lunes, 12 de octubre de 2026

Posthoméricas. Libros V-VI. Quinto de Esmirna

A todos los hombres la divinidad les procuró el mismo mal; la pérdida de los seres queridos; pero también a todos nosotros nos cubrirá la tierra.

Que hayamos recorrido un mismo camino de la vida, ni el que cada uno desea porque allá en lo alto bienes y males reposan en las rodillas de los dioses, mezclados todos juntos por obra de las Moiras. Y ninguno d ellos inmortales alcanza a verlos, sino que resultan invisibles, ocultos como están por una divina niebla; sólo la Moira pone sobre ellos sus manos, y, sin mirarlos, del Olimpo a la tierra los arroja: por todas partes entonces se desplazan, como movidos por los soplos del viento, y así, a menudo a un hombre bueno lo envuelve una gran desgracia, y al malvado lo sobreviene involuntariamente la prosperidad. A ciegas se conduce la vida de los hombres, por lo que no avanza con paso seguro, sino que continuamente tropiezan sus pies.

Nunca una mujer le sobreviene un dolor más funesto que cuando sus hijos perecen, una vez ha fallecido también su esposo, y es así despoblada su casa por la cruel muerte, de inmediato los hombres de los alrededores se reparten sus campos y todo se lo saquean, sin cuidarse de las leyes, porque no existe nada más angustiado ni pusilánime que una mujer desvalida de su morada. 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Posthoméricas. Libros I-IV. Quinto de Esmirna

Tersites: Pues nada hay más funesto para los mortales que el placer ávido de lecho, que vuelve insensato a un hombre por muy prudente que sea.

Néstor: No hay peor sufrimiento para los mortales que cuando los hijos perecen a la vista de su padre.

Néstor: Memnón, vano es todo eso que proclamas, pues nadie dirá que es insensato quien a causa de su hijo se echa a 320 combatir contra los enemigos, para así rechazar lejos de su cadáver, en medio del tumulto, al despiadado asesino de hijos. ¡Ojalá se conservara aún íntegra mi fuerza, para que 325 conocieras mi lanza! Tú ahora muestras una total arrogancia, porque el espíritu de un guerrero joven es audaz y muy ligera su mente; por ello profieres, con altivos pensamientos, palabras necias. Si hubieras acudido a enfrentarte a mí cuando era joven, no se habrían alegrado por ti tus seres 330 queridos, por muy fuerte que fueras. Ahora, por el contrario, me veo abrumado por esta horrible vejez, como un león al que un simple perro con audacia ahuyenta de un aprisco lleno de corderos, y que, a pesar de sus ansias, no se defiende contra él, pues ya no se conservan iguales ni sus dientes ni su ímpetu, y destrozado por el tiempo se halla su corazón; 335 así tampoco alberga ya mi pecho una fuerza como la de antes. Sin embargo, soy aún mejor que muchos hombres, y ante pocos cede mi vejez.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Ilíada. Homero.

 CANTO I

(Aquiles) —¡Ah, impudente y codicioso! ¿Cómo puede estar dispuesto a obedecer tus órdenes ni un aqueo siquiera, para emprender la marcha o para combatir valerosamente con otros hombres? No he venido a pelear obligado por los belicosos teucros, pues en nada se me hicieron culpables —no se llevaron nunca mis vacas ni mis caballos, ni destruyeron jamás la cosecha en la fértil Ptía, criadora de hombres, porque muchas umbrías montañas y el ruidoso mar nos separan—, sino que te seguimos a ti, grandísimo insolente, para darte el gusto de vengaros de los troyanos a Menelao y a ti, ojos de perro. No fijas en esto la atención, ni por ello te tomas ningún cuidado, y aun me amenazas con quitarme la recompensa que por mis grandes fatigas me dieron los aqueos. Jamás el botín que obtengo iguala al tuyo cuando éstos entran a saco una populosa ciudad de los troyanos: aunque la parte más pesada de la impetuosa guerra la sostienen mis manos, tu recompensa, al hacerse el reparto, es mucho mayor; y yo vuelvo a mis naves, temiéndola pequeña, aunque grata, después de haberme cansado en el combate. Ahora me iré a Ptía, pues lo mejor es regresar a la patria en las cóncavas naves: no pienso permanecer aquí sin honra para procurarte ganancia y riqueza."

