domingo, 27 de noviembre de 2022

El tiempo recobrado. Marcel Proust.

Las gentes van generalmente a sus diversiones sin pensar nunca que, si cesaran las influencias debilitantes y moderadoras, la proliferación de los infusorios llegaría al máximo, es decir, daría en unos días un salto de varios millones de leguas, pasaría de un milímetro cúbico a una masa de un millón de veces más grande que el sol, destruyendo al mismo tiempo todo el oxígeno, todas las sustancias de que vivimos, y ya no habría ni humanidad, ni animales, ni tierra, o sin pensar que una irremediable y verosímil catástrofe podrá producirse en el éter por la actividad incesante y frenética que oculta la aparente inmutabilidad del sol; se ocupan de sus asuntos sin pensar en esos dos mundos, el uno demasiado pequeño, el otro demasiado grande para que perciban las amenazas cósmicas que se ciernen en torno a nosotros.

La lógica de la pasión, aunque esté al servicio del mejor derecho, no es nunca irrefutable para el que no está apasionado… La satisfacción que causa a un imbécil su derecho y la certidumbre del éxito nos irritan profundamente.

… porque la vida nos decepciona de tal modo que acabamos por creer que la literatura no tiene ninguna relación con ella y nos asombra ver que las preciosas ideas que hemos visto en ellos libros se manifiestan, sin miedo de estropearse, gratuitamente, naturalmente, en plena vida cotidiana…

Así, cuando estudiamos ciertos períodos de la historia antigua, nos sorprende ver seres individualmente buenos participando sin escrúpulo en asesinatos en masa, en sacrificios humanos, que probablemente les parecían cosas naturales. Seguramente al que lea dentro dos mil años la historia de nuestra época le extrañará encontrar igualmente ciertas conciencias tiernas y puras bañadas en un medio vital que le parecerá monstruosamente pernicioso y al cual se acomodaban.

En este libro donde no hay ni un solo hecho que no sea ficticio, donde no hay un solo personaje <<con clave>>, donde todo ha sido inventado por mí según las necesidades de mi demostración, debo decir en elogio de mi país que únicamente los parientes millonarios de Francisca que dejaron su retiro para ayudar a la sobrina desamparada son personajes reales, personas que existen. Y convencido de que su modestia no se ofenderá, por la sencilla razón de que nunca leerán este libro, transcribo aquí su nombre verdadero con infantil placer y profunda emoción, ya que no puedo citar los nombres de tantos otros que debieron de actuar de la misma manera y por los cuales ha sobrevivido Francia…

… pero entre el recuerdo que nos vuelve bruscamente y nuestro estado actual, lo mismo que entre dos recuerdos de años, de lugares, de horas distintas, la distancia es tan grande que bastaría, aun prescindiendo de una originalidad específica, para hacerlos incomparables unos con otros. Sí, si el recuerdo, gracias al olvido, no ha podido contraer ningún lazo, echar ningún eslabón entre él y el minuto presente; si ha permanecido en su lugar, en su fecha; si ha guardado las distancias, el aislamiento en el seno de un valle o en la punta de un momento, nos hace respirar de pronto un aire nuevo, precisamente porque es un aire que respiramos en otro tiempo, ese aire más puro que los poetas han intentado en vano hacer reinar en el paraíso y que sólo podría dar esa sensación profunda de renovación si lo hubiéramos respirado ya, pues los verdaderos paraísos son los paraísos que hemos perdido.

