Pero la pura verdad es que es triste pasar de los sesenta. Todo son sombras alargadas: los amigos se mueren o enferman. Te envuelve un velo de melancolía que te obliga a reconocer que tu vida, aunque feliz y afortunada, ha estado llena de decepciones y errores, pequeños y grandes. Hay sueños que nunca se harán realidad, ambiciones que nunca llegarán a alcanzarse del todo. Hay, en suma, arrepentimiento.
viernes, 24 de abril de 2026
Hamnet. Maggie O'Farrell.
Con qué facilidad, piensa Agnes mientras recoge platos, nos pasan desapercibidos el sufrimiento y la angustia de una persona si esa persona guarda silencio, si se lo guarda todo para sí, como una botella con un tapón muy ajustado; la presión aumenta en el interior hasta que... ¿qué?
jueves, 26 de marzo de 2026
Grecia para todos. Carlos García Gual.
Solo tres crateras mezclo. Para
lo que son sensatos: trae salud. La primera, la que se apura al comienzo. La
segunda es de amor y placer. La tercera, de sueño. Después de tomarla los invitados
sensatos regresan a casa. En la cuarta se pierde el dominio, es la de la
insolencia. La quinta es la del jaleo. La sexta, la de los bailes por la calle.
La séptima, la de ojos morados. La octava, la de los alguaciles. La novena, la
de la cólera. La décima, del frenesí. La siguiente, del delirio, que tumba a
cualquiera. Si llenas a menudo la misma copa, por pequeña que sea, acabará por
echarte la zancadilla.
Amamos la belleza con sencillez y
amamos el saber sin relajación. Nos servimos de la riqueza más como oportunidad
para la acción que como pretexto para la ostentación, y entre nosotros no es
motivo de vergüenza para nadie reconocer su pobreza, sino que lo es más bien el
no hacer nada por evitarla. Las mismas personas pueden dedicar a un tiempo la
atención a sus asuntos particulares y a los públicos, y gentes que se dedican a
diversas actividades tienen suficiente criterio con respecto a los asuntos
públicos. Somos, en efecto, los únicos que a quien no participa en esos asuntos
lo consideramos no un despreocupado, sino un inútil; y nosotros mismos cuando
menos exponemos nuestra reflexión sobre los asuntos, o los estudiamos
puntualmente, porque, en nuestra opinión, no son las palabras un perjuicio para
la acción, sino, por el contrario, lo es el no informase por medio de las
palabras antes de acometer lo necesario mediante la acción. También nos
distinguimos en que somos extraordinariamente audaces a la vez que hacemos
nuestros cálculos sobre las acciones a emprender, mientras que a los otros la
ignorancia les da coraje, y el cálculo indecisión. Y justo es que sean
considerados los más fueres de espíritu quienes, sabiendo perfectamente las
penalidades y los placeres, no por eso se apartan de los peligros. Y en cuanto
a la generosidad somos distintos de la mayoría, pues nos ganamos amigos no
recibiendo favores, sino haciéndolos.
Resumiendo, afirma que nuestra
ciudad es, en su conjunto una enseñanza para Grecia, y que cada uno de nuestros
ciudadanos como individuo puede mostrar una personalidad suficientemente capacitada
para las más diversas actividades con una gracia y una habilidad
extraordinarias. Hay en estas palabras de Pericles (es decir, según escribió
Tucídides).
En el centro del nuevo espíritu
panhelénico figuraban dos motivos: el compromiso con la Eleutheria -la libertad
política- y la obediencia al nomos -la ley-. Estos valores eran opuestos a los
de los persas, que vivían sometidos a un gobernante.
Con el fin de explicar cómo
surgió el conflicto bélico Tucídides propone distinguir entre causas y
pretextos.
Las causas de tan profundo
enfrentamiento son la ambición y la envidia y el miedo; los pretextos, las
quejas y recelos de unas ciudades contra otras por motivos ocasionales. Fue el
progresivo aumento del poderío ateniense lo que incitó a la rencorosa Esparta,
azuzada por los corintios, a declarar la guerra. Fue, por otro lado, el afán
por mantener sus dominios, su ansia de poder, lo que hizo que Atenas se
mostrara inflexible frente a sus enemigos.
En un ambiente cívico donde la
retórica y la superioridad intelectual y el arte de la persuasión eran armas
para triunfar, los sofistas encontraron en Atenas un público ávido de sus
enseñanzas y dispuesta a pagar por ellas. A veces se ha comparado a la
sofística con la Ilustración, en cuanto que ambas tratan de educar a la
sociedad -o a una capa “ilustrada” de la sociedad- para su progreso mediante la
razón y la crítica de lo tradicional.
Como advertía Tucídides, en los
asuntos humanos y en los políticos no basta para decidir el éxito lo que los
griegos llamaban gnome (previsión, cálculo racional), si se le opone la tyche
(azar o fortuna).
