viernes, 11 de mayo de 2018

La Regenta. Leopoldo Alas Clarín.


Toda su resignación aparente era por dentro un pesimismo invencible: se había convencido de que estaba condenada a vivir entre necios; creía en la fuerza superior de la estupidez general; ella tenía razón contra todos, pero estaba debajo, era la vencida. 

Lo ordinario siempre fue que hiciese la vista gorda, y no faltaron a veces subvenciones en la forma más decorosa posible. 

Para gozar, decía, las de treinta a cuarenta. Son las que saben más y mejor, y quieren a uno por sus prendas personales. 

En sus ojos había un brillo seco, destellos de alegría que se fundían en reflejos por todo el rostro. Venía con cara de sonreír a sus ideas. 

La habían mirado distraídos, sin que ella procurase evitar el contacto de aquellas pupilas cargadas de lascivia y de amor propio irritado, confundido con el deseo. 

Los amigos, los aduladores, los lacayos medran sin necesidad de sermones; pero nosotros, los que hemos de ascender por nuestro mérito apostólico, no podemos ser impacientes, tenemos que esperar en una actitud digna de sumisión y respeto. ¡Farsa, pura farsa! 

Ella creía en la influencia de la mujer, pero no se fiaba de su virtud. “¡La Regenta, la Regenta! Dicen que es una señora incapaz de pecar, pero, ¿quién lo sabe?”. Algo había oído de lo que se murmuraba. Era amiga de algunas beatas de las que tienen un pie en la iglesia y otro en el mundo; estas señoras son las que lo saben todo, a veces aunque no haya nada. 

Sin que nadie le instigara era él ya muy capaz de pensar groseramente de clérigos y mujeres. No creía en la virtud; aquel género de materialismo que era su religión, le llevaba a pensar que nadie podía resistir los impulsos naturales, que los clérigos eran hipócritas necesariamente, y que la lujuria mal refrenada se les escapaba a borbotones por donde podía y cuando podía. 

Pero así se manifestaba allí la alegría que a todos los presentes comunicaba aquel vino transparente que lucía en fino cristal, ya con reflejos de oro, ya con misteriosos tornasoles de gruta mágica, en el amaranto y el violeta obscuro del Burdeos en que se bañaban los rayos más atrevidos del sol, que entraba atravesando la verdura de la hojarasca, tapiz de las ventanas del patio. 

A don Fermín le asustó la impresión que le produjo, más que las palabras, el gesto de Ana; sintió un agradecimiento dulcísimo, un calor en las entrañas completamente nuevo; ya no se trataba allí de la vanidad suavemente halagada, sino de unas fibras del corazón que no sabía él cómo sonaban. “¡Qué diablos es esto!” pensó De Pas; y entonces precisamente fue cuando se encontró con los ojos de don Álvaro; fue una mirada que se convirtió, al chocar, en un desafío; una mirada de esas que dan bofetadas; nadie lo notó más que ellos y la Regenta. Estaban ambos en pie, carca uno de otro, los dos arrogantes, esbeltos. 

-Cien veces, mil veces peor, que esas que le tiran de la levita a don Saturno, porque esas cobran, y dejen en paz al que las ha buscado; pero las señoras chupan la vida, la honra… 

Sí hay tal, Fermo. No eres un niño, dices… es verdad… pero peor si eres un tonto… Sí, un tonto con toda tu sabiduría. ¿Sabes tú pegar puñaladas por la espalda, en la honra? Pues mira al Arcediano, torcido y todo, las da como un maestro… ahí tienes un ignorante que sabe más que tú. 

Es espectáculo de la ignorancia, del vicio y del embrutecimiento le repugnaba hasta darle náuseas y se arrojaba con fervor en la sincera piedad, y devoraba los libros y ansiaba lo mismo que para él quería su madre: el seminario, la sotana, que era la toga del hombre libre, la que le podría arrancar de la esclavitud a que se vería condenado con todos aquellos miserables si no le llevaban sus esfuerzos a otra vida mejor, una digna del vuelo de su ambición y de los instintos que despertaban en su espíritu. 

Desde aquella tarde ningún momento había dejado de pensar lo mismo; que era absurdo que la vida pasase como una muerta, que el amor era un derecho de la juventud. 

“Estoy sola en el mundo”. Y el mundo era plomizo, amarillento o negro, según las horas, según los días; el mundo era un rumor triste, lejano, apagado, donde había canciones de niñas, monótonas, sin sentido; estrépito de ruedas que hacen temblar los cristales, rechinar las piedras y que se pierde a lo lejos como el gruñir de las olas rencorosas; el mundo era una contradanza del sol dando vueltas muy rápidas alrededor de la tierra, y esto eran los días; nada. 

