martes, 28 de noviembre de 2017

Odiar a Ciudadanos. Jorge Bustos. El Mundo.

Libertad es una palabra que suena bien pero cuyo significado casi nadie comparte porque entraña dolorosas renuncias. Desear ser libre significa primero atribuirse la capacidad de responder por las propias decisiones, lo cual te exilia para siempre del confortable país de la queja, y significa después asumir que cada decisión tomada excluye todas las alternativas. Decidir es renunciar. Solo cuando eres niño lo quieres todo, pero la vida te enseña -a menudo demasiado tarde- que lo primero que debes elegir son los descartes, lo que no quieres ser, de modo que un día puedas vivir reconciliado con el hombre del espejo con el que finalmente te quedaste. La libertad a menudo depara soledad, intemperie sentimental, mediática o parlamentaria. La compañía da calor pero enajena la voluntad, a veces a inquilinos indeseables. Solo amamos lo que elegimos tener. 

Luego está la igualdad. Todos la invocan en público y todos la odian en secreto. Por eso fracasó el comunismo y por eso triunfa el nacionalismo: porque lo último que en esta vida desea un hombre, o una mujer, es ser igual que su vecino. O su vecina. Hubo de venir la Ilustración a notificarle a nuestro supremacista interior que ningún ciudadano es más que otro si no hace más que otro, y que la igualdad de oportunidades es tan justa como la desigualdad de resultados.

El prisionero de Zenda. Anthony Hope.

-A medida que el hombre envejece, más cree en el Destino.

Además, era un hombre joven, amaba la acción y me estaban ofreciendo participar en una clase de juego que quizá nunca ningún otro hombre había jugado.

-¿Me estáis amenazando, Alteza? -preguntó Rupert.
-Una amenaza es la advertencia más inocua que la mayoría de los hombres obtienen de mí.

-No siempre el Cielo hace reyes a los hombres que lo merecen.
-El diablo se entromete en casi todo.

Pero si tal no sucede nunca, si jamás puedo volver a conversar dulcemente con ella, ni a contemplar su rostro, ni a oírle decir que me ama, entonces, de este lado de la tumba seguiré viviendo como corresponde al hombre al que ella dio su amor; y del otro, suplicaré que me sea otorgado un sueño sin sueños.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Eva. Arturo Pérez-Reverte.

Una mujer con algo serio que ocultar -sobre todo si era casada- solía reaccionar con más sangre fría que otra obligada a disimular un simple flirt.


- ¿Y cuál es tu pecado?
- Quizás anteponer todavía, de modo burgués, los sentimientos a la idea colectiva de la humanidad.
Alzó él una mano, solicitando una pausa que le permitiera comprender aquello.
- ¿Y qué tiene eso de malo? - inquirió al fin.
- Quien antepone los sentimientos es culpable.
- ¿De qué?
- Comete errores que ponen en peligro la revolución internacional... Actúa objetivamente como agente del fascismo.


- La democracia es una forma camuflada del capitalismo, y el fascismo, su forma declarada.


- Está hablando de morir.
- Eso no es tan horrible. Los seres humanos llevamos millones de años muriendo.
- ¿Y tu vida?... ¿Tu felicidad?
- La vida no es más que una preocupación burguesa -lo miraba como si acabase de insultarla-. Y la felicidad, un problema de ingeniería social.
En ese punto, ella hizo una pausa. Cuando habló de nuevo, su voz sonaba dura y arrogante.
- Antes hablaste de fe... Yo tengo fe. Eso incluye saber qué papel juego en el engranaje. Estar dispuesta a aceptar las órdenes.
- ¿Todas?
- Todas.
- ¿Incluso ser sacrificada por los tuyos, si llegara el caso?
Eva lo miraba como se mira a un niño incapaz de comprender, o a un idiota.
- No se trata de sacrificio, sino de formar parte de algo históricamente tan correcto, inevitable y evidente como los postulados de Euclides.


Para un marino a bordo de un barco, pensaba, lo mismo que para el soldado en la batalla o para el feligrés arrodillado ante un sacerdote, la enormidad de la propia insignificancia resultaba tan evidente que el único consuelo era imaginarse gobernados por hombre que poseían certezas en lugar de preguntas. O algo parecido. Eso explicaba que siempre hubiera alguien dispuesto a arrepentirse de sus pecados, a pelear por una bandera o a tripular un barco en su último viaje.