El individualismo es un rasgo
ubicuo en toda la época; pero en su desarraigo cívico el individuo intenta
sentirse articulado en el orden cósmico, y la propuesta estoica de que todos
los humanos son hijos de un dios providente tendrá un éxito merecido. Por otro lado, los epicúreos negarán toda
trascendencia; en un universo infinito y azaroso formado por infinitos átomos
en combinaciones muy varias, el ser humano es solo un compuesto físico más,
destinado a la muerte, pero que puede ser feliz gozando del placer y la
amistad, apartándose de los torbellinos de la política y las varias creencias.
El pueblo … ¿dónde está? ¿Será
acaso, en las ciudades, esa masa confusa de individuos de oficios múltiples, de
nacionalidades y religiones mezcladas, multitud sin fustos comunes, que une a
duras penas una vaga lealtad hacia el soberano, pero sin comunidad de
intereses, sin conciencia cívica ni una tarea entrega a la gloria de los dioses
o el asombro de “la gente del porvenir”?
Un pueblo sin mitos se moriría de
frío.
Porque ese entramado narrativo da
la respuesta a la inquietud natural de los seres humanos, y su conglomerado de
relatos ofrece una iluminación fabulosa y fantástica del mundo, y habla de sus
raíces ocultas, es decir, de los eres divinos y las acciones que lo
fundamentan. Como si el ser humano necesitara dar sentido a su existencia con esas
historias que le hablan de un trasfondo sagrado, de presencias divinas más allá
del presente efímero y su condición mortal.
(es curioso el declive de las
leyendas del santoral en contraste con la permanencia de los relatos más
fantásticos de la antigua mitología grecolatina)
Hasta qué punto la gente creía o
cree en los mitos es muy difícil precisarlo. En una sociedad primitiva o
salvaje los mitos ofrecen – como apuntamos-una visión ingenua del mundo que
podemos suponer aceptable para una comunidad arcaica. Pero en una comunidad más
desarrollada y moderna la cosmovisión objetiva se funda en la ciencia y la
lógica. No obstante, la visión científica y la tecnología derivada no dan
respuesta a los enigmas vitales, a las últimas preguntas sobre el sentido de la
existencia. De ahí que siempre queden las creencias de la religión y los mitos
-en su inmensa variedad- como promesa de sentido final, “una arriesgada
apuesta”, según Platón.
Ambición, orgullo y miedo son
impulsos primordiales de los conflictos políticos, y la guerra los pone
cruelmente de relieve. El historiador enseña a distinguir “causas” de
“pretextos”, e incluso demuestra cómo en los momentos de aguda crisis el
lenguaje mismo se manipula mostrando la descomposición moral de la sociedad.
El individualismo es una
característica de la época. Epicúreos y estoicos se desentienden de la
felicidad de la colectividad cívica, como de un lastra, y se ocupan solo de la
felicidad individual. Mientras que en la Academia y en el Liceo se sigue conservando
el programa escolar donde las lecciones de metafísica alternan con otras
científicas, en la línea de sus fundadores, en el Jardín y en la Estoa el
filosofar tiene una finalidad ética personal
El filosofar es, sobre todo, una
propuesta para la vida feliz, logrando la serenidad de ánimo, sin temores ni
pasiones. Más allá de ese objetivo común, las dos escuelas se oponen
radicalmente en sus tesis básicas y sus recetas morales.
Para Epicuro la felicidad se
funda en el placer y en la ausencia de temor, dolor y angustia.
En su sistema materialista niega
la pervivencia del alma; también esta, compuesta de átomos, muere con el
cuerpo. Por otra parte, desaconseja la actuación política y la búsqueda de fama
y honores.
El fundador de la Estoa, Zenón de
Citio, proclama que sólo la virtud (la areté) es el camino seguro hacia la vida
feliz..
Más allá de las penas y dolores y
de los accidentes posibles, el sophós desapasionado se mantiene sereno y
ecuánime, como la roca en el oleaje marino. Los estoicos piensan que lo real es
la manifestación de un orden superior, y que el cosmos tiene su sentido y está
guiado por una divinidad providente.
El humanismo promueve la libertad
de pensamiento, un afán de búsqueda de la verdad, con un progreso hacia un
horizonte cosmopolita. Rechazando dogmatismos e imposiciones, en él resuena
como un eco la frase del sofista Protágoras: “El ser humano es la medida de
todas las cosas”.
En el marco de ese antiguo mundo
helénico surgieron la teoría política y la praxis democrática, la poética y los
géneros literarios, la filosofía y la ciencia, y las creaciones de un arte que
consideramos clásico y los juegos atléticos que aún imitamos.
Fue en el espacio geográfico griego,
en unos pocos siglos, y en el marco de las ciudades helénicas, esas poleis que
caracterizan a la sociedad clásica griega, donde aparecen y se desarrollan
nuevos conceptos acerca de la vida libre y la búsqueda de la verdad, conceptos
que aún nos parecen esenciales para una existencia digna. Y en ese ámbito se
inicia la reflexión crítica sobre la condición humana en el cosmos, la filosofía
que de alguna manera inicia la tradición del saber crítico, y que aún, pienso,
nos resulta intrigante y familiar. En esa Grecia se expresa, como nunca antes,
la consideración del ser humano como medida de todas las cosas. Allí surgió la
democracia, ese sistema de gobierno donde los ciudadanos, libres e iguales, configuran
una forma ejemplar de convivencia política, una comunidad basada en la ley, el
orden social y la libertad (que se asegura mediante la téchne politiké, como
decían Protágoras, Platón y Aristóteles.
