domingo, 11 de febrero de 2018

El ruido de las cosas al caer. Juan Gabriel Vásquez.

- No me diga que se va a ir ahora. Entre y se toma el último joven, ya que estamos hablando tan rico.
- Es que yo tenía que irme, Ricardo.
- Uno no tiene sino que morirse.

...Y hablaban de intenciones y proyectos, convencidos, como sólo pueden estarlo los amantes nuevos, de que decir lo que uno quiere es lo mismo que decir quién es.

El mundo estalló. Estalló el ruido: el de los gritos, el de los tacones sobre los suelos de madera, el ruido que hacen los cuerpos que huyen.

Tantos lobos. Lorenzo Silva.

Ya hace tiempo que me consta que en el país al que sirvo se han perdido todas las referencias acerca de la gravedad o frivolidad de los asuntos. La culpa la tienen, supongo, un sistema de educación en caída libre, unos padre demasiado distraídos y unos líderes más ocupados en ocultar sus propias fechorías que en transmitir a los ciudadanos un ejemplo de congruencia.

Nunca terminaré de manejarme bien con la onomástica actual. En mi época sólo podía ponérsele cualquier nombre a un perro, lo de las personas eras lo que eran.

No puedo evitarlo. Me caen bien los jefes que saben de su mayor utilidad, a veces la única, es dejarse usar por sus subordinados.

viernes, 2 de febrero de 2018

Rendición. Rai Loriga

...Se obedece porque conviene y se duda porque se piensa. Y si una cosa salva la vida, la otra al parecer salva el alma.

Una vez que se admite que Dios no lo ha elegido a uno para nada extraordinario, se empieza a vivir de veras como se tiene que vivir, con los pies y las manos dentro de un círculo marcado en la arena, sin pisar más allá de lo que te toca ni querer coger lo que no es tuyo.

La gente hace como que le importa mucho lo de los otros pero no me creo que sea verdad, ni aquí ni en ningún otro sitio. Tampoco creo que les importe a los curas, para ser sincero, ni me parece posible que Dios nos conozca a todos por el nombre. En fin, que cuando se trata de lo que un hombre lleva en el corazón o en la cabeza, no hay más que un hombre al que le importe, y por eso desde muy chico decidí no andar por ahí contándole mis cosas a nadie. Ahora que ni siquiera yo era capaz de reconocer mis propias dudas, ni si sentía de veras esto o lo otro, me había quedado más solo que la una y más callado que mi pequeño Julio, pues supongo que él al menos hablaría para sí con la voz clara de su alma, algo que yo sin arme ni cuenta había dejado de hacer. Como si fuéramos dos que caminábamos juntos sin hablarnos.

...Jamás había soñado con llegar a estos extremos, con ser tan feliz frente a la adversidad, y sobre todo a mi pesar.

martes, 16 de enero de 2018

Recursos Inhumanos. Pierre Lemaitre.

Nunca he sido un hombre violento. No me viene a la memoria ningún momento en el que haya querido matar a nadie. Sí que he tenido ataques de ira de vez en cuando, pero nunca la voluntad real de hacer daño. De destruir. Así que, claro, estoy sorprendido. La violencia es como el alcohol o el sexo, no se trata de un fenómeno, es un proceso. entramos en ellos casi sin notarlo, simplemente porque estamos maduros, porque nos llegan en el momento justo. Me daba perfecta cuenta de que estaba enfadado, pero nunca habría imaginado que aquello se transformaría en furia despiadada. Y es eso lo que me da miedo.

Mehmet es "supervisor", y siguiendo un comportamiento vagamente darwiniano, cuando asciende pasa de inmediato a despreciar a sus antiguos compañeros y a considerarlos meras lombrices. Me he encontrado muchas veces con eso en mi carrera, y no solo entre trabajadores inmigrantes. Lo he visto en mucha gente que venía de abajo, de hecho. En cuanto progresan, se identifican con sus superiores con una convicción tal que los superiores no se atreverían a soñar. Es el Síndorme de Estocolmo aplicado al mundo laboral.

