Pues mira, hijita, si todos los feos tuviéramos la obligación de quitarnos de en medio, ¡cuán despoblado se quedaría el mundo! ¡Podre y desgraciada tontuela! Esa idea que me has dicho no es nueva. Tuviéronla personas que vivieron hace siglos, personas de fantasía como tú, que vivían en la Naturaleza como tú, y que como tú carecían de cierta luz que a ti te falta por su ignorancia y abandono, y a ella porque aún esa luz no había venido al mundo… es preciso que te cures de esa manía; es preciso que te hagas cargo de que hay una porción de dones más estimables que el de la hermosura, dones del alma que ni son ajados por el tiempo, ni están sujetos al capricho de los ojos. Búscalos en tu alma y los encontrarás. No te pasará lo que con tu hermosura, que por mucho que en el espejo la busques, jamás la hallará. Busca aquellos dones preciosos, cultívalos, y cuando los veas bien grandes y florecidos, no temas; ese afán que sientes se calmará. Entonces te sobrepondrás fácilmente a la situación desairada en que te ves, y elevándote tendrás una hermosura que no admirarán quizás los ojos, pero que a ti misma te servirá de recreo y orgullo.
miércoles, 13 de agosto de 2025
martes, 12 de agosto de 2025
Hombre caído. Fernando Aramburu.
Todos los años, al llegar el
invierno, las relaciones entre vecinos se tornan esporádicas, de lo cual me
alegro. Salvo excepciones, el contacto se reduce a encuentros fortuitos en la
calle. No me considero una persona insociable; simplemente no tengo necesidad
de estar acompañado a todas horas, sonriendo sin ganas y fingiendo interés por
asuntos ajenos que me causan un mortal aburrimiento.
A mí me iban a costar mucho
esfuerzo pues carezco de destreza para traducir a lenguaje oral mis emociones,
especialmente si son intensas o han de parecerlo.
Siempre me he defendido mejor por
escrito. Esto no significa que por escrito me defienda bien, simplemente me
siento más seguro, menos expuesto a las vacilaciones y la timidez.
Su hija le había dicho que lo
odiaba. ¿Cómo se le puede decir a un padre semejante barbaridad? Un hombre
cercano a los sesenta, cada vez más metido en achaques, en soledades tristes,
viudo desde hacía pocos meses, que no tenía más que aquella hija.
Él desea creer que fue un
arrebato. Son cosas que se dicen sin pensar. Ahora bien, que no se piensen no
significa que no se sientan. Y aún menos que no hagan daño.
En algún sitio había leído que la
cólera se asemeja a la ebriedad y a la locura. Al derribar las paredes del
disimulo, descubren las verdades escondidas.
miércoles, 16 de julio de 2025
La Montaña Mágica. Thomas Mann
El hombre no sólo vive su vida
personal como individuos, sino que, consciente o inconscientemente, también
participa de la de su época y de la de sus contemporáneos, así que, por más que
considerase las bases generales e impersonales de su existencia como bases
inmediatas, dadas por naturaleza, y permaneciese alejado de la idea de ejercer
cualquier crítica contra ellas, como era el caso del buen Hans Castorp, era muy
posible que sintiese su bienestar moral ligeramente afectado por sus defectos.
El individuo puede tener presentes toda clase de objetivos personales, de
fines, de esperanzas, de perspectiva, de los cuales extrae la energía para los
grandes esfuerzos y actividades; ahora bien, cuando lo impersonal que le rodea,
cuando la época misma, a pesar de su agitación, en el fondo está falta de
objetivos y de esperanzas, cuando ésta se le revela como una época sin
esperanzas, sin perspectivas y sin rumbo y cuando la pregunta sobre el sentido
último, inmediato y más que personal de todos esos esfuerzos y actividades
-pregunta planteada de manera consciente o inconsciente, pero planteada al fin
y al cabo-, no encuentra otra respuesta que el silencio del vacío, resultará
inevitable que, precisamente a los individuos más rectos, esta circunstancia
conlleve cierto efecto paralizante que, por vía de lo espiritual y moral, se
extienda sobre todo a la parte física y orgánica del individuo. Para estar
dispuesto a realizar un esfuerzo considerable que rebase la medida de lo que
comúnmente se practica, aunque la época no pueda dar una respuesta
satisfactoria a la pregunta <<¿para qué?>>, se requiere bien una
independencia y una pureza moral que son raras y propias de una naturaleza
heroica, o bien una particular fortaleza de carácter.