Heráclito: physis philei
kryptesthai, “la naturaleza gusta de ocultarse”.
Descubrieron y practicaron la
filosofía con muy diversos maestros. Fueron creando los grandes géneros literarios:
la épica heroica, la lírica coral y personal, y el drama teatral, en sus dos
subgéneros clásicos, la tragedia y la comedia. E inventaron y diseñaron la historiografía,
la biografía, y las novelas de amor y aventuras. Por otra parte, trazaron los
ejes teóricos de múltiples ciencias, desde la matemática a la biología y las ciencias
naturales, pasando por la medicina hipocrática y la astronomía. Con su sentido
propio de la belleza y la armonía, diseñaron los cánones del arte del
clasicismo occidental tanto en la arquitectura como en la escultura y la
pintura. Y fueron artistas admirables tanto en las artes mayores como en alguna
artesanías menores, como la cerámica. Diseñaron los ideales de una educación
humanista -la famosa paideia-, moral y poética, gimnástica y racional, para una
existencia consciente y digna de ser vivida en libertad.
Lo fatal. Rubén Darío.
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...
lunes, 16 de marzo de 2026
Hamlet. William Shakespeare.
Hamlet:
¿Qué parece decís, señora?
no hay tal: es; yo no sé de pareceres,
no es tan solo mi capa color tinta,
mi buena madre, ni mi usual ropaje
solemnemente negro, ni el suspirar ruidoso
con forzado resuello.
No, ni el copioso río de los ojos,
ni el aspecto abatido de mi rostro,
junto a todas las formas
y talentes y nuestras de dolor,
lo que puede de veras expresarme.
Todo eso en efeto es parecer,
pues son actos que un hombre muy bien puede fingir,
pero yo llevo dentro lo que va más allá
de cualquier apariencia;
lo otro son los arreos y galas de la pena.
Hamlet:
¡Oh, Dios mío, Dios mío, qué fatigosos, rancios,
vanos y sin provecho,
me parecen los usos de este mundo!
Hamlet:
Sospecho alguna sucia treta;
ojalá fuera ya de noche;
hasta entonces, serénate, alma mía;
las perfidias saldrán a plena luz
aunque la tierra entera las sepulte
a la mirada humana.
Polonio:
No te muestres lenguaraz
para tus pensamientos, ni pongas en acto
un pensamiento desproporcionado.
sé natural; pero vulgar, de ningún modo.
los amigos que tengas,
y puesta a prueba su adopción,
aférralos a tu alma con anillas de acero;
pero no hagas callosa la palma de tu mano
agasajando a cada camarada imberbe
y no salido aún del cascarón;
cuídate de meterte en una riña,
pero una vez metido, llévala de tal modo
que sea tu oponente quien se cuide de ti.
Presta a todos tu oído, pero a pocos tu voz;
Recibe las censuras de cualquiera,
pero resérvate tu juicio;
tu ropa tan costosa como alcance tu bolsa,
mas no manifestada estrafalariamente:
rica sí, no ostentosa
pues muchas veces por el atavío
se ve lo que es un hombre,
y en Francia los de más alcurnia y rango
del modo más selecto y generoso
sobresalen en esto. Nunca pidas prestado
ni prestes tú, que un préstamo casi siempre te lleva
a perder el dinero y el amigo.
Y el pedir mella el filo de tu buen gobierno.
Y sobre todo esto: sé sincero
contigo mismo, y de ello ha de seguirse,
como la noche sigue al día, que no podrás entonces
ser falso con ninguno.
Ofelia:
Señor, me ha requebrado de manera honesta.
Apolonio:
Bien sé yo
cuando abrasa la sangre, con qué soltura el alma
presta promesas a la lengua;
estas pavesas, hija, con más luz que calor,
que una y otra se extinguen en su promesa misma
mientras aún está haciéndose,
no debe confundirlas con el fuego.
Hamlet:
Es costumbre que se honra mas
rompiéndola que respetándola
Hamlet:
No hay nada bueno o malo, sino que el pensamiento lo hace
tal.
Hamlet:
Ser o no ser, de
eso se trata;
...
¿quién soportaría
los azotes
y escarnios de los tiempos, el daño del tirano,
el desprecio del fatuo, las angustias
del amor despechado, las largas de la ley,
la insolencia de aquel que posee el poder
y las pullas que el mérito paciente
recibe del indigno, cuando él mismo podría
¿Dirimir ese pleito con un simple punzón?
¿Quién querría cargar con fardos,
rezongar y sudar en una vida fatigosa,
¿Si no es porque algo teme tras la muerte?