 

CANTO III

Cuando ambos ejércitos se hubieron acercado el uno al otro, apareció en la primera fila de los teucros Alejandro, semejante a un dios, con una piel de leopardo en los hombros, el corvo arco y la espada; y blandiendo dos lanzas de broncínea punta, desafiaba a los más valientes argivos a que con él sostuvieran terrible combate. Menelao, caro a Ares, viole venir con arrogante paso al frente de la tropa, y como el león hambriento que ha encontrado un gran cuerpo de cornígero ciervo o de cabra montés, se alegra y lo devora, aunque lo persigan ágiles perros y robustos mozos; así Menelao se holgó de ver con sus propios ojos al deiforme Alejandro —figurose que podría castigar al culpable— y al momento saltó del carro al suelo sin dejar las armas. Pero el deiforme Alejandro, apenas distinguió a Menelao entre los combatientes delanteros, sintió que se le cubría el corazón, y para librarse de la muerte, retrocedió al grupo de sus amigos. Como el que descubre un dragón en la espesura de un monte, se echa con prontitud hacia atrás, tiémblanle las carnes y se aleja con la palidez pintada en sus mejillas; así el deiforme Alejandro, temiendo al hijo de Atreo, desapareció en la turba de los altivos teucros.

Advirtiolo Héctor y le reprendió con injuriosas palabras:

(HÉCTOR) —¡Miserable Paris, el de más hermosa figura, mujeriego, seductor! Ojalá no te contaras en el número de los nacidos o hubieses muerto célibe. Yo así lo quisiera y te valdría más que ser la vergüenza y el oprobio de los tuyos. Los melenudos aqueos se ríen de haberte considerado como un bravo campeón por tu gallarda figura, cuando no hay en tu pecho ni fuerza ni valor. Y siendo cual eres, ¿reuniste a tus amigos, surcaste los mares en ligeros buques, visitaste a extranjeros, y trajiste de remota tierra una mujer linda, esposa y cuñada de hombres belicosos, que es una gran plaga para tu padre, la ciudad y el pueblo todo, y causa de gozo para los enemigos y de confusión para mismo? ¿No esperas a Menelao, caro a Ares? Conocerías de qué varón tienes la floreciente esposa, y no te valdrían la cítara, los dones de Afrodita, la cabellera y la hermosura, cuando rodaras por el polvo. Los troyanos son muy tímidos; pues si no, ya estarías revestido de una túnica de piedras por los males que les has causado.
Respondiole el deiforme Alejandro:

(ALEJANDRO).—¡Héctor! Con motivo me increpas y no más de lo justo; pero tu corazón es inflexible como el hacha que hiende un leño y multiplica la fuerza de quien la maneja hábilmente para cortar maderos de navío: tan intrépido es el ánimo que en tu pecho se encierra. No me eches en cara los amables dones de la dorada Afrodita, que no son despreciables los eximios presentes de los dioses y nadie puede escogerlos a su gusto. Y si ahora quieres que luche y combata, detén a los demás teucros y a los aqueos todos, y dejadnos en medio a Menelao, caro a Ares, y a mí para que peleemos por Helena y sus riquezas: el que venza, por ser más valiente, lleve a su casa mujer y riquezas; y después de jurar paz y amistad, seguid vosotros en la fértil Troya y vuelvan aquéllos a la Argólide, criadora de caballos, y a la Acaya, de lindas mujeres."

 

CANTO IV

(Néstor) …jamás las deidades lo dieron todo y a un mismo tiempo a los hombres: si entonces era joven, ya para mí llegó la senectud. Esto no obstante, acompañaré a los que combaten en carros para exhortarlos con consejos y palabras, que tal es la misión de los ancianos. Las lanzas las blandirán los jóvenes, que son más vigorosos y pueden confiar en sus fuerzas.

