viernes, 21 de enero de 2011
Tácito.
"Los hombres prefieren devolver un agravio a devolver un favor, porque la gratitud es una carga y la venganza un placer."
La calle de las tiendas oscuras. Patrick Modiano.
" Un expediente andaba rodando por encima de una mesa. A lo mejor era el del hombrecillo moreno de mirada espantada y rostro abotagado que nos había encargado que siguiéramos a su mujer, quien, por las tardes, iba a reunirse con otro hombrecillo moreno de rostro abotagado en una pensión de la calle de Vital, cerca de la avenida de Paul Doumer. Hutte se acariciaba pensativamente la barba, una barba canosa, corta, pero que se le comía las mejillas. Los ojos saltones y claros miraban al vacío. A la izquierda del escritorio, la silla de mimbre en que me sentaba yo durante las horas de trabajo. Detrás de Hutte unas baldas de madera oscura cubrían la mitad de la pared; había en ellas guías telefónicas y anuarios de todo tipo y de los últimos cincuenta años. Hutte me había dicho con frecuencia que eran herramientas de trabajo insustituibles de las que no pensaba desprenderse nunca. Y que esas guías y esos anuarios formaban la más preciada y la más emotiva biblioteca con que pudiera contar nadie, pues sus páginas recogían multitud de seres y multitud de cosas y de mundos desaparecidos, de los que ya sólo esos tomos daban testimonio. "
viernes, 7 de enero de 2011
El Principito. Antoine de Saint-Exupery
Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos, y es el tiempo perdido con tu rosa lo que la hace importante (...) -Ah, principito, cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida melancólica! Durante mucho tiempo tu única distracción fue la suavidad de las puestas de sol. Este nuevo detalle lo supe al cuarto día, cuando me dijiste: -Me gustan mucho las puestas de sol; vamos a ver una puesta de sol -Tendremos que esperar -¿Esperar qué? -que el sol se ponga. -Pareciste muy sorprendido primero, y después te reíste de ti mismo. Y me dijiste: -Siempre Me creo que estoy en mi tierra. En efecto, como todo el mundo sabe, cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se está poniendo el sol. Sería suficiente poder trasladarse a Francia en un minuto para asistir a la puesta del sol, pero desgraciadamente Francia está demasiado lejos. En cambio, sobre tu pequeño planeta te bastaba arrastrar la silla algunos pasos para presenciar el crepúsculo cada vez que lo deseabas. -¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces! Y un poco más tarde añadiste: -¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol. -El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad? Y principito no respondió. (...) Para mi no eres todavía más que en muchachito semejante a 100.000 muchachitos. Y no te necesito, y tu tampoco me necesitas, no soy para ti más que un zorro semejante a 100.000 zorros, pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro, serás para mí único en el mundo, seré para ti único en el mundo. Si me domesticas, mi vida se llenará de sol, conoceré un ruido de pasos que será diferente a todos los otros...tus ruidos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. "
martes, 31 de agosto de 2010
Tirteo.
Que cada hombre se plante firme sobre el terreno con ambos pies, con el rostro hacia el enemigo y mordiéndose los labios, cubriéndose muslos, rodillas ytibias, pecho y hombros con la firme extensión de su escudo.
Que sacuda con bravura su lanza y que la cresta de su yelmo salude con fiereza.
Que despliegue todo su arte en el calor d ela batalla y nunca recule tras su escudo cuando llegan los proyectiles.
Que se plante frente al enemnigo apretando escudo contra escudo, golpeando yelmo con yelmo hasta que las crestas se enreden, y que combata cara a cara, alcanzando con su larga lanza o con su espada al enemigo.
Y tú, infante ligero escondido tras los escudos, lánzales tus piedras y jabalinas, para apoyar el empuje de la infantería pesada.
Que sacuda con bravura su lanza y que la cresta de su yelmo salude con fiereza.
Que despliegue todo su arte en el calor d ela batalla y nunca recule tras su escudo cuando llegan los proyectiles.
Que se plante frente al enemnigo apretando escudo contra escudo, golpeando yelmo con yelmo hasta que las crestas se enreden, y que combata cara a cara, alcanzando con su larga lanza o con su espada al enemigo.
Y tú, infante ligero escondido tras los escudos, lánzales tus piedras y jabalinas, para apoyar el empuje de la infantería pesada.
