lunes, 26 de octubre de 2026

La Eneida. Libro II. Virgilio.

 No os fieis, troyanos, del caballo. Sea ello lo que fuere, temo en sus mismo dones a los dánaos.

Ante tales insidias y arterías del perjuro Sinón creímos sus palabras y caímos prendidos en sus dolos y lágrimas forzadas, aquellos que ni el hijo de Tideo, ni el lariseo Aquiles, ni diez años de guerra ni un millar de navíos lograron domeñar.

Sólo una salvación les queda a los vencidos: no esperar en ninguna.

¿Para esto, madre mía valedora, me arrancas de entre dardos, de entre llamas, para que llegue a ver el enemigo en medio de mi casa, y a Ascanio y a mi padre y a Creúsa junto a ellos, degollados, bañados los unos en la sangre de los otros? ¡Las armas, escudero, traedme acá las armas! El día final llama a los vencidos.

¡Dejad que vuelva en busca de los dánaos! ¡Dejadme que reanude la lucha! No vamos a morir hoy todos sin venganza, lo aseguro.

Posthoméricas. Libros VII-XIV. Quinto de Esmirna.

A poco de fallecer él, me resigné yo a tomar comida y a contemplar aún vivo el amanecer, pues bien sé que todos los hombres andamos el mismo camino del Hades y que a todos nos llega el nefasto final de una muerte luctuosa: conviene que quien es mortal acepte todo cuanto un dios le conceda, sean alegrías o dolores.

A todos los hombres la divinidad les procuró el mismo mal: la pérdida de los seres queridos; pero también a todos nosotros nos cubrirá la tierra, sin que hayamos recorrido un mismo camino de la vida, ni el que cada uno desea, porque allá en lo alto bienes y males reposan en las rodillas de los dioses, mezclados todos juntos por obra de las Moiras. Y ninguno de los inmortales alcanza a verlos, sino que resultan invisibles, ocultos como están por una divina niebla; sólo la Moira pone sobre ellos sus manos, y, sin mirarlos, del Olimpo a la tierra los arroja: por todas partes entonces se desplazan, como movidos por los soplos del viento; y así, a menudo a un hombre bueno lo envuelve una gran desgracia, y al malvado le sobreviene involuntariamente la prosperidad. A ciegas se conduce la vida de los hombres, por lo que no avanza con paso seguro, sino que continuamente tropiezan sus pies.

Nunca una mujer le sobreviene un dolor más funesto que cuando sus hijos perecen, una vez ha fallecido también su esposo, y es así despoblada su cada por la cruel muerte; de inmediato los hombres de los alrededores se reparten sus campos y todo se lo saquean, sin cuidarse de las leyes, porque no existe nada más angustiado ni pusilánime que una mujer desvalida en su morada.  

Enone: ¡Ay de mí!, ¡qué necedad la mía! ¡Ay de mí!, ¡qué odiosa vida! Yo, infeliz, amé a mi esposo y con él esperaba, aun atormentada por la vejez, alcanzar precisamente este ínclito umbra en constante armonía, pero los dioses lo dispusieron de otro modo. ¡Ojalá en el pasado me hubieran arrebatado las negras keres, cuando lejos me iba a encontrar de Alejandro! Pero, aunque éste me abandonó en vida, yo acometeré la gran empresa de morir a su lado, porque ya no me agrada la luz del día.

Las Ninfas quedaron atónitas, cada una en su lugar, al verla caída al lado de su marido; y, para sus adentros, una se dijo tales palabras: ¡Realmente Paris era un necio, pues abandonó a su esposa legítima, tan fiel como era, y se trajo a una desvergonzada concubina, perniciosa calamidad para él mismo, para los troyanos y para su villa! ¡Insensato!, que no tuvo respeto por el corazón atormentado de su muy casta mujer, quien lo apreciaba más que a la luz del sol, aun cuando él la aborreciera y no la amara.

Calcante, para sí detener a la tropa: ¡Dejad de disparar contra la persona del valeroso Eneas luctuosos dardos y letales lanzas! Pues es su destino, por la muy gloriosa voluntad de los dioses, marchar desde el Janto hasta el Tíber, de ancha corriente, y allí fundar una villa sagrada y digna de la admiración de las generaciones venideras, y aún ser el soberano de un muy diseminado pueblo; más aún, su estirpe extenderá luego sus dominios, hasta llegar a los inmutables confines del Oriente y del Occidente.