Esto explicaba que mis inquietudes sobre mi muerte hubieran cesado en el momento en que reconocí inconscientemente el sabor de la pequeña madalena, porque en aquel momento el ser que yo había sido era un ser extratemporal, despreocupado por lo tanto de las vicisitudes del futuro. Aquel ser no había venido nunca a mí, no se había manifestado jamás sino fuera de la acción, del goce inmediato, cada vez que el milagro de una analogía me había hecho evadirme del presente. Sólo él tenía el poder de hacerme recobrar los días antiguos, el tiempo perdido, ante lo cual los esfuerzos de mi memoria y de mi inteligencia fracasaban siempre… en el transcurso de mi vida, la realidad me decepcionó muchas veces porque, en el momento de percibirla, mi imaginación, que era mi único órgano para gozar de la belleza, no podía aplicarse a ella, en virtud de la ley inevitable que dispone que sólo se pueda imaginar lo que está ausente. Y he aquí que, de pronto, el efeto de esta dura ley quedaba neutralizado, suspendido, por un expediente maravilloso de la naturaleza, que hizo espejear una sensación -ruido del tenedor y del martillo, igual título de libro, etc.- a la vez en el pasado, lo que permitiría a mi imaginación saborearla,  en el presente, donde la sacudida efectiva de mi sentido por el ruido, el contacto de la servilleta, etc., añadió a los sueños de la imaginación aquello de que habitualmente carecen: la idea de existencia, y , en virtud de este subterfugio, permitió a mi ser lograr, aislar, inmovilizar -el instante de un relámpago- lo que no apresa jamás: un poco de tiempo en estado puro. El ser que renació en mí cuando, con tal estremecimiento de felicidad, percibí el ruido común a la vez a la cuchara que choca con el plato y al martillo que golpea la rueda, a la desigualdad de las losas del patio de Guermantes y del bautisterio de San Marcos, etcétera, ese ser se nutre sólo de la esencia de las cosas, sólo en ella encuentra su subsistencia, sus delicias, languidece en la observación del presente donde los sentidos no pueden llevarla, en la consideración de un pasado que la inteligencia le deseca, en la espera de un futuro que la voluntad construye con fragmentos del presente y del pasado a los que quita además parte de su realidad no conservando de ellos más que lo que conviene al fin utilitario, estrechamente humano, que les asigna. Pero si un ruido, un olor, ya oído o respirado antes, se oye o se respira de nuevo, a la vez en el presente y en el pasado reales sin ser actuales, ideales sin ser abstractos, en seguida se encuentra liberada la esencia permanente y habitualmente oculta de las cosas, y nuestro verdadero yo, que, a veces desde mucho tiempo atrás, parecía muerto, pero no lo estaba del todo, se despierta, se anima al recibir el celestial alimento que le aportan. Un minuto liberado del orden del tiempo ha recreado en nosotros, para sentirlo, al hombre liberado del orden del tiempo. Y se comprende que este hombre sea confiado en su alegría, aunque el simple sabor de una magdalena no parezca contener lógicamente las razones de esa alegría; se comprende que la palabra <<muerte>> no tenga sentido para él; situado fuera del tiempo, ¿qué podría temer del futuro?

De suerte que lo que el ser tres o cuatro veces resucitado en mí acababa de gustar era quizá fragmentos de existencia sustraídos al tiempo, pero esta contemplación, aunque de eternidad, era fugitiva. Y, sin embargo, sentí que el goce que, con raros intervalos, me había producido en mi vida, era el único fecundo y verdadero.

… una cosa que vimos en cierta época, un libro que leímos, no sólo permanece unido para siempre a lo que había en torno nuestro; queda también fielmente unido a lo que nosotros éramos entonces, y ya no puede ser releído sino por la sensibilidad, por la persona que entonces éramos; si yo vuelvo a coger en la biblioteca, aunque sólo sea con el pensamiento, François le Champi, inmediatamente se levanta en mí un niño que ocupa mi lugar, que sólo él tiene derecho a leer ese título: François le Champi, y que lo lee como lo leyó entonces, con la misma impresión del tiempo que hacía en el jardín, con los mismo sueños que formaba entonces sobre los países y sobre la vida, con la misma angustia del futuro… la primera edición de una obra hubiera sido para mí más valioso que las demás, pero entendiendo por primera edición aquella en que la leí por primera vez… y si yo tuviera todavía el François le Champi que mamá sacó un día del paquete de libros que mi abuela iba a regalarme por mi cumpleaños, no lo miraría nunca: tendría demasiado miedo de ir insertando poco a poco en él mis impresiones de hoy, de que se fuera convirtiendo en una cosa del presente hasta el punto de que, cuando yo le pidiera que suscitase una vez más al niño que descifró su título en el cuartito de Combray, el niño, no reconociendo su acento, no respondiera ya a su llamada y permaneciera para siempre enterrado en el olvido.

Así se habían sucedido los partidos y las escuelas, adhiriéndose siempre a ellos los mismos cerebros, hombre de una inteligencia relativa, siempre inclinados a los entusiasmos de los que se abstienen otras mentes más escrupulosas y más difíciles en cuestión de pruebas. Desgraciadamente, y por lo mismo que los otros no son más que semiinteligencias, necesitan completarse en la acción y por eso actúan más que las mentes superiores, atraen a la multitud y crean en torno suyo no sólo las famas desorbitadas y los desdenes injustificados, sino las guerras civiles y las guerras exteriores, que un poco de autocrítica port-royalista debería evitar.