Más hace la ocasión que la seducción. La seducción debe transformarse en ocasión. 

“Es horroroso, es horroroso –pensaba el Magistral-, pasar plaza de santo a sus ojos y ser un pobre cuerpo de barro que vive como el barro ha de vivir. Engañar a los demás no me duele; ¡pero a ella! Y no hay más remedio”. Quería que le consolase el reflexionar que por ella era todo aquello, que por ella había vuelto a sentir con vigor las pasiones de la juventud que creyera muertas, y que por ella, por espetar su pureza, se encenagaba él en antiguos charcos; pero esta idea no le consolaba, no apagaba el remordimiento. 

Porque ella, que no temía nada malo vivía descuidada sin ver que su confianza, su cariñosa solicitud, aquella dulce intimidad, todo lo que decía y hacía era leña que echaba en una hoguera. 

-Oh, en este siglo –gritaba Foja en el Casino-, en este siglo calumniado por los enemigos de todo progreso, en este siglo materialista y corrompido, no se puede ya impunemente insultar los sentimientos filantrópicos del pueblo sin que una voz unánime se levante a protestar en nombre de la humanidad ultrajada. 

Carlos, al que, después de todo, era su padre. ¡Sí, sí, era su padre, aquel padre que había llorado ella con lágrimas del corazón, el que decía que la religión es un homenaje interior del hombre a Dios, a un Dios que no podemos imaginar cómo es, y que no es como dicen las religiones positivas, sino mucho mejor, mucho más grande…!

 Don Fermín llevaba el alma sofocada de hastío, de desprecio de sí mismo. ¡Qué jornada!, pensaba, ¡qué jornada! NO le quedaba ni el consuelo de compadecerse; merecido tenía todo aquello; el mundo era como el confesonario lo mostraba, un montón de basura; las pasiones nobles, grandes, sueños, aprensiones, hipocresía del vicio… Buena prueba era él mismo, que a pesar de sentirse enamorado por modo angélico, caía una y otra vez en groseras aventuras, y satisfacía como un miserable los apetitos más bajos. Y al fin Teresina… era de su casa, pero Petra era de la otra, de Ana. Ya no se disculpaba con los sofismas del maquivalismo, de la conveniencia de tener de su pate a la criada. “Con unas cuentas monedas de oro hubiera conseguido lo mismo”. “¿Y don Víctor? Otro miserable y además un estúpido que merecía cuanto mal le viniera encima, como él, como Ana lo merecía también, como lo merecía el mundo entero, que era un lodazal… ¡Oh, aquellos relámpagos debían quemar el mundo entero si se quería hacer justicia de una vez! 

La pasión, menos vocinglera que antes, subrepticia, seguía minando el terreno, y a los pocos latidos de la conciencia contestaba con sofismas. 

¡Qué asco! No eran celos, ¿cómo habían de ser celos? Era asco; y una especie de remordimiento retrospectivo por haber sacrificado a semejante hombre la vida. Sí, la vida, que era la juventud.

miércoles, 18 de abril de 2018

El orden del día. Éric Viullard.

Pese a todo, la mayoría pasó la mañana arrimando el hombro, inmersa en esa gran mentira decente del trabajo, con esos pequeños gestos donde se concentra una verdad muda, decorosa, y donde toda la epopeya de nuestra existencia se reduce a una pantomima diligente.

La corrupción es una carga ineludible del presupuesto de las grandes empresas; recibe distintos nombres: lobbying, gratificación, financiación de partidos.

Esa renunión del 20 de febrero de 1933, que cabría calificar de momento único en la historia patronal, de compromiso inaudito con los nazis, para los Krupp, los Opel o los Siemens no es más que un episodio bastante habitual en el mundo de los negocios, una trivial recaudación de fondos. Todos ellos sobrevivirán al ´regimen y financiarán en el futuro a numerosos partidos a tenor de sus beneficios.

Y así, los veinticuatro no se llaman ni Schitzler, ni Witzleben, ni Schmitt, ni Finck, ni Rosterg, ni Heubel, como nos mueve creer el registro civil. Se llaman BASF, Bayer, Agfa, Opel Ig Farben, Siemens, Allianz, Telefunken. con esos nombres sí los conocemos. Es más, los conocemos muy bien. Están ahí, entre nosotros. Son nuestros coches, nuestras lavadoras, nuestros artículos de limpieza, nuestras radios despertadores, el seguro de nuestra casa, la pila de nuestros reloj. Están ahí, en todas partes, bajo la forma de cosas. Nuestra vida cotidiana es la suya. Cuidan de nosotros, nos visten, nos iluminan, nos transportan por las carreteras del mundo, nos arrullan. Y los veinticuatro sujetos presentes en el palacio del presidente del Reichstag, ese 20 de febrero, no son sino sus mandatarios, el clero de la gran industria; son los sacerdotes de Ptah. Y se mantienen allí impasibles, como veinticuatro calculadoras en las puertas del Infierno.