…son tan libres…! Quiero decir que
son tan jóvenes que para ellos el tiempo no tiene importancia.
Sí, soy un poco malicioso… La
maldad, señor, es el espíritu de la crítica, y la crítica es el origen del
progreso y la ilustración.
Un alma sin cuerpo es tan inhumana
y espantosa como un cuerpo sin alma. Por cierto, lo primero es una rara
excepción y lo segundo es el pan nuestro de cada día. Por regla general es el
cuerpo el que domina, el que acapara toda la vida y se emancipa del modo más
repugnante. Un hombre que lleva una vida de enfermo no es más que un cuerpo;
eso es lo que va contra natura, lo humillante, pues en la mayoría de los casos
tan hombre no vale mucho más que un cadáver.
La costumbre hace que la conciencia
del tiempo se adormezca o, mejor dicho, quede anulada, y si los años de la
niñez son vividos lentamente y luego el resto de la vida se desarrolla cada más
deprisa y se acelera, también se debe a la costumbre. Sabemos perfectamente que
introducir cambio y nuevas costumbres es el único medio del que disponemos para
mantenernos vivos, para refrescar nuestra percepción del tiempo, en definitiva,
para rejuvenecer, refortalecer y ralentizar nuestra experiencia del tiempo y,
como ello, renovar nuestra conciencia de la vida en general.
Este es el objetivo del cambio de
aires o lugar, del viaje de recreo: la recuperación que permite lo episódico,
la variación. Los primeros días de permanencia en un lugar nuevo transcurren a
un ritmo juvenil, es decir, robusto y desahogado, y esta fase comprende unos
seis u ocho días. Pero luego, en la medida en que uno se
<<adapta>>, comienza a sentir cómo se van acortando, quien aprecia
la vida o, mejor aún, quien desea apreciarla, percibe con horror cómo los días
se van haciendo ligeros y fugaces de nuevo, y la última semana – por ejemplo,
de cuatro- posee una rapidez y fugacidad terribles. Evidentemente, el
rejuvenecimiento de nuestra conciencia del tiempo se hace patente al salir otra
vez de esta nueva rutina y se manifiesta cuando retomamos nuestra vida de
siempre. Los primeros días en casa después de haber estado fuera nos parecen
también nuevos, desahogados y juveniles, pero eso es sólo al principio, pues
uno se acostumbre más deprisa a la regularidad que a su interrupción, y cuando
nuestro sentido del tiempo ya está marcado por la edad, o -y esto es signo de
una debilidad congénita- no ha estado nuca muy desarrollado, se vuelve
adormecer rápidamente y, al cabo de veinticuatro horas, es como si nuca nos
hubiésemos marchado y el viaje no hubiese sido más que el sueño de una noche.
Ha definido a la perfección un
aspecto incontestable moral de la música, a saber: que estructura el tiempo a
través de un sistema de proporciones de una particular fuerza y así le da vida,
alma y valor. La música saca al tiempo de la inercia, nos saca a nosotros de la
inercia para que disfrutemos al máximo del tiempo… La música despierta…, y en
este sentido es moral. El arte es moral en la medida en que despierta a las
personas. Pero ¿qué pasa cuando ocurre lo contrario: cuando anestesia, adormece
y obstaculiza la actividad y el progreso? La música también puede hacer eso, es
decir, ejercer la misma influencia que los estupefacientes. ¡Un efecto
diabólico, señores míos! El opio es cosa del diablo, pues provoca el
embotamiento de la razón, el estancamiento, el ocio, la pasividad… Les aseguro
que la música encierra algo sospechoso. Sostengo que es de una naturaleza
ambigua. Y no es ir demasiado lejos si la califico de políticamente sospechosa.
…las palabras que designan un rasgo
de carácter siempre encierran un juicio moral, bien sea en forma de elogio o de
crítica, si ben todo juicio, en el fondo, tiene ambas caras.
…la palabra constituía el mayor
honor del hombre, y sólo ese honor confería dignidad a su vida. No sólo el
humanismo, sino la humanidad en general, toda la dignidad humana, el respecto
hacia lo humano y el respeto al hombre por el hombre mismo; todo eso era
inseparable de la palabra, y se hallaba, por tanto, estrechamente ligado a la
literatura…
Toda moralidad y todo
perfeccionamiento moral nacen del espíritu de la literatura, de ese espíritu de
la dignidad humana que, a su vez, es también espíritu de la política y la
humanidad. Sí, todo ello forma una unidad, es una misma fuerza y una misma idea
y puede resumirse en un solo nombre.