 

CANTO VI

Él, mirando a su hijo, sonrió en silencio, y Andrómaca, permaneciendo en pie a su lado, comenzó a verter lágrimas; tomándolo, pues, de la mano, lo llamó por su nombre y pronunció estas palabras: «¡Desdichado! ¡Tu furia te destruirá! ¡No sientes piedad por tu pobre hijo ni por mí, desgraciada, que pronto seré tu viuda, ya que pronto te matarán los aqueos atacándote todos a un tiempo! ¡Mejor sería que me tragara la tierra si te llego a perder, pues ya no me quedará otro consuelo cuando te enfrentes a tu destino, sólo tristeza! No tengo padre, ni soberana madre.

 

CANTO VI

(Héctor) Contestóle el gran Héctor, el de tremolante casco: todo esto me da cuidado, mujer, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos y las troyanas de rozagantes peplos, si como un cobarde huyera del combate; y tampoco mi corazón me incita a ello, que siempre supe ser valiente y pelear en primera fila entre los troyanos, manteniendo la inmensa gloria de mi padre y de mí mismo. Bien lo conoce mi inteligencia y lo presiente mi corazón: día vendrá en que perezcan la sagrada Ilio, Príamo y el pueblo de Príamo, armada con lanzas de fresno. Pero la futura desgracia de los troyanos, de la misma Hécuba, del rey Príamo y de muchos de mis valientes hermanos que caerán en el polvo a manos de los enemigos, no me importa tanto como la que padecerás tú cuando alguno de los aqueos, de broncíneas corazas, se te lleve llorosa, privándote de libertad, y luego tejas tela a Argos, a las órdenes de otra mujer, o vayas por agua a la fuente Meseide o Hiperea, muy contrariada porque la dura necesidad pesará sobre ti. Y quizás alguien exclame, al verte derramar lágrimas: “ésta fue la esposa de Héctor, el guerrero que más se señalaba entre los troyanos, domadores de caballos, cuando en torno de Ilio peleaban”. Así dirán, y sentirás un nuevo pesar al verte sin el hombre que pudiera librarte de la esclavitud. Pero ojalá un montón de tierra cubra mi cadáver, antes que oiga tus clamores o presencia tu rapto.

 

(Héctor) -¡Desdichada! No en demasía tu corazón se acongoje, que nadie me enviará al Hades antes de lo dispuesto por el destino; y de su suerte ningún hombre sea cobarde o valiente, puede librarse una vez nacido.

 

CANTO IX

Tetis, diosa de los pies de plata, mi madre, me ha dicho que de dos modos pueden llevarme a la muerte las parcas: si aquí quedo batiéndome en torno a la villa troyana, a la patria no regresaré y será eterna mi gloria; y si vuelvo, al contrario, a mi tierra paterna, la fama perderé, mas la vida será, sin embargo, muy larga, porque allí no podrá sorprenderme la muerte tan pronto.

 

CANTO IX

Respondióle Aquiles, el de pies ligeros: me es tan odioso como las puertas de Hades quien piensa una cosa y manifiesta otra. La misma recompensa obtiene el que se queda en su tienda, que el que pelea con bizarría; en igual consideración son tenidos el cobarde y el valiente;  Conquisté doce ciudades por mar y once por tierra en la fértil región troyana; de todas saqué abundantes y preciosos despojos que di al Atrida, y éste, que se quedaba en las veleras naves, recibiólos, repartió unos pocos se guardó los restantes. Mas las recompensas que Agamenón concedió a los reyes y caudillos siguen en poder de éstos; y a mí, solo entre los aqueos, me quitó la dulce esposa y la retiene aún: que goce durmiendo con ella. ¿Por qué los argivos han tenido que mover guerra a los troyanos? ¿Por qué el Atrida ha juntado y traído el ejército? ¿No es por Helena, la de hermosa cabellera? Pues ¿acaso son los Atridas los únicos hombres, de voz articulada, que aman a sus esposas? Todo hombre bueno y sensato quiere y cuida a la suya, y yo apreciaba cordialmente a la mía, aunque la había adquirido por medio de la lanza. Ya que me defraudó, arrebatándome de las manos la recompensa, no me tiente; lo conozco y no me persuadirá. Delibere contigo, Ulises, y con los demás reyes cómo podrá librar a las naves del fuego enemigo. Muchas cosas ha hecho ya sin mi ayuda, pues construyó un muro, abriendo a su pie ancho y profundo foso que defiende una empalizada; mas ni con esto puede contener el arrojo de Héctor, matador de hombres. Mientras combatí por los aqueos, jamás quiso Héctor que la pelea se trabara lejos de la muralla; puesto que ya no deseo guerrear contra el divino Héctor mañana, después de ofrecer sacrificios a Zeus y a los demás dioses, echaré al mar los cargados bajeles, y verás, si quieres y te interesa, mis naves surcando el Helesponto,