La Iglesia Católica. Hans Kung.

¿Se habría visto Jesús envuelto en conflictos peligrosos si hubiera puesto tan radicalmente en cuestión a los círculos religiosos dominantes, a sus camarillas y las prácticas religiosas tradicionales de tantos católicos piadosos y fundamentalistas? ¿Qué sucedería si iniciara acciones públicas de protesta contra el modo en que la piedad se practica en el santuario de los sacerdotes y sumos sacerdotes y se identificara con las preocupaciones de un "movimiento de la iglesia popular de base"?
Si el papado del periodo siguiente se hubiera orientado más hacia Gregorio que hacia León en su consideración del ministerio, la "eclesia catholica" de la Edad Media podría haberse desarrollado siguiendo la línea de la Iglesia primitiva, y la iglesia habría podido convertirse en una communio católica con una constitución democrática colegiada y una primacía romana del servicio. Pero el papado del periodo posterior se orientó más hacia el papa León, e intentó edificar una iglesia jerárquica de constitución autoritaria y monárquica, siguiente el ejemplo de los emperadores romanos, con una primacía del gobierno.
La iglesia papal absolutista se declaró a sí misma madre. En la iglesia primitiva y en la iglesia bizantina, se concebía todavía como hermandad (koinionia, communio), desprovista de una autoridad centralista sobre todas las iglesias. Por el contrario, la iglesia católica de occidente en tiempo de Gregorio VII e Inocencio III se presentaba a sí misma como una iglesia que en fe, leyes, disciplina y organización se orientaba por completo hacia el papa. Aquí hallamos la obsesión por un monarca absoluto que, como único señor detentara la supremacía de la iglesia.
La iglesia, gobernada por la ley, precisaba una ciencia de la ley eclesiástica. Desde sus inicios la iglesia primitiva y la iglesia bizantina fueron incorporadas legalmente al estado imperial, y así siguieron. Por el contrario, desde la Edad Media la iglesia católica de occidente desarrolló una ley eclesiástica propia, con su propia ciencia y su propio derecho canónico, que igualaba en complejidad y sofisticación a la ley del estado, pero que ahora se centraba totalmente en el papa, el pontífice absoluto, legislador y juez del cristianismo, al que todos, incluido el emperador, quedaban subordinados.
Esta iglesia tan poderosa reclamaba la dominación del mundo. En la iglesia primita y en la iglesia bizantina, el poder de la iglesia quedaba sujeto a un sistema de "sinfonía" y armonía, una sociedad en la cual el poder temporal dominaba de hecho al poder espiritual. En contraste con esto, desde la Edad Media la iglesia de occidente, a través del papado, se presentaba como un cuerpo de primer rango, que a veces conseguía también un poder casi total sobre el poder secular. Según el punto de vista papal, los emperadores y los reyes quedaban subordinados al papa por su condición de "pecadores".
La elección de los obispos tenía ahora lugar en el seno del clero y la nobleza de la diócesis, y desde el siglo XIII en el capítulo catedralicio, aunque rara vez se elegía un obispo que resultara inaceptable para Roma.
La iglesia militante llamaba a la guerra santa. Las iglesias ortodoxas de oriente también se enzarzaban en la mayoría de los conflictos políticos y militares del imperio bizantino, y a menudo legitimaban teológicamente las guerras, o incluso las instigaban. Pero solo en el cristianismo occidental podía hallarse la teoría (agustiniana) del uso legítimo de la violencia como método de expansión del cristianismo. Contrariamente a la tradición de la iglesia primitiva, hubo guerras de conversión, guerras contra los paganos y guerras contra los herejes, ciertamente, en una perversión absoluta de la cruz, hubieron cruzadas, incluso contra hermanos cristianos.
Las cruzadas se consideraron un asunto propio del cristianismo occidental, y se decían aprobadas por Jesucristo, pues el papa había emitido personalmente sus llamamientos para las mismas como portavoz de Cristo Dado que las cruzadas normalmente reunían a cientos de miles de hombres, a menudo en territorio enemigo, carentes de las provisiones básicas y sometiéndolos a esfuerzos indescriptibles, no habrían si posibles sin un auténtico entusiasmo religioso, pasión y a menudo incluso una psicosis de masas.
Este papa también proclamó la primera gran cruzada contra los cristianos en occidente en el cuarto concilio de Letrán de 1215; contra los albigenses (cátaros "neomaniqueos") del sur de Francia. La cruel guerra albigense, que duró veinte años y destacó por las crueldades inhumanas de ambos bandos, llevó al exterminio de amplios sectores de la población y representó una vergüenza para la cruz y una perversión de lo cristiano. No es de extrañar que en aquellos tiempos empezara a extenderse la idea, entre las protestas de grupos de carácter evangélico, de que el papa era el Anticristo y que se cuestionara si el Jesús del Sermón de la Montaña, el hombre que había proclamado la no violencia y el amor a los enemigos, habría aprobado una empresa bélica semejante. ¿Acaso no estaba sufriendo la cruz del Nazareno una perversión hasta convertirse en su opuesto si, en lugar de inspirar la carga cotidiana de la cruz por parte de los cristianos, legitimaba las guerras sangrientas desatadas por los cruzados, que portaban la cruz sobre sus vestiduras?

