Estoy en la terraza de un café de una ciudad del norte de Italia, y en media hora veo pasar a una docena de mujeres musulmanas con el rostro cubierto a excepción de los ojos. Unas llevan a niños de la mano y otras carritos de la compra, y viéndolas pienso en la fría fatalidad de la Historia, en que la transformación geopolítica de Europa viene hoy en patera, y en que las oleadas de inmigrantes son un irreversible factor de civilización. De un nuevo mundo que en nada se parece al otro. Pero, concluyo, advertirlo cuando se tiene una edad y una biblioteca no es dramático, ni terrible. La Historia está hecha de civilizaciones colapsadas, y no siempre se tiene el privilegio de asistir al ocaso de una.
Vaya por delante que Europa
siempre fue un lugar mestizo donde las desgracias vinieron a menudo de los
fanáticos del purismo de raza, religión, familia o tribu, y que quienes
presumen de tener ocho apellidos limpios de polvo y paja fueron causa de muchos
males y tragedias. Pero hablamos de otra cosa. No se trata ya de lenguas,
territorios o religiones, sino de conglomerados socioculturales, ciudades
balcanizadas en comunidades ajenas unas a otras. Viene otra Europa, y nada
puede hacerse por evitarlo. Quizá nunca se pudo, y sólo ocurre que ahora suenan
más fuerte las campanadas del reloj de la Historia.
"Siempre acaba imponiéndose
la cultura más vigorosa, la mejor sostenida por quienes la traen consigo. En la
Europa actual, la más coherente es el Islam."
Dejemos las cosas claras: la
inmigración ni se debe parar ni es posible hacerlo, porque además de inevitable
es necesaria. Sin esa mano de obra, sin sangre nueva, la vida aquí sería
insostenible, la economía acabaría yéndose al diablo, la pirámide de población
se invertiría de forma monstruosa y la seguridad social sería imposible. Al
ciudadano europeo, crecido en el bienestar y debilitado por él, lo desplazan la
sangre joven, la ambición legítima, el tesón de gente más dura y más
hambrienta. Basta un vistazo para advertir quién merece el futuro y quién la
cuneta de la vida. El multiculturalismo es un cuento chino. La Historia
demuestra que unas culturas empujan a otras impregnándose de ellas, pero
siempre acaba imponiéndose la más vigorosa, la mejor sostenida por quienes la
traen consigo. Y en la Europa actual, la más coherente es el Islam.
Ése, en mi opinión, es el
principal problema al que se enfrenta el viejo continente: conflicto insoluble,
consecuencia de la cobardía, codicia y estupidez europeas. Todos los gobiernos,
temiendo ser llamados islamófobos o racistas, cometen idénticos errores desde
hace décadas, sin aprender nada de los problemas de seguridad, formación de
guetos e implantación de leyes islámicas en ciudades y pueblos. Casi toda
Europa mira hacia otro lado ante las mismas atrocidades que los opresores
religioso-sociales islámicos perpetran en sus países contra la libertad de
expresión, la democracia, la igualdad de sexos o la orientación sexual; y sólo
de refilón condena o persigue el trasplante de tales infamias. En España, pese
al ejemplo cercano de Francia, la desidia roza lo criminal. Autoridades de todo
signo y color ignoran la realidad de los barrios marginales y lo que se dice en
algunas mezquitas. Igual que no aprendieron de Francia, tampoco aprenden de
Marruecos, donde buena parte de los imanes potencialmente conflictivos está
comprada por el gobierno. Por algo será.