Esa región no descubierta,
de cuyos límites ningún viajero
retorna nunca, desconcierta
nuestro albedrío, y nos inclina
a soportar los males que tenemos
antes que abalanzarnos a otros que no sabemos.
De esta manera la conciencia
hace de todos nosotros cobarde,
y así el matiz nativo de la resolución
se opaca con el pálido reflejo del pensar,
y empresas de gran miga y de mucho momento
por tal motivo tuercen sus caudales
y dejan de llamarse acciones.
Rey:
¿Puede ser personado uno, y a la vez
retener el delito? En los cursos
corruptos de este mundo,
puede, cubierta de oro, la mano del delito
hacer a un lado a la justicia,
y vemos a menudo que el precio infecto mismo
compra a la ley; mas no es así en lo alto,
allí no se hace trampa: allí la acción se muestra
en su naturaleza verdadera,
y allí nosotros mismos nos vemos obligados
a rendir nuestras pruebas de nuestros delitos
a rostro descubierto.
Rey:
Si mis palabras vuelan,
mi pensamiento en cambio permanece en el suelo;
palabras sin ideas nunca alcanzan el cielo.
Reina:
Ay, Hamlet, no hables más.
Me haces volver los ojos al fondo mismo de mi alma,
y veo allí unas manchas
yan negras en sus fibras íntimas,
que nunca perderán su tinte.
Hamlet:
La costumbre, ese monstruo que se come
todos nuestros sentidos, demonio de los hábitos.
Hamlet:
Tengo que ser cruel; sólo para ser bueno.
Ahora empieza lo malo, y falta lo peor.
miércoles, 25 de febrero de 2026
Los miserables. Víctor Hugo.
Mientras a consecuencia de las leyes y de las costumbres exista una condenación social, creando artificialmente, en plena civilización, infiernos, y complicando con una humana fatalidad el destino, que es divino; mientras no se resuelvan los tres problemas del siglo: la degradación del hombre por el proletariado, la decadencia de la mujer por el hambre, la atrofia del niño por las tinieblas; en tanto que en ciertas regiones sea posible la asfixia social; en otros términos y bajo un punto de vista más dilatado todavía, mientras haya sobre la tierra ignorancia y miseria, los libros de la naturaleza del presente podrán no ser inútiles.
Lo que de los hombres se dice,
verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y sobre todo en su vida,
como lo que hacen.
No era bastante ignorante para
ser absolutamente indiferente.
Quien no ha sido obstinado
acusador durante la prosperidad debe callarse ante el derrumbamiento. El
denunciador del éxito es el sólo legítimo justiciero de la caída.
Quien no ha sido obstinado
acusador durante la prosperidad, debe callarse ante el derrumbamiento. El
denunciador del éxito es el sólo legítimo justiciero de la caída.
Vivimos en una sociedad sombría.
Medrar, tal es la enseñanza que gota a gota cae de la corrupción a plomo sobre
nosotros.
Dicho sea de paso, el éxito es
una cosa bastante fea. Su falso parecido con el mérito engaña a los hombres de
tal modo que para la multitud, el fringo tiene casi el mismo rostro que la
superioridad.
Aprovechad la ocasión de medrar y
tendréis lo demás; sed afortunados y os creerán grande. Fuera de cinco o seis
excepciones inmensas, que son el orgullo y la luz de un siglo, la admiración
contemporánea no es sino miopía: se toma el similor por el oro: no importa que
uno sea advenedizo si llega a su objeto el primero. El vulgo es un viejo
Narciso que se adora a sí mismo, y que aplaude todo lo vulgar.
Confunden con las constelaciones
del firmamento las huellas estrelladas que dejan en el cieno blando de un
lodazal las patas de los gansos.
¿Qué más necesitaba aquel anciano
que repartía los ocios de su vida, donde tan poco lugar había de estar ocioso,
entre cuidar su jardín de día y la contemplación de noche? Aquel estrecho
cercado que tenía por bóveda los cielos, ¿o era bastante para poder adorar a
Dios, ya en sus obras más hermosas, ya en las más sublimes? ¿Qué más podía
desear? Un pequeño jardín para pasearse y la inmensidad para meditar. A sus
pies lo que podía cultivar y recoger, sobre su cabeza lo que se puede estudiar
y meditar: algunas flores sobre la tierra y todas las estrellas en el cielo.
… era sencillamente un hombre que
observa desde fuera las cuestiones misteriosas, sin escrutarlas, sin agitarlas
y sin perturbar su propio espíritu, y que tenía en el alma el grave respeto de
la sombra.
Todas las invasiones de la
historia están determinadas y señaladas por mujeres. La mujer es el derecho del
hombre. Rómulo robó las sabinas, Guillermo robó las sajonas, César robó las
romanas. El hombre que no es amado se cierne como un buitre sobre los amores
del prójimo. Por lo que a mí hace, a todos esos infortunados que están viudos,
les dirijo la sublime proclama de Bonaparte al ejército de Italia:
<<Soldados, carecéis de todo. El enemigo lo tiene.>>
Hay almas, que como el cangrejo,
retroceden continuamente hacia las tinieblas, que retrograda más que adelantan
en la vida, empleando su experiencia en aumentar su deformidad, empeorándose
sin cesar, e impregnándose más y más de un tizne creciente.
