Que
le hago saber que imagino como quien ha pasado por ello que todas nuestras
locuras proceden de tener los estómagos vacíos y los celebros llenos de aire.
Más
ahora ya triunfa la pereza de la diligencia la ociosidad del trabajo el vicio
de la virtud la arrogancia de la valentía y la teórica de la práctica de las
armas que solo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y de los
andantes caballeros.
Y
quiero que sepas, Sancho, que si a los oídos de los príncipes llegase la verdad
desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían, otras edades
serían tenidas por más de hierro que la nuestra, que entiendo que de las que
ahora se usan es la dorada. Sírvate este advertimiento, Sancho, para que
discreta y bien intencionadamente pongas en mis oídos la verdad de las cosas
que sugieres de lo que te he preguntado.
Una
de las cosas -dijo a esta sazón don Quijote- que más debe de dar contento a un
hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las
lenguas de las gentes impreso en estampa. Dije con buen nombre, porque, siendo
al contrario, ninguna muerte se le igualará.
También
pudieran callarlos por equidad -dijo don Quijote-, pues las acciones que ni
muda ni alteran la verdad de la historia no hay para que escribirlas, si han de
redundar en menosprecio del señor de la historia. A fe que no fue tan piadoso Eneas
como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como lo describe Homero.
Ahora
digo -dijo don Quijote- que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino
algún ignorante hablador que a tiendo y sin algún discurso se puso a escribirla,
salga lo que saliere.
Eso
no -respondió Sansón-, porque es tan clara que no hay cosa que dificultar en
ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden, y los
viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de
todo género.
Los
hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas, los ilustres
historiadores, siempre o las más veces son envidiados de aquellos que tienen
por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos ajenos sin haber
dado algunos propios a la luz del mundo.
Dos
caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y
honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo más armas
que letras, y nací, según me inclinó las armas, debajo de la influencia del
planeta Marte así que casi me es forzoso seguir por su camino, y por él tengo
de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde cansaros en persuadirme a que
no quiera yo lo que los cielos quiere, la fortuna ordena y la razón pide, y,
sobre todo, mi voluntad desea; pues con saber, como sé, los innumerables
trabajos que son anejos a la andante caballería, sé también los infinitos
bienes que se alcanzan con ella y sé que la senda de la virtud es muy estrecha
y el camino del vicio ancho y espacioso; y sé que sus fines y paraderos son
diferentes, porque el del vicio, dilatado y espacioso, acaba en muerte, y el de
la virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida y no en vida que se acaba, sino
en la que no tendrá fin.
Es
el caso -replicó Sancho- que, como vuestra merced mejor , todos estamos sujetos
a la muerte, y que hoy somos y mañana no, y que tan presto se va el cordero
como el carnero, y que nadie puede prometerse en este mundo más horas de vida
de las que Dios quisiere darle; porque la muerte es sorda, y, cuando llega a
llamar a las puertas de nuestra vida siempre va de priesa, y no la harán de
tener ni ruegos, ni fuerzas, ni cetros, ni mitras, según es pública voz y fama.
Todos
los vicios Sancho trae un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia
no trae sino disgustos, rencores y rabias.
Los
cristianos, católicos y andantes caballeros más habemos de atender a la gloria
que de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestes,
que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza;
la cual fama, por mucho que dure, en fin, se ha de acabar con el mismo mundo
que tiene su fin señalado.
Hemos
de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen
pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al
sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria
y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de
nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo,
buscando las ocasiones que nos pueden hacer y hagan, sobre cristianos, famosos
caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios por donde se alcanzan los extremos de
alabanzas que consigo trae la buena fama.
Sí,
respondió Sancho, pero yo he oído decir que hay más frailes en el cielo que
caballeros andantes.
Porque
la verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira, como el
aceite sobre el agua.
Que
has de saber, Sancho, si no lo sabes, que entre los amantes las acciones y
movimientos exteriores que muestran cuando de sus amores se trata con
certísimos correos que traen las nuevas de lo que allá en lo interior del alma
pasa.
Porque
te hago saber, Sancho, que cuando llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea,
según tú dices, que a mí me pareció borrica, me dio un olor de ajos crudos, que
me encalabrinó y atosigó el alma.