La imaginación, el pensamiento pueden ser máquinas admirables en sí, pero pueden ser inertes. El sufrimiento las pone entonces en marcha. Y los seres que nos sirven de modelo para el dolor ¡nos conceden sesiones tan frecuentes, en ese taller al que sólo vamos en esos períodos y que está en el interior de nosotros mismos! Estos períodos son como una imagen de nuestra vida con sus diversos dolores. Pues también ellos los contienen diferentes, y en el momento en que creíamos que era tranquilo, uno nuevo. Uno nuevo en todos los sentidos de la palabra: quizá porque esas situaciones imprevistas nos obligan a entrar más profundamente en contacto con nosotros mismos, esos dilemas dolorosos que el amor nos plantea a cada instante nos instruyen, nos descubren sucesivamente la materia de que estamos hechos.

En realidad, cada lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo. La obra del escritor no es más que una especie de instrumento óptico que ofrece al lector para permitirle discernir lo que, sin ese libro, no hubiera podido ver en sí mismo. El reconocimiento en sí mismo, por el lector, de lo que el libro dice es la prueba de la verdad de éste, y viceversa, al menos hasta cierto punto, porque la diferencia entre los dos textos se puede atribuir, en muchos casos, no al autor, sino al lector. Además, el libro puede ser demasiado sabio, demasiado oscuro para el lector sencillo y no ofrecerle más que un cristal borroso con el que no podrá leer.

Si siempre me interesaron tanto los sueños que tenemos durmiendo… y quizá el sueño me había fascinado también por el formidable juego que hace con el Tiempo. ¿No había visto yo muchas veces en una noche, en un minuto de una noche, tiempos muy lejanos, relegados a esas distancias enormes donde ya no podemos distinguir nada de los sentimiento que en ellos sentíamos, precipitarse a toda velocidad sobre nosotros, cegándonos con su claridad, como si fueran aviones gigantescos en lugar de las pálidas estrellas que creíamos, hacernos ver de nuevo todo lo que habían contenido para nosotros, dándonos la emoción, el choque, la claridad de su vecindad inmediata, que han recobrado, una vez despiertos, la distancia milagrosamente franqueada, hasta hacernos creer, erróneamente por lo demás, que eran una de las manera de recobrar el Tiempo perdido?

Bien pensado, la materia de mi experiencia, que sería la materia de mi libro, procedía de Swann no sólo por todo lo que se refería a él mismo y a Gilberta, sino que fue él quien me dio ya en Combray el deseo de ir a Balbec, a donde de no ser por resto, no les habría ocurrido a mis padre la idea de mandarme, y yo no habría conocido a Albertina, ni siquiera a los Guermantes, puesto que mi abuela no habría encontrado a madame Villparisis, ni yo habría conocido a Saint-Loup y a Monsieur de Charlus, por los cuales conocí a la duquesa de Guermantes y por ésta a su prima, de suerte que mi presencia misma en este momento en casa del príncipe de Guermantes, donde acababa de ocurrírseme de pronto la ida de mi obra (de donde resultaba que debía a Swann no sólo la materia, sino la decisión), procedía también de Swann… si alguna vez lo pensamos bien, resulta que toda nuestra vida y nuestra obra salieron de una palabra que nos dije en el aire.

Y todos esos diferentes planos con arreglo a los cuales el Tiempo, desde que yo acababa de recobrarlo en aquella fiesta, disponía mi vida, haciéndome pensar que, en un libro que se propusiera contar una, habría que emplear, en lugar de la psicología plana que se aplica generalmente, una especie de psicología del espacio, daban sin duda una belleza nueva a esas resurrecciones que mi memoria operaba mientras estaba solo en la biblioteca, porque la memoria, al introducir el pasado en el presente sin modificarlos, tal como era cuando era presente, suprime precisamente esa gran dimensión del Tiempo con arreglo a la cual se realiza la vida.

El tiempo incoloro e inasible, para que yo pudiese, por así decirlo, verlo y tocarlo, se había materializado en ella y la había modelado como una obra maestra, mientras que, paralelamente, en mí, no había hecho, ¡ay!, más que su obra.

