martes, 20 de octubre de 2026

Oikofobia: odiar la casa donde vives. Arturo Pérez-Reverte.

Estoy en la terraza de un café de una ciudad del norte de Italia, y en media hora veo pasar a una docena de mujeres musulmanas con el rostro cubierto a excepción de los ojos. Unas llevan a niños de la mano y otras carritos de la compra, y viéndolas pienso en la fría fatalidad de la Historia, en que la transformación geopolítica de Europa viene hoy en patera, y en que las oleadas de inmigrantes son un irreversible factor de civilización. De un nuevo mundo que en nada se parece al otro. Pero, concluyo, advertirlo cuando se tiene una edad y una biblioteca no es dramático, ni terrible. La Historia está hecha de civilizaciones colapsadas, y no siempre se tiene el privilegio de asistir al ocaso de una.

Vaya por delante que Europa siempre fue un lugar mestizo donde las desgracias vinieron a menudo de los fanáticos del purismo de raza, religión, familia o tribu, y que quienes presumen de tener ocho apellidos limpios de polvo y paja fueron causa de muchos males y tragedias. Pero hablamos de otra cosa. No se trata ya de lenguas, territorios o religiones, sino de conglomerados socioculturales, ciudades balcanizadas en comunidades ajenas unas a otras. Viene otra Europa, y nada puede hacerse por evitarlo. Quizá nunca se pudo, y sólo ocurre que ahora suenan más fuerte las campanadas del reloj de la Historia.

"Siempre acaba imponiéndose la cultura más vigorosa, la mejor sostenida por quienes la traen consigo. En la Europa actual, la más coherente es el Islam."

Dejemos las cosas claras: la inmigración ni se debe parar ni es posible hacerlo, porque además de inevitable es necesaria. Sin esa mano de obra, sin sangre nueva, la vida aquí sería insostenible, la economía acabaría yéndose al diablo, la pirámide de población se invertiría de forma monstruosa y la seguridad social sería imposible. Al ciudadano europeo, crecido en el bienestar y debilitado por él, lo desplazan la sangre joven, la ambición legítima, el tesón de gente más dura y más hambrienta. Basta un vistazo para advertir quién merece el futuro y quién la cuneta de la vida. El multiculturalismo es un cuento chino. La Historia demuestra que unas culturas empujan a otras impregnándose de ellas, pero siempre acaba imponiéndose la más vigorosa, la mejor sostenida por quienes la traen consigo. Y en la Europa actual, la más coherente es el Islam.

Ése, en mi opinión, es el principal problema al que se enfrenta el viejo continente: conflicto insoluble, consecuencia de la cobardía, codicia y estupidez europeas. Todos los gobiernos, temiendo ser llamados islamófobos o racistas, cometen idénticos errores desde hace décadas, sin aprender nada de los problemas de seguridad, formación de guetos e implantación de leyes islámicas en ciudades y pueblos. Casi toda Europa mira hacia otro lado ante las mismas atrocidades que los opresores religioso-sociales islámicos perpetran en sus países contra la libertad de expresión, la democracia, la igualdad de sexos o la orientación sexual; y sólo de refilón condena o persigue el trasplante de tales infamias. En España, pese al ejemplo cercano de Francia, la desidia roza lo criminal. Autoridades de todo signo y color ignoran la realidad de los barrios marginales y lo que se dice en algunas mezquitas. Igual que no aprendieron de Francia, tampoco aprenden de Marruecos, donde buena parte de los imanes potencialmente conflictivos está comprada por el gobierno. Por algo será.