Y es que en España, como en el
resto de Europa —cada uno con la inmigración que le toca—, lo que interesa es
beneficiarse del asunto, vendiéndonos la ausencia de conflicto visible como
prueba de asimilación e integración. A cambio, la clase empresarial obtiene
mano de obra esclava y barata. También la izquierda más vociferante tiene sus
ventajas: olvidando a las mujeres represaliadas y asesinadas en el mundo
islámico, donde la extrema derecha religiosa considera a la mujer y a los
homosexuales sometidos a la voluntad de Dios, la demagogia europea que vive del
camelo subvencionado tiene oportunidad de alzar pancartas, lucir kufiyas,
llamar niños a delincuentes de diecisiete años, calificar de racista a quien
protesta cuando le roban el móvil o violan a su hija, o manifestarse en apoyo a
integristas islámicos —que confunden con los musulmanes en general—,
mezclándolos con los parias de la tierra, la lucha contra el capital, el
imperialismo americano y el sobado comodín del franquismo (ignorando que nunca
hubo política más eficaz de amistad y buena vecindad con Marruecos que la
mantenida por el dictador Franco, que los conocía desde la mili). Qué incómodo
es recordar las advertencias que contra el velo y la sumisión de la mujer
pronunciaron auténticas feministas como Élisabeth Badinter o la española Rosa
Montero. Estaría bien que muchos simples e indocumentados conversaran con las
curtidas feministas argelinas, endurecidas por diez espantosos años de lucha
contra el terror islámico. Esto nos sitúa en el corazón del asunto: los
inmigrantes musulmanes que dejan atrás la miseria pero traen su religión y
forma de vida. Como Europa, egoísta y estúpida, no ha sido capaz de ofrecerles
integración e igualdad real, se sienten más cómodos con sus propios métodos y
costumbres. Por eso buena parte de los emigrantes musulmanes no educa a sus
hijos con la mentalidad del país de acogida, sino con la del país del que
proceden. Tienen sus propias mezquitas, sus barrios, sus escuelas y su
televisión; gozan de derechos imposibles en los países de origen, pero a la
hora de respetar las obligaciones reclaman un trato distinto por su religión. Y
como de tontos no tienen un pelo, se amparan en nuestra propia retórica. Los
jóvenes nos desprecian por débiles y contradictorios, mientras que al Islam
radical lo ven fuerte y atractivo. Europa es el cáncer, gritan, el Islam es la
solución. Con vuestra democracia destruiremos vuestra democracia. Etcétera. La
palabra la inventaron los griegos: oikofobia, odio a la casa, el
lugar donde vives.
En esa contradicción está el
problema. Por necesidad social, el inmigrante debe ser aceptado e integrado;
pero su patrimonio cultural e histórico se opone al de una Europa que tampoco
se aclara ella misma. Por tal razón esos musulmanes necesitan seguir siendo
ellos: profesores denunciados por hablar de jamón o mencionar la Reconquista,
protestas en autobuses y lugares donde hay perros —animal impuro según el
Corán—, por la Semana Santa, por publicidad con chicas ligeras de ropa, por
desnudos en las playas. Añadan a eso imanes que explican cómo pegarle a la
esposa sin dejar marcas y que se libran con un cursillo sobre derechos humanos,
que aprueban los asesinatos por honor, o que escriben, como el saudí Abdullah
Al Qarni: No te dejes engañar por Occidente y sus ideas y modas, y
recuerda que las mujeres que salen de casa a trabajar son responsables de la
destrucción de sus familias.
Digamos lo que quienes deben
hacerlo no se atreven: esto no es un debate entre iguales. Esto es Europa.
Pertenecemos a una civilización superior en derechos y libertades. Allí ya me
habrían matado, dijo la holandesa de origen somalí Ayaan Hirsi Ali. Aquí no se
gobierna desde las iglesias ni las mezquitas; tratamos a las mujeres como a
seres libres, no como propiedad de maridos y familiares varones, y no hay que
esconderlas ni taparlas porque se nos supone educados para respetarlas. Aquí no
hay desacuerdo entre iguales, insisto. En esto Europa está muy por encima,
razón por la que acuden a ella miles de emigrantes a refugiarse o ganarse la
vida. El problema es que nunca se les plantearon con firmeza las reglas del
juego: obtenga trabajo y respeto, pero respete usted las normas. Lleve a sus
hijos a colegios que los integren, no llame puta a su hija ni a la mía por
llevar minifalda, no la case con quien ella no quiera, no le mutile el
clítoris, no le cubra la cara o la cabeza cuando tenga la primera menstruación.
Usted trae virtudes que aprecio; aprendamos uno de otro y vamos a llevarnos
bien; y si no, ahí está la puerta. Eso no se hizo cuando se podía, y ahora no
se puede hacer. Pasó el momento. Europa paga las consecuencias.