… después de la muerte, el Tiempo se reitera del cuerpo, y los recuerdos tan indiferentes, tan empalidecidos, se borran en la que ya no existe y pronto se borrarán en aquel a quien aún torturan, pero en el cual acabarán por perecer cuando deje de sustentarlo el deseo de un cuerpo vivo.

jueves, 27 de octubre de 2022

La fugitiva. Marcel Proust.

Pero lo que se llama experiencia no es más que la revelación a nuestros propios ojos de un rasgo de nuestro carácter, que reaparece naturalmente y reaparece con tanta más fuerza cuanto que lo hemos dilucidado ya una vez para nosotros mismos, y el movimiento espontáneo que nos guio la primera vez está reforzado por todas las sugerencias del recuerdo. Para los individuos (y hasta para los pueblos que perseveran en sus faltas y van agravándolas) el plagio humano más difícil de evitar es el plagio de sí mismo.

 

Los vínculos entre un ser y nosotros no existen más que en nuestro pensamiento. La memoria, al debilitarse, los afloja, y, a pesar de la ilusión con que quisiéramos engañarnos y con la que, por amor, por amistad, por finura, por respeto humano, por deber, engañamos a los demás, existimos solos. El hombre es el ser que no puede salir de sí mismo, que sólo en sí mismo conoce a los demás, y, al decir lo contrario, miente.

 

¿no sufren menos por desear menos, por añorar menos lo que siempre les fuera inasequible y que, por eso mismo, permaneció como irreal? Se desea más a la persona que va a entregarse, la esperanza anticipa la posesión; la añoranza es un amplificador del deseo.

 

… nuestras sensaciones, para ser fuertes, tienen que provocar en nosotros algo diferente de ellas, un sentimiento que no podrá satisfacerse en el placer, sino que se suma al deseo, lo infla, le hace agarrarse desesperadamente al placer.

 

Y sentí una vez más, en primer lugar, que el recuerdo no es inventivo, que es importante para desear otra cosa, ni siquiera otra cosa menor que lo que hemos poseído; después, que es espiritual, de suerte que la realidad no puede proporcionarle el estado que busca; por último, que el renacimiento que encarna, derivándose de una persona muerta, más que la necesidad de amar, en la que hace creer, es la necesidad de la ausente.

 

Así como hay una geometría en el espacio, hay una psicología del tiempo en la que los cálculos de una psicología plana ya no serían exactos, porque en ellos no se tendría en cuenta el tiempo y una de las formas que adopta, el olvido; el olvido cuya fuerza comenzaba yo a sentir y que es tan poderoso instrumento de adaptación a la realidad porque destruye poco a poco en nosotros el pasado superviviente que está en constante contradicción con ella… Cuando, por la diferencia que había entre lo que la importancia de su persona y de sus actos era para mí y para los demás, comprendí que mi amor, más que un amor a ella, era un amor en mí, habría podido deducir diversas consecuencias de ese carácter subjetivo de mi amor, y que, siendo un estado mental, podía sobre todo sobrevivir bastante tiempo a la persona, pero también que, no teniendo con esta persona ninguna verdadera unión, careciendo de todo apoyo ajeno a sí mismo, debería, como todo estado mental, hasta los menos duraderos, encontrarse un día fuera de uso, ser <<sustituido>>, y que, ese día, todo lo que parecía unirme tan dulcemente, tan indisolublemente al recuerdo de Albertina, ya no existiría para mí. La desgracia de los seres es que no son para nosotros más que unas láminas de colección que se gastan mucho en nuestro pensamiento. Precisamente por esto fundamos en ellos proyectos que tienen el ardor del pensamiento; pero el pensamiento se cansa, el recuerdo se destruye.

 

Sólo tenemos del mundo unas visiones informes, fragmentarias, que completamos con asociaciones de ideas arbitrarias, creadoras de peligrosas sugestiones.

