jueves, 26 de marzo de 2026

Grecia para todos. Carlos García Gual.

Solo tres crateras mezclo. Para lo que son sensatos: trae salud. La primera, la que se apura al comienzo. La segunda es de amor y placer. La tercera, de sueño. Después de tomarla los invitados sensatos regresan a casa. En la cuarta se pierde el dominio, es la de la insolencia. La quinta es la del jaleo. La sexta, la de los bailes por la calle. La séptima, la de ojos morados. La octava, la de los alguaciles. La novena, la de la cólera. La décima, del frenesí. La siguiente, del delirio, que tumba a cualquiera. Si llenas a menudo la misma copa, por pequeña que sea, acabará por echarte la zancadilla.


Amamos la belleza con sencillez y amamos el saber sin relajación. Nos servimos de la riqueza más como oportunidad para la acción que como pretexto para la ostentación, y entre nosotros no es motivo de vergüenza para nadie reconocer su pobreza, sino que lo es más bien el no hacer nada por evitarla. Las mismas personas pueden dedicar a un tiempo la atención a sus asuntos particulares y a los públicos, y gentes que se dedican a diversas actividades tienen suficiente criterio con respecto a los asuntos públicos. Somos, en efecto, los únicos que a quien no participa en esos asuntos lo consideramos no un despreocupado, sino un inútil; y nosotros mismos cuando menos exponemos nuestra reflexión sobre los asuntos, o los estudiamos puntualmente, porque, en nuestra opinión, no son las palabras un perjuicio para la acción, sino, por el contrario, lo es el no informase por medio de las palabras antes de acometer lo necesario mediante la acción. También nos distinguimos en que somos extraordinariamente audaces a la vez que hacemos nuestros cálculos sobre las acciones a emprender, mientras que a los otros la ignorancia les da coraje, y el cálculo indecisión. Y justo es que sean considerados los más fueres de espíritu quienes, sabiendo perfectamente las penalidades y los placeres, no por eso se apartan de los peligros. Y en cuanto a la generosidad somos distintos de la mayoría, pues nos ganamos amigos no recibiendo favores, sino haciéndolos.

Resumiendo, afirma que nuestra ciudad es, en su conjunto una enseñanza para Grecia, y que cada uno de nuestros ciudadanos como individuo puede mostrar una personalidad suficientemente capacitada para las más diversas actividades con una gracia y una habilidad extraordinarias. Hay en estas palabras de Pericles (es decir, según escribió Tucídides).

 

En el centro del nuevo espíritu panhelénico figuraban dos motivos: el compromiso con la Eleutheria -la libertad política- y la obediencia al nomos -la ley-. Estos valores eran opuestos a los de los persas, que vivían sometidos a un gobernante.

 

Con el fin de explicar cómo surgió el conflicto bélico Tucídides propone distinguir entre causas y pretextos.

 

Las causas de tan profundo enfrentamiento son la ambición y la envidia y el miedo; los pretextos, las quejas y recelos de unas ciudades contra otras por motivos ocasionales. Fue el progresivo aumento del poderío ateniense lo que incitó a la rencorosa Esparta, azuzada por los corintios, a declarar la guerra. Fue, por otro lado, el afán por mantener sus dominios, su ansia de poder, lo que hizo que Atenas se mostrara inflexible frente a sus enemigos.

 

En un ambiente cívico donde la retórica y la superioridad intelectual y el arte de la persuasión eran armas para triunfar, los sofistas encontraron en Atenas un público ávido de sus enseñanzas y dispuesta a pagar por ellas. A veces se ha comparado a la sofística con la Ilustración, en cuanto que ambas tratan de educar a la sociedad -o a una capa “ilustrada” de la sociedad- para su progreso mediante la razón y la crítica de lo tradicional.

 

Como advertía Tucídides, en los asuntos humanos y en los políticos no basta para decidir el éxito lo que los griegos llamaban gnome (previsión, cálculo racional), si se le opone la tyche (azar o fortuna).