Y es que en España, como en el resto de Europa —cada uno con la inmigración que le toca—, lo que interesa es beneficiarse del asunto, vendiéndonos la ausencia de conflicto visible como prueba de asimilación e integración. A cambio, la clase empresarial obtiene mano de obra esclava y barata. También la izquierda más vociferante tiene sus ventajas: olvidando a las mujeres represaliadas y asesinadas en el mundo islámico, donde la extrema derecha religiosa considera a la mujer y a los homosexuales sometidos a la voluntad de Dios, la demagogia europea que vive del camelo subvencionado tiene oportunidad de alzar pancartas, lucir kufiyas, llamar niños a delincuentes de diecisiete años, calificar de racista a quien protesta cuando le roban el móvil o violan a su hija, o manifestarse en apoyo a integristas islámicos —que confunden con los musulmanes en general—, mezclándolos con los parias de la tierra, la lucha contra el capital, el imperialismo americano y el sobado comodín del franquismo (ignorando que nunca hubo política más eficaz de amistad y buena vecindad con Marruecos que la mantenida por el dictador Franco, que los conocía desde la mili). Qué incómodo es recordar las advertencias que contra el velo y la sumisión de la mujer pronunciaron auténticas feministas como Élisabeth Badinter o la española Rosa Montero. Estaría bien que muchos simples e indocumentados conversaran con las curtidas feministas argelinas, endurecidas por diez espantosos años de lucha contra el terror islámico. Esto nos sitúa en el corazón del asunto: los inmigrantes musulmanes que dejan atrás la miseria pero traen su religión y forma de vida. Como Europa, egoísta y estúpida, no ha sido capaz de ofrecerles integración e igualdad real, se sienten más cómodos con sus propios métodos y costumbres. Por eso buena parte de los emigrantes musulmanes no educa a sus hijos con la mentalidad del país de acogida, sino con la del país del que proceden. Tienen sus propias mezquitas, sus barrios, sus escuelas y su televisión; gozan de derechos imposibles en los países de origen, pero a la hora de respetar las obligaciones reclaman un trato distinto por su religión. Y como de tontos no tienen un pelo, se amparan en nuestra propia retórica. Los jóvenes nos desprecian por débiles y contradictorios, mientras que al Islam radical lo ven fuerte y atractivo. Europa es el cáncer, gritan, el Islam es la solución. Con vuestra democracia destruiremos vuestra democracia. Etcétera. La palabra la inventaron los griegos: oikofobia, odio a la casa, el lugar donde vives.

En esa contradicción está el problema. Por necesidad social, el inmigrante debe ser aceptado e integrado; pero su patrimonio cultural e histórico se opone al de una Europa que tampoco se aclara ella misma. Por tal razón esos musulmanes necesitan seguir siendo ellos: profesores denunciados por hablar de jamón o mencionar la Reconquista, protestas en autobuses y lugares donde hay perros —animal impuro según el Corán—, por la Semana Santa, por publicidad con chicas ligeras de ropa, por desnudos en las playas. Añadan a eso imanes que explican cómo pegarle a la esposa sin dejar marcas y que se libran con un cursillo sobre derechos humanos, que aprueban los asesinatos por honor, o que escriben, como el saudí Abdullah Al Qarni: No te dejes engañar por Occidente y sus ideas y modas, y recuerda que las mujeres que salen de casa a trabajar son responsables de la destrucción de sus familias.

Digamos lo que quienes deben hacerlo no se atreven: esto no es un debate entre iguales. Esto es Europa. Pertenecemos a una civilización superior en derechos y libertades. Allí ya me habrían matado, dijo la holandesa de origen somalí Ayaan Hirsi Ali. Aquí no se gobierna desde las iglesias ni las mezquitas; tratamos a las mujeres como a seres libres, no como propiedad de maridos y familiares varones, y no hay que esconderlas ni taparlas porque se nos supone educados para respetarlas. Aquí no hay desacuerdo entre iguales, insisto. En esto Europa está muy por encima, razón por la que acuden a ella miles de emigrantes a refugiarse o ganarse la vida. El problema es que nunca se les plantearon con firmeza las reglas del juego: obtenga trabajo y respeto, pero respete usted las normas. Lleve a sus hijos a colegios que los integren, no llame puta a su hija ni a la mía por llevar minifalda, no la case con quien ella no quiera, no le mutile el clítoris, no le cubra la cara o la cabeza cuando tenga la primera menstruación. Usted trae virtudes que aprecio; aprendamos uno de otro y vamos a llevarnos bien; y si no, ahí está la puerta. Eso no se hizo cuando se podía, y ahora no se puede hacer. Pasó el momento. Europa paga las consecuencias.

"Esto no es un debate entre iguales. Esto es Europa. Una civilización inferior en muchas cosas, pero muy superior en materia de derechos y libertades."