Sologastúa -prosiguió el Almirante cuando se alejó el barman -anduvo removiendo bien la mierda separatista vasca, y cuando la cosa se puso turbia se largó a Francia con la familia, a ver los toros desde la barrera... Su mujer va de compras con chófer, las hijas beben cocktails y bailan en el Miramar, y él se da la gran vida. Incordia desde aquel lado de la frontera, sin correr riesgos, mientras sus heroicos gudaris se parten el pecho... O se los partimos nosotros.

Prólogo de A sangre y fuego. Manuel Chaves Nogales.


Yo era eso que los sociólogos llaman un "pequeñoburgués liberal", ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio – como dicen los marxistas –, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionado periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, de ciudadano de una república democrática y parlamentaria. 

Si, como me ocurría a veces, el capitalismo no prestaba de buen grado sus grandes rotativas y sus toneladas de papel para que yo dijese lo que quería decir, me resignaba a decirlo en el café, en la mesa de redacción o en la humilde tribuna de un ateneo provinciano, sin el temor de que nadie viniese a ponerme la mano en la boca y sin miedo a policías que me encarcelasen, ni a encamisados que me hiciesen purgar atrozmente sus errores. Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario.

En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo.

Pero la estupidez y la crueldad se enseñoreaban de España. ¿Por dónde empezó el contagio? Los caldos de cultivo de esta nueva peste, germinada en ese gran pudridero de Asia, nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtíbero los absorbió ávidamente. Después de tres siglos de barbecho, la tierra feraz de España hizo pavorosamente prolífica la semilla de la estupidez y la crueldad ancestrales. Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector social, en esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España.

De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros. Me consta por confidencias fidedignas que, aun antes de que comenzase la guerra civil, un grupo fascista de Madrid había tomado el acuerdo, perfectamente reglamentario, de proceder a mi asesinato como una de las medidas preventivas que había que adoptar contra el posible triunfo de la revolución social, sin perjuicio de que los revolucionarios, anarquistas y comunistas, considerasen por su parte que yo era perfectamente fusilable.

Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo mi deber profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. Me puse entonces al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista, es decir, siendo leal con ellos y conmigo mismo. Hice constar mi falta de convicción revolucionaria y mi protesta contra todas las dictaduras, incluso la del proletariado y me comprometí únicamente a defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevados. Me convertí en el "camarada director", y puedo decir que durante los meses de guerra que estuve en Madrid, al frente de un periódico gubernamental que llegó a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana, nadie me molestó por mi falta de espíritu revolucionario, ni por mi condición de "pequeñoburgués liberal", de la que no renegué jamás.

Vi entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo.

Hombro a hombro con los revolucionarios, yo, que no lo era, luché contra el fascismo con el arma de mi oficio. No me acusa la conciencia de ninguna apostasía. Cuando no estuve conforme con ellos, me dejaron ir en paz.

Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas.

Los "espíritus fuertes" dirán seguramente que esta repugnancia por la humana carnicería es un sentimentalismo anacrónico. Es posible. Pero, sin grandes aspavientos, sin dar a la vida humana más valor del que puede y debe tener en nuestro tiempo, ni a la acción de matar más trascendencia de la que la moral al uso pueda darle, yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo.

Se paga caro, desde luego. El precio, hoy por hoy, es la Patria. Pero, la verdad, entre ser una especie de abisinio desteñido, que es a lo que le condena a uno el general Franco, o un kirguís de Occidente, como quisieran los agentes del bolchevismo, es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo, por la parte habitable de mundo que nos queda, aun a sabiendas de que en esta época de estrechos y egoístas nacionalismos el exiliado, el sin patria, es en todas partes un huésped indeseable que tiene que hacerse perdonar a fuerza de humildad y servidumbre su existencia. De cualquier modo, soporto mejor la servidumbre en tierra ajena que en mi propia casa.

Cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una hora antes, ni una hora después. Mi condición de ciudadano de la República Española no me obligaba a más ni a menos. El poder que el gobierno legítimo dejaba abandonado en las trincheras de los arrabales de Madrid lo recogieron los hombres que se quedaron defendiendo heroicamente aquellas trincheras. De ellos, si vencen, o de sus vencedores, si sucumben, es el porvenir de España.

El resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes –según la imagen clásica– va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado. Desde luego, no será ninguno de los líderes o caudillos que han provocado con su estupidez y su crueldad monstruosas este gran cataclismo de España. A ésos, a todos, absolutamente a todos, los ahoga ya la sangre vertida. No va a salir tampoco de entre nosotros, los que nos hemos apartado con miedo y con asco de la lucha. Mucho menos hay que pensar que las aguas vuelvan a remontar la corriente y sea posible la resurrección de ninguno de los personajes monárquicos o republicanos a quienes mató civilmente la guerra.