 

El individualismo es un rasgo ubicuo en toda la época; pero en su desarraigo cívico el individuo intenta sentirse articulado en el orden cósmico, y la propuesta estoica de que todos los humanos son hijos de un dios providente tendrá un éxito merecido.  Por otro lado, los epicúreos negarán toda trascendencia; en un universo infinito y azaroso formado por infinitos átomos en combinaciones muy varias, el ser humano es solo un compuesto físico más, destinado a la muerte, pero que puede ser feliz gozando del placer y la amistad, apartándose de los torbellinos de la política y las varias creencias.

 

El pueblo … ¿dónde está? ¿Será acaso, en las ciudades, esa masa confusa de individuos de oficios múltiples, de nacionalidades y religiones mezcladas, multitud sin fustos comunes, que une a duras penas una vaga lealtad hacia el soberano, pero sin comunidad de intereses, sin conciencia cívica ni una tarea entrega a la gloria de los dioses o el asombro de “la gente del porvenir”?

 

Un pueblo sin mitos se moriría de frío.

 

Porque ese entramado narrativo da la respuesta a la inquietud natural de los seres humanos, y su conglomerado de relatos ofrece una iluminación fabulosa y fantástica del mundo, y habla de sus raíces ocultas, es decir, de los eres divinos y las acciones que lo fundamentan. Como si el ser humano necesitara dar sentido a su existencia con esas historias que le hablan de un trasfondo sagrado, de presencias divinas más allá del presente efímero y su condición mortal.

 

(es curioso el declive de las leyendas del santoral en contraste con la permanencia de los relatos más fantásticos de la antigua mitología grecolatina)

 

Hasta qué punto la gente creía o cree en los mitos es muy difícil precisarlo. En una sociedad primitiva o salvaje los mitos ofrecen – como apuntamos-una visión ingenua del mundo que podemos suponer aceptable para una comunidad arcaica. Pero en una comunidad más desarrollada y moderna la cosmovisión objetiva se funda en la ciencia y la lógica. No obstante, la visión científica y la tecnología derivada no dan respuesta a los enigmas vitales, a las últimas preguntas sobre el sentido de la existencia. De ahí que siempre queden las creencias de la religión y los mitos -en su inmensa variedad- como promesa de sentido final, “una arriesgada apuesta”, según Platón.

 

Ambición, orgullo y miedo son impulsos primordiales de los conflictos políticos, y la guerra los pone cruelmente de relieve. El historiador enseña a distinguir “causas” de “pretextos”, e incluso demuestra cómo en los momentos de aguda crisis el lenguaje mismo se manipula mostrando la descomposición moral de la sociedad.

 

El individualismo es una característica de la época. Epicúreos y estoicos se desentienden de la felicidad de la colectividad cívica, como de un lastra, y se ocupan solo de la felicidad individual. Mientras que en la Academia y en el Liceo se sigue conservando el programa escolar donde las lecciones de metafísica alternan con otras científicas, en la línea de sus fundadores, en el Jardín y en la Estoa el filosofar tiene una finalidad ética personal

 

El filosofar es, sobre todo, una propuesta para la vida feliz, logrando la serenidad de ánimo, sin temores ni pasiones. Más allá de ese objetivo común, las dos escuelas se oponen radicalmente en sus tesis básicas y sus recetas morales.

 

Para Epicuro la felicidad se funda en el placer y en la ausencia de temor, dolor y angustia.

 

En su sistema materialista niega la pervivencia del alma; también esta, compuesta de átomos, muere con el cuerpo. Por otra parte, desaconseja la actuación política y la búsqueda de fama y honores.

 

El fundador de la Estoa, Zenón de Citio, proclama que sólo la virtud (la areté) es el camino seguro hacia la vida feliz..