-¿Cuál era ese nombre?...
¡Civilización!
¡Decir que el Renacimiento es el
origen de la idolatría del Estado! ¡Menuda lógica de tres al cuarto! Las
conquistas, y mire que utilizo esta palabra en su sentido etimológico, las
granes conquistas del Renacimiento y la Ilustración, señor mío, se llaman
individualidad, derechos humanos, libertad.
-Intentaba introducir un poco de
lógica en nuestra conversación y usted me responde con grandes términos. Claro
que sabía que el Renacimiento dio a luz a lo que llamamos liberalismo,
individualismo y humanismo burgués. Pero sus <<sentidos etimológicos>>,
eso me deja indiferente, pues la heroica edad de las conquistas, de sus
ideales, ha quedado atrás hace mucho tiempo; esos ideales están muertos o,
cuando menos, agonizantes, y los que han de darles el golpe de gracia ya están
a las puertas. Usted se define, si no me equivoco, como un revolucionario. Pero
si cree que el resultado de las revoluciones futuras será la libertad, se
equivoca. El principio de la libertad ya se ha hecho realidad y se ha superado
a lo largo de quinientos años.
No prosiguió Naphta-, no son la
liberación y expansión del yo lo que constituye el secreto y la exigencia de
nuestro tiempo. Lo que necesita, lo que está pidiendo, lo que tendrá es… el
terror.
-¿Y se me permite saber -preguntó-
quién o qué, según usted…?, ya ve que esto es una verdadera interrogante para
mí, ni siquiera sé cómo he de preguntar… ¿quién o qué supone usted que
encarnará ese… repito la palabra muy a mi pesar… terror?
Naphta permanecía callado, a la
expectativa, con los ojos brillantes. Dijo entonces:
-Estoy a su disposición. No creo
equivocarme al suponer que estamos de acuerdo en admitir un estado original e
ideal de la humanidad, un estado sin organización social y sin violencia, un
estado de unión directa de la criatura con Dios en el que no existían el poder
ni la servidumbre, no existían la ley ni el castigo, ni la injusticia, ni la
unión carnal, ni la diferencia de clases, ni el trabajo ni la propiedad; tan
sólo la igualdad, la fraternidad y la perfección moral.
-Muy bien. Estoy de acuerdo
-declaró Settembrini-. Estoy de acuerdo excepto en el punto de la unión carnal
que, con toda evidencia, tuvo que producirse en algún momento, puesto que el
hombre es un ser vertebrado altamente desarrollado y no es diferente de otros
seres…
-Como quiera. Me limito a constatar
que estamos básicamente de acuerdo en lo que se refiere a ese estado original y
paradisíaco en que la humanidad vivió sin necesidad de justicia y en unión
directa con Dios, estado que el pecado original comprometió. Creo que todavía
podemos ir juntos un trecho más si entendemos el origen del Estado como un
contrato social cerrado que, en respuesta a ese pecado, se establece para
guardar al hombre de la injusticia, y si vemos también ahí el origen del poder
soberano.
-Beníssimo -esclamó Settembrini-.
El contrato social… eso es la Ilustración, Rousseau. No hubiera creído que…
-Permítame. Aquí se separan
nuestros caminos. El hecho de que, originariamente, la totalidad del poder y la
soberanía se encontrasen en manos del pueblo y de que éste transfiriese al
Estado, al príncipe, su derecho a establecer y a hacer cumplir unas leyes, así
como todo su poder, dio pie a la escuela que usted tanto defiende, sobre todo,
el derecho revolucionario del pueblo frente a la realeza. Nosotros, por el
contrario…
<<¿Nosotros? -se preguntó
Hans Castorp intrigado-. ¿Quiénes somos “nosotros”? Más tarde he de preguntar a
Settembrini a quién se refiere Naphta con la expresión “nosotros”.>>
-En cuanto a nosotros -continuó
Naphta-, tal vez no menos revolucionarios que ustedes, hemos optado, desde
siempre, por defender, en primera instancia, la supremacía de la Iglesia sobre
el Estado. Pues, si el Estado no llevase escrito en la frente que no es divino
sino humano, bastaría con referirse a ese mismo hecho histórico de que está
cimentado en la voluntad del pueblo y no en el mandato divino, como es el caso
de la iglesia, para demostrar que, si no es directamente un producto del mal,
al menos sí lo es de la miseria y de las carencias que trae consigo el pecado.