Javier Marías 29/08/2010 El País semanal.
Uno de los mayores inconvenientes de cumplir años, que rara vez se menciona, es la creciente vergüenza que uno va pasando. Le cabe siempre la duda de si la culpa es suya, por no saber adaptarse a los nuevos usos y tiempos, o si lo es de éstos, es decir, si los que le ha tocado vivir en su edad madura son particularmente grotescos y zafios. En modo alguno descarto la primera posibilidad, pero, sea como sea, me voy dando cuenta de que cada vez soporto menos ver la televisión y leer la prensa, lo cual es grave para quien, por mor de estos artículos (ya ven qué antiguo: ¿quién emplea hoy esa expresión? Y aún es más, ¿cuántos la entienden?), no tiene más remedio que estar al tanto de lo que ocurre. La televisión y la prensa carecen de culpa, claro está, sólo son los mensajeros; o, bueno, quizá sí tienen alguna, en la medida en que indefectiblemente dan cancha y se ocupan de todas las sandeces imaginables. A menudo me pregunto cómo es que sus responsables no se plantan nunca ante la enésima iniciativa idiota -concebidas casi todas precisamente para conseguir “eco mediático”- y dicen: “Esto es una majadería y no tiene cabida como noticia; es más, es una trampa que se nos tiende, no caigamos en ella: nos ahorraremos unas cuantas si sus fautores comprueban que no siempre bailamos a su son ni les hacemos caso”. (Ya sé, ya sé: “fautores”.)
Lo cierto es que, con o sin trampa, cada vez padezco más vergüenza, y, al paso que vamos, no quiero ni imaginar mi grado de sonrojo si vivo otros veinticinco o más años. Huelga hablar de la que me provocan nuestros políticos, en quienes no se sabe qué admirar más, si las memeces y desfachateces que la mayoría suelta de continuo o el lenguaje estropajoso, casi inarticulado, que emplea para soltarlas. Esa vergüenza ya se da por descontada: uno no puede pretender que sean más listos o decentes de lo que son, pero no estaría de más que, antes de lanzarse a vomitar declaraciones, recibieran unas pocas lecciones de sintaxis, gramática y dicción castellanas. Lo peor no es eso, sino lo que se muestra en las noticias “inocuas”. Veo que en un pueblo aragonés la plaza va a llenarse por primera vez en años porque en no sé qué espectáculo innominado -no una digna y codificada corrida- va a medirse con los mozos un vetusto toro llamado Ratón, cuyo mérito estriba en haberse cargado a un hombre en una anterior charlotada. Aparecen babeantes vecinos, entre ellos alguna joven descerebrada que a punto del éxtasis exclama: “¡Ay, estoy loquita, loquita por verlo!” A los pocos días me entero de que Plácido Domingo ha actuado en una ópera en el Teatro Real de Madrid, y de que el público de ese lugar en teoría educado no se ha limitado a aplaudirlo durante más de veinte minutos, sin duda en busca de algún estúpido récord, sino que ha coronado su ovación cantándole “Campeones, oé, oé” desde el patio de butacas. No sé qué me produjo mayor vergüenza, si eso o el propio Domingo dando verónicas con su manto en el escenario. Por las mismas fechas veo la ascensión al Tourmalet durante el Tour de Francia, y estoy a punto de apagar la televisión, sin enterarme del desenlace, por no soportar la contemplación de la caterva de oligos que impiden avanzar a Contador y Schleck, o bien ansían derribarlos: unos van disfrazados de bandera, otros de Batman o de Superratón, otros van casi desnudos, buena parte son vejetes y una parte aún mayor son unos gordos que hacen bambolearse al sprint sus deprimentes carnes (claro está, sprints muy breves).