El hombre que encarnará la España superviviente surgirá merced a esa terrible e ininteligente selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores. ¿De derechas? ¿De izquierdas? ¿Rojo? ¿Blanco? Es indiferente. Sea el que fuere, para imponerse, para subsistir, tendrá, como primera providencia, que renegar del ideal que hoy lo tiene clavado en un parapeto, con el fusil echado a la cara, dispuesto a morir y a matar. Sea quien fuere, será un traidor a la causa que hoy defiende. Viniendo de un campo o de otro, de uno u otro lado de la trinchera, llegará más tarde o más temprano a la única fórmula concebible de subsistencia, la de organizar un Estado en el que sea posible la humana convivencia entre los ciudadanos de diversas ideas y la normal relación con los demás Estados, que es precisamente a lo que se niegan hoy unánimemente con estupidez y crueldad ilimitadas los que están combatiendo.

No habrá más que una diferencia, un matiz. El de que el nuevo Estado español cuente con la confianza de un grupo de potencias europeas y sea sencillamente tolerado por otro, o viceversa. No habrá más. Ni colonia fascista ni avanzada del comunismo. Ni tiranía aristocrática ni dictadura del proletariado. En lo interior, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra. Rojo o blanco, capitán del ejército o comisario político, fascista o comunista, probablemente ninguna de las dos cosas, o ambas a la vez, el cómitre que nos hará remar a latigazos hasta salir de esta galerna ha de ser igualmente cruel e inhumano. En lo Exterior, un Estado fuerte, colocado bajo la protección de unas naciones y la vigilancia de otras. Que sean éstas o aquéllas, esta mínima cosa que se decidirá al fin en torno de una mesa y que dependerá en gran parte de la inteligencia de los negociadores, habrá costado a España más de medio millón de muertos. Podía haber sido más barato.

Cuando llegué a esta conclusión abandoné mi puesto en la lucha. Hombre de un solo oficio, anduve errante por la España gubernamental confundido con aquellas masas de pobres gentes arrancadas de su hogar y su labor por el ventarrón de la guerra. Me expatrié cuando me convencí de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España.

Caí, naturalmente, en un arrabal de París, que es donde caen todos los residuos de la humanidad que la monstruosa edificación de los Estados totalitarios va dejando. Aquí, en este hotelito humilde de un arrabal parisiense, viven mal y esperan a morirse los más diversos especímenes de la vieja Europa: popes rusos, judíos alemanes, revolucionarios italianos..., gente toda con un aire triste y un carácter agrio que se afana por conseguir lo inasequible: una patria de elección, una nueva ciudadanía. No quiero sumarme a esta legión triste de los "desarraigados" y, aunque siente como una afrenta el hecho de ser español, me esfuerzo en mantener una ciudadanía española puramente espiritual, de la que ni blancos ni rojos puedan desposeerme.

Para librarme de esta congoja de la expatriación y ganar mi vida, me he puesto otra vez a escribir y poco a poco he ido tomando el gusto de nuevo a mi viejo oficio de narrador. España y la guerra, tan próximas, tan actuales, tan en carne viva, tienen para mí desde este rincón de París el sentido de una pura evocación. Cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera. A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen ni dijesen.

Y luchando con ellos y conmigo mismo por permanecer distante, ajeno, imparcial, escribo estos relatos de la guerra y de la revolución que presuntuosamente hubiera querido colocar sub specie aeternitatis. No creo haberlo conseguido.

Y quizá sea mejor así.
Mountrouge (Seine), enero-mayo de 1937.

jueves, 26 de octubre de 2017

El Rey Lear. William Shakespeare.

... ¿Esperas que el miedo imponga silencio al deber, cuando, seducido por vanas palabras, inmolas tu poder a la lisonja?

... Un timbre de voz tímido y modesto no es, ordinariamente, eco de un corazón vacío e insensible.

... Lear: Te lo ruego, hija mía; no hagas que me vuelva loco. No quiero causarte la menor incomodidad, hija mía. Adios, no volveremos a encontrarnos más, pero con todo eres de mi carne, de mi sangre, mi hija. O más bien eres veneno engrendrado de mi sangre corrompida. Nada quiero reprocharte; caiga sobre ti el oprobio cuando quiera; no lo llamaré. No provocaré sobre tu cabeza los dardos del dios que fulgura el rayo. Enmiéndate cuando puedas. Todo puedo sufrirlo con paciencia.

... Insensato quien fía en la mansedumbre de un lobo domesticado, en la grupa de un caballo, en la amistad de un joven y en el juramento de una cortesana.