Cuando se le vio ganar dinero, se
dijo: <<Es un negociante.>> Cuando se le vio derramar su ganancia,
se dijo: <<Es un ambicioso.>> Cuando se le vio desechar los
honores, se dijo: <<Es un aventurero.>> Cuando se le vio rechazar
la sociedad, se dijo: <<Es un bruto.>>
Comía siempre solo, con un libro
abierto delante de sí, en el cual leía. Tenía una pequeña y escogida
biblioteca; gustaba de los libros: los libros son amigos fríos y seguros.
Querer prohibir a la imaginación
que vuelva a una idea, es lo mismo que querer prohibir al mar que vuelva a la
playa. Para el marinero este fenómeno se llama marea; para el culpado se llama
remordimiento.
Las realidades del alma no dejan
de ser realidades porque sean invisibles e impalpables.
La probidad, la sinceridad, el
candor, la convicción, la idea del deber, son cosas que, engañándose, pueden
ser repugnantes; pero aun repugnantes, son grandes; la majestad propia de la
conciencia humana subsiste en el horror; son virtudes que tienen un vicio, el
error. El impío y honrado placer de un fanático en medio de la atrocidad
conserva algún resplandor lúgubre, pero respetable.
Wellington, caprichosamente
ingrato, declara en una carta a Lord Rathurst, que su ejército, el ejército que
combatió el 18 de junio de 1815, era <<un ejército pésimo>>. ¿Qué
piensa de esta frase ese oscuro montón de huesos sepultados bajo los surcos de
Waterloo?
El soldado de hierro vale tanto
como el duque de hierro.
Mientras uno vive en su país
natal, cree que las calles le son indiferentes; que las ventanas, los tejados y
las puertas nada significan; que las paredes le son extrañas; que los árboles
son como otros cualesquiera; que las casas cuyo umbral no se pisa son inútiles;
que el suelo que se pisa se solamente piedra. Pero después, cuando se ha
abandonado la patria, se conoce que aquellas calles son objeto de cariño; se
siente la falta de aquellas ventanas, de aquellos tejados y aquellas puertas;
se echa de ver que aquellas paredes son necesarias; que aquellos árboles son
queridos; que en aquellas casas cuyo umbral no se pisaba se entraba todos los
días, y que el desterrado ha dejado su sangre y su corazón en aquel suelo.
Todos esos sitios que no se ven ya, que no serán nunca quizá, y cuya imagen se
han conservado viva, toman un encanto doloroso, se presentan con la melancolía
de una aparición, hacen visible la tierra sagrada, y son, por decirlo así, la
forma misma de la patria: se les ama; se les evoca tales como son, tales como
eran; se recuerdan obstinadamente, y no se nota que hayan cambiado nada, porque
se ven en ellos el rostro de la madre.
Estudiemos las cosas que ya no
existen. Es necesario conocerlas, aunque no sea más que evitarlas. Las
falsificaciones de lo pasado toman falsos nombres, y se apropian a sí mismas el
del porvenir; lo pasado es un viajero que puede falsificar el pasaporte:
estemos prevenidos, desconfiemos. Lo pasado tiene una fisonomía, la
superstición; una máscara, la hipocresía. Denunciemos la fisonomía y arranquemos
la máscara.
Negar la voluntad del infinito,
es decir, negar a Dios, es cosas que sólo puede hacerse negando el infinito; y
que el infinito existe, lo hemos demostrado.
La negación del infinito nos
lleva vía recta al nihilismo, y entonces todo se convierte <<en un puro
concepto del espíritu>>.
Con el nihilismo no hay discusión
posible; porque si el nihilismo es lógico, niega que su interlocutor exista, y
tampoco está s4eguro de su propia existencia.
Aplicando su doctrina, es posible
que no sea para sí mismo más que un <<puro concepto del espíritu>>.
Pero no cae en que todo lo que
niega lo admite en junto, con sólo pronunciar la palabra:
<<Espíritu>>.
A este monosílabo no hay más que
una respuesta posible: sí.
El nihilismo no tiene
trascendencia alguna.
Y la nada no existe; el cero no
existe. Todo es algo; porque la nada es nada.
El hombre vive de afirmación más
que de pan.
Ver y enseñar no basta.
La filosofía debe ser un poder
vivo, y debe tener por esfuerzo y por efecto la mejora del hombre. Sócrates
debe entrar en Adán y producir a Marco Aurelio; en otros términos, es preciso
hacer del hombre de la felicidad, el hombre de la sabiduría: transformar el
Edén en el Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Sólo gozar! ¡Qué objeto tan
triste! ¡Qué ambición tan pequeña! Los brutos gozan. Pero ¡pensar! Ése es el
verdadero triunfo del espíritu. La misión de la filosofía real es hacer fluir
el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles a todos en elixir la
noción de Dios; unir fraternalmente en ellos la conciencia y la ciencia, y
hacerlos justos por medio de esta unión misteriosa. La moral es un ramillete de
verdades y la contemplación nos lleva a la acción. Lo absoluto debe ser
práctico; lo ideal debe ser respirable, potable, comestible al espíritu humano.