-El Estado, señor mío…
-Ya sé lo que piensa del Estado
nacional. <<El amor a la patria y la infinita sed de gloria pasan por
encima de todo.>> Ya lo dijo Virgilio. Usted lo rectifica un poco
añadiéndole un matiz de individualismo liberal, la esencia de su relación con
el Estado sigue siendo la misma en todo. No parece haberle afectado en nada la
idea de que el alma de este Estado sea el dinero. ¿O pretende discutírmelo? La
Antigüedad era capitalista porque creía en el Estado. La Edad Media cristiana
reconoció perfectamente el capitalismo inmanente al Estado laico. <<El
dinero será emperador>> es una profecía del siglo once. ¿Niega usted que
esto se haya hecho realidad literalmente y que, con ello, la vida se haya
convertido en algo demoníaco sin remisión?
-Querido amigo, usted tiene la
palabra. Estoy impaciente porque nos revele de una vez quién será el gran
desconocido que encarnará el terror.
-Curiosidad más bien temeraria para
el portavoz de una clase social que representa una forma de libertad que ha
llevado el mundo a la decadencia. Puede usted ahorrarse la réplica, pues
conozco bien la ideología política de la burguesía. Su objetivo es el imperio
democrático, la elevación del principio del Estado nacional hasta un nivel
universal: el Estado universal. ¿Y quién será el emperador de ese imperio? Ya
lo conocemos. Su utopía es espantosa y, sin embargo, en este punto estamos de
acuerdo, ya que, de algún modo, su República universal capitalista es
trascendente, su Estado universal viene a ser la trascendencia del Estado
laico; y estamos de acuerdo al creer que a un estado original perfecto de la
humanidad le corresponde un estado final perfecto en el horizonte. Desde los
días de san Gregorio Magno, fundador del Estado de Dios, la Iglesia ha
considerado su deber conducir de nuevo al hombre a esa soberanía de Dios. El
Papa no quiso hacerse con el poder para él mismo, sino que su dictadura, en
calidad de representante de Dios en la tierra, no era más que el medio y el
camino para alcanzar la salvación final, una forma de transición entre Estado
pagano y el reino de los Cielos. Usted ha hablado a esos jóvenes de ciertas
atrocidades cometidas por la Iglesia, de su intolerancia y sus terribles
castigos, y ahí no ha estado nada acertado, pues es obvio que el fervor
religioso bien entendido nunca puede ser pacifista; y fue el papa Gregorio
quien dijo: <<Maldito sea el hombre que contenga su espada ante la sangre>>.
Ya sabemos que el poder es malo. Pero, para que ese reino llegue, la dicotomía
entre el bien y el mal, entre el más allá y el mundo en que vivimos, entre el
espíritu y el poder, debe ser eliminada temporalmente en un principio que reúna
el ascetismo y el poder. Eso es lo que yo llamo la necesidad del terror.
-Pero ¿quién lo encarnará? ¿Quién
será?
-¿Me lo pregunta? ¿Acaso escapa a
su escuela de Manchester la existencia de una doctrina social que signifique la
victoria del hombre sobre el economismo y cuyos principios y objetivos
coincidan exactamente con los del reino cristiano de Dios? Los padres de la
Iglesia califican <<mío>> y <<tuyo>> de palabras
funestas, y la propiedad privada de usurpación y robo. Han condenado la
propiedad porque, según el derecho natural y divino, la tierra pertenece a
todos los hombres y, por consiguiente, produce sus frutos para beneficio
general de todos. Han enseñado que sólo la codicia, fruto del pecado original,
invoca los derechos de posesión y ha creado la propiedad privada. Han sido lo
bastante humanos y enemigos del mercantilismo para considerar la actividad económica
en general como un peligro para la salvación del alma, es decir: para la
humanidad. Han odiado el dinero y los negocios monetarios y han dicho de la
riqueza capitalista que alimenta las llamas del infierno. El principio
fundamental de la doctrina económica, a saber, que el precio es el resultado
del equilibrio entre la oferta y la demanda, ha sido profundamente despreciado
por ellos, como también han condenado el hecho de aprovecharse de la coyuntura
para explotar con cinismo la miseria del prójimo. Y aún hay una forma de
explotación más criminal a sus ojos: la explotación del tiempo, ese delito que
consiste en cobrar una prima por el mero transcurso del tiempo, es decir: los
intereses, y abusar así, para ventaja de unos y a costa de otros, de una institución
divina y universal para todo como es el tiempo.
