miércoles, 18 de mayo de 2016

Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes.

La historia es como cosa sagrada, porque ha de ser verdadera, y donde está la verdad, está Dios, en cuanto a verdad; pero, no obstante esto, hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos.
—No hay libro tan malo —dijo el bachiller—, que no tenga algo bueno.
—No hay duda en eso —replicó don Quijote—, pero muchas veces acontece que los que tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus escritos, en dándolos a la estampa la perdieron del todo o la menoscabaron en algo.
—La causa deso es —dijo Sansón— que, como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se veen sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto es mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre o las más veces son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos ajenos sin haber dado algunos propios a la luz del mundo.
—Eso no es de maravillar —dijo don Quijote—, porque muchos teólogos hay que no son buenos para el púlpito y son bonísimos para conocer las faltas o sobras de los que predican.
—Todo eso es así, señor don Quijote —dijo Carrasco—, pero quisiera yo que los tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran63: que si «aliquando bonus dormitat Homerus», consideren lo mucho que estuvo despierto por dar la luz de su obra con la menos sombra que pudiese, y quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces acrecientan la hermosura del rostro que los tiene65; y, así, digo que es grandísimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal que satisfaga y contente a todos los que le leyeren.

(...)

-Déme vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha; que, por el hábito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras órdenes que las cuatro primeras, que es vuestra merced uno de los más famosos caballeros andantes que ha habido, ni aun habrá, en toda la redondez de la tierra. Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejó escritas, y rebién haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las gentes. 

Hízole levantar don Quijote, y dijo: 

-Desa manera, ¿verdad es que hay historia mía, y que fue moro y sabio el que la compuso? 

-Es tan verdad, señor -dijo Sansón-, que tengo para mí que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzga. 

(...)

... Que cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces. 

-Yo tendré cuidado -dijo Carrasco- de acusar al autor de la historia que si otra vez la imprimiere, no se le olvide esto que el buen Sancho ha dicho, que será realzarla un buen coto más de lo que ella se está. 

-¿Hay otra cosa que enmendar en esa leyenda, señor bachiller? -preguntó don Quijote. 

-Sí debe de haber -respondió él-, pero ninguna debe de ser de la importancia de las ya referidas. 

-Y por ventura -dijo don Quijote-, ¿promete el autor segunda parte? 

-Sí promete -respondió Sansón-, pero dice que no ha hallado ni sabe quién la tiene, y así, estamos en duda si saldrá o no; y así por esto como porque algunos dicen: "Nunca segundas partes fueron buenas", y otros: "De las cosas de don Quijote bastan las escritas", se duda que no ha de haber segunda parte; aunque algunos que son más joviales que saturninos dicen: "Vengan más quijotadas: embista don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo que fuere, que con eso nos contentamos"




Lo que no te mata te hace más fuerte. David Lagercrantz.

Ja, ja. No, que las personas que tienen remordimientos de conciencia nunca son las que deberían tenerlos. Los que realmente causan sufrimiento al mundo pasan de todo; son quienes luchan en el bando de los buenos los que sufren remordimientos. No hay nada de lo que debas avergonzarte, Gabriela. Hiciste lo que estuvo en tu mano.

Las personas estamos deseosas de ser aceptadas y de integrarnos en el grupo al tiempo que queremos evidenciar lo que trabajamos, razón por la cual se cometen indescriptibles tonterías. 

miércoles, 4 de mayo de 2016

Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes.

En esto, parece ser o que el frío de la mañana que ya venía, o que Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural —que es lo que más se debe creer—, a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él; mas era tanto el miedo que había entrado en su corazón, que no osaba apartarse un negro de uña de su amo. Pues pensar de no hacer lo que tenía gana tampoco era posible; y, así, lo que hizo, por bien de paz, fue soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con la cual bonitamente y sin rumor alguno se soltó la lazada corrediza con que los calzones se sostenían sin ayuda de otra alguna, y, en quitándosela, dieron luego abajo y se le quedaron como grillos; tras esto, alzó la camisa lo mejor que pudo y echó al aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho esto, que él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia, le sobrevino otra mayor, que fue que le pareció que no podía mudarse sin hacer estrépito y ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero, con todas estas diligencias, fue tan desdichado que al cabo al cabo vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo don Quijote y dijo:

—¿Qué rumor es ese, Sancho?

—No sé, señor —respondió él—. Alguna cosa nueva debe de ser, que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.

Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien, que sin más ruido ni alboroto que el pasado se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos y Sancho estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo escusar de que algunos no llegasen a sus narices; y apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos, y con tono algo gangoso dijo:

—Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.

—Sí tengo —respondió Sancho—, mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?

—En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar —respondió don Quijote.

—Bien podrá ser —dijo Sancho—, mas yo no tengo la culpa, sino vuestra merced, que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos.

—Retírate tres o cuatro allá, amigo —dijo don Quijote (todo esto sin quitarse los dedos de las narices)—, y desde aquí adelante ten más cuenta con tu persona y con lo que debes a la mía; que la mucha conversación que tengo contigo ha engendrado este menosprecio.