Cuando vemos a hombre de superior jerarquía compartir nuestros males e infortunios, casi damos al olvido los propios. Quien sufre solo, sufre sobre todo en su alma, considerando a los demás exentos de penas y nadando en venturas.




jueves, 19 de octubre de 2017

Nos vemos allá arriba. Pierrre Lemaitre.



…Así es como acaba una guerra, mi querido Eugène, con un inmenso dormitorio lleno de tipos exhaustos a quienes ni siquiera son capaces de mandar a casa en condiciones. Nadie que te diga una palabra o simplemente te estreche la mano. Los periódicos nos prometían arcos de triunfo, pero nos amontonan en barracones abiertos a los cuatro vientos. La “emocionada gratitud de una Francia reconocida” (te juro que lo he leído, palabra por palabra, en Le Matin) se ha convertido en continuas pejigueras, nos regatean los 52 francos del peculio, nos escatiman la ropa, la sopa y el café, nos llaman ladrones.

Berta Isla. Javier Marías.



También Berta, como Tomás, parecía saber desde muy pronto a qué clase de individuo pertenecía, a qué clase de muchacha y de mujer futura, como si jamás hubiera dudado de que su papel era protagonista y no secundario, al menos en su propia vida. Hay personas que temen verse como secundarias, en cambio, hasta de su propia historia, como si hubieran nacido sabiendo que, por ´nicas que todas sean, la suya no merecerá ser contada por nadie, o será sólo objeto de referencias al contarse  la de otra, más azarosa y llamativa. Ni siquiera como pasatiempo de una sobremesa alargada, o de una noche junto al fuego sin sueño.

De modo que se limitó a guardar el recuerdo como refugio, como un sitio cada vez más nebuloso y distante –pero añorado vagamente y privilegiado- al que trasladarse cuando quisiera con la poderosa mente, como quien se consuela diciéndose que si hubo un tiempo de despreocupación e improvisación, de frivolidad y capricho, todavía ha de haberlo en alguna parte, aunque se haga difícil regresar a él salvo con la memoria que se diluye y el pensamiento inmóvil que no avanza ni retrocede: sólo vuelve a la misma escena que se repite inmutable del primer al último detalle, hasta que acaba por adquirir las característica de una pintura, siempre idéntica, sin desarrollo ni alteración desesperantemente.

Lo decisivo jamás se muestra, ni siquiera se comunica, o no en su momento; al contrario, se esconde y se silencia siempre, o durante muchísimo tiempo: si acaso se cuenta cuando ya no interesa, cuando es pasado remoto, y a la gente el pasado le trae sin cuidado, cree que no le afecta y que no puede cambiarse, y lleva razón en esto último.

No siempre reconocemos las historias de amor de los demás, ni siquiera cuando somos nosotros su objeto, su meta, su fin.

La verdad no cuenta, porque se trata de que decida sobre ella, de que la establezca alguien que nunca sabe cuál es: me refiero a un juez… Que nadie se percate de la imposibilidad de esa tarea inmemorial y universal, de su sinsentido, es algo que siempre escapará a mi comprensión.

Se nace cada vez que se sobrevive a alguien cercano, cada vez que se produce una baja, y ésta tira de nosotros pero no logra arrastrarnos por la garganta del mar que la ha engullido.

Lo dicen como si no fuera ese el destino de casi todos nosotros, como si eso no fuera lo que le espera a todo el mundo desde su nacimiento, pasar por la tierra sin que su presencia la altere lo más mínimo, como si todos fuéramos sólo adornos, figurantes de un rama o figuras de fondo inmóviles hasta la eternidad en una pintura, masa indistinguible y prescindible y superflua, conmutables e invisibles todos, todos nadie. Las excepciones son tan escasas que se puede considerar que no cuentan, y aun de esas no queda ni rastro al cabo de poco tiempo, de un siglo o de diez años: la mayoría se iguala con los que jamás importaron y es que si ningún hubiera existido, o acaso como una brizna de hierba, una mota de polvo, una vida, una guerra, una ceniza, un viento, lo que para Wheeler es algo y sin embargo nadie recuerda. Ni siquiera las guerras se recuerdan, una vez limpiado el campo.