Pocos días después me dan vergüenza las colas -de hasta siete mil personas por achicharrante jornada- que se forman en la Puerta del Sol para hacerse una foto junto a la Copa del Mundo de fútbol, o su réplica. Pero no es menor la que me ocasiona la aparición de cinco actrices que “interpretan” no sé qué obra clásica en el Teatro de Mérida, recitando todo el texto al unísono y haciendo aspavientos pueriles, como si fuera una función de colegio. A continuación se me enseña a un montón de individuos que, para reclamar más carriles bici, han decidido montarse en las suyas y recorrer las calles… desnudos. No sólo no veo la necesidad, no sólo son unos copiones (la gente hoy se desnuda para protestar contra cualquier cosa o para que la fotografíe en masa un farsante), sino que me da enorme grima figurarme los sillines tras la passeggiata pedaleante. Más tarde se presenta en Marbella o por ahí Michelle Obama, y lo que me causa indescriptible bochorno no es ya la actitud hortera, aldeana, agobiante e innoble de la multitud que la persigue por donde quiera que vaya y que le vocea “¡Eh, Michel!” como si fuera una vecina suya de toda la vida, sino los codazos entre políticos y empresarios indignos para hacerse una miserable foto a su lado, la pasta que pagan para poder decir que han “compartido” cena con ella, sus disputas sobre la pedanía que pisan los pies consortes presidenciales, y, sobre todo, el comportamiento de nuestros medios: he visto abrir las noticias de TVE y otras cadenas con esas imágenes peronistas o franquistas, las mismas que han ilustrado las portadas de periódicos supuestamente no folklóricos. Insisto: seguramente la culpa sea mía y sólo mía, por educado a la antigua, pero no veo posible aguantar veinticinco o más años con un permanente rubor en las mejillas, y en aumento. A este paso, no se me caerá: me estallará la cara.
JAVIER MARÍAS
Lo cierto es que, con o sin trampa, cada vez padezco más vergüenza, y, al paso que vamos, no quiero ni imaginar mi grado de sonrojo si vivo otros veinticinco o más años. Huelga hablar de la que me provocan nuestros políticos, en quienes no se sabe qué admirar más, si las memeces y desfachateces que la mayoría suelta de continuo o el lenguaje estropajoso, casi inarticulado, que emplea para soltarlas. Esa vergüenza ya se da por descontada: uno no puede pretender que sean más listos o decentes de lo que son, pero no estaría de más que, antes de lanzarse a vomitar declaraciones, recibieran unas pocas lecciones de sintaxis, gramática y dicción castellanas. Lo peor no es eso, sino lo que se muestra en las noticias “inocuas”. Veo que en un pueblo aragonés la plaza va a llenarse por primera vez en años porque en no sé qué espectáculo innominado -no una digna y codificada corrida- va a medirse con los mozos un vetusto toro llamado Ratón, cuyo mérito estriba en haberse cargado a un hombre en una anterior charlotada. Aparecen babeantes vecinos, entre ellos alguna joven descerebrada que a punto del éxtasis exclama: “¡Ay, estoy loquita, loquita por verlo!” A los pocos días me entero de que Plácido Domingo ha actuado en una ópera en el Teatro Real de Madrid, y de que el público de ese lugar en teoría educado no se ha limitado a aplaudirlo durante más de veinte minutos, sin duda en busca de algún estúpido récord, sino que ha coronado su ovación cantándole “Campeones, oé, oé” desde el patio de butacas. No sé qué me produjo mayor vergüenza, si eso o el propio Domingo dando verónicas con su manto en el escenario. Por las mismas fechas veo la ascensión al Tourmalet durante el Tour de Francia, y estoy a punto de apagar la televisión, sin enterarme del desenlace, por no soportar la contemplación de la caterva de oligos que impiden avanzar a Contador y Schleck, o bien ansían derribarlos: unos van disfrazados de bandera, otros de Batman o de Superratón, otros van casi desnudos, buena parte son vejetes y una parte aún mayor son unos gordos que hacen bambolearse al sprint sus deprimentes carnes (claro está, sprints muy breves).