Déjenme volver a las mujeres con velo, sobre cuya prohibición el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dijo hace veinte años que es contradictorio declararse respetuosos con la democracia y los derechos humanos cuando se practican costumbres basadas en la ley islámica. El velo, sea hiyab, chador, niqab o burka, es otra arma de dominación sexual utilizada por el hombre para someter a la mujer. Puede responder a la religión, la moda, la higiene; pero en la Europa laica es símbolo de opresión y barbarie medieval. En ciertos ambientes se usa ahora a modo de reivindicación y desafío por parte de algunas jóvenes musulmanas, como antes fueron, para las europeas, los pantalones o la minifalda. Pero ese símbolo de orgullo para algunas es de resignación y sumisión para muchas otras. La pregunta, o el síntoma siniestro, es por qué las jóvenes lo llevan en tiempos que coinciden con el redoblar de la ultraderecha islámica en todo el mundo. No pueden pretender que eso se pase por alto. Las mujeres que usan voluntariamente velo, así como las feministas ignorantes que las jalean, insultan y abandonan a su suerte a las mujeres que luchan en los países islámicos y a las que sufrieron y lucharon por su libertad en Europa y el mundo. Para muchos musulmanes, una mujer velada no es una ciudadana común, sino un animal doméstico que tutela el varón y sobre el cual decide. Ninguna democracia puede tolerar eso. Es cierto que si una chica enseña el tanga otra tiene derecho a cubrirse la cabeza, y que ahí la sensatez es decisiva. En ese contexto, el pañuelo es perfectamente asumible. Otra cosa es echar un pulso al modelo de derechos y libertades occidentales. Hay que distinguir, y las mujeres musulmanas deben saber distinguir. Cuando a una se le impide o critica llevar velo o cubrirse el rostro en lugares inapropiados, no se ataca su libertad, sino que se la protege. A veces de su familia y su entorno. Otras, de sí misma.

Cada una de estas concesiones ha sido en Europa una batalla perdida, a menudo sin saber que se ha luchado. La ultraderecha islámica es cada vez más arrogante y audaz, aunque no salga en los telediarios. Uno de cada dos o tres jóvenes de origen musulmán coloca su identidad religiosa por encima de la nacional —y también la del país de origen antes que el de acogida—, está de acuerdo con la ley islámica y sostiene que la transgresión debe castigarse con dureza. En algunos lugares, la policía islámica de ciertos imanes radicales actúa con impunidad: mujeres no sólo musulmanas son insultadas por la calle, nadie presenta denuncias por miedo a las represalias, y el insumiso se ve condenado a muerte social, boicotean su negocio, marginan a su familia. Pronto los agentes de la seguridad del Estado deberán ser musulmanes para entrar en determinadas zonas, o ir en grupo y armados como ya ocurre en otros lugares de Europa. Lo he visto en París, en Génova, en Marsella.

No hay solución posible. Se equivocan los que dicen que no pasa nada y también los que auguran un apocalipsis moruno. Todo está ocurriendo despacio y de modo natural. Es tan sólo la Historia, que gira sus ruedas. Tardará todavía, pues treinta siglos de civilización no los liquida un velo islámico. Es interesante, de todas formas, presenciar el ocaso de un mundo con la lucidez que proporciona la cultura, parecida a un analgésico: no elimina la causa del dolor, pero ayuda a soportarlo. Sin embargo, hay una pregunta que no viviré lo suficiente para ver la respuesta: los emigrantes musulmanes instalados en Europa, al transformarla y hacerla cada vez más suya, conseguirán tal vez escapar de la miseria que dejaron atrás; pero los que huyen del rigor islámico y sus consecuencias, ¿dónde irán a refugiarse cuando toda Europa se haya convertido en una mezquita?

 

Los godos del emperador Valente. Arturo Pérez-Reverte.

En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas de Atila. Por diversas razones -entre otras, que Roma ya no era lo que había sido- se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces. En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano.

Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado. Que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender. Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos. Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte. El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente (el imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa), es que todo eso -Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire- tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más.

Pagamos nuestros pecados. La desaparición de los regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en lugares donde las palabras Islam y Rais -religión mezclada con liderazgos tribales- hacen difícil la democracia, pusieron a hervir la caldera. Cayeron los centuriones -bárbaros también, como al fin de todos los imperios- que vigilaban nuestro limes. Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros -en el sentido histórico de la palabra- que cabalgan detrás. Eso nos sitúa en una coyuntura nueva para nosotros pero vieja para el mundo. Una coyuntura inevitablemente histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios, civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o desaparecieron. Y los pocos centuriones que hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados. Los condenan nuestro egoísmo, nuestro buenismo hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los bárbaros.