Sólo lo ideal puede decir: Tomad, ésta es mi carne; tomad, ésta es mi sangre.
La sabiduría es una comunión sagrada. Sólo bajo esta condición deja de ser un
amor estéril de la ciencia para convertirse en el modo único y soberano de la
unión humana, y pasar de ser filosofía a ser religión.
La filosofía no debe ser un
edificio construido sobre el misterio para mirarlo fácilmente, sin más
resultado que una distracción de la curiosidad.
Aunque dejamos para otra ocasión
el desarrollo de nuestro pensamiento, diremos aquí que no comprendemos ni el
hombre como punto de partida ni el progreso como fin, sin están dos firmezas,
que son los dos motores: crear y amar.
El progreso, es el fin; lo ideal,
es el tipo.
¿Qué es lo ideal? Dios.
Lo ideal, lo absoluto, lo
perfecto, lo infinito; todo esto es idéntico.
¡Qué olas tan poderosas son las
ideas! ¡Cómo cubren rápidamente todo lo que deben destruir y sepultar en
cumplimiento de su misión, y cuán pronto excavan terribles profundidades!
No debemos renegar de la patria
ni en lo pasado ni en lo presente. ¿Por qué no hemos de admitir toda la
historia? ¿Por qué no hemos de amar a toda Francia?
Por lo demás, era un joven
entusiasta… Puro hasta ser insociable.
¿Cómo le subyugaba Enjolras? ¿Por
las ideas? No, por el carácter. Fenómeno observado muchas veces. Un escéptico
que se une a un creyente es una cosa tan sencilla, como la ley de los colores
complementarios; siempre nos atrae lo que nos falta; nadie ama la luz como el
ciego.
… porque hay hombres que parece
que han nacido para ser el verso, el anverso y el reservo; que son al mismo
tiempo Pólux y Patroco, Niso y Eudámidas, Efestión y Pechméja. Sólo viven a
condición de estar unidos a otro; su nombre es una continuación, y sólo se
escribe precedido de la conjunción y; su existencia no les pertenece; es el
otro lado de un destino que no es el suyo. Grantaire era uno de esos hombres;
era el reverso de Enjolras.
La vida, la desgracia, el
aislamiento, el abandono, la pobreza son campos de batalla que tienen sus
héroes; héroes oscuros, pero más grandes a veces que los héroes ilustres.
Hay naturalezas firmes y raras
que han sido creadas así; porque la miseria, que es casi siempre una madrastra,
es algunas veces madre; la desnudez engendra en ocasiones el vigor del alma y
del talento; la miseria amamante la altivez; la desgracia suele ser un buen
alimento para los corazones magnánimos.
Se daba testimonio de que nunca
había debido un sueldo a nadie, porque creía que una deuda era el principio de
la esclavitud; y se decía que un acreedor es peor que un amo, porque un amo no
posee más que la persona, pero un acreedor posee la dignidad, y puede
abofetearla…
… son raros aquellos que han
caído y no se han degradado. Además, hay un punto en que los infortunios y las
infamias se confunden y mezclan en una sola palabra fatal: los miserables.
El pensamiento es el trabajo de
la inteligencia, la meditación fantástica es la voluptuosidad; reemplazar aquél
por ésta es confundir un veneno con un alimento.
Se ha abusado tanto de las
miradas en las novelas amorosas, que se han concluido por darles poca
importancia; apenas se atreve hoy un novelista a decir que dos seres se han
amado porque se han mirado; y sin embargo, así es como únicamente se ama. Lo
demás no es sino lo demás, y viene después. Nada es más real que estas grandes
sacudidas, que dos almas se impresionen mutuamente al cambiar esta chispa.
Y además, cosa extraña, el primer
síntoma del verdadero amor en un joven es la timidez, y es una joven es el
atrevimiento.
Es un error creer que la pasión
es pura cuando es feliz, y que conduce al hombre a un estado de perfección; le
conduce simplemente, como hemos dicho, al estado de olvido. En esta situación,
el hombre se olvida de ser malo, pero se olvida también de ser bueno. El
agradecimiento, el deber, los recuerdos esenciales e importunos desaparecen.
Como hemos dicho ya, en el primer
amor se toma el alma antes que el cuerpo; después se toma el cuerpo antes que
el alma, y aun algunas veces no se toma el alma del todo.