 

Mi madre, la diosa Tetis, de argentados pies, dice que las parcas pueden llevarme al fin de la muerte de una de estas dos maneras: si me quedo aquí a combatir en torno de la ciudad troyana, no volveré a la patria tierra, pero mi gloria será inmortal; si regreso, perderé la ínclita fama, pero mi vida será larga, pues la muerte no se sorprenderá tan pronto.

 

No me ocuparé en la cruenta guerra hasta que el hijo del aguerrido Príamo, Héctor divino, llegue matando argivos a las tiendas y naves de los mirmidones y las incendie. Creo que Héctor, aunque esté enardecido, se abstendrá de combatir tan pronto como se acerque a mi tienda y a mi negra nave.

 

CANTO XII

Confiemos en las promesas del gran Zeus, que reina sobre todos, mortales e inmortales. El mejor agüero es éste: combatir por la patria. ¿Por qué te dan miedo el combate y la pelea?

 

CANTO XXII

(Príamo) Compádecete también de mí, de este infeliz y desgraciado que aún conserva la razón; pues el padre Cronida me quitará la vida en la senectud y con aciaga suerte, después de presenciar muchas desventuras: muertos mis hijos, esclavizadas mis hijas, destruidos los tálamos, arrojados los niños por el suelo en el terrible combate y las nueras arrastradas por las funestas manos de los aqueos. Y cuando, por fin, alguien me deje sin vida los miembros, hiriéndome con el agudo bronce o con arma arrojadiza, los valores perros que con comida de mi mesa crié en el palacio para que lo guardasen despedazarán mi cuerpo en la puerta exterior, beberán mi sangre, y, saciado el apetito, se tenderá en el pórtico. Yacer en el suelo, habiendo sido atravesado en la lid por el agudo bronce, es decoroso para un joven, y cuanto de él pueda verse todo es bello, a pesar de la muerte; pero que los perros destrocen la cabeza y la barba encanecidas y las partes verendas de un anciano muerto en la guerra es lo más Trieste de cuanto les puede ocurrir a los míseros mortales.

 

CANTO XXIV

(Hécuba)-¡Ay de mí! ¿Qué es de la prudencia que antes te hizo célebre entre los extranjeros y entre aquéllos sobre los cuales reinas? ¿Cómo quieres ir solo a las naves de los aqueos y presentarte ante los ojos del hombre que te mató a tantos y tan valientes hijos? De hierro tienes el corazón. Si ese guerrero cruel y pérfido llega a verte con sus propios ojos y te coge, ni se apiadará de ti, ni te respetará en lo más mínimo. Lloremos a Héctor desde lejos, sentados en el palacio; ya que, cuando le di a luz, el hago poderosos hiló de esta suerte el estambre de su vida: que habría de saciar con su carne a los veloces perros, lejos de sus padres y junto al hombre violento cuyo hígado ojalá pudiera yo comer hincándole los dientes.

(Príamo)-No te opongas a mi resolución… lo acepto: máteme Aquiles tan luego como abrace a mi hijo y satisfaga el deseo de llorarle.

 

(Príamo) … respeta a los dioses, Aquiles, y apiádate de mí, acordándote de tu padre; que yo soy todavía más digno de piedad, puesto que me atreví a lo que ningún otro mortal de la tierra: a llevar a mi boca la mano del hombre matador de mis hijos.