Pero todos sabemos que lo que se empieza con desgana, incluso con aversión, puede acabar seduciéndonos por la fuerza del acostumbramiento y un inesperado afán de repetición, Uno puede descubrir que quien no lo atraía al principio lo ha atrapado a la postre contra todos los vaticinios y en contra de su voluntad inicial. De la misma manera que cuando nos sobreviene un sueño sexual con alguien inimaginable, la siguiente vez que nos lo encontramos no podemos evitar considerarlo con una vaga, reticente y hasta culpable lascivia, como si se nos hubiera inoculado un virus mientras dormíamos desprevenidos; por mucho que la rechacemos en la vigilia, esa persona ha adquirido en nuestra conciencia una dimensión de la que carecía y que con nuestros sentidos despiertos estaba condenada a no tener jamás. Y tanto más puede adquirirla quien además nos ha probado y vencido, quien ha sabido estimularnos pese a nuestra falta de deseo y nuestra resistencia y pasividad, quien nos ha hecho sentir vergüenza y lamentarnos de nuestro consentido placer, contra todo pronóstico y à contracoeur. Y quién no ha conocido eso alguna vez…

Todo esto es palabrería patriótica, aunque a esa clase de palabrería seguramente nunca le falte cierta dosis de razón, porque se inspira siempre en una media verdad: claro que hay asechanzas, enemigos, riesgos. Por eso arrastra a menudo a las masas ansiosas de simplificaciones y de apariencias de verdad.

Un tipo sanguinario y sentimental como tantos otros a lo largo de la historia, con cuánta frecuencia se da esa mezcla y cuán temibles son los sensibleros, con sus emociones particulares a flor de piel y su fiereza con las de los demás.
Hay circunstancias en las que no es posible actuar según la ley ni andar pidiendo permiso para cada iniciativa. Si el enemigo no lo hace, el que conserva los escrúpulos pierde, está condenado. En las guerras es así desde hace siglos. Ese concepto moderno de “crímenes de guerra” es ridículo, es estúpido, porque la guerra consiste sobre todo en crímenes, en todos los frentes y del primer al último día. Así que una de dos: o no se libran, o hay que estar dispuesto a cometer los crímenes que surjan, los que se tercien para alcanzar la victoria, una vez se han empezado.
Nadie sabe nunca si son buenas las causas ajenas, aunque sean las del  propio país… Las causas son sólo de sus representantes, tenlo en cuenta, que siempre son temporales y se desautorizan unos a otros a medida que se van sucediendo.

El pueblo siempre sale inocente. El pueblo, que a menudo es vil y cobarde e insensato, nunca se atreven los políticos a criticarlo, nunca lo riñen ni le afean su conducta, sino que invariablemente lo ensalza, cuando poco suele tener de ensalzable, el de ningún sitio. Es sólo que se ha erigido en intocable y hace las veces de los antiguos monarcas despóticos y absolutistas. Como ellos, posee la prerrogativa de la veleidad impune, no responde de lo que vota ni de a quién elige, de lo que apoya, de lo que calla y otorga o impone y aclama. ¿Qué culpa tuvo del franquismo en España, como del fascismo en Italia o del nazismo en Alemania y Austria, en Hungría y Croacia? ¿Qué culpa tuvo del stalinismo en Rusia ni del maoísmo en la China? Ninguna, nunca; siempre resulta ser víctima y jamás es castigado (naturalmente no va a castigarse a sí mismo; de sí mismo se compadece y apiada) el pueblo no es sino el sucesor de aquellos reyes arbitrarios, volubles, sólo que con millones de cabezas, es decir, descabezado. Cada una de ellas se mira en el espejo con indulgencia y alega con un encogimiento de hombros; “Ah, yo no tenía ni idea. A mí me manipularon, me indujeron, me engañaron y me desviaron. Y qué sabía yo, pobre mujer de buena fe, pobre hombre ingenuo”. Sus crímenes están tan repartidos que se desdibujan y se diluyen, y así los autores anónimos están en disposición de cometer los siguientes, en cuanto pasan unos años y nadie se acuerda de los anteriores.

Y uno descubre –la verdad, sin gran sorpresa- que hay lealtades inmerecidas e incondicionalidades inexplicables, personas con las que uno tuvo una determinación y un propósito juveniles o más bien primitivos, y que el primitivismo prevalece por encima de la madurez y la lógica, del odio de los engañados y el resentimiento.

Y quizá piensa que, todo sumado, pertenece a esa clase de personas que no se ven protagonistas ni de su propia historia, sacudida por otros desde el principio; que descubren a mitad del camino que, por únicas que todas sean, la suya no merecerá ser contada por nadie, o será sólo objeto de referencia al contarse la de otra, más azarosa y llamativa, y sobre todo más elegida… Eso es lo que suele pasar con las vidas que, como la mía y también la suya, en realidad como tantas y tantas, solamente están y esperan.