Una iglesia de hombre célibes establecía la prohibición del matrimonio. En las iglesias orientales el clero, obispos aparte, seguía casándose y, por lo tanto, estaba mucho más integrado en las estructuras sociales. Por el contrario, el clero célibe de occidente quedaba totalmente separado del pueblo cristiano, sobre todo por su situación no matrimonial; disfrutaban de una posición social preeminente y distintiva que, debido a su "perfección" y a su moral más elevada, era en principio superior al estado laico y quedaba única y totalmente subordinada al papa de Roma. Más aún, el papa gozaba ahora y por primera vez, del apoyo de uan fuerza auxiliar célibe y omnipresente dotada de una organización central, preparada y móvil: las órdenes mendicantes.

Hubo indignantes cazas de brujas de esposas de sacerdotes en las casas de los clérigos. Tras el segundo concilio de Letrán de 1139, el matrimonio de los sacerdotes se consideró a priori nulo y a las esposas de los sacerdotes, concubinas.

A partir de entonces se promulgó una ley universal y obligatoria para el celibato, aunque en la práctica, y hasta los tiempos de la Reforma, solo se observaba bajo ciertas condiciones, incluso en Roma.

Inocencio IV en particular, un gran papa jurista, fue más allá. Autorizó a la Inquisición a  que permitiera a las autoridades seculares la tortura para arrancar confesiones. Los tormentos físicos que esto causó a las víctimas de la Inquisición sobrepasan cualquier descripción. Solo la Ilustración eliminatoria la inhumanidad de la tortura y la hoguera para los herejes, pero la Inquisición romana seguiría adelante con otros nombres ("Santo Oficio", "Congregación para la Doctrina de la Fe"), e incluso hoy en día sus procedimientos siguen principios medievales.

Ideal franciscano: Paupertas, Humilitas, Simplicitas.