Pero
encomendémoslo todo a Dios, que Él es el sabidor de las cosas que han de
suceder en este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde apenas
se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería.
La
pluma es la lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se
engendran, tales serán sus escritos.
Bien podrán los encantadores
quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible.
Porque bien sé lo que es valentía,
que es una virtud que está puesta entre dos extremos viciosos, como son la
cobardía y la temeridad.
Y si es que son de justa
literaria, procure vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero
siempre se le lleva el favor o la gran calidad de la persona, el segundo se le
lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a esta
cuenta, será el tercero, al modo de las licencia que se dan en las
universidades; pero, con todo esto, gran personaje es el nombre de primero.
Que la mayor parte de la gente
del mundo está de parecer de que no ha habido en él caballeros andantes; y por
parecerme a mí que si el cielo milagrosamente no les da a entender la verdad de
que los hubo y de que los hay, cualquier trabajo que se tome ha de ser en vano,
como muchas veces me lo ha mostrado la experiencia, no quiero detenerme ahora
en sacar a vuesa merced del error que con los muchos tiene; lo que pienso hacer
es rogar al cielo le saque de él y le dé a entender cuán provechosos y cuán
necesarios fueron al mundo.
Los caballeros andantes en los
pasados siglos, y cuán útiles fueran en el presente si se usaran; pero triunfan
ahora, por pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo.
¡Si mi fue tornase a es,
Sin esperar más será,
O viniese el tiempo ya
De lo que será después…!
Glosa
Al fin, como todo pasa,
Se pasó el bien que me dio
Fortuna, un tiempo no escasa
Y nunca me lo volvió,
Ni abundante ni por tasa.
Siglos ha ya que me ves,
Fortuna, puesto a tus pies:
Vuélveme a ser venturoso,
Que será mi ser dichoso
Si mi fue tornase a es.
No quiero otro gusto o gloria,
Otra palma o vencimiento,
Otro triunfo, otra victoria,
Sino volver al contento
Que es pesar en mi memoria.
Si tú me vuelves allá,
Fortuna, templado está
Todo el rigor de mi fuego,
Y más si este bien es luego,
Sin esperar más será.
Cosas imposibles pido,
Pues volver el tiempo a ser
Después de una vez ha sido
No hay en la tierra poder
Que a tanto se haya extendido.
Corre el tiempo, vuela y va
Ligero, y no volverá
Y erraría el que pidiese,
O que el tiempo ya se fuese
O viniese el tiempo ya.
Vivir en perpleja vida,
Ya esperando, ya temiendo,
Es muerte muy conocida,
Y es mucho mejor muriendo
Buscar al dolor salida.
A mí me fuera interés
Acabar, mas no lo es,
Pues, con discurso mejor,
Me da la vida el temor
De lo que será después.
¡Oh fuerza de la adulación, a
cuánto te extiendes, y cuán dilatados límites son los de tu jurisdicción
agradable!
Que el amor y la afición con
facilidad ciegan los ojos del entendimiento, tan necesarios para escoger
estado, y el del matrimonio está muy a peligro de errarse, y es menester gran
tiento y particular favor del cielo para acertarle.
Apenas la blanca aurora había dado
lugar a que el luciente Febo con el ardor de sus calientes rayos las líquidas
perlas de sus cabellos de oro enjugase.
Dos linajes solos hay en el
mundo, como decía una abuela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al
de tener se atenía; y el día de hoy, mi señor don Quijote, antes se toma el
pulso al haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo
enalbardado.
Porque no hay otra cosa en la
tierra más honrada ni de más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego
a su rey y señor natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las
cuales se alcanzan, si no más riquezas, a lo menos más honra que por las
letras, como yo tengo dicho muchas veces; que puesto que han fundado más mayorazgos
las letras que las armas, todavía llevan un no sé qué los de las armas a los de
las letras, con un sí sé qué de esplendor que se haya en ellos, que los
aventaja a todos.
Cuanto más que ya se va dando
orden como se entretengan y remedien los soldados viejos y estropeados, porque
no es bien que se haga con ellos lo que suelen hacer los que ahorran y dan libertad
a sus negros cuando ya son viejos y no pueden servir, y echándolos de casa con
título de libres los hacen esclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse
sino con la muerte.
-Ahora digo, dijo a esta sazón
don Quijote- que el que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho.