La convicción irritada, el
entusiasmo frustrado, la indignación conmovida, el instinto de guerra
comprimido, el valor de la juventud exaltada, la ceguedad generosa, la
curiosidad, el placer de la variación, la sed de lo inesperado, el sentimiento
que hace experimentar placer al leer el cartel de un nuevo espectáculo, y al
oír en el teatro el silbato del maquinista; los odios vagos, los rencores, las
contrariedades, la vanidad que cree que ha fracasado el destino; el malestar,
los pensamientos profundos, las ambiciones rodeadas de abismos; todo el que
espera de un derrumbamiento una salida; y en fin, en lo más bajo la turba, ese
lodo que se convierte en fuego tales son los elementos del motín.
La multitud tiene cierta
tendencia a admitir un amo. Su masa produce la apatía; la multitud se totaliza
fácilmente en la obediencia. Y es preciso removerla, empujarla, animar a los
hombre con el beneficio de su libertad, deslumbrar sus ojos con la verdad,
arrojarles la luz a puñados. Es preciso que se vean un poco deslumbrados para
su propia salvación; porque este deslumbramiento los despierta.
Los grandes dolores llevan en sí
mismos el decaimiento, desaniman; el hombre en quien penetran siente retirarse
alguna cosa. En la juventud, su visita es lúgubre; más tarde, es siniestra. Cuando
la sangre está caliente; cuando los cabellos son negros; cuando la cabeza está
recta sobre el cuerpo como la llama sobre la antorcha; cuando la rueda del destino
tiene aún casi todo su espesor; cuando el corazón lleno de amor tiene aún
latidos que pueden renacer; cuando se tiene delante tiempo para repararlos; cuando
aún existen para él todas las mujeres, toda las sonrisas, todo el provenir y
todo el horizonte; cuando la fuerza de la vida está completa, si la desesperación
es una cosa terrible, ¿qué será en la vejez cuando los años se precipitan cada
vez más pálidos, en esa hora crepuscular en que se principian a descubrir las
estrellas de la tumba?
Las estatuas, bajo los árboles,
desnudas y blancas, tenían ropajes de sombra, agujereados de luz; eran diosas
con harapos de sol, pues los rayos les colgaban de todas partes.
Las razas petrificadas en el
dogma, o desmoralizadas por el huero, son impropias para dirigir la
civilización. La genuflexión ante el ídolo o ante el escudo, atrofia el músculo
que anda y la voluntad que va. La absorción hierática o comercial aminora el
radio de un pueblo, baja su horizonte al bajar su nivel, y le retira el
conocimiento, a la vez humano y divino, del fin universal, que constituye las
naciones misioneras.
Duerme. Aunque la suerte no le
fue propicia,
vivía, y murió cuando perdió a su
ángel.
La muerte le llegó sencillamente,
como llega la noche cuando se
marcha el día.
miércoles, 21 de enero de 2026
Corazón tan blanco (relectura). Javier Marías.
El mundo entero se mueve a menudo sólo para dejar de ocupar su lugar y usurpar el de otro, sólo por eso, para olvidarse de sí mismo y enterrar al que ha sido, todos nos cansamos indeciblemente de ser el que somos y el que hemos sido.
No era desconfianza ni falta de compañerismo ni ganas de ocultamiento. Era simplemente instalarse en el convencimiento yo superstición de que no existe lo que no se dice. Y es verdad que sólo lo que no se dice ni expresa es lo que no traducimos nunca.
El mundo está lleno de sorpresas, también de secretos. Creemos que vamos conociendo a quienes están cerca, pero el tiempo trae consigo mucho más ignorado de lo que trae sabido, cada vez se conoce menos comparativamente, cada vez hay más zona de sombra.
Ahora lo vi claro: no es que no supiera cómo, sino que era una superstición lo que lo paralizaba, no saber qué puede dar suerte o traerla mala, hablar o callar, no callar o no hablar, dejar que las cosas sigan su curso sin invocarlas ni conjurarlas o intervenir verbalmente para condicionar ese curso, verbalizarla o no hacer advertencias poner en guardia o bien no dar ideas, a veces nos dan ideas quienes nos previenen contra esas ideas, nos las dan porque nos previenen, y hacen que se nos ocurra lo que nunca habríamos concebido.
Casi todo el mundo se avergüenza de su juventud, no es muy cierto que se añore como se dice, más bien se relega o rehúye y con facilidad o esfuerzo se confina el origen a la esfera de los malos sueños, o de las novelas, o de lo que no ha existido. La juventud se oculta, la juventud es secreta para quienes ya no nos conocen jóvenes.
Hay personas que han estado en el mundo durante muchos años y de las que nadie recuerda nada, como si a la postre no hubieran estado.