A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los godos lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo. Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada. La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean oenegés, no fuerzas militares. Toda actuación vigorosa -y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia- queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939. Cualquier actuación contra los que empujan a los godos es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias. Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción. El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades. La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la humanidad. Por desgracia para el imperio.

Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida. Pero las cosas no son tan simples. Los godos seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades. Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre. Cuando esto ocurre hay pocas alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en desmoronarse.

Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables. Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho. Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos. Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder. El recurso final será una policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder. Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa. Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia. También parte de la población romana -no todos eran bárbaros- ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia iniciativa. Ninguna pax romana beneficia a todos por igual. Y es que no hay forma de parar la Historia. «Tiene que haber una solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la Historia no se soluciona, sino que se vive; y, como mucho, se lee y estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo, en la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado. Y lo que olvidamos es que no siempre hay solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros. Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos bajamos en la próxima. En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables. Una es el consuelo analgésico de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo. Como ese romano al que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar. 

La otra actitud razonable, creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos jóvenes. Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y sentido común el mundo que viene. Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue. Dándoles herramientas para vivir en un territorio que durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso. Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por lucidez. Por serenidad intelectual. Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes -llegado el caso- de la digna altivez del suicidio. Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con demagogias baratas y cuentos de Walt Disney. Ya es hora de que en los colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a los ojos. 

domingo, 18 de octubre de 2026

Filóctetes. Sófocles.

Neoptólemo.- Sin embargo, habiendo sido enviado como colaborador tuyo, temo ser llamado traidor. Pero prefiero, rey, fracasar obrante rectamente que vencer con malas artes.

Odiseo.- Hijo de noble padre, también yo mismo cuando era joven tenía la palabra ociosa y el brazo activo. Y ahora, remitiéndome a las pruebas, veo que entre los mortales son las palabras y no los actos los que guían todo.

 

Neoptólemo.- Y ¿no consideras vergonzoso, ciertamente, decir mentiras?

Odiseo.- No, si la mentira reporta la salvación.

Neoptólemo.- Y ¿cómo se atrevería alguien a hablar así mirando a la cara?

Odiseo.- Cuando hace algo para un proyecto, no conviene vacilar.

Neoptólemo.- ¿Qué me aprovecha a mí que éste vaya a Troya?

Odiseo.- Sólo este arco conquistará Troya.

lunes, 12 de octubre de 2026

Posthoméricas. Libros V-VI. Quinto de Esmirna

A todos los hombres la divinidad les procuró el mismo mal; la pérdida de los seres queridos; pero también a todos nosotros nos cubrirá la tierra.

Que hayamos recorrido un mismo camino de la vida, ni el que cada uno desea porque allá en lo alto bienes y males reposan en las rodillas de los dioses, mezclados todos juntos por obra de las Moiras. Y ninguno d ellos inmortales alcanza a verlos, sino que resultan invisibles, ocultos como están por una divina niebla; sólo la Moira pone sobre ellos sus manos, y, sin mirarlos, del Olimpo a la tierra los arroja: por todas partes entonces se desplazan, como movidos por los soplos del viento, y así, a menudo a un hombre bueno lo envuelve una gran desgracia, y al malvado lo sobreviene involuntariamente la prosperidad. A ciegas se conduce la vida de los hombres, por lo que no avanza con paso seguro, sino que continuamente tropiezan sus pies.

Nunca una mujer le sobreviene un dolor más funesto que cuando sus hijos perecen, una vez ha fallecido también su esposo, y es así despoblada su casa por la cruel muerte, de inmediato los hombres de los alrededores se reparten sus campos y todo se lo saquean, sin cuidarse de las leyes, porque no existe nada más angustiado ni pusilánime que una mujer desvalida de su morada. 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Posthoméricas. Libros I-IV. Quinto de Esmirna

Tersites: Pues nada hay más funesto para los mortales que el placer ávido de lecho, que vuelve insensato a un hombre por muy prudente que sea.

Néstor: No hay peor sufrimiento para los mortales que cuando los hijos perecen a la vista de su padre.