"Esto no es un debate entre
iguales. Esto es Europa. Una civilización inferior en muchas cosas, pero muy
superior en materia de derechos y libertades."
Déjenme volver a las mujeres con
velo, sobre cuya prohibición el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dijo hace
veinte años que es contradictorio declararse respetuosos con la
democracia y los derechos humanos cuando se practican costumbres basadas en la
ley islámica. El velo, sea hiyab, chador, niqab o burka, es otra arma de
dominación sexual utilizada por el hombre para someter a la mujer. Puede
responder a la religión, la moda, la higiene; pero en la Europa laica es
símbolo de opresión y barbarie medieval. En ciertos ambientes se usa ahora a
modo de reivindicación y desafío por parte de algunas jóvenes musulmanas, como
antes fueron, para las europeas, los pantalones o la minifalda. Pero ese
símbolo de orgullo para algunas es de resignación y sumisión para muchas otras.
La pregunta, o el síntoma siniestro, es por qué las jóvenes lo llevan en
tiempos que coinciden con el redoblar de la ultraderecha islámica en todo el
mundo. No pueden pretender que eso se pase por alto. Las mujeres que usan
voluntariamente velo, así como las feministas ignorantes que las jalean,
insultan y abandonan a su suerte a las mujeres que luchan en los países
islámicos y a las que sufrieron y lucharon por su libertad en Europa y el
mundo. Para muchos musulmanes, una mujer velada no es una ciudadana común, sino
un animal doméstico que tutela el varón y sobre el cual decide. Ninguna
democracia puede tolerar eso. Es cierto que si una chica enseña el tanga otra
tiene derecho a cubrirse la cabeza, y que ahí la sensatez es decisiva. En ese
contexto, el pañuelo es perfectamente asumible. Otra cosa es echar un pulso al
modelo de derechos y libertades occidentales. Hay que distinguir, y las mujeres
musulmanas deben saber distinguir. Cuando a una se le impide o critica llevar
velo o cubrirse el rostro en lugares inapropiados, no se ataca su libertad,
sino que se la protege. A veces de su familia y su entorno. Otras, de sí misma.
Cada una de estas concesiones ha
sido en Europa una batalla perdida, a menudo sin saber que se ha luchado. La
ultraderecha islámica es cada vez más arrogante y audaz, aunque no salga en los
telediarios. Uno de cada dos o tres jóvenes de origen musulmán coloca su
identidad religiosa por encima de la nacional —y también la del país de origen
antes que el de acogida—, está de acuerdo con la ley islámica y sostiene que la
transgresión debe castigarse con dureza. En algunos lugares, la policía
islámica de ciertos imanes radicales actúa con impunidad: mujeres no sólo
musulmanas son insultadas por la calle, nadie presenta denuncias por miedo a
las represalias, y el insumiso se ve condenado a muerte social, boicotean su
negocio, marginan a su familia. Pronto los agentes de la seguridad del Estado
deberán ser musulmanes para entrar en determinadas zonas, o ir en grupo y
armados como ya ocurre en otros lugares de Europa. Lo he visto en París, en
Génova, en Marsella.
No hay solución posible. Se
equivocan los que dicen que no pasa nada y también los que auguran un
apocalipsis moruno. Todo está ocurriendo despacio y de modo natural. Es tan
sólo la Historia, que gira sus ruedas. Tardará todavía, pues treinta siglos de
civilización no los liquida un velo islámico. Es interesante, de todas formas,
presenciar el ocaso de un mundo con la lucidez que proporciona la cultura,
parecida a un analgésico: no elimina la causa del dolor, pero ayuda a
soportarlo. Sin embargo, hay una pregunta que no viviré lo suficiente para ver
la respuesta: los emigrantes musulmanes instalados en Europa, al transformarla
y hacerla cada vez más suya, conseguirán tal vez escapar de la miseria que
dejaron atrás; pero los que huyen del rigor islámico y sus consecuencias,
¿dónde irán a refugiarse cuando toda Europa se haya convertido en una mezquita?
