Metamorfosis. Libro XI. Ovidio.
Biblioteca mitológica. Epítome
III Apolodoro.
Biblioteca mitológica. Libro III
Apolodoro.
Heroidas, cartas XVI y XVII. Ovidio.
Paris:
"Muchas veces quise apagar con vino la llama,
pero la llama creció y la borrachera fue echar leña al fuego. Para no ver
muchas cosas me echo con la cabeza vuelta; pero al instante vuelves a reclamar
mis ojos. No sé qué debo hacer; ver esas cosas es mi tormento, pero mayor
tormento es privarme de tu hermosura. En la medida en que es posible, y puedo
yo, lucho por esconder mi locura, pero el amor que quiero disimular salta a la
vista. Y no te estoy engañando: tú sientes mis heridas, las sientes; y ojalá
que seas tú la única que las notes. ¡Ay, cuántas veces he tenido que volver la
cara cuando se me venían las lágrimas, para que él no preguntara el motivo de
mi llanto! ¡Ay, cuántas veces he contado, bebido, la historia de un amor,
dedicando todas y cada una de mis palabras a tu rostro, delatando mi propia
pasión bajo un nombre supuesto! El verdadero enamorado, si no lo sabes, era yo.
Y eso no es todo; para poder usar las palabras con más descaro, más de una vez
disimulé estar borracho."
Me acuerdo que se te aflojó el vestido y traicionó a
tus pechos, que desnudos abrieron paso a mis ojos, unos pechos más blancos que
la nieve intacta y que la leche, más blancos que Júpiter cuando abrazó a tu
madre.
Helena:
"¡Te has atrevido, extranjero, a mancillar la sagrada hospitalidad poniendo a prueba la legítima fidelidad de una esposa!"
"¿O es que voy a seguirte, como me sugieres, y
voy a visitar Pérgamo, tan alabada, y voy a ser la mujer del nieto del gran
Laomedonte? No, no desprecio lo bastante los pregones de la alada fama como
para dejarla que llene el mundo de mis escándalos. ¿Qué podría decir de mí
Esparta, o toda Acaya, qué no dirían los pueblos de Asia y tu misma Troya? ¿Qué
pensaría Príamo de mí, y qué pensaría su mujer, y todos tus hermanos y sus
esposas Dardánidas? Tú mismo, ¿por qué podrías esperar que yo te iba a ser fiel
y no ibas a sentir angustia ante tu propio ejemplo? Cada vez que un desconocido
arribara en los puertos de Ilión te sería causa de inquietud y de temores.
¿Cuántas veces al irritarte me llamarías adúltera tú mismo, olvidando que en mi
acusación está incluida también la tuya? Te convertirás a la vez en el autor y
el censor de mi delito. Pido al cielo que antes que eso la tierra cubra mi
rostro."
Las Ciprias. Fragmentos de épica griega arcaica.
Alberto Bernabé.
Ifigenia en Aúlide.
AGAMENÓN.- Te envidio, viejo. Envidio a cualquier hombre que recorre hasta el fin una vida sin peligros, desconocido y sin fama. A los que ocupan cargos de honor los envidio menos.
ANCIANO.- Pero precisamente en eso reside lo bello de
la vida.
AGAMENÓN.- Mas esa belleza es engañosa; y la ambición
de honores es dulce, pero atormenta al que los consigue. Unas veces un fallo en
las cosas que a los dioses atañen trastorna una vida, otras veces la desgarran
las opiniones múltiples y volubles de los hombres.
ANCIANO.- No alabo esos pensamientos en un gran
hombre. No te engendró para sólo venturas Atreo, Agamenón.
Has de alegrarte de sufrir, ya que has nacido mortal.
Aunque tú no lo quiera, así será la voluntad de los dioses.
AGAMENÓN.- … Ninguno de los mortales es magnífico ni
feliz hasta el fin. Pues aún no ha nacido nadie inmune a la pena.
AGAMENÓN.- … ¡Ay! ¡Ay! ¡De qué modo al desposar a
Helena, me destruyó a mí Paris, el hijo de Príamo! ¡Él es el culpable de esto!
MENELAO.- … ¿Qué he cambiado mis crueles propósitos?
Experimento lo natural. Por amor de mi hermano, me arrepentí. Éstos son los
hábitos de un hombre de bien, ceder siempre a los mejores sentimientos.
MENELAO.- Ulises no hace nada que nos vaya a dañar a
ti ni a mí.
AGAMENÓN.- Es un hombre versátil por naturaleza y del
partido de la masa.
MENELAO.- Desde luego está dominado por la ambición,
un terrible vicio.
AGAMENÓN.- Así que imagínatelo erguido en medio de los
argivos para decirles los vaticinios que nos expuso Calcante, y que yo prometí
el sacrificio y que luego me niego a cumplir mi voto a Ártemis. Y tras
arrebatar al ejército, y después de matarnos a ti y a mí, ordenará a los
argivos degollar a la doncella. Y si huyo hacia Argos, se presentará ante los
muros ciclópeos, los tomarán y arrasarán la comarca. ¡Tales son mis pesares!
¡Ah, infeliz de mí! ¡Cuán abrumado estoy por los dioses en esta situación de ahora.
CLITEMNESTRA.- … los buenos, al ser ensalzados, de algún modo sienten resentimiento contra los que los elogian, si los elogian demasiado.