Consumaron los argivos, de violento espíritu, su indecible empresa, después de haber arrostrado tantas y tantas fatigas por Helena, de vivaces párpados: Troya entera, antaño del todo próspera , se abrasa ya en el fuego, sin que un dios le haya prestado la protección deseada. Y es que todas las acciones de los mortales las contempla el irresistible Destino: muchas veces, aquello que es infame y carente de esplendor, lo hace gloriosos, al tiempo que convierte en insignificante algo que está en lo más alto; y a menudo, del bien resulta el mal, y del mal algo bueno, con el transcurso de nuestra muy sufrida existencia.

Mucho glorificaban en ese placentero banquete a todos cuantos, revestidos de sus armas, había acogido en su interior el caballo de madera. Y alababan al perínclito Sinón, porque había soportado los muy dañinos ultrajes de los enemigos, todos lo honraban de continuo con cánticos e infinitos presentes, y él en el fondo de sus sufridas entrañas sentía regocijo por la victoria de los argivos, sin afligirse por aquellos ultrajes padecidos: para un varón sabio y sensato, en efecto, es mucho mejor la gloria que el oro, la belleza y los demás bienes, cuantos para los hombres existen y existirán.

Para satisfacer sus deseos, he aquí que primero cantaban cómo se congregaron las huestes en el sagrado suelo de Áulide y cómo la gran fuerza del infatigable Pélida devastó doce ciudades durante su travesía por el ponto, y otras once por el infinito continente; cuántas fueron sus hazañas en su lucha contra el soberano Télefo y el poderoso Eetión; cómo dio muerte al orgulloso Cicno y cuántas penalidades hubieron de soportar los aqueos en la batallas que tras la cólera de Aquiles acontecieron; cómo arrastró a Héctor alrededor de las murallas de su patria; cómo acabó con Pentesilea en plena refriega; cómo abatió al hijo de Titono y cómo mató el robusto Ayante a Glauco, experto en el manejo de la lanza, y cómo a Eurípilo, muy glorioso varón, le dio muerte el hijo de veloz Eácida; cómo abatieron a Paris los dardos a Filoctetes y cuántos guerreros penetraron dentro del engañoso caballo; y cómo, tras haber arrasado la ciudad de Príamo, vástago de los dioses, banqueteaban ya exentos de los malditos combates. Cada uno en su lugar cantaba lo que su ánimo le dictaba.

martes, 20 de octubre de 2026

Oikofobia: odiar la casa donde vives. Arturo Pérez-Reverte.

Estoy en la terraza de un café de una ciudad del norte de Italia, y en media hora veo pasar a una docena de mujeres musulmanas con el rostro cubierto a excepción de los ojos. Unas llevan a niños de la mano y otras carritos de la compra, y viéndolas pienso en la fría fatalidad de la Historia, en que la transformación geopolítica de Europa viene hoy en patera, y en que las oleadas de inmigrantes son un irreversible factor de civilización. De un nuevo mundo que en nada se parece al otro. Pero, concluyo, advertirlo cuando se tiene una edad y una biblioteca no es dramático, ni terrible. La Historia está hecha de civilizaciones colapsadas, y no siempre se tiene el privilegio de asistir al ocaso de una.

Vaya por delante que Europa siempre fue un lugar mestizo donde las desgracias vinieron a menudo de los fanáticos del purismo de raza, religión, familia o tribu, y que quienes presumen de tener ocho apellidos limpios de polvo y paja fueron causa de muchos males y tragedias. Pero hablamos de otra cosa. No se trata ya de lenguas, territorios o religiones, sino de conglomerados socioculturales, ciudades balcanizadas en comunidades ajenas unas a otras. Viene otra Europa, y nada puede hacerse por evitarlo. Quizá nunca se pudo, y sólo ocurre que ahora suenan más fuerte las campanadas del reloj de la Historia.

"Siempre acaba imponiéndose la cultura más vigorosa, la mejor sostenida por quienes la traen consigo. En la Europa actual, la más coherente es el Islam."