La cuestión básica sigue siendo: ¿debería la iglesia católica ser una iglesia acorde con el espíritu de Inocencio III o acorde con el espíritu de Francisco de Asís? Recordemos los puntos clave en el programa de Francisco:
Pobreza: Inocencio III defendía una iglesia de riqueza y esplendor, de codicia y escándalos financiero. Pero ¿acaso no habría sido posible también una iglesia de políticas financieras transparentes, que se contentara con lo que tenía y no insistiera en sus demandas, que fuera un ejemplo de íntima renuncia a las posesiones y de generosidad cristiana, y que no suprimiera la vida del Evangelio y la libertad apostólica sino que las impulsara?
Humildad: Inocencio III defendía una iglesia de poder y de gobierno, de burocracia y de discriminación, de represión y de Inquisición. ¿No podría concebirse una iglesia modesta, amistosa y dialogante, formada por hermanas y hermanos y hospitalaria incluso para los disidentes, cuyos líderes se entregaran al servicio sin pretensiones y mostraran solidaridad social, que no excluyera de su seno a las nuevas fuerzas religiosas y a las ideas, sino que hiciera un uso fructífero de ellas?
Sencillez: Inocencio III defendía una iglesia cuyos dogmas resultaban excesivamente complejos, la casuística moral y la salvaguarda legal, una iglesia con un derecho canónico que todo lo regía, una escolástica que todo lo sabía, y un "magisterium" que temía toda innovación. Pero ¿acaso no habría sido posible también una iglesia de buenas nuevas y alegría, una teología orientada al Evangelio, que prestara atención a las gentes en vez de limitarse a doctrinales desde arriba, no solo como una "iglesia oficial" que únicamente enseña, sino una iglesia del pueblo que mantuviera franco el aprendizaje?

Fue la devoción mariana sino el papismo lo que provocó el cisma entre las iglesias de oriente y occidente, del mismo modo en que no fue el marianismo sino el papismo el que más tarde provocaría la ruptura en el seno de la iglesia de occidente.

Los cardenales, nombrados por el papa, a menudo preferían la curia al concilio. Pero también después del concilio los obispos y abades no pensaban permitir que el "bajo clero" y el laicado tomaran parte en el proceso de toma de decisiones en el seno de la iglesia. Y los monarcas temían aún más las ideas conciliares ("por democráticas") y, por tanto, estaban más interesadas en la preservación del statu quo eclesiástico que en la reforma del papado.

Desde el concilio de Trento, la iglesia se fue encerrando progresivamente en el "bastión" católico romano, desde el cual, en los siglos posteriores, atacó usando las mismas viejas armas de las condenas, la prohibición de libros, las excomuniones y las inhabilitaciones a los cada vez más numerosos "enemigos de la iglesia",

La "libertad del cristiano", propia de la Reforma, había contribuido de modo decisivo al énfasis moderno en la responsabilidad, la mayoría de edad y la autonomía.

Mucha gente habla apropiadamante de una traición al concilio (Vaticano II), una traición que ha alejado a incontables católicos de la iglesia en todo el mundo. En lugar de las palabras del programa conciliar, hallamos una vez más los lemas de un magisterio tan conservador como autoritario. En lugar de aggiornamento hallamos las tradicionales enseñanzas católicas al completo... En lugar de colegialidad del papa con los obispos, de nuevo hallamos un centralismo romano aún más estricto... En lugar de apertura al mundo moderno, hallamos un número creciente de acusaciones, quejas y lamentaciones sobre la supuesta asimilación y una defensa de las formas más tradicionales de la piedad... En lugar  de diálogo de nuevo hallamos una Inquisición fortalecida y un rechazo hacia la libertad de conciencia y docencia en el seno de la iglesia... En lugar de ecumenismo, de nuevo se hace énfasis en lo estrictamente católico romano... En muchos lugares, en cuestiones de moral sexual,  matrimonios mixtos y ecumenismo, los sacerdotes y los fieles hacen en silencio lo que les parece correcto según los evangelios y de acuerdo con los impulsos del Vaticano II.

Este papa (Juan Pablo II) ha librado una batalla escalofriante contra las mujeres modernas que ansían una forma de vida acorde con los tiempos, prohibiendo el control de la natalidad y el aborto (incluso en caso de incesto o violación), el divorcio, la ordenación de las mujeres y la modernización de las órdenes religiosas femeninas.