 

Más allá de las penas y dolores y de los accidentes posibles, el sophós desapasionado se mantiene sereno y ecuánime, como la roca en el oleaje marino. Los estoicos piensan que lo real es la manifestación de un orden superior, y que el cosmos tiene su sentido y está guiado por una divinidad providente.

 

El humanismo promueve la libertad de pensamiento, un afán de búsqueda de la verdad, con un progreso hacia un horizonte cosmopolita. Rechazando dogmatismos e imposiciones, en él resuena como un eco la frase del sofista Protágoras: “El ser humano es la medida de todas las cosas”.

 

En el marco de ese antiguo mundo helénico surgieron la teoría política y la praxis democrática, la poética y los géneros literarios, la filosofía y la ciencia, y las creaciones de un arte que consideramos clásico y los juegos atléticos que aún imitamos.

 

Fue en el espacio geográfico griego, en unos pocos siglos, y en el marco de las ciudades helénicas, esas poleis que caracterizan a la sociedad clásica griega, donde aparecen y se desarrollan nuevos conceptos acerca de la vida libre y la búsqueda de la verdad, conceptos que aún nos parecen esenciales para una existencia digna. Y en ese ámbito se inicia la reflexión crítica sobre la condición humana en el cosmos, la filosofía que de alguna manera inicia la tradición del saber crítico, y que aún, pienso, nos resulta intrigante y familiar. En esa Grecia se expresa, como nunca antes, la consideración del ser humano como medida de todas las cosas. Allí surgió la democracia, ese sistema de gobierno donde los ciudadanos, libres e iguales, configuran una forma ejemplar de convivencia política, una comunidad basada en la ley, el orden social y la libertad (que se asegura mediante la téchne politiké, como decían Protágoras, Platón y Aristóteles.

 

Heráclito: physis philei kryptesthai, “la naturaleza gusta de ocultarse”.

 

Descubrieron y practicaron la filosofía con muy diversos maestros. Fueron creando los grandes géneros literarios: la épica heroica, la lírica coral y personal, y el drama teatral, en sus dos subgéneros clásicos, la tragedia y la comedia. E inventaron y diseñaron la historiografía, la biografía, y las novelas de amor y aventuras. Por otra parte, trazaron los ejes teóricos de múltiples ciencias, desde la matemática a la biología y las ciencias naturales, pasando por la medicina hipocrática y la astronomía. Con su sentido propio de la belleza y la armonía, diseñaron los cánones del arte del clasicismo occidental tanto en la arquitectura como en la escultura y la pintura. Y fueron artistas admirables tanto en las artes mayores como en alguna artesanías menores, como la cerámica. Diseñaron los ideales de una educación humanista -la famosa paideia-, moral y poética, gimnástica y racional, para una existencia consciente y digna de ser vivida en libertad.

Lo fatal. Rubén Darío.

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...

lunes, 16 de marzo de 2026

Hamlet. William Shakespeare.

Hamlet:

¿Qué parece decís, señora?

no hay tal: es; yo no sé de pareceres,

no es tan solo mi capa color tinta,

mi buena madre, ni mi usual ropaje

solemnemente negro, ni el suspirar ruidoso

con forzado resuello.

No, ni el copioso río de los ojos,

ni el aspecto abatido de mi rostro,

junto a todas las formas

y talentes y nuestras de dolor,

lo que puede de veras expresarme.

Todo eso en efeto es parecer,

pues son actos que un hombre muy bien puede fingir,

pero yo llevo dentro lo que va más allá

de cualquier apariencia;

lo otro son los arreos y galas de la pena.

 

Hamlet:

¡Oh, Dios mío, Dios mío, qué fatigosos, rancios,

vanos y sin provecho,

me parecen los usos de este mundo!

 

Hamlet:

Sospecho alguna sucia treta;

ojalá fuera ya de noche;

hasta entonces, serénate, alma mía;

las perfidias saldrán a plena luz

aunque la tierra entera las sepulte

a la mirada humana.