 

Quizá me consolaba más fácilmente comprobar que la que yo había amado no era ya, pasado cierto tiempo, más que un pálido recuerdo que volver a encontrar en mí esa vana actividad que nos hace perder el tiempo en tapizar nuestra vida con una vegetación humana vivaz pero parásita, que también pasará a no ser nada cuando muera, que ya es ajena a todo lo que hemos conocido y a la que, sin embargo, intenta agradar nuestra senilidad charlatana, melancólica y coqueta. Había hecho su aparición en mí el nuevo ser que soportaba fácilmente vivir sin Albertina, puesto que había podido hablar de ella en casa de los Guermantes con palabras afligidas, sin sufrimiento profundo. La posible llegada de estos nuevos yos que deberían llevar otro nombre distinto del anterior me había asistido siempre, por su indiferencia a lo que yo amaba.

 

Si nuestro afecto a los muertos se va debilitando, no es porque ellos se hayan muerto, sino porque morimos nosotros mismos.

 

No podemos ser fieles sino a aquello de que nos acordamos, y no nos acordamos más que de lo que hemos conocido. Mi nuevo yo, mientras iba creciendo a la sombre del antiguo, le había oído a menudo hablar de Albertina; a través de él, a través de los relatos que de él recogía, creía conocerla, le era simpática, la amaba; pero no era más que un cariño de segunda mano.

 

En paz duermen los muertos en la tierra.

Así deben dormir los sentimientos muertos,

Que también polvo son las reliquias del alma;

Apartemos las manos de esos sagrados restos.

 

Ocurre que, incluso cuando malas noticias deben entristecernos, en la distracción, en el juego equilibrado de la conversación, pasan ante nosotros sin detenerse, y nosotros, preocupados por mil cosas que hemos de contestar, transformados en otro por el deseo de agradar a las personas presentes, protegidos durante unos momentos en ese nuevo ciclo contra los afectos, los sufrimientos que hemos dejado para entrar aquí y que volvemos a encontrar una vez roto el breve encanto, no tenemos tiempo de acogerlos. Sin embargo, si esos afectos, si esos sufrimientos son demasiado predominantes, entramos siempre distraídos en la zona de un mundo nuevo momentáneo, donde, demasiado fieles al sufrimiento, no podemos ser otro; entonces las palabras se ponen inmediatamente en relación con nuestro corazón, que no ha quedado al margen... Ni siquiera se puede pensar completamente, porque no se está solo.

 

¿Por qué creerla? La mentira es esencia a la humanidad. Quizá desempeñada en ella un papel tan grande como la búsqueda de la felicidad, y además es esta búsqueda quien la dirige. Mentimos por proteger nuestro placer, o nuestro honor cuando la divulgación del placer es contraria al honor. Mentimos toda la vida, incluso, sobre todo, quizá solamente, a los que nos aman. Pues sólo estos nos hacen temer por nuestro placer y desear su estimación.

 

… debí pensar que hay, uno frente a otro, dos mundos, uno constituido por las cosas que dicen los seres mejores, los más sinceros, y detrás de él el mundo compuesto por la sucesión de lo que esos mismos seres hacen.

 

El hombre es ese ser sin edad fija, ese ser que tiene la facultad de tornarse en unos segundos muchos años más joven, y que, rodeado por las paredes del tiempo en que ha vivido, flota en él, pero como en un estanque cuyo nivel cambiara constantemente y le pusiera al alcance ya de una época, ya de otra.

 

Pero esto, esas indiscreciones que sólo se producen cuando la vida terrestre de una persona ha terminado, ¿acaso no demuestran que, en el fondo, nadie cree en una vida futura? Si esas indiscreciones son ciertas deberíamos temer el resentimiento de aquella cuyos actos descubrimos y temerlo tanto para el día en que la encontraremos en el cielo cmo lo temíamos cuando vivía, cuando nos creíamos obligados a ocultar su secreto. Y si esas indiscreciones son falsas, inventadas, porque ella ya no está aquí para desmentir, deberíamos temer más aún la ira de la muerta si la creyéramos en el cielo. Pero nadie lo cree.

 

¡cuánto más espesa es la cortina interpuesta entre las acciones que vemos de esa persona y sus móviles!... Y esa cortina que cubre los móviles de otro, ¡cuánto más impenetrable es si tenemos amor a esa persona!