-Beníssimo – exclamó Hans Castorp
que, en su entusiasmo, adoptó directamente la expresión de
aprobación de Settembrini-. El tiempo… una institución divina y universal… ¡Qué
pensamiento tan crucial!
-En efecto – continuó Naphta-. El
espíritu de esos hombres consideraba repugnante la idea de un aumento
automático del dinero, han calificado de usura todos los negocios relacionados
con la especulación o los intereses del capital y hjan declarado que todo rico
era o bien un ladrón o el heredero de un ladrón. Han ido aún más lejos. Han
llegado a sostener, como Santo Tomás de Aquino, que el comercio en general, el
mero negocio, o sea: la compra y la venta que proporciona un beneficio sin
transfo0rmación ni mejora alguna del objeto de tales operaciones, es un oficio
vergonzante. No se inclinaban a valorar el trabajo como tal, pues no es más que
un asunto ético y no religioso, y se realiza en servicio de la vida no en
servicio de Dios. Así pues, en cuestiones que únicamente afectaban a la vida y
a la economía, exigían que una actividad productiva fuese entendida como
condición de toda ventaja económica y la medida de la honorabilidad. Eran
honrosas a sus ojos las labores del campesino y del artesano, pero no la actividad
del comerciante ni del industrial, pues querían que la producción se adaptase
siempre a las necesidades y sentían horro por la producción a gran escala.
Todos esos principios y esa escala de valores económicos han resucitado,
después de siglos de marginación, en el moderno movimiento del comunismo.
Coinciden por completo, hasta en la concepción de la soberanía, que reivindica
el trabajo internacional frente al imperio del comercio y la especulación
internacionales: el proletariado mundial, que ahora opone la humanidad y los
criterios del Estado de Dios a la degeneración burguesa y al capitalismo. La
dictadura del proletariado, esa condición de la salvación política y económica
de nuestro tiempo, no tiene el sentido de una soberanía misma y de validez
eterna, sino el de una solución provisional del conflicto entre el espíritu y
poder bajo el signo de la cruz, el sentido de una superación del mundo terrenal
a través del poder sobre el mundo, el sentido de una transición, de la
trascendencia, el sentido del reino de Dios. El proletariado ha hecho suya la
doctrina de san Gregorio Magno, en él se han renovado su fervor religioso y,
como también dijera el santo, no podrá apartar sus manos de la sangre. Su
misión es instituir el terror en aras del bien del mundo y de alcanzar la
salvación última: la vida en Dios sin Estado ni clases sociales. (…)
Settembrini le miró con los ojos
como platos. (…)
Analicemos todas las consecuencias…
Con la industria, el comunismo cristiano reniega de la técnica, las máquinas y
el progreso. Al rechazar lo que usted llama actividad comercial, el dinero y
los negocios monetarios a los que la Antigüedad concedió una categoría muy
superior a la agricultura y la artesanía, también está negando la libertad.
Pues salta a la vista que, por ese camino, como sucediera en la Edad Media,
todas las relaciones privadas y públicas estarían estrechamente vinculadas a la
tierra, a la posesión de tierras; y también… me cuesta decirlo: la
individualidad. Si la tierra, el suelo, es lo único que proporciona el
alimento, también será lo único que conceda la libertad. Los artesanos y
campesinos, por honorables que puedan ser, no poseen suelo y, por tanto, son
siervos de quienes sí lo poseen. En efecto, hasta muy avanzada la Edad Media,
la gran masa de la población, incluso en las ciudades, se componía de siervos.
En el curto de nuestra conversación ha dejado caer usted ciertos comentarios
sobre la dignidad humana. Sin embargo, defiende una moral económica que
comprende directamente la servidumbre y la falta de dignidad de la persona.
-Se podría discutir sobre la
dignidad y la falta de dignidad -replicó Naphta-. Aunque, para comenzar, me
daré por satisfecho si estos mis argumentos le llevan a ver la libertad no como
un bello gesto, sino como un problema. Usted constata que la moral económica
cristiana, con toda su belleza y su humanidad, implica la servidumbre. Yo, por
mi parte, me doy cuenta de que la causa de la libertad, la causa de las
universidades, por formularlo de un modo más concreto, aún siendo como es
siempre una causa altamente moral, está vinculado históricamente a la
degeneración más inhumana de la moral económica, a todos los horrores del
comercio y la especulación modernos, al demoníaco imperio del dinero, del
negocio por encima de todo.