 

Polonio:

No te muestres lenguaraz

para tus pensamientos, ni pongas en acto

un pensamiento desproporcionado.

sé natural; pero vulgar, de ningún modo.

los amigos que tengas,

y puesta a prueba su adopción,

aférralos a tu alma con anillas de acero;

pero no hagas callosa la palma de tu mano

agasajando a cada camarada imberbe

y no salido aún del cascarón;

cuídate de meterte en una riña,

pero una vez metido, llévala de tal modo

que sea tu oponente quien se cuide de ti.

Presta a todos tu oído, pero a pocos tu voz;

Recibe las censuras de cualquiera,

pero resérvate tu juicio;

tu ropa tan costosa como alcance tu bolsa,

mas no manifestada estrafalariamente:

rica sí, no ostentosa

pues muchas veces por el atavío

se ve lo que es un hombre,

y en Francia los de más alcurnia y rango

del modo más selecto y generoso

sobresalen en esto. Nunca pidas prestado

ni prestes tú, que un préstamo casi siempre te lleva

a perder el dinero y el amigo.

Y el pedir mella el filo de tu buen gobierno.

Y sobre todo esto: sé sincero

contigo mismo, y de ello ha de seguirse,

como la noche sigue al día, que no podrás entonces

ser falso con ninguno.

 

Ofelia:

Señor, me ha requebrado de manera honesta.

Apolonio:

Bien sé yo

cuando abrasa la sangre, con qué soltura el alma

presta promesas a la lengua;

estas pavesas, hija, con más luz que calor,

que una y otra se extinguen en su promesa misma

mientras aún está haciéndose,

no debe confundirlas con el fuego.

 

Hamlet:

Es costumbre que se honra mas

rompiéndola que respetándola

 

Hamlet:

No hay nada bueno o malo, sino que el pensamiento lo hace tal.

 

Hamlet:

Ser o no ser, de eso se trata;

...

¿quién soportaría los azotes

y escarnios de los tiempos, el daño del tirano,

el desprecio del fatuo, las angustias

del amor despechado, las largas de la ley,

la insolencia de aquel que posee el poder

y las pullas que el mérito paciente

recibe del indigno, cuando él mismo podría

¿Dirimir ese pleito con un simple punzón?

¿Quién querría cargar con fardos,

rezongar y sudar en una vida fatigosa,

¿Si no es porque algo teme tras la muerte?

Esa región no descubierta,

de cuyos límites ningún viajero

retorna nunca, desconcierta

nuestro albedrío, y nos inclina

a soportar los males que tenemos

antes que abalanzarnos a otros que no sabemos.

De esta manera la conciencia

hace de todos nosotros cobarde,

y así el matiz nativo de la resolución

se opaca con el pálido reflejo del pensar,

y empresas de gran miga y de mucho momento

por tal motivo tuercen sus caudales

y dejan de llamarse acciones.

 

Rey:

¿Puede ser personado uno, y a la vez

retener el delito? En los cursos

corruptos de este mundo,

puede, cubierta de oro, la mano del delito

hacer a un lado a la justicia,

y vemos a menudo que el precio infecto mismo

compra a la ley; mas no es así en lo alto,

allí no se hace trampa: allí la acción se muestra

en su naturaleza verdadera,

y allí nosotros mismos nos vemos obligados

a rendir nuestras pruebas de nuestros delitos

a rostro descubierto.

 

Rey:

Si mis palabras vuelan,

mi pensamiento en cambio permanece en el suelo;

palabras sin ideas nunca alcanzan el cielo.

 

Reina:

Ay, Hamlet, no hables más.

Me haces volver los ojos al fondo mismo de mi alma,

y veo allí unas manchas

yan negras en sus fibras íntimas,

que nunca perderán su tinte.

 

Hamlet:

La costumbre, ese monstruo que se come

todos nuestros sentidos, demonio de los hábitos.

 

Hamlet:

Tengo que ser cruel; sólo para ser bueno.

Ahora empieza lo malo, y falta lo peor.