 

Y entre todas las razones de tener con nosotros una actitud inexplicable hay que incluir esas singularidades de carácter que llevan a una persona, bien por negligencia de su interés, bien por odio, bien por amor a la libertad, bien por bruscos arrebatos de ira o por temor de lo que pensarán ciertas personas, a hacer lo contario de lo que pensábamos. Y además hay diferencias de medio, de educación, en las que no queremos creer porque, cuando hablamos los dos, se borran en las palabras, pero que reaparecen cuando está uno solo, para dirigir los actos de cada uno desde un punto de vista tan opuesto que no hay verdadera coincidencia posible.

viernes, 21 de octubre de 2022

El Club Dumas. Arturo Pérez-Reverte (relectura)

Ahora la lluvia arreciaba afuera, y las gotas de agua, en la ventana, descomponían en pequeños reflejos la escasa luz exterior, cribando las sábanas de puntos móviles, regueros negros, sombras minúsculas que se desplomaban sin rumbo, como los jirones de una vida.

martes, 4 de octubre de 2022

La prisionera. Marcel Proust.

… leía mucho cuando estaba sola y me leía a mí cuando estaba conmigo. Se había vuelto muy inteligente. Decía, equivocándose por lo demás:

-Me aterra pensar que, de no ser por ti, habría seguido siendo una tonta. No lo niegues, tú me has abierto un mundo de ideas que yo ni sospechaba, y lo poco que soy ahora te lo debo a ti, nada más que a ti.

 

Entonces, notando que su sueño era total, que no iba a tropezar con escollos de conciencia ahora cubiertos por la pleamar del sueño profundo, deliberadamente me subía sin ruido a la cama, me acostaba al lado de ella, le rodeaba la cintura con mi brazo, posaba los labios en su mejilla y sobre su corazón.

 

Los celos son una sed de saber gracias a la cual acabamos por tener sucesivamente, sobre puntos aislados unos de otros, todas las nociones posibles menos la que quisiéramos. Nunca sabemos si va a nacer una sospecha, pues de pronto recordamos una frase que no era clara, una coartada que nos dieron no sin intención.

 

Por eso en el amor, como en la vida habitual, no se debe temer sólo el porvenir, sino también el pasado, que muchas veces no se realiza para nosotros hasta después del porvenir, y no hablamos solamente del pasado que conocemos inmediatamente, sino del que hemos conservado desde hace mucho tiempo en nosotros y que de pronto aprendemos a leer.

 

Los celos son también un demonio al que no se puede exorcizar, y reaparece siempre, encarnado bajo una nueva forma. Y aunque pudiéramos llegar a exterminarlas todas, a conservar perpetuamente a la que amamos, el Espíritu del Mal tomaría entonces otra forma aún más patética, el desconsuelo de no haber logrado la fidelidad más que por la fuerza, el desconsuelo de no ser amado.

 

Habitualmente detestamos lo que no se nos parece, y nuestros propios defectos, visto desde fuera, nos exasperan.

 

Se ha dicho que la belleza es una promesa de felicidad. Inversamente, la posibilidad del placer puede ser un comienzo de belleza.

 

Pues la memoria , en vez de un ejemplar duplicado, siempre presente ante nuestros ojos, de los diversos hechos de nuestra vida, es más bien un vacío del que cuando en cuando una similitud actual nos permite sacar, resucitados, recuerdos muertos; pero hay, además, mil pequeños hechos que no han caído en esa virtualidad de la memoria y que permanecerán siempre incontrolables para nosotros. No prestamos ninguna atención a lo que ignoramos de la vida real en torno a la persona amada, olvidamos inmediatamente lo que nos ha dicho de un hecho o de unas personas que no conocemos, así como su actitud al decírnoslo. Por eso cuando, posteriormente, esas mismas personas suscitan nuestros celos, para saber si no se engañan, si es a ellas a quien deben achacar una impaciencia de la amada por salir, un descontento de que se lo hayamos impedido volviendo demasiado pronto, nuestros celos, hurgando en el pasado para sacar deducciones, no encuentran nada en él; siempre retrospectivos, son como un historiador que se pone a escribir una historia para la cual no hay ningún documento; siempre retrasados, se precipitan como un toro furioso allí donde no se encuentra la persona orgullosa y brillante que los irrita con sus picadura y cuya magnificencia, cuya astucia, admira la multitud cruel. Los celos se debaten en el vacío, inciertos como lo estamos en esos sueños en los que sufrimos por no encontrar en su casa vacía a una persona que hemos conocido bien en la vida, pero que aquí acaso es otra que ha tomado solamente el exterior de otro personaje, inciertos como lo estamos más aún cuando, ya despiertos, intentamos identificar tal o cual detalle de nuestro sueño. ¿Cómo estaba nuestra amiga al decirnos aquello? ¿no parecía muy contenta, hasta silbando, cosa que hace solamente cuando tiene algún pensamiento amoroso y nuestra presencia la importuna y la irrita? ¿No nos dijo una cosa que está en contradicción con lo que nos dice ahora, que conocía o no conocía a tal persona? No lo sabemos, no lo sabremos nunca. Nos esforzamos en buscar los retazos inconsistentes de un sueño, y mientras tanto nuestra vida con nuestra amante continúa, nuestra vida distraída ante lo que ignoramos que es importante para nosotros, atenta a lo que acaso no lo es, obsesionada con seres que no tiene verdadera relación con nosotros, llena de olvidos, de lagunas, de vanas ansiedades, nuestra vida semejante a un sueño.