—Apostaré —replicó Sancho— que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi persona alguna cosa que no deba.


—Peor es meneallo, amigo Sancho —respondió don Quijote.

martes, 26 de abril de 2016

Frankenstein. Mary Shelley.

Como las pequeñas dimensiones de ciertos componentes representaban un considerable obstáculo para la celeridad de mis trabajos, decidí, en contra de mi intención inicial, realizar una criatura de gigantes proporciones, es decir, con una altura de unos ocho pies de las demás dimensiones en perfecta relación con ella.

Cuando los sentimientos habían sido sobreexcitados por la rápida sucesión de acontecimientos penosos, nada es más agobiante para el alma humana que la calma de la inactividad y la certeza de lo irremediable, que terminan, ciertamente, con el asiento, pero también con la esperanza.

La primera pesadumbre que llega a nosotras para sacarnos del sueño gozoso de la niñez había caído sobre ella y sus deprimentes consecuencias habías acabado con su radiante sonrisa.

¡Así ha sucedido! El ángel rebelde se convirtió en un monstruoso diablo, pero hasta ese enemigo de Dios y de los hombres cuenta, en su desolación, con amigos y compañeros. Yo estoy solo.

El hombre que me creó ya no existe y, cuando también yo haya muerto, nuestro recuerdo desaparecerá de la memoria de los hombres. Jamás contemplaré de nuevo el sol y las estrellas; jamás sentiré, de nuevo, sobre mi rostro la fresca caricia del viento. La luz, las sensaciones, los pensamientos; todo desaparecerá y, sólo entonces, podré alcanzar la felicidad. Años atrás, cuando las más atrayentes visiones que puede ofrecer el mundo aparecieron por primera vez ante mis ojos, cuando gocé la calidez vivificante del verano, cuando escuché el rumor de la de las hojas y el cantar de los pájaros, todas aquellas cosas que lo fueron todo para mí, la idea dela muerte me hacía llorar. Ahora esa muerte que entonces hubiera rechazado ha llegado a ser mi última esperanza de consuelo. Emponzoñado por mis crímenes, acosado por los amargos remordimientos, sólo en la muerte hallaré reposo.

miércoles, 13 de abril de 2016

El urinario. Lorenzo Silva.

Es obvio que de vez en cuando uno debe repeler los asaltos de su intimidad a su desempeño laboral, en garantía de la retribución que por tal desempeño le corresponda. Pero tal y como lo intuyo (no soy un doctrinario y mucho menos un pedagogo), resulta mucho más perentorio oponerse al desenlace, nada infrecuente, de terminar siendo sólo la profesión en que uno enterró su inteligencia, como dejó escrito alguien a quien yo solía leer.

Mi experiencia de esta gente no me autoriza a concluir que sean mucho más o mucho menos perversos que el resto de los seres humanos que habitan en los otros lugares del mundo que me ha sido dado visitar, incluido el de mi nacimiento. Más bien tienden a una cortesía un tanto brusca, pero meticulosa. Sin embargo, siempre hay especímenes absurdos que se ensañan con uno sin motivo aparente, y aquella mujer era sin duda uno de ellos. 
Cuando me encuentro en una situación como la descrita, me sucede lo mismo que cuando me topo con alguien excesivamente obsequioso: quedo desarmado, sin saber qué hacer. Asumo que nadie tiene por qué abrigar el menor deseo de perder el tiempo conmigo, ni para favorecerme ni para lesionarme. Si noto que se me distingue respecto de los demás, en el sentido que sea, carezco de reflejos. Es el tipo de cosas que exasperan a algunos de los que me conocen. El hecho es que no me siento, común, en disposición de corresponder a quienes adoptar hacía mí una actitud anormal. Me cuesta tanto agradecer efusivamente el cálido elogio de un extraño como organizarle una bronca a un dependiente desabrido. Puede tratarse de simple incapacidad, pero yo me inclino a sospechar que la raíz de todo es un alarmante desinterés hacia cualquier acontecimiento desproporcionado.

lunes, 11 de abril de 2016

La línea de sombra. Joseph Conrad.

Sólo los jóvenes conocen momentos semejantes. No quiero decir los muy jóvenes, no; pues éstos, a decir verdad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es privilegio de la primera juventud.

Es el encanto de una experiencia universal, de la que esperamos una sensación extraordinaria y personal, la revelación de un algo de nuestro yo.

Una vez allí me abandonó el entusiasmo. La atmósfera administrativa es de tal naturaleza que mata todo lo que vive y respira energía humana, y es capaz de apagar la esperanza, como el temor, bajo la supremacía de la tinta y el papel.

Como todos los marino del puerto, yo sólo era un pretexto para escritos oficiales, para impresos cumplimentados con toda la artificial superior dada que un hombre de pluma y tinta conserva sobre aquellos que tienen que luchar con realidades, fuera de los muros sacrosantos de un edificio oficial. ¡Qué irreales fantasmas debíamos de ser nosotros para él! Simples símbolos que encajar en los libros y en los pesados registros: entidades sin cerebro, sin músculos, sin inquietudes, casi sin utilidad, y desde luego inferiores.