¡Vais en paz, oh par sin par de
verdaderos amantes! ¡Lleguéis a salvamento a vuestra deseada patria, sin que la
fortuna ponga estorbo en vuestro felice viaje! ¡Los ojos de vuestros amigos y
parientes os vean gozar en paz tranquila los días (que los de Néstor sean) que
os quedan de la vida!
Caballero soy, y caballero he
de morir, si place al Altísimo. Unos van por el ancho campo de la ambición
soberbia, otros por el de la adulación servil y baja, otros por el de la
hipocresía engañosa, y algunos por el de la verdadera religión; pero yo,
inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante,
por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra. Yo he satisfecho
agravios, enderezado tuertos, castigado insolencia, vencido gigantes y
atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los
caballeros andantes lo sean, y, siéndolo, no soy de los enamorados viciosos,
sino de los platónicos continentes. Mis intenciones siempre las enderezo a
buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno: si el que esto entiende,
si el que esto obra, si el que de esto trata merece ser llamado bobo, díganlo
vuestras grandezas, duque y duquesa excelentes.
Que Dios sufra a los malos,
pero no para siempre.
Porque en verdad te digo que de
todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de dar cuenta el marido en la
residencia universal, donde pagará con el cuatro tanto en la muerte las
partidas de que no se hubiere hecho cargo en la vida.
Procura descubrir la verdad por
entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e
importunidades del pobre.
Cuando pudiere y debiere tener
lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no es
mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.
Si acaso doblares la vara de la
justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.
Si alguna mujer hermosa viniere
a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos,
y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue
tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros.
Como poco y cena más poco, que
la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. Sé templado en
el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple
palabra.
Sea moderado tu sueño, que el
que no madruga con el sol, no goza del día; y advierte, ¡oh Sancho!, que la
diligencia es madre de la buena ventura, y la pereza, su contraria, jamás llegó
al término que pide un buen deseo.
Sobre el cimiento de la
necesidad no asienta ningún discreto edificio.
Dicen que en el propio original
de esta historia se lee que llegando Cide Hamete a escribir este capítulo no le
tradujo su intérprete como él le había escrito, que fue un modo de queja que
tuvo el moro de sí mismo por haber tomado entre manos una historia tan seca y
tan limitada como esta de don Quijote, por parecerle que siempre había de
hablar de él y de Sancho, sin osar extenderse a otras digresiones y episodios más
graves y más entretenidos; y decía que el ir siempre atenido el entendimiento,
la mano y la pluma a escribir de un solo sujeto y hablar por las bocas de pocas
personas era un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de su
autor, y que por huir de este inconveniente había usado en la primera parte del
artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente y la del
Capitán cautivo, que están como separadas de la historia, puesto que las demás
que allí se cuentan son casos sucedidos al mismo don Quijote, que no podían
dejar de escribirse. También pensó, como él dice, que mucho, llevados de la
atención que piden las hazañas de don Quijote, no la darían a las novelas, y pasarían
por ellas o con priesa o con enfado, sin advertir la gala y artificio que en sí
contienen, el cual se mostrara bien al descubierto, cuando por sí solas,
arrimarse a las locuras de don Quijote ni a las sandeces de Sancho, salieran a
luz. Y, así, en esta segunda parte no quiso injerir novelas sueltas ni pegadizas,
sino algunos episodios que lo pareciesen, nacidos de los mismos sucesos que la
verdad ofrece, y aun éstos limitadamente y con solas las palabras que bastan a
declararlos, y pues se contiene y cierra en los estrechos límites de la
narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del
universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por
lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir.
Deja, lector amable, ir en paz
y enhorabuena al buen Sancho, y espera dos fanegas de risa que te he de causar
el saber cómo se portó en su cargo, y en tanto atiende a saber lo que le pasó a
su amo aquella noche, que si con ello no rieres, por lo menos desplegarás los
labios con risa de jimia, porque los sucesos de don Quijote o se han de celebrar
con admiración o con risa.
No hagas muchas pragmáticas, y
si las hicieres, procura que sean buenas, y sobre todo que se guarden y
cumplan, que las pragmáticas que no se guardan lo mismo es que sino lo fuesen,
antes dan a entender que el príncipe que tuvo discreción y autoridad para
hacerlas no tuvo valor para hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan
y no se ejecutan, vienen a ser como la viga, rey de las ranas, que al principio
las espantó, y con el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella.