Dejemos las cosas claras: la inmigración ni se debe parar ni es posible hacerlo, porque además de inevitable es necesaria. Sin esa mano de obra, sin sangre nueva, la vida aquí sería insostenible, la economía acabaría yéndose al diablo, la pirámide de población se invertiría de forma monstruosa y la seguridad social sería imposible. Al ciudadano europeo, crecido en el bienestar y debilitado por él, lo desplazan la sangre joven, la ambición legítima, el tesón de gente más dura y más hambrienta. Basta un vistazo para advertir quién merece el futuro y quién la cuneta de la vida. El multiculturalismo es un cuento chino. La Historia demuestra que unas culturas empujan a otras impregnándose de ellas, pero siempre acaba imponiéndose la más vigorosa, la mejor sostenida por quienes la traen consigo. Y en la Europa actual, la más coherente es el Islam.

Ése, en mi opinión, es el principal problema al que se enfrenta el viejo continente: conflicto insoluble, consecuencia de la cobardía, codicia y estupidez europeas. Todos los gobiernos, temiendo ser llamados islamófobos o racistas, cometen idénticos errores desde hace décadas, sin aprender nada de los problemas de seguridad, formación de guetos e implantación de leyes islámicas en ciudades y pueblos. Casi toda Europa mira hacia otro lado ante las mismas atrocidades que los opresores religioso-sociales islámicos perpetran en sus países contra la libertad de expresión, la democracia, la igualdad de sexos o la orientación sexual; y sólo de refilón condena o persigue el trasplante de tales infamias. En España, pese al ejemplo cercano de Francia, la desidia roza lo criminal. Autoridades de todo signo y color ignoran la realidad de los barrios marginales y lo que se dice en algunas mezquitas. Igual que no aprendieron de Francia, tampoco aprenden de Marruecos, donde buena parte de los imanes potencialmente conflictivos está comprada por el gobierno. Por algo será.

Y es que en España, como en el resto de Europa —cada uno con la inmigración que le toca—, lo que interesa es beneficiarse del asunto, vendiéndonos la ausencia de conflicto visible como prueba de asimilación e integración. A cambio, la clase empresarial obtiene mano de obra esclava y barata. También la izquierda más vociferante tiene sus ventajas: olvidando a las mujeres represaliadas y asesinadas en el mundo islámico, donde la extrema derecha religiosa considera a la mujer y a los homosexuales sometidos a la voluntad de Dios, la demagogia europea que vive del camelo subvencionado tiene oportunidad de alzar pancartas, lucir kufiyas, llamar niños a delincuentes de diecisiete años, calificar de racista a quien protesta cuando le roban el móvil o violan a su hija, o manifestarse en apoyo a integristas islámicos —que confunden con los musulmanes en general—, mezclándolos con los parias de la tierra, la lucha contra el capital, el imperialismo americano y el sobado comodín del franquismo (ignorando que nunca hubo política más eficaz de amistad y buena vecindad con Marruecos que la mantenida por el dictador Franco, que los conocía desde la mili). Qué incómodo es recordar las advertencias que contra el velo y la sumisión de la mujer pronunciaron auténticas feministas como Élisabeth Badinter o la española Rosa Montero. Estaría bien que muchos simples e indocumentados conversaran con las curtidas feministas argelinas, endurecidas por diez espantosos años de lucha contra el terror islámico. Esto nos sitúa en el corazón del asunto: los inmigrantes musulmanes que dejan atrás la miseria pero traen su religión y forma de vida. Como Europa, egoísta y estúpida, no ha sido capaz de ofrecerles integración e igualdad real, se sienten más cómodos con sus propios métodos y costumbres. Por eso buena parte de los emigrantes musulmanes no educa a sus hijos con la mentalidad del país de acogida, sino con la del país del que proceden. Tienen sus propias mezquitas, sus barrios, sus escuelas y su televisión; gozan de derechos imposibles en los países de origen, pero a la hora de respetar las obligaciones reclaman un trato distinto por su religión. Y como de tontos no tienen un pelo, se amparan en nuestra propia retórica. Los jóvenes nos desprecian por débiles y contradictorios, mientras que al Islam radical lo ven fuerte y atractivo. Europa es el cáncer, gritan, el Islam es la solución. Con vuestra democracia destruiremos vuestra democracia. Etcétera. La palabra la inventaron los griegos: oikofobia, odio a la casa, el lugar donde vives.