Muchas personas se preguntan: ¿qué sentido tiene toda la cháchara social sobre la humanidad, la justicia y la paz si la iglesia esquiva esos problemas sociales y políticos, en los cuales podría realizar contribuciones decisivas? ¿De qué sirven todas las pomposas confesiones de culpabilidad si el papa excluye a sus predecesores, a sí mismo y a "la iglesia" y no las completa con acciones de arrepentimiento y reforma?

domingo, 17 de diciembre de 2017

La ridícula idea de no volver a verte. Rosa Montero

Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día (lo que recuerdo hoy de mi infancia no es lo que recordaba hace veinte años); lo que quiere decir que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria. Y sin esa imaginación que completa y reconstruye nuestro pasado y que le otorga al caos de la vida una aparienciade sentido, la existencia sería enloquecedora e insoportable, puro ruido y furia.

Cuántas veces mentimos las mujeres a los hombres; en cuántas ocasiones fingimos saber menos de lo que sabemos, para que parezca que ellos saben más; o les decimos que les necesitamos para algo, aunque no sea cierto, sólo para hacerles sentir bien; o les adulamos descaradamente para celebrar cualquier pequeño logro. Y hasta nos resulta enternecedor constatar que, por muy exagerada que sea la lisonja, nunca se dan cuenta de que les estamos dando coba, porque en verdad necesitan oír esos halagos, como esos adolescentes que precisan de un apoyo extra para poder creer en sí mismos. Si: son capaces de ir alfrente a combatir en guerras espantosas; de arriesgar la vida subiendo al Everest; de atravesar selvas procelosas para encontras las fuentes del Nilo, pero, en lo emocional, en lo sentimental, en la realidad de cada día, los hombres nos parecen francamente débiles.

Debemos ganarnos la vida y esto nos obliga a convertirnos en un engranaje de la máquina. Lo más dolorososon las concesiones que nos vemos forzados a hacer a los prejuicios de la sociedaden la que vivimos. Debemos hacer más o menos concesiones dependiendo de que nos sintamos más débiles o más fuertes. Si uno no hace suficientes concesiones, lo aplastan; si hace demasiadas, es innoble y se desprecia a sí mismo.

La agonía de Francia. Manuel Chaves Nogales.

Seguíamos manteniendo la ilusión de que la gran ciudad engendra el mito de la ciudadanía. Hemos visto ahora que la gran ciudad moderna, con toda su vibración y su formidable progreso material, es un ser inanimado, una fuerza y una resistencia gigantesca si se quiere pero que sólo actúan en el dominio estricto de su propia función, que permanecen inoperantes cuando se quiere esgrimirlas con una finalidad espiritual superior. Se ha demostrado que es punto menos que imposible paralizar la vida de una gran ciudad, conseguir que dejen de circular sus tranvías, impedir que funcionen sus teatros y sus cines, hacer que se cierren sus mercados y sus bazares, que los guardias dejen de regular el tráfico y los carteros de repartir las cartas. Ni guerras ni revoluciones lo logran. Todo intento contra esta inercia formidable de la gran ciudad está condenada al fracaso.

Francia se ha suicidado, pero al suicidarse ha cometido además un crimen inexpiable con esas masas humanas que habían acudido a ella porque en ella habían depositado su fe y su esperanza. Entre las cláusulas del deshonroso armisticio aceptado por el mariscal Pétain hay una que basta y sobra para deshonrar a un Estado; la cláusula por la que el gobierno francés se compromete a entregar a Hitler, atados de pies y manos, a los refugiados alemanes antihitlerianos que habían buscado su salvación en Francia y a quienes el Estado francés había utilizado sin escrúpulo en el simulacro de lucha contra el hitlerismo. La entrega al verdugo alemán de esos hombres que habían tenido fe en Francia será una de las mayores vergüenzas de la historia.

El pueblo de Francia volvía a encontrar en la promiscuidad de la movilización general su cohesión y su unidad perdidas a lo largo de una guerra civil larvada en la que los ciudadanos no se asesinaban unos a otros -como habían estado haciendo gozosamente los españoles- por pura y simple dificultad material, por la sencilla razón de que la gendarmería no había perdido su eficacia y faltaba el margen de impunidad que es indispensable a los héroes de las guerras civiles.

