jueves, 4 de agosto de 2016

La invención del amor. José Ovejero.

Los hombres que viven solos, a partir de cierta edad, cuando han dejado de creer que la vida en pareja podría ser placentera o excitante, a menudo tienen poca vida social; las mujeres, incluso las resignadas o decididas a permanecer solteras como aquella amiga que me dijo: "mi mitad inferior ha dejado de interesarme", mantienen contactos, salen, hablan de sí mismas y de otras amigas, necesitan piel, voz, intensidad igual que los hombres necesitan distancia, silencio, indiferencia. quizá aún no he alcanzado esa edad o esa resignación y por eso aún procuro combatir la tentación de no ducharme si no voy a salir, de no afeitarme o no cambiarme de calzoncillos, de dejar los platos sucios sobre la mesa, de no llamar a nadie durante días. Aunque no tenga muchos amigos y tampoco eche de menos una vida social más intensa, procuro evitar esa sensación de encierro, de relación enfermiza con pantallas y artilugios, con los espacios cerrados, con el monótono rumiar de mi conciencia, con la embarazosa existencia de quien no siente más que  cuando se le impone un drama televisado.

Estás muerto cuando deja de atraerte el placer, cuando ya no piensas más que en evitar el aburrimiento y no te importa que tu vida sea más ausencia -de dolor, de pasión, de entusiasmo- que contenido. El mayor enemigo de la felicidad no es el dolor, es el miedo. Para estar realmente vivo tienes que estar dispuesto a pagar un precio por lo que obtienes. Y ahí es donde yo fallo. Me estoy volviendo perezoso; me cuesta pagar por obtener y tiendo a conformarme con lo que me sale gratis.

Es sabido que queremos que los ojos del otro reflejen no lo que somos, sino aquella persona que nos gustaría ser, aunque tengamos que cargar para ello con la sensación de insuficiencia al intentar adaptarnos a esa imagen ideal, más bien a esa deformación al intentar adaptarnos a esa imagen ideal, más bien a esa deformación favorecedora de nosotros mismos. Y luego, en general, con el paso del tiempo, acabamos conformándonos con quienes somos, dejamos de fingir, reprochamos al otro que espere de nosotros más de lo que podemos darle, olvidando que justo eso era lo que le habíamos prometido. Sólo las parejas que acaban reconociendo el fraude y deciden renegociar lo que cada uno tiene que ofrecer, llevándolo a un plano más realista, tienen posibilidades de durar con un mínimo de felicidad. Casi nunca me he encontrad con una de esas parejas. como mucho conozco a algunas que en lugar de empezar una guerra de reproches se acostumbran a usar un tono irónico con el que dan a entender que, aunque finjan creer las imposturas del otro, saben quién vive detrás de la máscara, y se comprometen a no arrancársela.

Y lo que no sé es si ese día que uno deja de preocuparse por los ruidos de sus tripas, por disimular las propias funciones fisiológicas, si ese día que no te importa que el otro te oiga cagando, es el día en el que el amor se acaba o el día en el que el amor empieza. ¿Entiendes lo que quiero decir?

No, por ahora no he sido capaz de una relación lo suficientemente larga como para sentirla cotidiana  que las costumbres adaptadas en pareja -desayunar los domingos en la cama, repartirnos el periódico de manera que uno reciba siempre primero las noticias políticas y el otro las culturales o las económicas o las de deportes, seguir tal o cual serie televisiva determinado día de la semana, llamarse a ciertas horas desde el trabajo, saber sin preguntar quién hace la compra, cuándo o quién lava y quién seca los cacharros-, sean parte de mi vida, sean mi vida.

Carina duerme vuelta hacia la pared. Su espalda desnuda es más joven que ella; sólo sé expresarlo así; porque su mirada, su boca, incluso sus manos tienen una biografía, un pasado de deseos cumplidos y de deseos frustrados, mientras que su espalda parece protegida de todo, lisa, virgen.

Envejecer nos afea, no hay vuelta de hojas, y me pregunto si será posible a pesar de todo mirarse con deseo; o si el deseo será sustituido por otro sentimiento que ahora no conozco o no identifico.

lunes, 25 de julio de 2016

Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes.

Este fin tuvo el ingenioso hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.

Yace aquí el hidalgo fuerte
que a tanto estremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.

 Tuvo a todo el mundo en poco,
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco.

Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: «Aquí quedarás colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero antes que a ti lleguen, les puedes advertir y decirles en el mejor modo que pudieres:

—¡Tate, tate, folloncicos!
De ninguno sea tocada,
porque esta empresa, buen rey,
para mí estaba guardada.


Para mí sola nació don Quijote, y yo para él: él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió o se ha de atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada,  las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros, ni asunto de su resfriado ingenio; a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva: que para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron, así en estos como en los estraños reinos. Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando y han de caer del todo sin duda alguna». Vale.

sábado, 16 de julio de 2016

D. Quijote de La Mancha. Miguel de Cervantes.

-La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en metad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve, me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos; que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo! 

Donde los escorpiones. Lorenzo Silva.

Aunque en los últimos tiempos, sería la edad, que todo lo ablanda, había trocado mi celo sistemático hacia ellos por una suerte de transigencia; es que antes o después desarrollamos todos hacia lo que forma parte de nuestra biografía, por descabellado, inconveniente o, sin más, erróneo que haya llegado a demostrarse.