En esa contradicción está el problema. Por necesidad social, el inmigrante debe ser aceptado e integrado; pero su patrimonio cultural e histórico se opone al de una Europa que tampoco se aclara ella misma. Por tal razón esos musulmanes necesitan seguir siendo ellos: profesores denunciados por hablar de jamón o mencionar la Reconquista, protestas en autobuses y lugares donde hay perros —animal impuro según el Corán—, por la Semana Santa, por publicidad con chicas ligeras de ropa, por desnudos en las playas. Añadan a eso imanes que explican cómo pegarle a la esposa sin dejar marcas y que se libran con un cursillo sobre derechos humanos, que aprueban los asesinatos por honor, o que escriben, como el saudí Abdullah Al Qarni: No te dejes engañar por Occidente y sus ideas y modas, y recuerda que las mujeres que salen de casa a trabajar son responsables de la destrucción de sus familias.

Digamos lo que quienes deben hacerlo no se atreven: esto no es un debate entre iguales. Esto es Europa. Pertenecemos a una civilización superior en derechos y libertades. Allí ya me habrían matado, dijo la holandesa de origen somalí Ayaan Hirsi Ali. Aquí no se gobierna desde las iglesias ni las mezquitas; tratamos a las mujeres como a seres libres, no como propiedad de maridos y familiares varones, y no hay que esconderlas ni taparlas porque se nos supone educados para respetarlas. Aquí no hay desacuerdo entre iguales, insisto. En esto Europa está muy por encima, razón por la que acuden a ella miles de emigrantes a refugiarse o ganarse la vida. El problema es que nunca se les plantearon con firmeza las reglas del juego: obtenga trabajo y respeto, pero respete usted las normas. Lleve a sus hijos a colegios que los integren, no llame puta a su hija ni a la mía por llevar minifalda, no la case con quien ella no quiera, no le mutile el clítoris, no le cubra la cara o la cabeza cuando tenga la primera menstruación. Usted trae virtudes que aprecio; aprendamos uno de otro y vamos a llevarnos bien; y si no, ahí está la puerta. Eso no se hizo cuando se podía, y ahora no se puede hacer. Pasó el momento. Europa paga las consecuencias.

"Esto no es un debate entre iguales. Esto es Europa. Una civilización inferior en muchas cosas, pero muy superior en materia de derechos y libertades."

Déjenme volver a las mujeres con velo, sobre cuya prohibición el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dijo hace veinte años que es contradictorio declararse respetuosos con la democracia y los derechos humanos cuando se practican costumbres basadas en la ley islámica. El velo, sea hiyab, chador, niqab o burka, es otra arma de dominación sexual utilizada por el hombre para someter a la mujer. Puede responder a la religión, la moda, la higiene; pero en la Europa laica es símbolo de opresión y barbarie medieval. En ciertos ambientes se usa ahora a modo de reivindicación y desafío por parte de algunas jóvenes musulmanas, como antes fueron, para las europeas, los pantalones o la minifalda. Pero ese símbolo de orgullo para algunas es de resignación y sumisión para muchas otras. La pregunta, o el síntoma siniestro, es por qué las jóvenes lo llevan en tiempos que coinciden con el redoblar de la ultraderecha islámica en todo el mundo. No pueden pretender que eso se pase por alto. Las mujeres que usan voluntariamente velo, así como las feministas ignorantes que las jalean, insultan y abandonan a su suerte a las mujeres que luchan en los países islámicos y a las que sufrieron y lucharon por su libertad en Europa y el mundo. Para muchos musulmanes, una mujer velada no es una ciudadana común, sino un animal doméstico que tutela el varón y sobre el cual decide. Ninguna democracia puede tolerar eso. Es cierto que si una chica enseña el tanga otra tiene derecho a cubrirse la cabeza, y que ahí la sensatez es decisiva. En ese contexto, el pañuelo es perfectamente asumible. Otra cosa es echar un pulso al modelo de derechos y libertades occidentales. Hay que distinguir, y las mujeres musulmanas deben saber distinguir. Cuando a una se le impide o critica llevar velo o cubrirse el rostro en lugares inapropiados, no se ataca su libertad, sino que se la protege. A veces de su familia y su entorno. Otras, de sí misma.