 

Los celos, que tienen una venda en los ojos, no sólo son impotentes para ver nada en las tinieblas que los rodean, son también uno de esos suplicios en los que hay recomenzar siempre la tarea.

 

A nuestros pies, nuestras sombras paralelas, luego juntas, formaban un dibujo precioso. Ya me parecía maravilloso, en la casa, que Albertina viviera conmigo, que fuera ella quien se acostara en mi cama. Pero era como la exportación de esto al exterior, en plena naturaleza, que, junto al lago del Bois que tanto me gustaba, al pie de los árboles, fuera precisamente su sombra, la sombra pura y simplificada de su pierna, de su busto, lo que el sol pintara a la aguada junto a la mía sobre la arena del paseo. Y en la fusión de nuestras sombras encontraba yo un encanto sin duda más inmaterial, pero no menos íntimo que en la aproximación, en la fusión de nuestros cuerpos.

 

En cambio, los mentirosos lo son rara vez, y, entre los mentirosos, especialmente la mujer que amamos. Ignoramos dónde ha ido, qué ha hecho. Pero en el momento mismo en que está hablando, en que está hablando de otra cosa bajo la cual hay lo que no dice, percibimos instantáneamente la mentira y se agudizan nuestros celos, porque notamos la mentira y no llegamos a saber la verdad… la sensación de mentira la daban muchas particularidades que ya hemos visto en el transcurso de este relato, pero principalmente que, cuando mentía, su relato pecaba, bien por insuficiencia, omisión, inverosimilitud, bien, al contrario, por exceso de pequeños hechos destinados a hacerlo verosímil. La verosimilitud, a pesar de la idea que se hace el mentiroso, no es enteramente la verdad. Cuando, escuchando algo verdadero, oímos algo que es solamente verosímil, que acaso lo es más que lo verdadero, que quizá es incluso demasiado verosímil, el oído un poco músico siente que no es aquello, como ocurre con un verso cojo, o una palabra leída en alta voz por otro. El oído lo siente, y si estamos enamorados, el corazón se alarma.

 

… el testimonio de los sentidos es una operación mental en la que la convicción crea la evidencia.

 

… el error es más obstinado que la fe y no analiza sus creencias.

 

El universo es verdadero para todos nosotros y diferencia para cada uno.

 

… no es un universo el que se despierta cada mañana, son millones de universos, casi tantos como pupilas e inteligencias humanas.

 

Pero a poco orgullo que éste tenga, y aunque una separación hubiera de costarle la vida, no responderá a una supuesta traición con un gesto efusivo y se alejará o, sin alejarse, se esforzará por fingir frialdad. De suerte que todo lo que la amante le hace sufrir es en perjuicio de ella. Si, por el contrario, disipa ella con una palabra hábil, con tiernas caricias, las sospechas que le torturaban aunque quisiera hacerse el indiferente, seguramente el amante no experimenta esa intensificación desperada del amor a la que los celos le llevan, sino que, dejando bruscamente de sufrir, dichoso, enternecido, con el sosiego que sentimos cuando ha pasado la tormenta y ha caído la lluvia y apenas oímos todavía, bajo los grandes castaños, caer a largos intervalos las gotas suspendidas que ya el sol colorea, no sabe cómo expresar su gratitud a la que le ha curado.