Néstor: Memnón, vano es todo eso que proclamas, pues nadie dirá que es insensato quien a causa de su hijo se echa a 320 combatir contra los enemigos, para así rechazar lejos de su cadáver, en medio del tumulto, al despiadado asesino de hijos. ¡Ojalá se conservara aún íntegra mi fuerza, para que 325 conocieras mi lanza! Tú ahora muestras una total arrogancia, porque el espíritu de un guerrero joven es audaz y muy ligera su mente; por ello profieres, con altivos pensamientos, palabras necias. Si hubieras acudido a enfrentarte a mí cuando era joven, no se habrían alegrado por ti tus seres 330 queridos, por muy fuerte que fueras. Ahora, por el contrario, me veo abrumado por esta horrible vejez, como un león al que un simple perro con audacia ahuyenta de un aprisco lleno de corderos, y que, a pesar de sus ansias, no se defiende contra él, pues ya no se conservan iguales ni sus dientes ni su ímpetu, y destrozado por el tiempo se halla su corazón; 335 así tampoco alberga ya mi pecho una fuerza como la de antes. Sin embargo, soy aún mejor que muchos hombres, y ante pocos cede mi vejez.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Ilíada. Homero.

 CANTO I

(Aquiles) —¡Ah, impudente y codicioso! ¿Cómo puede estar dispuesto a obedecer tus órdenes ni un aqueo siquiera, para emprender la marcha o para combatir valerosamente con otros hombres? No he venido a pelear obligado por los belicosos teucros, pues en nada se me hicieron culpables —no se llevaron nunca mis vacas ni mis caballos, ni destruyeron jamás la cosecha en la fértil Ptía, criadora de hombres, porque muchas umbrías montañas y el ruidoso mar nos separan—, sino que te seguimos a ti, grandísimo insolente, para darte el gusto de vengaros de los troyanos a Menelao y a ti, ojos de perro. No fijas en esto la atención, ni por ello te tomas ningún cuidado, y aun me amenazas con quitarme la recompensa que por mis grandes fatigas me dieron los aqueos. Jamás el botín que obtengo iguala al tuyo cuando éstos entran a saco una populosa ciudad de los troyanos: aunque la parte más pesada de la impetuosa guerra la sostienen mis manos, tu recompensa, al hacerse el reparto, es mucho mayor; y yo vuelvo a mis naves, temiéndola pequeña, aunque grata, después de haberme cansado en el combate. Ahora me iré a Ptía, pues lo mejor es regresar a la patria en las cóncavas naves: no pienso permanecer aquí sin honra para procurarte ganancia y riqueza."

 

CANTO III

Cuando ambos ejércitos se hubieron acercado el uno al otro, apareció en la primera fila de los teucros Alejandro, semejante a un dios, con una piel de leopardo en los hombros, el corvo arco y la espada; y blandiendo dos lanzas de broncínea punta, desafiaba a los más valientes argivos a que con él sostuvieran terrible combate. Menelao, caro a Ares, viole venir con arrogante paso al frente de la tropa, y como el león hambriento que ha encontrado un gran cuerpo de cornígero ciervo o de cabra montés, se alegra y lo devora, aunque lo persigan ágiles perros y robustos mozos; así Menelao se holgó de ver con sus propios ojos al deiforme Alejandro —figurose que podría castigar al culpable— y al momento saltó del carro al suelo sin dejar las armas. Pero el deiforme Alejandro, apenas distinguió a Menelao entre los combatientes delanteros, sintió que se le cubría el corazón, y para librarse de la muerte, retrocedió al grupo de sus amigos. Como el que descubre un dragón en la espesura de un monte, se echa con prontitud hacia atrás, tiémblanle las carnes y se aleja con la palidez pintada en sus mejillas; así el deiforme Alejandro, temiendo al hijo de Atreo, desapareció en la turba de los altivos teucros.

Advirtiolo Héctor y le reprendió con injuriosas palabras:

(HÉCTOR) —¡Miserable Paris, el de más hermosa figura, mujeriego, seductor! Ojalá no te contaras en el número de los nacidos o hubieses muerto célibe. Yo así lo quisiera y te valdría más que ser la vergüenza y el oprobio de los tuyos. Los melenudos aqueos se ríen de haberte considerado como un bravo campeón por tu gallarda figura, cuando no hay en tu pecho ni fuerza ni valor. Y siendo cual eres, ¿reuniste a tus amigos, surcaste los mares en ligeros buques, visitaste a extranjeros, y trajiste de remota tierra una mujer linda, esposa y cuñada de hombres belicosos, que es una gran plaga para tu padre, la ciudad y el pueblo todo, y causa de gozo para los enemigos y de confusión para mismo? ¿No esperas a Menelao, caro a Ares? Conocerías de qué varón tienes la floreciente esposa, y no te valdrían la cítara, los dones de Afrodita, la cabellera y la hermosura, cuando rodaras por el polvo. Los troyanos son muy tímidos; pues si no, ya estarías revestido de una túnica de piedras por los males que les has causado.
Respondiole el deiforme Alejandro:

(ALEJANDRO).—¡Héctor! Con motivo me increpas y no más de lo justo; pero tu corazón es inflexible como el hacha que hiende un leño y multiplica la fuerza de quien la maneja hábilmente para cortar maderos de navío: tan intrépido es el ánimo que en tu pecho se encierra. No me eches en cara los amables dones de la dorada Afrodita, que no son despreciables los eximios presentes de los dioses y nadie puede escogerlos a su gusto. Y si ahora quieres que luche y combata, detén a los demás teucros y a los aqueos todos, y dejadnos en medio a Menelao, caro a Ares, y a mí para que peleemos por Helena y sus riquezas: el que venza, por ser más valiente, lleve a su casa mujer y riquezas; y después de jurar paz y amistad, seguid vosotros en la fértil Troya y vuelvan aquéllos a la Argólide, criadora de caballos, y a la Acaya, de lindas mujeres."

 

CANTO IV

(Néstor) …jamás las deidades lo dieron todo y a un mismo tiempo a los hombres: si entonces era joven, ya para mí llegó la senectud. Esto no obstante, acompañaré a los que combaten en carros para exhortarlos con consejos y palabras, que tal es la misión de los ancianos. Las lanzas las blandirán los jóvenes, que son más vigorosos y pueden confiar en sus fuerzas.

 

CANTO VI

Él, mirando a su hijo, sonrió en silencio, y Andrómaca, permaneciendo en pie a su lado, comenzó a verter lágrimas; tomándolo, pues, de la mano, lo llamó por su nombre y pronunció estas palabras: «¡Desdichado! ¡Tu furia te destruirá! ¡No sientes piedad por tu pobre hijo ni por mí, desgraciada, que pronto seré tu viuda, ya que pronto te matarán los aqueos atacándote todos a un tiempo! ¡Mejor sería que me tragara la tierra si te llego a perder, pues ya no me quedará otro consuelo cuando te enfrentes a tu destino, sólo tristeza! No tengo padre, ni soberana madre.

 

CANTO VI

(Héctor) Contestóle el gran Héctor, el de tremolante casco: todo esto me da cuidado, mujer, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos y las troyanas de rozagantes peplos, si como un cobarde huyera del combate; y tampoco mi corazón me incita a ello, que siempre supe ser valiente y pelear en primera fila entre los troyanos, manteniendo la inmensa gloria de mi padre y de mí mismo. Bien lo conoce mi inteligencia y lo presiente mi corazón: día vendrá en que perezcan la sagrada Ilio, Príamo y el pueblo de Príamo, armada con lanzas de fresno. Pero la futura desgracia de los troyanos, de la misma Hécuba, del rey Príamo y de muchos de mis valientes hermanos que caerán en el polvo a manos de los enemigos, no me importa tanto como la que padecerás tú cuando alguno de los aqueos, de broncíneas corazas, se te lleve llorosa, privándote de libertad, y luego tejas tela a Argos, a las órdenes de otra mujer, o vayas por agua a la fuente Meseide o Hiperea, muy contrariada porque la dura necesidad pesará sobre ti. Y quizás alguien exclame, al verte derramar lágrimas: “ésta fue la esposa de Héctor, el guerrero que más se señalaba entre los troyanos, domadores de caballos, cuando en torno de Ilio peleaban”. Así dirán, y sentirás un nuevo pesar al verte sin el hombre que pudiera librarte de la esclavitud. Pero ojalá un montón de tierra cubra mi cadáver, antes que oiga tus clamores o presencia tu rapto.

 

(Héctor) -¡Desdichada! No en demasía tu corazón se acongoje, que nadie me enviará al Hades antes de lo dispuesto por el destino; y de su suerte ningún hombre sea cobarde o valiente, puede librarse una vez nacido.