Nada peor que esas multitudes amargadas, esas milicias con sus brazaletes, sus insignias militares, una juventud atrapada en falsos dilemas que dilapida su furia en una espantosa aventura.

Si alzamos los andrajos repulsivos de la Historia, nos encontramos con lo siguientes: la jerarquía contra la igualdad y el orden contra la libertad.

El pensamiento verdadero es siempre secreto, desde el origen del mundo.

martes, 10 de abril de 2018

Los perros duros no bailan. Arturo Pérez-Reverte.

En los últimos tiempos, pensar me supone mucho esfuerzo. Mi cabeza ya no es lo que era. Las ideas y los recuerdos van y vienen, y las cicatrices viejas que tengo en el hocico, las patas y el lomo parecen volverse frescas. Envejezco, supongo.


-¿Y no echas de menos el campo? ¿Correr por ahí tras un conejo?
Sonrió, melancólico.
-Lo que echo de menos es mi juventud. Ser cachorro o perro joven creyendo que el mundo es tuyo.
-Y que los humanos son dioses buenos y leales.


No importaba cómo había vivido ni cómo había luchado, pensé. A pesar de su lealtad y coraje, ése era el premio que aguardaba a un gladiador vencido.


Un perro no es más que una lealtad en busca de una causa.

lunes, 5 de marzo de 2018

Nada sucio. Lorenzo Silva y Noemí Trujillo.

¿No puedes dormir? -le preguntó, de repente, Pau-. "¿Te estás bebiendo a solas el alma porque los dioses no están de su parte?"

-Sí, era un auténtico gilipollas. No sé qué vi en él.
-No viste nada. Sólo estabas sola.

domingo, 11 de febrero de 2018

El ruido de las cosas al caer. Juan Gabriel Vásquez.

- No me diga que se va a ir ahora. Entre y se toma el último joven, ya que estamos hablando tan rico.
- Es que yo tenía que irme, Ricardo.
- Uno no tiene sino que morirse.

...Y hablaban de intenciones y proyectos, convencidos, como sólo pueden estarlo los amantes nuevos, de que decir lo que uno quiere es lo mismo que decir quién es.

El mundo estalló. Estalló el ruido: el de los gritos, el de los tacones sobre los suelos de madera, el ruido que hacen los cuerpos que huyen.

Tantos lobos. Lorenzo Silva.

Ya hace tiempo que me consta que en el país al que sirvo se han perdido todas las referencias acerca de la gravedad o frivolidad de los asuntos. La culpa la tienen, supongo, un sistema de educación en caída libre, unos padre demasiado distraídos y unos líderes más ocupados en ocultar sus propias fechorías que en transmitir a los ciudadanos un ejemplo de congruencia.

Nunca terminaré de manejarme bien con la onomástica actual. En mi época sólo podía ponérsele cualquier nombre a un perro, lo de las personas eras lo que eran.

No puedo evitarlo. Me caen bien los jefes que saben de su mayor utilidad, a veces la única, es dejarse usar por sus subordinados.

viernes, 2 de febrero de 2018

Rendición. Rai Loriga

...Se obedece porque conviene y se duda porque se piensa. Y si una cosa salva la vida, la otra al parecer salva el alma.

Una vez que se admite que Dios no lo ha elegido a uno para nada extraordinario, se empieza a vivir de veras como se tiene que vivir, con los pies y las manos dentro de un círculo marcado en la arena, sin pisar más allá de lo que te toca ni querer coger lo que no es tuyo.

La gente hace como que le importa mucho lo de los otros pero no me creo que sea verdad, ni aquí ni en ningún otro sitio. Tampoco creo que les importe a los curas, para ser sincero, ni me parece posible que Dios nos conozca a todos por el nombre. En fin, que cuando se trata de lo que un hombre lleva en el corazón o en la cabeza, no hay más que un hombre al que le importe, y por eso desde muy chico decidí no andar por ahí contándole mis cosas a nadie. Ahora que ni siquiera yo era capaz de reconocer mis propias dudas, ni si sentía de veras esto o lo otro, me había quedado más solo que la una y más callado que mi pequeño Julio, pues supongo que él al menos hablaría para sí con la voz clara de su alma, algo que yo sin arme ni cuenta había dejado de hacer. Como si fuéramos dos que caminábamos juntos sin hablarnos.

...Jamás había soñado con llegar a estos extremos, con ser tan feliz frente a la adversidad, y sobre todo a mi pesar.