Esa noche, viendo el mundo desde mi almohada con Luisa a mi lado, como es costumbre entre los recién casados, con la televisión delante y en las manos un libro que no leía, le conté a Luisa lo que ¨Custardoy el joven me había contado y lo que yoo no había querido que me contara. La verdadera unidad de los matrimonios y aún de las parejas la traen las palabras, más que las palabras dichas – dichas voluntariamente-, las palabras que no se callan- que no se callan sin que nuestra voluntad intervenga-. No es tanto que entre dos personas que comparten la almohada no haya secretos porque así lo deciden -qué es lo bastante grave para constituir un secreto y qué no, si se lo silencia- cuanto que no es posible dejar de contar, y de relatar, y de comentar y enunciar, como si esa fuera la actividad primordial de los emparejados, al menos de los que son recientes y aún no sienten la pereza del habla. No es sólo que con la cabeza sobre una almohada se recuerde el pasado e incluso la infancia y vengan a la memoria y también a la lengua las cosas remotas y las más insignificantes y todas cobren valor y parezcan dignas de rememorarse en voz alta, ni que estemos dispuestos a contar nuestra vida entera a quien también apoya su cabeza sobre nuestra almohada como si necesitáramos que esa persona pudiera vernos desde el principio -sobre todo desde el principio, es decir, de niños- y pudiera asistir a través de la narración a todos los años en que no nos conocíamos y en que creemos ahora que nos esperábamos. No es sólo, tampoco, un afán comparativo o de paralelismo o de búsqueda de coincidencias, el de saber cada uno dónde estaba el otro en las diferentes épocas de sus existencias y fantasear con la posibilidad improbable de haberse conocido antes, a los amantes su encuentro les parece siempre demasiado tarde, como si el tiempo de su pasión nunca fuera el más adecuado o nunca lo bastante largo retrospectivamente (el presente es desconfiado), o quizás es que no se soporta que no haya habido pasión entre ellos, ni siquiera intuida, mientras los dos estaban ya en el mundo, incorporados a su paso más raudo y sin embargo con la espalda vuelta hacia el uno el otro, sin conocerse ni tal vez quererlo. No es tampoco que se establezca un sistema de interrogatorio diario al que por cansancio o rutina ningún cónyuge escapa y acaban todos contestando. Es más bien que estar junto a alguien consiste en buena medida en pensar en voz alta, esto es, en pensarlo todo dos veces en lugar de una, una con el pensamiento y otra con el relato, el matrimonio es una institución narrativa. O acaso es que hay tanto tiempo pasado en compañía mutua (por poco que sea en los matrimonios modernos, siempre tanto tiempo) que los dos cónyuges (pero sobre todo el varón, que se siente culpable cuando permanece en silencio) han de echar mano de cuento piensan y se les ocurre y les acontece para distraer al otro, y así acaba por no quedar apenas resquicio de los hechos y los pensamientos de un individuo que no sea transmitido, o bien traducido matrimonialmente.
Yo no creo que a nada se le pase el tiempo, todo está ahí, esperando a que se lo haga volver. Además, a todo el mundo le gusta contar su historia, incluso a los que no tienen ninguna. Si los relatos son distintos, el significado es el mismo.
Date cuenta de que un vídeo se mira impunemente como la televisión. Nunca miramos a nadie en persona con tanto detenimiento ni con tanto descaro, porque en cualquier otra circunstancia sabemos que el otro también nos está mirando, o que puede descubrirnos si lo estamos mirando a escondidas. Es un invento infernal, ha acabado con la fugacidad de lo que sucede, con la posibilidad de engañarse y contarse después las cosas de manera distinta de como ocurrieron. Ha acabado con el recuerdo, que era imperfecto y manipulable, selectivo y variable. Ahora uno no puede recordar a su gusto lo que está registrado, cómo va uno a recordar lo que sabe que puede volver a ver, tal cual, incluso a mayor lentitud de como se produjo.
Quizá sea esto lo que nos lleva a leer novelas y crónicas y a ver películas, la búsqueda de la analogía, del símbolo, la búsqueda del reconocimiento, no del conocimiento.
Parece increíble pero nada puede saberse nunca. O eso creo. Por eso es mejor a veces no saber ni el inicio, ni oír las voces que cuentan ante las cuales se está tan inerme, esas voces narrativas que todos tenemos y que se remontan hasta el pasado remoto o reciente y descubren secretos que ya no importan y sin embargo influyen en la vida o los venideros años, en nuestro conocimiento del mundo y de las personas, no se puede confiar en nadie después de escucharlas, es todo posible, el mayor horror y la mayor vileza en las personas que conocemos, como en nosotros mismos.
Cuántas cosas se van no diciendo a lo largo de una vida o historia o relato, a veces sin querer o sin proponérselo.
Pude callar y callar para siempre, pero uno cree que quiere más porque cuenta secretos, contar parece tantas veces un obsequio, el mayor obsequio que puede hacerse, la mayor lealtad, la mayor prueba de amor y entrega. Y se hacen méritos contando. De repente a uno no le basta con decir tan sólo encendidas palabras que se gastan pronto o se hacen repetitivas. Tampoco le basta a quien las escucha. El que dice es insaciable y es insaciable el que escucha, el que dice quiere mantener la atención del otro infinitamente…y el que escucha quiere ser distraído infinitamente, quiere oír y saber más y más, aunque sean cosas inventadas o falsas.
Lo
que hice fue hecho, pero la gran diferencia para lo que viene luego no es haberlo
o no haberlo hecho, sino que fuera ignorado por todos. Que fuera un secreto. Tal
vez ni siquiera habría tenido vida, después de eso.