(Aquiles) ¿Cómo osaste venir solo a las naves de los aqueos, a los ojos del hombre que te mató tantos y tan valientes hijos? De hierro tienes el corazón. Mas, ea, toma asiento en esta silla; y, aunque los dos estamos afligidos, dejemos reposar en el alma las penas, pues el triste llanto para nada aprovecha. Los dioses destinaron a los míseros mortales a vivir en la tristeza, y sólo ellos están descuidados. En los umbrales del palacio de Zeus hay dos toneles de dones que el dios reparte: en el uno están los males y en el otro los bienes. Aquél a quien Zeus, que se complace en lanzar rayos, se los da mezclados, unas veces topa con la desdicha y otras con la buena ventura; pero el que tan sólo recibe penas vive con afrenta.

viernes, 28 de agosto de 2026

Reso. Eurípides.

HÉCTOR: ¿Qué mayor recompensa esperas de mí?

DOLÓN: ¡Los caballos de Aquiles! Merece un premio digno de su hazaña quien se juega la vida a los dados de un dios.

 

HÉCTOR: Ya que a mi lanza le sonríe el destino y Zeus está de nuestra parte, encontraré muchos amigos. Pero para nada necesitamos a los que en otro tiempo no compartieron nuestras fatigas, cuando el destructor Ares destrozaba, con soplo huracanado, las velas de esta tierra. Reso nos muestra de qué clase es su amor a Troya: viene al festín sin haber estado presente cuando los cazadores obtuvieron las presas, y sin haber tomado parte en la lucha.

 

ÁURIGA DE RESO: … Has sido tú quien ha hecho eso… Y lo has hecho llevado del deseo de los caballos… ¿Quién podría atravesar las líneas troyanas y llegar a nosotros sin ser visto?

HÉCTOR: …No se ha apoderado de mí un deseo tan desmedido de esos caballos (de Aquiles) como para dar muertes a mis amigos. Es Odiseo quien lo ha hecho. ¿Qué otro hombre entre los argivos hubiera sido capaz de planearlo y llevarlo a cabo? Temo, y mi corazón está inquieto por ello, que se haya tropezado, además, con Dolón y que le haya matado.

 

MUSA: ¡Perezca el descendiente de Eneo (Diomedes)! ¡Perezca el hijo de Laertes, que me ha privado de mi hijo, el más esclarecido de los héroes! ¡Perezca Helena que, abandonando su morada, navegó en pos de un lecho frigio, y te ha hecho perecer a ti al pie de Ilión y en defensa de Troya, oh queridísimo, y ha despoblado de valientes guerreros a innúmeras ciudades!

HÉCTOR: …¿no es natural que enviase heraldos a mis amigos, a fin de que acudiesen en auxilio de mi país? Los envié, y, cumpliendo con su deber, Reso vino dipuesto a combatir a mi lado.

MUSA: … Oh dolores de los que engendran hijos, sufrimiento de los mortales! Quien piense en vosotros con sentido común pasará la vida sin hijos, y de ese modo no tendrá que sepultar a quienes son su propia sangre.

jueves, 27 de agosto de 2026

CICLO TROYANO

Metamorfosis. Libro XI. Ovidio.

Biblioteca mitológica. Epítome III Apolodoro.

Biblioteca mitológica. Libro III Apolodoro.

Heroidas, cartas XVI y XVII. Ovidio.

Paris:

"Muchas veces quise apagar con vino la llama, pero la llama creció y la borrachera fue echar leña al fuego. Para no ver muchas cosas me echo con la cabeza vuelta; pero al instante vuelves a reclamar mis ojos. No sé qué debo hacer; ver esas cosas es mi tormento, pero mayor tormento es privarme de tu hermosura. En la medida en que es posible, y puedo yo, lucho por esconder mi locura, pero el amor que quiero disimular salta a la vista. Y no te estoy engañando: tú sientes mis heridas, las sientes; y ojalá que seas tú la única que las notes. ¡Ay, cuántas veces he tenido que volver la cara cuando se me venían las lágrimas, para que él no preguntara el motivo de mi llanto! ¡Ay, cuántas veces he contado, bebido, la historia de un amor, dedicando todas y cada una de mis palabras a tu rostro, delatando mi propia pasión bajo un nombre supuesto! El verdadero enamorado, si no lo sabes, era yo. Y eso no es todo; para poder usar las palabras con más descaro, más de una vez disimulé estar borracho."