 

CANTO IX

Tetis, diosa de los pies de plata, mi madre, me ha dicho que de dos modos pueden llevarme a la muerte las parcas: si aquí quedo batiéndome en torno a la villa troyana, a la patria no regresaré y será eterna mi gloria; y si vuelvo, al contrario, a mi tierra paterna, la fama perderé, mas la vida será, sin embargo, muy larga, porque allí no podrá sorprenderme la muerte tan pronto.

 

CANTO IX

Respondióle Aquiles, el de pies ligeros: me es tan odioso como las puertas de Hades quien piensa una cosa y manifiesta otra. La misma recompensa obtiene el que se queda en su tienda, que el que pelea con bizarría; en igual consideración son tenidos el cobarde y el valiente;  Conquisté doce ciudades por mar y once por tierra en la fértil región troyana; de todas saqué abundantes y preciosos despojos que di al Atrida, y éste, que se quedaba en las veleras naves, recibiólos, repartió unos pocos se guardó los restantes. Mas las recompensas que Agamenón concedió a los reyes y caudillos siguen en poder de éstos; y a mí, solo entre los aqueos, me quitó la dulce esposa y la retiene aún: que goce durmiendo con ella. ¿Por qué los argivos han tenido que mover guerra a los troyanos? ¿Por qué el Atrida ha juntado y traído el ejército? ¿No es por Helena, la de hermosa cabellera? Pues ¿acaso son los Atridas los únicos hombres, de voz articulada, que aman a sus esposas? Todo hombre bueno y sensato quiere y cuida a la suya, y yo apreciaba cordialmente a la mía, aunque la había adquirido por medio de la lanza. Ya que me defraudó, arrebatándome de las manos la recompensa, no me tiente; lo conozco y no me persuadirá. Delibere contigo, Ulises, y con los demás reyes cómo podrá librar a las naves del fuego enemigo. Muchas cosas ha hecho ya sin mi ayuda, pues construyó un muro, abriendo a su pie ancho y profundo foso que defiende una empalizada; mas ni con esto puede contener el arrojo de Héctor, matador de hombres. Mientras combatí por los aqueos, jamás quiso Héctor que la pelea se trabara lejos de la muralla; puesto que ya no deseo guerrear contra el divino Héctor mañana, después de ofrecer sacrificios a Zeus y a los demás dioses, echaré al mar los cargados bajeles, y verás, si quieres y te interesa, mis naves surcando el Helesponto,

 

Mi madre, la diosa Tetis, de argentados pies, dice que las parcas pueden llevarme al fin de la muerte de una de estas dos maneras: si me quedo aquí a combatir en torno de la ciudad troyana, no volveré a la patria tierra, pero mi gloria será inmortal; si regreso, perderé la ínclita fama, pero mi vida será larga, pues la muerte no se sorprenderá tan pronto.

 

No me ocuparé en la cruenta guerra hasta que el hijo del aguerrido Príamo, Héctor divino, llegue matando argivos a las tiendas y naves de los mirmidones y las incendie. Creo que Héctor, aunque esté enardecido, se abstendrá de combatir tan pronto como se acerque a mi tienda y a mi negra nave.

 

CANTO XII

Confiemos en las promesas del gran Zeus, que reina sobre todos, mortales e inmortales. El mejor agüero es éste: combatir por la patria. ¿Por qué te dan miedo el combate y la pelea?

 

CANTO XXII

(Príamo) Compádecete también de mí, de este infeliz y desgraciado que aún conserva la razón; pues el padre Cronida me quitará la vida en la senectud y con aciaga suerte, después de presenciar muchas desventuras: muertos mis hijos, esclavizadas mis hijas, destruidos los tálamos, arrojados los niños por el suelo en el terrible combate y las nueras arrastradas por las funestas manos de los aqueos. Y cuando, por fin, alguien me deje sin vida los miembros, hiriéndome con el agudo bronce o con arma arrojadiza, los valores perros que con comida de mi mesa crié en el palacio para que lo guardasen despedazarán mi cuerpo en la puerta exterior, beberán mi sangre, y, saciado el apetito, se tenderá en el pórtico. Yacer en el suelo, habiendo sido atravesado en la lid por el agudo bronce, es decoroso para un joven, y cuanto de él pueda verse todo es bello, a pesar de la muerte; pero que los perros destrocen la cabeza y la barba encanecidas y las partes verendas de un anciano muerto en la guerra es lo más Trieste de cuanto les puede ocurrir a los míseros mortales.