Cada una de estas concesiones ha sido en Europa una batalla perdida, a menudo sin saber que se ha luchado. La ultraderecha islámica es cada vez más arrogante y audaz, aunque no salga en los telediarios. Uno de cada dos o tres jóvenes de origen musulmán coloca su identidad religiosa por encima de la nacional —y también la del país de origen antes que el de acogida—, está de acuerdo con la ley islámica y sostiene que la transgresión debe castigarse con dureza. En algunos lugares, la policía islámica de ciertos imanes radicales actúa con impunidad: mujeres no sólo musulmanas son insultadas por la calle, nadie presenta denuncias por miedo a las represalias, y el insumiso se ve condenado a muerte social, boicotean su negocio, marginan a su familia. Pronto los agentes de la seguridad del Estado deberán ser musulmanes para entrar en determinadas zonas, o ir en grupo y armados como ya ocurre en otros lugares de Europa. Lo he visto en París, en Génova, en Marsella.

No hay solución posible. Se equivocan los que dicen que no pasa nada y también los que auguran un apocalipsis moruno. Todo está ocurriendo despacio y de modo natural. Es tan sólo la Historia, que gira sus ruedas. Tardará todavía, pues treinta siglos de civilización no los liquida un velo islámico. Es interesante, de todas formas, presenciar el ocaso de un mundo con la lucidez que proporciona la cultura, parecida a un analgésico: no elimina la causa del dolor, pero ayuda a soportarlo. Sin embargo, hay una pregunta que no viviré lo suficiente para ver la respuesta: los emigrantes musulmanes instalados en Europa, al transformarla y hacerla cada vez más suya, conseguirán tal vez escapar de la miseria que dejaron atrás; pero los que huyen del rigor islámico y sus consecuencias, ¿dónde irán a refugiarse cuando toda Europa se haya convertido en una mezquita?

 

Los godos del emperador Valente. Arturo Pérez-Reverte.

En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas de Atila. Por diversas razones -entre otras, que Roma ya no era lo que había sido- se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces. En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano.

Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado. Que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender. Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos. Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte. El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente (el imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa), es que todo eso -Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire- tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más.

Pagamos nuestros pecados. La desaparición de los regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en lugares donde las palabras Islam y Rais -religión mezclada con liderazgos tribales- hacen difícil la democracia, pusieron a hervir la caldera. Cayeron los centuriones -bárbaros también, como al fin de todos los imperios- que vigilaban nuestro limes. Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros -en el sentido histórico de la palabra- que cabalgan detrás. Eso nos sitúa en una coyuntura nueva para nosotros pero vieja para el mundo. Una coyuntura inevitablemente histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios, civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o desaparecieron. Y los pocos centuriones que hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados. Los condenan nuestro egoísmo, nuestro buenismo hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los bárbaros.

A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los godos lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo. Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada. La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean oenegés, no fuerzas militares. Toda actuación vigorosa -y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia- queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939. Cualquier actuación contra los que empujan a los godos es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias. Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción. El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades. La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la humanidad. Por desgracia para el imperio.

Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida. Pero las cosas no son tan simples. Los godos seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades. Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre. Cuando esto ocurre hay pocas alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en desmoronarse.

Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables. Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho. Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos. Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder. El recurso final será una policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder. Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa. Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia. También parte de la población romana -no todos eran bárbaros- ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia iniciativa. Ninguna pax romana beneficia a todos por igual. Y es que no hay forma de parar la Historia. «Tiene que haber una solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la Historia no se soluciona, sino que se vive; y, como mucho, se lee y estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo, en la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado. Y lo que olvidamos es que no siempre hay solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros. Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos bajamos en la próxima. En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables. Una es el consuelo analgésico de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo. Como ese romano al que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar. 