No te muestres, aunque por
ventura lo seas, lo cual yo no creo, codicioso, mujeriego ni glotón; porque en
sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación determinada, por allí te
darán batería, hasta derribarte en el profundo de la perdición.
Muéstrateles agradezco, que la
ingratitud es hija de la soberbia y uno de los mayores pecados que se sabe.
Pensar que en esta vida las
cosas de ella han de durar siempre en un estado es pensar en lo excusado, antes
parece que ella anda todo el redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue al
verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el
invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua;
sola la vida humana corre a su fin ligera más que el viento, sin esperar renovarse
sino es en la otra, que no tiene términos que la limiten. Esto dice Cide
Hamete, filósofo mahomético, porque esto de entender la ligereza e
inestabilidad de la vida presente, y de la duración de la eterna que se espera,
mucho sin lumbre de fe, sino con la luz natural, lo han entendido;
Vuestras mercedes se queden con
Dios y digan al duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni
gano; quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien
al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas.
- De esta manera habían de
salir de sus gobiernos todos los malos gobernadore: como sale este pecador del
profundo del abismo, muerto de hambre, descolorido y sin blanca, a lo que yo
creo.
- No te enojes, Sancho, ni
recibas pesadumbre de lo que oyeres, que será nunca acabar: ven tú con segura
conciencia, y digan lo que dijeres; y es querer atar las lenguas de los maldicientes
lo mismo que querer poner puertas al campo. Si el gobernador sale rico de su
gobierno, dicen de él que ha sido un ladrón, y si sale pobre, que ha sido un
parapoco y un mentecato.
- A buen seguro – respondió Sancho-
que por esta vez antes me han de tener por tonto que por ladrón.
- La libertad, Sancho, es uno
de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden
igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad
así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario,
el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.
Que las obligaciones de las
recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son atadura que no dejan
campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan
sin que le quede obligación de agradecerlo a otor que al mismo cielo!
-Advierte, Sancho – dijo don
Quijote-, que el amor ni mira respetos ni guarda términos de razón en sus
discursos, y tiene la misma condición que la muerte, que así acomete los altos
alcázares de los reyes como las humildes chozas de los pastores, y cuando toma
entera posesión de una alma, lo primero que hace es quitarle el temor y la
vergüenza.
Que en verdad en verdad que
muchas veces me paro a mirar a vuestra mercede desde la punta del pie hasta el
último cabello de la cabeza, y que veo más cosas para espantar que para
enamorar.
-Advierte, Sancho -respondió
don Quijote-, que hay dos maneras de hermosura: una la del alma y otra del
cuerpo; la del alma capea y se muestra en el entendimiento, en la honestidad,
en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena crianza, y todas estas
partes caben y pueden estar en un hombre feo; y cuando se pone la mira en esta
hermosura, y no en la del cuerpo, suele nacer el amor con ímpetu y con
ventajas. Yo, Sancho, bien veo que no soy hermoso, pero también conozco que no
soy disforme, y bástale a un hombre de bien no ser monstruo para ser bien
querido, como tenga los dotes del alma que te he dicho.
Entre los pecados mayores que
los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el
desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele
decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este pecado, en
cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso
de razón, y si no puedo pagar las buenas obras que me hacen con otras obras,
pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando éstos no bastan, las publico,
porque quien dice y publica las buenas obras que recibe, también las recompensar
con otras, si pudiera;
Porque no se ejecutan bien las
venganzas a sangre helada.
Que todo es burla, sino
estudiar y más estudiar, y tener favor y
ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o
con una mitra en la cabeza.
-Yo apostaré – dijo Sancho- que
antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta ni mesón o tienda de barbero
donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas;
Y el verdadero don Quijote de
la Mancha, el famoso, el valiente, el discreto, el enamorado, el desfacedor de
agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el matador
de las doncellas, el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso,
es este señor que está presente, que es mi amo: todo cualquier otro don Quijote
y cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño.
Este fin tuvo el ingenioso
hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso por Cide Hamete puntualmente, por
dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele
y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.
Ya aquí el hidalgo fuerte
que a tanto extremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco,
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco.