 

CANTO XXIV

(Hécuba)-¡Ay de mí! ¿Qué es de la prudencia que antes te hizo célebre entre los extranjeros y entre aquéllos sobre los cuales reinas? ¿Cómo quieres ir solo a las naves de los aqueos y presentarte ante los ojos del hombre que te mató a tantos y tan valientes hijos? De hierro tienes el corazón. Si ese guerrero cruel y pérfido llega a verte con sus propios ojos y te coge, ni se apiadará de ti, ni te respetará en lo más mínimo. Lloremos a Héctor desde lejos, sentados en el palacio; ya que, cuando le di a luz, el hago poderosos hiló de esta suerte el estambre de su vida: que habría de saciar con su carne a los veloces perros, lejos de sus padres y junto al hombre violento cuyo hígado ojalá pudiera yo comer hincándole los dientes.

(Príamo)-No te opongas a mi resolución… lo acepto: máteme Aquiles tan luego como abrace a mi hijo y satisfaga el deseo de llorarle.

 

(Príamo) … respeta a los dioses, Aquiles, y apiádate de mí, acordándote de tu padre; que yo soy todavía más digno de piedad, puesto que me atreví a lo que ningún otro mortal de la tierra: a llevar a mi boca la mano del hombre matador de mis hijos.

(Aquiles) ¿Cómo osaste venir solo a las naves de los aqueos, a los ojos del hombre que te mató tantos y tan valientes hijos? De hierro tienes el corazón. Mas, ea, toma asiento en esta silla; y, aunque los dos estamos afligidos, dejemos reposar en el alma las penas, pues el triste llanto para nada aprovecha. Los dioses destinaron a los míseros mortales a vivir en la tristeza, y sólo ellos están descuidados. En los umbrales del palacio de Zeus hay dos toneles de dones que el dios reparte: en el uno están los males y en el otro los bienes. Aquél a quien Zeus, que se complace en lanzar rayos, se los da mezclados, unas veces topa con la desdicha y otras con la buena ventura; pero el que tan sólo recibe penas vive con afrenta.

viernes, 28 de agosto de 2026

Reso. Eurípides.

HÉCTOR: ¿Qué mayor recompensa esperas de mí?

DOLÓN: ¡Los caballos de Aquiles! Merece un premio digno de su hazaña quien se juega la vida a los dados de un dios.

 

HÉCTOR: Ya que a mi lanza le sonríe el destino y Zeus está de nuestra parte, encontraré muchos amigos. Pero para nada necesitamos a los que en otro tiempo no compartieron nuestras fatigas, cuando el destructor Ares destrozaba, con soplo huracanado, las velas de esta tierra. Reso nos muestra de qué clase es su amor a Troya: viene al festín sin haber estado presente cuando los cazadores obtuvieron las presas, y sin haber tomado parte en la lucha.

 

ÁURIGA DE RESO: … Has sido tú quien ha hecho eso… Y lo has hecho llevado del deseo de los caballos… ¿Quién podría atravesar las líneas troyanas y llegar a nosotros sin ser visto?

HÉCTOR: …No se ha apoderado de mí un deseo tan desmedido de esos caballos (de Aquiles) como para dar muertes a mis amigos. Es Odiseo quien lo ha hecho. ¿Qué otro hombre entre los argivos hubiera sido capaz de planearlo y llevarlo a cabo? Temo, y mi corazón está inquieto por ello, que se haya tropezado, además, con Dolón y que le haya matado.

 

MUSA: ¡Perezca el descendiente de Eneo (Diomedes)! ¡Perezca el hijo de Laertes, que me ha privado de mi hijo, el más esclarecido de los héroes! ¡Perezca Helena que, abandonando su morada, navegó en pos de un lecho frigio, y te ha hecho perecer a ti al pie de Ilión y en defensa de Troya, oh queridísimo, y ha despoblado de valientes guerreros a innúmeras ciudades!

HÉCTOR: …¿no es natural que enviase heraldos a mis amigos, a fin de que acudiesen en auxilio de mi país? Los envié, y, cumpliendo con su deber, Reso vino dipuesto a combatir a mi lado.

MUSA: … Oh dolores de los que engendran hijos, sufrimiento de los mortales! Quien piense en vosotros con sentido común pasará la vida sin hijos, y de ese modo no tendrá que sepultar a quienes son su propia sangre.