jueves, 6 de febrero de 2025

Circe. Madeline Miller.

Esto es algo que comparten los dioses y los mortales: cuando somos jóvenes, pensamos que hemos sido los primero en el mundo que hemos tenido cada sentimiento que existe.


Es posible domesticar a una serpiente para que coma de tu mano, pero nadie le va a quitar nunca el gusto por morder.


- Tu esposa parece una mujer inteligente.

- Así es. No le encuentro explicación al hecho de que se casase conmigo, pero, como redunda en mi beneficio, procuro no llamar su atención sobre ello.


- La guerra siempre me ha parecido una opción absurda para los humanos. Ganen lo que ganen con ella, sólo tendrán un puñado de años para disfrutarlo antes de morir. Y lo más probable es que perezcan en el intento.

- Bueno, está la cuestión de la gloria. Pero ojalá hubiera podido hablar con nuestro general. Podrían habernos ahorrado un montón de problemas.

- ¿Por qué razón luchabais?

- A ver si recuerdo la lista. – Comenzó a contar con los dedos-. Venganza, lujuria, soberbia, avaricia, poder… ¿Qué me dejo? Ah, sí, vanidad y rencor.


Quizá ningún progenitor sea capaz de ver realmente a sus hijos. Cuando los miramos vemos únicamente el reflejo de nuestros propios defectos.

lunes, 27 de enero de 2025

Invictus. William Ernest Henley.

Más allá de la noche que me cubre

negra como el abismo insondable,

doy gracias a los dioses que pudieran existir

por mi alma invicta.

 

En las azarosas garras de las circunstancias

nunca me he lamentado ni he pestañeado.

Sometido a los golpes del destino

mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.

 

Más allá de este lugar de cólera y lágrimas

donde yace el horror de la sombra,

la amenaza de los años

me encuentra, y me encontrará, sin miedo.

 

No importa cuán estrecho sea el portal,

cuán cargada de castigos la sentencia,

soy el amo de mi destino;

soy el capitán de mi alma. 

El amor después del amor. Dereck Walcott.

Un tiempo vendrá

en el que, con gran alegría,

te saludarás a ti mismo,

al tú que llega a tu puerta,

al que ves en tu espejo

y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,

y dirá, siéntate aquí. Come.

Seguirás amando al extraño que fuiste tú mismo.

Ofrece vino, Ofrece pan. Devuelve tu amor

a ti mismo, al extraño que te amó

toda tu vida, a quien no has conocido

para conocer a otro corazón

que te conoce de memoria.

Recoge las cartas del escritorio,

las fotografías, las desesperadas líneas,

despega tu imagen del espejo.

Siéntate. Celebra tu vida”.

Hojas de hierba. Lleno de vida ahora. Walt Whitman

Lleno de vida, ahora concreto, visible,

yo, de cuarenta años, en el octogésimo tercero de los Estados,

a alguien que vivirá dentro de un siglo, o después de cierto número de siglos,

A ti que todavía no has nacido, te buscan estos versos.

Cuando los leas, yo, que era visible, seré invisible.

Ahora eres tú, concreto, visible, quien los lee, quien los busca,

imaginando qué feliz serías si yo estuviera contigo y fuera tu camarada;

haz como si yo estuviese contigo. (No creas demasiado que no estoy ahora junto a ti).

viernes, 10 de enero de 2025

La canción de Aquiles. Madeline Miller.

 Ninguna ley dice que los dioses deban ser justos.

¿Hay algo más heroico que luchar por el honor de la mujer más hermosa del mundo contra la ciudad más poderosa de oriente? Perseo no puede presumir de tanto, ni Jasón. Heracles mataría a su mujer de nuevo a cambio de tener la ocasión de acompañarnos. Dominaremos Anatolia y todo el camino hacia Arabia. Grabaremos nuestros nombres en las historias de todas las edades venideras.

Verdad es lo que los hombres creen.

La fama sigue cursos extraños: la de unos aumenta al morir y la de otros se desvanece. Lo que admira una generación, la siguiente lo aborrece… Es imposible decir quién va a sobrevivir al holocausto de la memoria. ¿Quién sabe?

jueves, 19 de diciembre de 2024

Miedo. Stefan Zweig.

Cuando una puerta se cerró, fue como si cerrasen la tapa de un ataúd. El mundo estaba muerto, vacío, sólo quedaba su propio corazón palpitando violentamente contra el pecho, aumentando con cada latido el dolor que se apoderaba de su cuerpo petrificado.

Es asombroso que poco tiempo se necesita para despedirse y qué poco valor parece tener todo cuando una sabe que no puede llevárselo consigo.

lunes, 16 de diciembre de 2024

Viaje al pasado. Stefan Zweig.

"pero las manos, los ojos, los labios, siervos ignorantes de su pasión, saltaban una y otra vez, anhelando entrelazarse, unirse íntimamente, y por eso los fugaces instantes en que se cogían y se abrazaban temblorosos tras las puertas entornadas, esos tímidos instantes rebosaban gozo y ansiedad a un tiempo."

 

"Cuando uno se hace mayor, busca su propia juventud y se alegra tontamente al revivir pequeños recuerdos."

 

"—Uno envejece, pero sigue siendo el mismo."