Me acuerdo que se te aflojó el vestido y traicionó a tus pechos, que desnudos abrieron paso a mis ojos, unos pechos más blancos que la nieve intacta y que la leche, más blancos que Júpiter cuando abrazó a tu madre.

Helena:

"¡Te has atrevido, extranjero, a mancillar la sagrada hospitalidad poniendo a prueba la legítima fidelidad de una esposa!"

"¿O es que voy a seguirte, como me sugieres, y voy a visitar Pérgamo, tan alabada, y voy a ser la mujer del nieto del gran Laomedonte? No, no desprecio lo bastante los pregones de la alada fama como para dejarla que llene el mundo de mis escándalos. ¿Qué podría decir de mí Esparta, o toda Acaya, qué no dirían los pueblos de Asia y tu misma Troya? ¿Qué pensaría Príamo de mí, y qué pensaría su mujer, y todos tus hermanos y sus esposas Dardánidas? Tú mismo, ¿por qué podrías esperar que yo te iba a ser fiel y no ibas a sentir angustia ante tu propio ejemplo? Cada vez que un desconocido arribara en los puertos de Ilión te sería causa de inquietud y de temores. ¿Cuántas veces al irritarte me llamarías adúltera tú mismo, olvidando que en mi acusación está incluida también la tuya? Te convertirás a la vez en el autor y el censor de mi delito. Pido al cielo que antes que eso la tierra cubra mi rostro."

Las Ciprias. Fragmentos de épica griega arcaica. Alberto Bernabé.

Ifigenia en Aúlide.

AGAMENÓN.- Te envidio, viejo. Envidio a cualquier hombre que recorre hasta el fin una vida sin peligros, desconocido y sin fama. A los que ocupan cargos de honor los envidio menos.

ANCIANO.- Pero precisamente en eso reside lo bello de la vida.

AGAMENÓN.- Mas esa belleza es engañosa; y la ambición de honores es dulce, pero atormenta al que los consigue. Unas veces un fallo en las cosas que a los dioses atañen trastorna una vida, otras veces la desgarran las opiniones múltiples y volubles de los hombres.

ANCIANO.- No alabo esos pensamientos en un gran hombre. No te engendró para sólo venturas Atreo, Agamenón.

Has de alegrarte de sufrir, ya que has nacido mortal. Aunque tú no lo quiera, así será la voluntad de los dioses.

 

AGAMENÓN.- … Ninguno de los mortales es magnífico ni feliz hasta el fin. Pues aún no ha nacido nadie inmune a la pena.

 

AGAMENÓN.- … ¡Ay! ¡Ay! ¡De qué modo al desposar a Helena, me destruyó a mí Paris, el hijo de Príamo! ¡Él es el culpable de esto!

 

MENELAO.- … ¿Qué he cambiado mis crueles propósitos? Experimento lo natural. Por amor de mi hermano, me arrepentí. Éstos son los hábitos de un hombre de bien, ceder siempre a los mejores sentimientos.


MENELAO.- Ulises no hace nada que nos vaya a dañar a ti ni a mí.

AGAMENÓN.- Es un hombre versátil por naturaleza y del partido de la masa.

MENELAO.- Desde luego está dominado por la ambición, un terrible vicio.

AGAMENÓN.- Así que imagínatelo erguido en medio de los argivos para decirles los vaticinios que nos expuso Calcante, y que yo prometí el sacrificio y que luego me niego a cumplir mi voto a Ártemis. Y tras arrebatar al ejército, y después de matarnos a ti y a mí, ordenará a los argivos degollar a la doncella. Y si huyo hacia Argos, se presentará ante los muros ciclópeos, los tomarán y arrasarán la comarca. ¡Tales son mis pesares! ¡Ah, infeliz de mí! ¡Cuán abrumado estoy por los dioses en esta situación de ahora.

 

CLITEMNESTRA.- … los buenos, al ser ensalzados, de algún modo sienten resentimiento contra los que los elogian, si los elogian demasiado.

miércoles, 22 de julio de 2026

El año de La República. José Calvo Poyato.

