierno donde los ciudadanos, libres e iguales, configuran
una forma ejemplar de convivencia política, una comunidad basada en la ley, el
orden social y la libertad (que se asegura mediante la téchne politiké, como
decían Protágoras, Platón y Aristóteles.
Heráclito: physis philei
kryptesthai, “la naturaleza gusta de ocultarse”.
Descubrieron y practicaron la
filosofía con muy diversos maestros. Fueron creando los grandes géneros literarios:
la épica heroica, la lírica coral y personal, y el drama teatral, en sus dos
subgéneros clásicos, la tragedia y la comedia. E inventaron y diseñaron la historiografía,
la biografía, y las novelas de amor y aventuras. Por otra parte, trazaron los
ejes teóricos de múltiples ciencias, desde la matemática a la biología y las ciencias
naturales, pasando por la medicina hipocrática y la astronomía. Con su sentido
propio de la belleza y la armonía, diseñaron los cánones del arte del
clasicismo occidental tanto en la arquitectura como en la escultura y la
pintura. Y fueron artistas admirables tanto en las artes mayores como en alguna
artesanías menores, como la cerámica. Diseñaron los ideales de una educación
humanista -la famosa paideia-, moral y poética, gimnástica y racional, para una
existencia consciente y digna de ser vivida en libertad.