La otra actitud razonable, creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos jóvenes. Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y sentido común el mundo que viene. Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue. Dándoles herramientas para vivir en un territorio que durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso. Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por lucidez. Por serenidad intelectual. Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes -llegado el caso- de la digna altivez del suicidio. Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con demagogias baratas y cuentos de Walt Disney. Ya es hora de que en los colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a los ojos. 

domingo, 18 de octubre de 2026

Filóctetes. Sófocles.

Neoptólemo.- Sin embargo, habiendo sido enviado como colaborador tuyo, temo ser llamado traidor. Pero prefiero, rey, fracasar obrante rectamente que vencer con malas artes.

Odiseo.- Hijo de noble padre, también yo mismo cuando era joven tenía la palabra ociosa y el brazo activo. Y ahora, remitiéndome a las pruebas, veo que entre los mortales son las palabras y no los actos los que guían todo.

 

Neoptólemo.- Y ¿no consideras vergonzoso, ciertamente, decir mentiras?

Odiseo.- No, si la mentira reporta la salvación.

Neoptólemo.- Y ¿cómo se atrevería alguien a hablar así mirando a la cara?

Odiseo.- Cuando hace algo para un proyecto, no conviene vacilar.

Neoptólemo.- ¿Qué me aprovecha a mí que éste vaya a Troya?

Odiseo.- Sólo este arco conquistará Troya.

lunes, 12 de octubre de 2026

Posthoméricas. Libros V-VI. Quinto de Esmirna

A todos los hombres la divinidad les procuró el mismo mal; la pérdida de los seres queridos; pero también a todos nosotros nos cubrirá la tierra.

Que hayamos recorrido un mismo camino de la vida, ni el que cada uno desea porque allá en lo alto bienes y males reposan en las rodillas de los dioses, mezclados todos juntos por obra de las Moiras. Y ninguno d ellos inmortales alcanza a verlos, sino que resultan invisibles, ocultos como están por una divina niebla; sólo la Moira pone sobre ellos sus manos, y, sin mirarlos, del Olimpo a la tierra los arroja: por todas partes entonces se desplazan, como movidos por los soplos del viento, y así, a menudo a un hombre bueno lo envuelve una gran desgracia, y al malvado lo sobreviene involuntariamente la prosperidad. A ciegas se conduce la vida de los hombres, por lo que no avanza con paso seguro, sino que continuamente tropiezan sus pies.

Nunca una mujer le sobreviene un dolor más funesto que cuando sus hijos perecen, una vez ha fallecido también su esposo, y es así despoblada su casa por la cruel muerte, de inmediato los hombres de los alrededores se reparten sus campos y todo se lo saquean, sin cuidarse de las leyes, porque no existe nada más angustiado ni pusilánime que una mujer desvalida de su morada. 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Posthoméricas. Libros I-IV. Quinto de Esmirna

Tersites: Pues nada hay más funesto para los mortales que el placer ávido de lecho, que vuelve insensato a un hombre por muy prudente que sea.

Néstor: No hay peor sufrimiento para los mortales que cuando los hijos perecen a la vista de su padre.

Néstor: Memnón, vano es todo eso que proclamas, pues nadie dirá que es insensato quien a causa de su hijo se echa a 320 combatir contra los enemigos, para así rechazar lejos de su cadáver, en medio del tumulto, al despiadado asesino de hijos. ¡Ojalá se conservara aún íntegra mi fuerza, para que 325 conocieras mi lanza! Tú ahora muestras una total arrogancia, porque el espíritu de un guerrero joven es audaz y muy ligera su mente; por ello profieres, con altivos pensamientos, palabras necias. Si hubieras acudido a enfrentarte a mí cuando era joven, no se habrían alegrado por ti tus seres 330 queridos, por muy fuerte que fueras. Ahora, por el contrario, me veo abrumado por esta horrible vejez, como un león al que un simple perro con audacia ahuyenta de un aprisco lleno de corderos, y que, a pesar de sus ansias, no se defiende contra él, pues ya no se conservan iguales ni sus dientes ni su ímpetu, y destrozado por el tiempo se halla su corazón; 335 así tampoco alberga ya mi pecho una fuerza como la de antes. Sin embargo, soy aún mejor que muchos hombres, y ante pocos cede mi vejez.