Dos años largos ha que ciño la Corona de España, y la España vive en constante lucha viendo cada día más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Si fuesen extranjeros los enemigos de su desdicha, entonces al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos. Pero todos lo que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la nación son españoles, todos invocan el dulce nombre la Patria, todos pelean y se agitan por su bien; y entre el fragor del combate; entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos; entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males.


viernes, 26 de junio de 2026

La Odisea (relectura). Homero. Traducción de Carlos García Gual.

¡Ay, ay! ¡Cómo les echan las culpas los mortales a los dioses! ¡Pues dicen que de nosotros proceden las desgracias cuando ellos mismos por sus propias locuras tienen desastres más allá de su destino!

 

Y no voy a reprochar en absoluto que se llore a aquel mortal que murió y alcanzó su destino. Ése es, en efecto, el único botín de los tristes humanos; cortarse los cabellos y derramar lágrimas por sus mejillas.

 

Pero tú entra, y no te turbes en tu ánimo. Pues un hombre atrevido se comporta mejor en cualquier empeño, incluso si viene de una tierra distinta.

 

Antes, en vida, te honrábamos igual que a los dioses los argivos, y ahora tienes gran poder entre los muertos, al estar aquí. Por tanto no te lamentes de haber muerto, Aquiles.

Así le hablé y él, al momento, en respuesta me dijo:

No me elogias la muerte, ilustre Odiseo. Preferiría ser un bracero y ser siervo de cualquiera, de un hombre miserable de escasa fortuna, a reinar sobre todos los muertos extinguidos. Mas, sea, dame notificas de mi valeroso hijo…

 

Escúchame ahora, Eumeo, y todos vosotros, compañeros. Con una súplica os contaré un sucedido, ya que me anima el vino perturbador, que impulsa incluso al muy sensato a cantar y reír con regocijo y lo empuja a bailar, y le inspira alguna palabra que estaría mejor callada.

 

Entonces, cuando vio a Odiseo que se acercaba, movió alegre el rabo y dobló las orejas, pero no pudo ya raudo correr junto a su amo… Éste, al verlo a distancia, se enjugó una lágrima, sin que lo notara Eumeo, y luego le preguntó con estas palabras:

¡Eumeo, qué extraño que ese perro esté tirado en el estiércol! Tiene hermoso aspecto, aunque no sé bien si era veloz en la carrera con esas trazas, o si era más bien como son esos perros domésticos que tan sólo por su bella estampa crían sus dueños!

Contestándole entonces dijiste tú, porquerizo Eumeo:

Bueno, ése es el perro de un hombre que ha muerto lejos.

(…)

A la vez el destino de la negra muerte le llegó a Argos, después de haber visto a su señor tras veinte años.

 

Nada más débil que el hombre cría la tierra, entre todos los seres que sobre su suelo respiran y se agitan. Porque se confía en que nunca va a sufrir daño alguno en su futuro mientras los dioses le conceden valor y sus rodillas le sostienen. Pero cuando los dioses felices le envían desdichas ha de sufrirlas con ánimo no menos resignado. Así es el pasar de los humanos en la tierra, tal como cada día los trae y lleva el padre de hombres y dioses. Yo también en un tiempo pensaba vivir próspero entre mi gente y acometí muchas acciones insensatas cediendo a la violencia y al valor, confianza en mi padre y mis hermanos. Más ojalá ningún hombre fuera jamás inicuo, sino que guardara en calma los dones que los dioses le otorgaron.

 

Son de corta vida los seres humanos. A quien es por sí mismo insensible y se muestra falto de compasión, a éste le desean todos dolores futuros en su vida, y al morir lo maldicen. Pero quien es compasivo y se muestra bondadoso, ése logra amplia fama.

 

Odiseo tendrá sus pies y sus manos como éstos, porque envejecen pronto los hombres en la desgracia… Al tantear la cicatriz con las palmas de sus manos la vieja la reconoció al tacto, y… Sí, de verdad tú eres Odiseo, querido hijo. Al principio no te reconocí, hasta tocarte del todo, mi señor.