En realidad, los regímenes totalitarios no marcan una superioridad sobre las democracias más que cuando éstas se hallan interiormente podridas. Frente a una democracia que conserva sus virtudes cívicas la inferioridad y la impotencia de los regímenes totalitarios siguen siendo incuestionables.

El gran delito comunista ha consistido en convertir las agresiones del fascismo contra los pueblos libres en mero instrumento de propaganda del partido. Esta convicción apartó a las masas populares francesas de sus deberes de solidaridad con los pueblos agredidos y permitió impunemente a las derechas desarrollar su política profascista.

Francia no comprendió que, para seguir viviendo con dignidad como nación independiente, los franceses tenían que morir por España, por Checoslovaquia y por Danzig.

Entonces se acusaba de belicistas a los hombres que intentaban provocar una reacción decorosa de Francia ante la vasta maniobra envolvente que metódicamente desarrollaba el hitlerismo con la colaboración de Italia y con la complicidad de los mismos reaccionarios franceses.

Jamás un pueblo ha querido engañarse a sí mismo con tan firme voluntad. No era sólo que sus dirigentes practicasen la política clásica del avestruz.

En sus largas horas de inacciónn, el soldado, a quien se había despojado de sus virtudes cívicas, caía fatalmente en todos los vicios militares sin que llegase a infundirle ninguna virtud militar verdadera.

La masa francesa había caído en la abyección gregaria, no por circunstancial, menos odiosa que el gregarismo consustancial del germano.

De este hecho evidente, de la convicción de que en la democracia los mejor dotados fracasaban mientras en los regímenes totalitarios el material humano más innoble, los antiguos confidentes de la policía, los chulos, los estafadores, toda la escoria de una mesocracia ruin se convierte fácilmente en instrumento eficaz de gobierno, se ha deducido la superioridad fundamental de los regímenes autoritarios.

Porque la única verdad de la decadencia de las democracias radica en el hecho innegable de la rebelión de las masas, el gran fenómeno de nuestro tiempo, provocado no por un afán de superación multitudinario, sino por un desencadenamiento diabólico de los más bajos instintos.

Las democrácias, privadas de la asistgencia de las masas, en cuyo nombre actúan y gobiernan, están perdidas. El totalitarismo, la nueva barbarie, lo único que ha conseguido ha sido sustraer a la democracia las masas populares que eran su razón de ser, pero no porque represente una superación filosófica, ni siquera política, social o económica, sino por el desequilibrio tremendo que se ha producido entre el progreso material y el progreso espiritual, por el hecho puro y simple de que hoy día un adolescente semianalfabeto, pero que tenga buenos movimientos, reflejos y pulmones resistentes puede aterrorizar a una ciudad de millones de habitantes planeando sobre ella con una tonelada de mortíferos explosivos, gracias a un motor cuyo funcionamiento ni siquiera conoce y que conduce a ciegas con sólo mover unos resortes.

Se ha conseguido reducir al mínimum los valores humanos que entran en juego en la lucha y con ese mínimum de humanidad, mejor dicho, con esa animalidad amaestrada que basta para las grandes acciones gracias al progreso meca´nico, los nuevos bárbaros pretenden dominar y esclavizar a una civilización que ni intelectual ni espiritualmente han podido superar.

Hasta ahora no se ha descubierto una fórmula de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una samblea deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia. Es decir, el liberalismo, la democracia. En el mundo no hay más, al menos, por ahora.

La verdad era que había un sector de la vida nacional, acaso el que tenía más influencia social, absolutamente ganado por la propaganda totalitaria.

Era triste ver a los agentes de policía persiguiendo en los cafés, los mercados y los autobuses a quienes pronunciasen una palabra imprudente mientras el derrotismo más descarado se instalaba en los centros vitales del país, irradiaba a las masas merced a los órganos de opinión que hábilmente y por la boca de los máx eximios escritores iban difundiéndolo cautelosamente. Era impresionantge ver cómo la mentalidad nazi había ido ganando a los mejores cerebros de Francia.

