¡Ay,
ay! ¡Cómo les echan las culpas los mortales a los dioses! ¡Pues dicen que de
nosotros proceden las desgracias cuando ellos mismos por sus propias locuras
tienen desastres más allá de su destino!
Y
no voy a reprochar en absoluto que se llore a aquel mortal que murió y alcanzó
su destino. Ése es, en efecto, el único botín de los tristes humanos; cortarse
los cabellos y derramar lágrimas por sus mejillas.
Pero
tú entra, y no te turbes en tu ánimo. Pues un hombre atrevido se comporta mejor
en cualquier empeño, incluso si viene de una tierra distinta.
Antes,
en vida, te honrábamos igual que a los dioses los argivos, y ahora tienes gran
poder entre los muertos, al estar aquí. Por tanto no te lamentes de haber
muerto, Aquiles.
Así
le hablé y él, al momento, en respuesta me dijo:
No
me elogias la muerte, ilustre Odiseo. Preferiría ser un bracero y ser siervo de
cualquiera, de un hombre miserable de escasa fortuna, a reinar sobre todos los
muertos extinguidos. Mas, sea, dame notificas de mi valeroso hijo…
Escúchame
ahora, Eumeo, y todos vosotros, compañeros. Con una súplica os contaré un sucedido,
ya que me anima el vino perturbador, que impulsa incluso al muy sensato a
cantar y reír con regocijo y lo empuja a bailar, y le inspira alguna palabra
que estaría mejor callada.
Entonces,
cuando vio a Odiseo que se acercaba, movió alegre el rabo y dobló las orejas,
pero no pudo ya raudo correr junto a su amo… Éste, al verlo a distancia, se
enjugó una lágrima, sin que lo notara Eumeo, y luego le preguntó con estas
palabras:
¡Eumeo,
qué extraño que ese perro esté tirado en el estiércol! Tiene hermoso aspecto,
aunque no sé bien si era veloz en la carrera con esas trazas, o si era más bien
como son esos perros domésticos que tan sólo por su bella estampa crían sus
dueños!
Contestándole
entonces dijiste tú, porquerizo Eumeo:
Bueno,
ése es el perro de un hombre que ha muerto lejos.
(…)
A
la vez el destino de la negra muerte le llegó a Argos, después de haber visto a
su señor tras veinte años.
Nada
más débil que el hombre cría la tierra, entre todos los seres que sobre su suelo
respiran y se agitan. Porque se confía en que nunca va a sufrir daño alguno en
su futuro mientras los dioses le conceden valor y sus rodillas le sostienen. Pero
cuando los dioses felices le envían desdichas ha de sufrirlas con ánimo no
menos resignado. Así es el pasar de los humanos en la tierra, tal como cada día
los trae y lleva el padre de hombres y dioses. Yo también en un tiempo pensaba
vivir próspero entre mi gente y acometí muchas acciones insensatas cediendo a
la violencia y al valor, confianza en mi padre y mis hermanos. Más ojalá ningún
hombre fuera jamás inicuo, sino que guardara en calma los dones que los dioses
le otorgaron.
Son
de corta vida los seres humanos. A quien es por sí mismo insensible y se muestra
falto de compasión, a éste le desean todos dolores futuros en su vida, y al
morir lo maldicen. Pero quien es compasivo y se muestra bondadoso, ése logra
amplia fama.
Odiseo
tendrá sus pies y sus manos como éstos, porque envejecen pronto los hombres en
la desgracia… Al tantear la cicatriz con las palmas de sus manos la vieja la
reconoció al tacto, y… Sí, de verdad tú eres Odiseo, querido hijo. Al principio
no te reconocí, hasta tocarte del todo, mi señor.