 

Las mentiras, , de la que están hechas todas las conversaciones, aunque tan a menudo logre engañar, no oculta un sentimiento de inamistad, o de interés, o una visita que se quiere aparentar no deseada, o una escapada con una querida sin que lo sepa la mujer tan perfectamente como una buena fama tapa una malas costumbres sin dejarlas adivinar. Pueden permanecer ignoradas toda la vida; hasta que una noche la casualidad de un encuentro las descubre; y aun a veces no se entiende bien la cosa, y es preciso que un tercero enterado nos dé la incógnita palabra que todos ignoran.

 

Pero entonces, ¿no es verdad que esos elementos, todo ese residuo real que nos vemos obligados a guardar para nosotros mismos, que la conversación no puede transmitir ni siquiera del amigo al amigo, del maestro al discípulo, del amante a la amada, esa cosa inefable que diferencia cualitativamente lo que cada uno ha sentido y que tiene que dejar en el umbral de las frases donde no puede comunicar con toro si no limitándose a puntos exteriores comunes a todos y sin interés, el arte el arte de un Vinteuil como el de un Elstir, le hace surgir, exteriorizando en los colores del espectro la composición íntima de esos mundos que llamamos los individuos y que sin arte no conoceríamos jamás?

 

El único viaje verdadero, el único baño de juventud, no sería ir hacia nuevos paisajes, sino tener otros ojos, ver el universo con los ojos de otro, de otros cien, ver los cien universos que cada uno de ellos ve, que cada uno de ellos es.

 

Y así como algunos seres son los últimos testigos de una forma de vida que la naturaleza ha abandonado, me preguntaba si no sería la música el ejemplo único de lo que hubiera podido ser la comunicación de las almas de no haberse inventado el lenguaje, la formación de las palabras, la formación de las palabras, el análisis de las ideas.

 

… en esos novelistas mediocres que en ciertas épocas ocupan una situación de genio, bien por la mediocridad de sus colegas, entre los que no hay ningún artista superior capaz de demostrar lo que es el verdadero talento, o bien por la mediocridad del público que, aunque existiera una individualidad extraordinaria, sería incapaz de comprenderla.

 

… sólo encontraba un consuelo para sus penas: matar la felicidad de los demás.

 

Por eso a veces, leyendo la nueva obra maestra de un hombre de talento, nos complacemos en encontrar en ella todas las reflexiones nuestras que habíamos despreciado, alegrías, tristezas que habíamos contenido, todo un mundo de sentimientos desdeñado por nosotros y de cuyo valor nos informa de pronto el libro donde los reconocemos. Había acabado por aprender de la existencia de la vida que estaba mal sonreír afectuosamente, y no tenérselo en cuenta, cuando alguien se burlaba de mí. Pero aunque había dejado de expresar esta falta de amor propio y de rencor hasta el punto de ignorar casi completamente esa condición mía, no por eso dejaba de estar inmerso en el medio vital primitivo.

 

…unas palabras que no distinguí bien… Oímos retrospectivamente cuando hemos comprendido.

 

Parece que los acontecimientos son más vastos que el momento en el que ocurren y en el que no caben enteros. Cierto que rebasan hacia el porvenir por la memoria que de ellos conservamos, pero también requieren un lugar en el tiempo que los precede. Cierto que se dirá que entonces no los vemos tales como serán, pero ¿acaso no los modifica también el recuerdo?

miércoles, 31 de agosto de 2022

La mujer helada. Ernaux Annie.

"El interior, el apartamento, él debía representárselo como la imagen bien perfilada de un refugio, y no como la de un lugar que ordenar constantemente, que le asalta a uno en cuanto entra, los paquetes que colocar, la comida del pequeño que preparar, el baño. No habitábamos el mismo apartamento, a fin de cuentas."

martes, 30 de agosto de 2022

La ciudad de los prodigios. Eduardo Mendoza.

Los hombres rara vez se explican y cuando lo hacen, lo hacen mal.

Han de pasar muchos años y hay una infinidad de cosas que hacer antes: destruir todo lo que existe, ahí es nada. Acabar con la opresión y el Estado, que la hace posible y la fomenta; con la policía y con el Ejército; con la propiedad privada y con el dinero; con la Iglesia y con la enseñanza que ahora se imparte, ¿qué sé yo? Por lo menos hay aquí para cincuenta años de trabajo, ya ves lo que te digo.

Yo creía que siendo malo tendría el mundo en mis manos y sin embargo me equivocaba: el mundo es peor que yo.