El capitalismo francés, penetrado hasta la médula por la propaganda totalitaria, está dispuesto desde luego a rendirse, creía sinceramente que el enemigo tenía razón, reconocía en lo íntimo de su ser que todos los ataques totalitarios contra las plutocracias estaban archijustificados y al ligar su suerte a la del capitalismo británico lo que buscaba era que las condiciones de su entrega fueran lo más ventajosas posibles.

En Francia las gentes burguesas clamaban por la paz a cualquier precio sencillamente porque les molestaba andar a oscuras por las calles, porque se había reducido el servicio de autobuses, porque se les habían suprimido los aperitivos tres días a la semana, porque esaban prohibidos los chocolates de lujo, porque no se podían jugar el dinero en las carreras de galgos, porque no se podía bailar en los cabarets y porque en el cine tenían que aguanar los noticiarios de guerra y en la radio los discursos patrióticos y las marchas militares.

Un Estado puede derrumbarse, un país puede ser invadido sin que se produzca en las masas una reacción profua, pero en cambio no es posible que el servicio municipal de limpieza deje de recoger las basuras durante cuarenta y ocho horas. Las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material, física. La independencia de la patria, los derechos del hombre, los destinos de la civilización, son hoy para la gran masa ciudadana puras abstracciones que no tienen ningún sentido frente al hecho cierto, trangible, irritante, de que al salir del trabajo no se pueda tomar el aperitivo o de que haya que perder una hora haciendo cola ante la puerta de una panadería o de que el tráfico rodado no esté cuidadosamente regulado en las encrucijadas por los agentes de la autoridad.

El hombre moderno puede pasar por penalidades terribles; pero no hay que tenerle demasiada lástima. Su facultad de inhibición es prodigiosa.

No hagamos una guera ideológica -decían los agentes de la quinta columna-; sacrifiquemos la democracia, la liberad política y la república, si es necesario; abandonemos el lastre de nuestros compromisos con los pueblos débiles, que han sido ya arrollados, y de nuestra alianza con Inglaterra, que se niega a capitular y nos obliga a continuar la guerra para defender su imperio y a los capitalistas de la City; adoptemos la doctrina que ha hecho poderoso al adversario y los métodos que le llevan a la victoria; entremos en la órbita de las potencias totalitarias y Francia no perecerá. El equilibrio de las potencias totalitarias en Europa exige la supervivencia de una Francia fuerte. Aun aceptando la hegemonía alemana, Francia, Italia y España, identificadas, tendrán su place au soleil si llegan a formar un solo bloque totalitario en el Mediterráneo, de donde la Gran Bretaña tiene que ser eliminada. Este bloque, andando el tiempo, podrá ser el único contrapeso eficaz de las ambiciones germánicas en Europa, dando por supuesto que la Alemania hitleriana se niegue definitivamente a cumplir la misión providencial para la que había sido creada, la invasión de Rusia y el aniquilamiento del bocheviquismo. Si el imperio británico, por su parte, quiere seguir la guerra hasta la exterminación del nazismo, allá él con sus intereses. Nosotros podemos someternos y nuestra misión nos salva. Si Hitler vence a Inglaterra habremos sido los colaboradores más eficaces de su triunfo y ocasión habrá de cotizarlo. Si Inglaterra vence a Hitler, con la victoria de la democracia británica recobraremos nuestra libertad sin haber tenido que pagar el duro rescate de un millón de vidas que hoy se nos exige por ella. Esta fue la plataforma de la quinta columna. Esto fue lo que arrastró a los patriotas franceses a la traición. Y esto fue lo que triunfó en Burdeos el domingo 16 de junio de 1940 en medio de una muchedumbre indiferente que llenaba los jardincillos del Hôtel de Ville viendo entrar y salir a los ministros con frívola curiosidad mientras las columnas alemanas llegaban a las orillas del Loira sin encontrar resistencia.

Hasta ahora no se ha descubierto ninguna forma de convicencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea deliberante, no hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia; es decir; la paz, la libertad, la democracia. En el mundo no hay más.