Aunque, en realidad, no hay por qué hablar de servicios leales, pues éstos se hacen por amor propio, por amor al barco, por amor a la vida que se ha elegido, y no por la recompensa.

- Es decir...La verdad es que de nada, bueno ni malo, se debe hacer demasiado caso en esta vida.
- La vida a media máquina -murmuré perversamente- no está al alcance de todo el mundo.
- Todavía debes considerarte feliz si puedes mantenerte a esa velocidad moderada -me replicó, con su aire virtuoso- Y todavía hay más: es preciso que un hombre luche contra la mala suerte, contra sus errores, su conciencia y otras zarandajas por el estilo. Si no, ¿contra qué luchará uno?

(Configuran las líneas generales de un estado de inexperiencia sobre los rasgos de la ingenuidad, honradez, impulsividad y autoconfianza, a los que también podría unirse una dosis de idealismo... Es la nueva madurez adquirida por su capitán, quien ahora sabe de sus propias limitaciones y también de su propia valía real, la cual depende no de ilusiones, sino de la firmeza con que en el futuro sea capaz de adherirse a un código de conducta exigente).


miércoles, 16 de marzo de 2016

Un millón de gotas. Víctor del Árbol.

Y sin embargo, entonces cruzó aquella línea roja que ella misma había trazado: puedes fantasear con las vidas que quieras, pero esta es la que tienes, la que has elegido y por la que debes pelear. rompió la regla y tuvo un romance de varios meses con un viejo amigo de la universidad, de esos que reaparecen en tu vida para convencerte de que te perdiste algo en el pasado y que todavía estás a tiempo de recuperarlo.

... Y él creía en la arrogancia de las palabras. Sobrevaloraba su uso, sin darse cuenta de que las palabras son a veces como cristales rotos, y que no puedes empujar a alguien a caminar sobre ellas con los pies desnudos.

Tiene más posibilidades de salir de esto con vida que cualquiera de nosotros.
- ¿A qué precio?
Claude le miró como si fuese un loco o un niño que no comprendía lo que veía ante sus propias narices.
- Al que sea preciso, Elías. Uno sólo puede arrepentirse de sus actos si tiene una vida que llenar con remordimientos. Y para eso, hay que salir de aquí.

Gestos inútiles, créeme. No hay héroes en el infierno, y es ahí adonde vamos.
Ígor soltó despacio el rostro compungido de Elías. Acercó el libro a la linterna de petróleo y dejó que la llama cobrase vida lamiendo sus páginas.
- NO voy a quitarte el abrigo. Esperaré aquí sentado a que vengas a suplicarme que lo acepte. Y cuando lo haga, lo utilizaré como sudario para enterrarte.

Era todo pasión, y eso significaba que era un hombre libre.

Las casualidades sólo son una apariencia en la que se escudan los que no necesitan saber más.

La memoria es algo prodigioso. Inventa como quiere el relato de una vida, utiliza lo que le conviene y desecha lo que le estorba, y es como si nada hubiese existido.

- Acabas de decirle a esa niña que yo maté a su madre. 
- ¿Y no es cierto? Suena horrible, porque lo es. Hicimos lo que teníamos que hacer para sobrevivir. Como ahora. Y cuando todo esto pase nos juzgarán con mucha dureza, te lo aseguro. Tus hijos y tus nietos te señalarán con el dedo, te llamarán salvaje y asesino. De mí dirán cosas peores, lo sé. Y tendrán razón, pero ningún de ellos estará aquí, ni en Názino. Los jueces siempre juzgan desde su atalaya. Con un poco de suerte, si la moneda cae de cara, otros escribirán que fuiste un héroe de la Revolución...

Alguien empujó a tu padre a una dicotomía irresoluble: el héroe y sus virtudes contra el hombre y sus necesidades. Venció el monstruo, tu padre tomó su elección: vivir...

Los hombre astutos nunca imponen su voluntad. Hacen creer a los demás que actúan motu propio. El esclavo más fiel es aquel que se siente libre.

...Incapaz de asumir que aunque intentes ponerte de perfil, la vida no se olvida que estás ahí y te lo hace saber, a menudo de forma injusta.

La juventud sólo humilla la vejez de los que no han vivido suficientes vidas.

Peones blancos y negros prescindibles en una y otra vanguardia con tal de salvaguardar los movimientos de las piezas maestras.

Un aria no es muy distinta al grito de guerra de cualquier batalla, expresa la misma potencia desesperada y a menudo habla de las mismas cosas: el miedo, el valor, el heroísmo. Pero lo que es bel canto en un escenario es salvajismo en un campo repleto de fango, explosiones y muertos. Eso es ser civilizado, y le reconozco muchas ventajas. Por ejemplo, he aprendido que el verdadero dolor se inflige con una aguja y no con un hacha..

Y cuando finalmente Siaka empuñó el arma y pensó que después de todo se había equivocado al mantenerse firme en su convicción de no ceder al chantaje de Luis. Pensó que las convicciones sólo sirven para morir más arropado.