Pocos días después me dan vergüenza las colas -de hasta siete mil personas por achicharrante jornada- que se forman en la Puerta del Sol para hacerse una foto junto a la Copa del Mundo de fútbol, o su réplica. Pero no es menor la que me ocasiona la aparición de cinco actrices que “interpretan” no sé qué obra clásica en el Teatro de Mérida, recitando todo el texto al unísono y haciendo aspavientos pueriles, como si fuera una función de colegio. A continuación se me enseña a un montón de individuos que, para reclamar más carriles bici, han decidido montarse en las suyas y recorrer las calles… desnudos. No sólo no veo la necesidad, no sólo son unos copiones (la gente hoy se desnuda para protestar contra cualquier cosa o para que la fotografíe en masa un farsante), sino que me da enorme grima figurarme los sillines tras la passeggiata pedaleante. Más tarde se presenta en Marbella o por ahí Michelle Obama, y lo que me causa indescriptible bochorno no es ya la actitud hortera, aldeana, agobiante e innoble de la multitud que la persigue por donde quiera que vaya y que le vocea “¡Eh, Michel!” como si fuera una vecina suya de toda la vida, sino los codazos entre políticos y empresarios indignos para hacerse una miserable foto a su lado, la pasta que pagan para poder decir que han “compartido” cena con ella, sus disputas sobre la pedanía que pisan los pies consortes presidenciales, y, sobre todo, el comportamiento de nuestros medios: he visto abrir las noticias de TVE y otras cadenas con esas imágenes peronistas o franquistas, las mismas que han ilustrado las portadas de periódicos supuestamente no folklóricos. Insisto: seguramente la culpa sea mía y sólo mía, por educado a la antigua, pero no veo posible aguantar veinticinco o más años con un permanente rubor en las mejillas, y en aumento. A este paso, no se me caerá: me estallará la cara.
JAVIER MARÍAS
miércoles, 18 de agosto de 2010
La estrategia del agua. Lorenzo Silva
"Y eché a andar hacia la entrada. Chamorro cerró con el mando a distancia y me siguió con paso rápido. El agente no reaccionó a tiempo. Y le dio apuro llamarnos a voces cuando ya estábamos dentro de la comisaría. La vida es de los que no piden permiso. Lo había leído en un anuncio de whisky, si no recordaba mal. Funcionaba. A veces."
"¿Sabes lo que más me pudre de esta gente?
Qué.
Su vulgaridad. En el fondo, no hay mucha diferencia entre un narcotraficante y un banquero. Son dos seres cuya vida y cuya conducta se explican en torno a una única pulsión: la codicia. Para impedir que el flujo de pasta se detenga, cuando hay algún riesgo, el banquero ejecuta hipitecas, o soborna al político financiándole la campaña o cualquier otro de sus caprichos. El narco, si puede, unta también, a políticos, a polis o a lo qu ese le ponga a tiro; pero como no puede ejecutar ninguna hipoteca, rompe piernas, pincha barrigas o destapa sesos. No hay, ni en la violencia legal del banquero ni en la ilegal del mafioso, nada de los nobles y naturales impulsos que mueven a un animal a meterle una dentellada o una cornada a otro. Es sólo el puto dinero, y la red de pasiones miserables que se tejen alrededor de él. Desentrañar una muerte en este contexto es algo tan fascinante y tan emocionante como hacer una auditoría de las cuentas de una sucursal."
"Me parece que necesitas otro café. Para subir el ánimo.
Sí. Cheaper than Prozac.
¿Qué?
Más barato que el Prozac. Es lo que pone en la cafetera que tienen en el hospital de House."
"O aguanta los golpes hasta morir o ríndete de inmediato. No vaya a ser que aguantes muchos golpes y al final te rindas."
"¿Sabes lo que más me pudre de esta gente?
Qué.
Su vulgaridad. En el fondo, no hay mucha diferencia entre un narcotraficante y un banquero. Son dos seres cuya vida y cuya conducta se explican en torno a una única pulsión: la codicia. Para impedir que el flujo de pasta se detenga, cuando hay algún riesgo, el banquero ejecuta hipitecas, o soborna al político financiándole la campaña o cualquier otro de sus caprichos. El narco, si puede, unta también, a políticos, a polis o a lo qu ese le ponga a tiro; pero como no puede ejecutar ninguna hipoteca, rompe piernas, pincha barrigas o destapa sesos. No hay, ni en la violencia legal del banquero ni en la ilegal del mafioso, nada de los nobles y naturales impulsos que mueven a un animal a meterle una dentellada o una cornada a otro. Es sólo el puto dinero, y la red de pasiones miserables que se tejen alrededor de él. Desentrañar una muerte en este contexto es algo tan fascinante y tan emocionante como hacer una auditoría de las cuentas de una sucursal."
"Me parece que necesitas otro café. Para subir el ánimo.
Sí. Cheaper than Prozac.
¿Qué?
Más barato que el Prozac. Es lo que pone en la cafetera que tienen en el hospital de House."
"O aguanta los golpes hasta morir o ríndete de inmediato. No vaya a ser que aguantes muchos golpes y al final te rindas."
miércoles, 14 de julio de 2010
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