 

—No he olvidado nada de lo que hice contigo. Otto iba con un compañero de colegio, corrían por delante desbocados…, casi los habíamos perdido en el bosque. Yo lo llamé a voces una y otra vez y él no volvía, pero lo hice de mala gana, porque sentía el impulso de estar contigo a solas, aunque entonces todavía fuéramos unos extraños el uno para el otro.

—Y hoy —añadió él, intentando bromear, pero ella permaneció muda. «No habría debido decirlo —pensó sordamente—¿qué me impulsa a comparar constantemente el hoy con el ayer? ¿por qué no le agrada nada de lo que le digo hoy? Siempre se entrometen aquellos días, el pasado».

Iban ascendiendo en silencio. Las casas, pegadas unas a otras, se inclinaban ante sus ojos iluminadas por una pálida luz, el río serpenteante se arqueaba cada vez con más claridad en el crepúsculo del valle, mientras los árboles susurraban y dejaban caer la oscuridad sobre ellos. No se cruzaron con nadie, sólo sus calladas sombras se arrastraban por delante de ellos y siempre que una farola iluminaba sus figuras perpendicularmente, las sombras se fundían una con otra, como si se abrazasen, se ensanchaban ansiando unirse cuerpo con cuerpo en una sola figura, luego se apartaban una vez más, para volver a abrazarse, mientras ellos caminaban cansados, respirando profundamente. Él observaba hechizado ese curioso juego, el cogerse y alejarse y volverse a coger de aquellas figuras sin alma, cuerpos de sombra, que, sin embargo, no eran sino reflejo de los suyos propios; con mórbida curiosidad veía el huir y el entrelazarse de esas figuras sin ser, y casi se olvidaba de la mujer viva que tenía a su lado por su negra imagen fluida, fugitiva. No pensaba en nada determinado y, sin embargo, sentía que, de alguna manera, este tímido juego le advertía de algo, de algo que yacía en lo más hondo de su ser como una fuente agitada a punto de rebosar, como si el caudal de sus recuerdos creciera y se acercara a él inquietante y amenazador. Pero ¿qué era…? Aguzó todos sus sentidos. ¿Qué le evocaba ese paseo entre las sombras del bosque dormido? Debían de ser palabras, una situación, algo vivido, oído, sentido, algo envuelto en una melodía, algo enterrado en lo más profundo, que no había tocado en años y años.

Y, de repente, se abrió una grieta centelleante en la  oscuridad del olvido: eran palabras, un poema que ella le había leído una vez en su habitación al caer la tarde. Un poema, sí, en francés, evocó las palabras que, como traídas por un viento cálido que las arrancaba del pasado, subieron de golpe hasta sus labios y así escuchó, después de una década, los versos olvidados de un poema en una lengua extranjera recitados por su voz:

Dans le vieux parc solitaire et glacé

Deux Spectres cherchent le passé.

Y en cuanto su memoria se iluminó con esos versos, acabó de completar la imagen: la lámpara ardiendo con su luz dorada en el salón oscuro donde ella le había leído a la caída de la tarde este poema de Verlaine. La veía entre las sombras de la lámpara tal y como estaba sentada aquella noche, cerca y lejos a un tiempo, amada e inalcanzable; sintió de repente su mismo corazón de entonces palpitando de excitación, oyó la voz de ella columpiándose sobre la sonora onda de los versos; en el poema —aunque sólo en el poema— podía oír cómo pronunciaba la palabra «nostalgia» y la palabra «amor», en una lengua extranjera, es cierto, y dirigidas a un extraño, pero oírlas al fin y al cabo con el tono embriagador de esta voz, de su voz. ¿Cómo había podido olvidar durante tantos años ese poema, esa velada en la que solos en la casa, confusos por ello, huyeron de la embarazosa conversación buscando un punto de encuentro más amable en los libros, donde, detrás de las palabras y de la melodía, de vez en cuando brilla el relámpago que nos permite reconocer un sentimiento íntimo, como la luz que atraviesa la fronda de arbustos, chispeante, intangible, y sin embargo llenándonos de una dicha inefable? ¿Cómo había podido olvidarlo durante tanto tiempo? ¿Y cómo había recuperado, también de repente, ese poema perdido? Sin darse cuenta, tradujo para sí aquellos versos:

En el viejo parque gélido y nevado,

dos sombras buscan su pasado.

Y al recitarlos los entendió, la llave luminosa y pesada que descubría su secreto cayó en sus manos, desde la sima donde dormía se alzó una asociación clara, aguda, arrancada de sus recuerdos: las sombras de las que se hablaba allí estaban sobre el camino, sus sombras habían removido y despertado aquellas palabras, sí, pero todavía había más. Estremeciéndose de miedo descubrió de repente una segunda interpretación que lo aterró; habían sido unas palabras proféticas, cargadas de sentido. ¿Acaso no eran ellos mismos esas sombras que buscaban su pasado dirigiendo absurdas preguntas a un entonces que ya no era real? Sombras, sombras que querían convertirse en algo vivo y que no lo lograban. Ni ella ni él eran los mismos y, sin embargo, seguían buscándose afanosamente, siempre en vano, huyendo y reteniéndose, esforzándose denodadamente, cuando carecían de ser y de fuerzas para lograrlo, como los negros fantasmas que tenían ante sus pies."