Quien teme morirse se muere varias veces al día, todos los días de su vida. Quien no, se muere cuando le toca y ya está.

Hace tiempo que opté por el estoicismo, Vir -le respondí-. No esperar nada, aceptarlo todo, no formular quejas más que contra ti mismo. Te lo aconsejo. Evita frustraciones. Al final, no está en tu mano garantizar que nadie, aparte de ti, te haga el menor caso.

Bien mirado, quién no se disfraza un poco de quien acaba siendo a los ojos de los demás, para mantener a buen recaudo a ese otro o esa otra que cada quien es por debajo de su fachada, en ese bastión último del cerebro y el corazón al que jamás, por nuestro bien, y probablemente por el bien de otros, hemos de dejar que nadie tenga acceso.

A eso de la medianoche los dejamos allí, en su casita acariciada por la brisa de la bahía. Mientras Chamorro ponía el coche en movimiento, miré cómo quedaban atrás, en esa soledad desvalida que algún día es la de todos los que somos padres, cuando comprendemos que no estaremos para amparar frente a todo mal a nuestros hijos y que hemos de confiar en otros que tal vez no puedan, no quieran, no sepan.

La vida y algunos tropiezos me habían enseñado a pecar más por defecto que por exceso, especialmente en lo que tenía que ver con cualquier clase de efusión afectiva. Por lo general lograba convencerme de que era mejor así, porque lo contrario conducía con más frecuencia a defraudar a los demás, pero había ocasiones en que dudaba y no podía evitar pensar que me estaba convirtiendo en alguien demasiado remoto, demasiado ajeno a la vida y la gente que pasaba por mi lado.

lunes, 11 de julio de 2016

Don Quijote de La Mancha. Miguel de Cervantes.

Carta de don Quijote de la Mancha a Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria

Cuando esperaba oír nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo, las oí de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al cielo, el cual del estiércol sabe levantar los pobres, y de los tontos hacer discretos. Dícenme que gobiernas como si fueses hombre, y que eres hombre como si fueses bestia, según es la humildad con que te tratas; y quiero que adviertas, Sancho, que muchas veces conviene y es necesario, por la autoridad del oficio, ir contra la humildad del corazón; porque el buen adorno de la persona que está puesta en graves cargos ha de ser conforme a lo que ellos piden, y no a la medida de lo que su humilde condición le inclina. Vístete bien, que un palo compuesto no parece palo. No digo que traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te vistas como soldado, sino que te adornes con el hábito que tu oficio requiere, con tal que sea limpio y bien compuesto.

Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, entre otras has de hacer dos cosas: la una, ser bien criado con todos, aunque esto ya otra vez te lo he dicho; y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos; que no hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que la hambre y la carestía.

No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas, y, sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragmáticas que no se guardan, lo mismo es que si no lo fuesen; antes dan a entender que el príncipe que tuvo discreción y autoridad para hacerlas, no tuvo valor para hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen a ser como la viga, rey de las ranas: que al principio las espantó, y con el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella.

Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos estremos, que en esto está el punto de la discreción. Visita las cárceles, las carnicerías y las plazas, que la presencia del gobernador en lugares tales es de mucha importancia: consuela a los presos, que esperan la brevedad de su despacho; es coco a los carniceros, que por entonces igualan los pesos, y es espantajo a las placeras, por la misma razón. No te muestres, aunque por ventura lo seas -lo cual yo no creo-, codicioso, mujeriego ni glotón; porque, en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación determinada, por allí te darán batería, hasta derribarte en el profundo de la perdición.


Mira y remira, pasa y repasa los consejos y documentos que te di por escrito antes que de aquí partieses a tu gobierno, y verás como hallas en ellos, si los guardas, una ayuda de costa que te sobrelleve los trabajos y dificultades que a cada paso a los gobernadores se les ofrecen. Escribe a tus señores y muéstrateles agradecido, que la ingratitud es hija de la soberbia, y uno de los mayores pecados que se sabe, y la persona que es agradecida a los que bien le han hecho, da indicio que también lo será a Dios, que tantos bienes le hizo y de contino le hace.

jueves, 30 de junio de 2016

D. Quijote de La Mancha. Miguel de Cervantes.

También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes que sueles, que, puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias.


Estoyte diciendo que escuses refranes, y en un instante has echado aquí una letanía dellos, que así cuadran con lo que vamos tratando como por los cerros de Úbeda. Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal un refrán traído a propósito; pero cargar y ensartar refranes a troche moche hace la plática desmayada y baja.

Todo estaba sucio. Raúl Barón Biza.

El laboratorio hará inmortal al hombre. Negará el mandato divino de “Volver a la tierra” y la manzana bíblica justificará, cientos de siglos después, la eterna audacia de Eva y la sabiduría de la serpiente.


No publiques este libro… Querrás acusar y no tendrás pruebas. Los jueces están obligados a condenarte. Juraron defender la ley y la ley no te permite decir más verdad que la que ésta afirma que es verdad. Su verdad debe ser tu verdad. Si niegas su verdad, niegas la ley. La ley es la conveniencia del grupo más fuerte, discutirla o negarla es delito, rebelión, cárcel, hambre, muerte. "