-He de destacar que no se escuda
usted en las dudas y antinomias, sino que se confiesa claro y convencido
partidario de la más oscura de las reacciones.
-El primer paso hacia la verdadera
libertad y la verdadera humanidad es vencer ese vacilante temor a la idea de
<<reacción>>.
Procure recordar que la tolerancia
se convierte en un crimen cuando se tiene tolerancia con el mal.
Es superfluo poner de relieve que,
respecto al protestantismo, siento mucho más que tolerancia, siento una
profunda admiración por su papel histórico en la lucha contra la mordaza que
imponía a la conciencia el pensamiento católico. La invención de la imprenta y
la Reforma son y serán siempre las dos mayores aportaciones de la Europa
Central a la humanidad.
<<La risa es un destello del
alma>> dijo un pensador griego.
…el presente es cuestionarse si esa
tradición mediterránea clásica y humanista es realmente el reflejo de la esencia
del hombre y, por lo tanto, un patrimonio eterno, o si, por el contrario, no es más que una forma
de pensamiento típica de una época concreta, del liberalismo burgués para ser exactos,
que como tal puede morir con ella… dejando así que su enemigo tomase ventaja
para arremeter de nuevo contra los ideales de la cultura clásica, contra el
espíritu literario y retórico de la enseñanza y de la educción en Europa y
contra su manía con la gramática y los formalismos, que no servía más que a los
intereses de la clase burguesa gobernante, ya que al pueblo le inspiraba risa
desde hacía mucho tiempo. Es más, los humanistas no se daban cuenta de hasta qué
punto el pueblo se burlaba de sus títulos de doctor, de su gran imperio
cultural, su educación popular estelar, ese instrumento de la dictadura de la
clase burguesa con pretensiones de divulgar el saber a un nivel accesible para
todos. El pueblo sabía, desde hacía mucho tiempo dónde ir a buscar la cultura y
la educación que necesitaba en su lucha contra el apolillado imperio burgués, y
desde luego no era en sus instituciones paternalistas y absolutistas todo el
mundo sabía que el sistema educativo en general, tomado directamente del de las
escuelas catedralicias de la Edad Media, resultaba anacrónico y trasnochado
hasta lo ridículo, que ya nadie debía su formación o educación a la escuela, y
que una forma de enseñanza abierta, libre, apoyada en conferencia públicas,
exposiciones, sesiones de cine, etcétera, era muy superior en eficacia a
cualquier escuela en el sentido tradicional.
…miró a su alrededor…
Todo cuanto veía: era la vida sin tiempo, la vida sin preocupaciones y sin
esperanzas, la vida como una especie de frívolo ajetreo sin rumbo, estancado…
la vida muerta.
Quien no es capaz de
defender un ideal con su vida y con su sangre, no es digno de llamarse hombre,
y hay que ser un hombre por espiritualista que se sea… ¿Cómo iba a ser posible
que lo espiritual, porque era intangible, condujera de manera irrevocable a lo
animal, a un desenlace por medio de la lucha física?... Y comprendía que al
final de todas las cosas sólo quedaba el cuerpo, las uñas y los dientes. Sí,
sí, había que batirse, pues así al menos se podía atenuar aquel estado
originario de la naturaleza por medio de un código caballeresco
lunes, 9 de junio de 2025
Aquella mitad de mi tiempo. Javier Marías.
En este país casi nadie recuerda nada; de los que recuerdan, muchos falsean; y lo que no tienen edad simplemente no saben.
El cúmulo de
recuerdos, imágenes, ecos, situaciones y escenas, agravios y penas, convenciones
y risas que poseemos todos y que es lo que nos constituye, lo que nos da identidad
y nos permite llamarnos <<yo>> desde que adquirimos conciencia de
esa idea hasta que toda conciencia cesa; ese cúmulo personal, intransferible e
irrepetible queda un día borrado entero, casi como si no hubiera existido.
Esa distancia enorme
con la que vemos los acontecimientos que en sí son aún cercanos, nos lleva a relegar
más de la cuenta a los que ya no están. El mundo cambia a tal velocidad que
cualquiera que de él se apee es convertido en pasado con más celeridad que
nunca, quiero decir en pasado remoto… Y uno se pregunta cómo es posible que
alguien a quien aún siente cercano y tiene presente a diario empiece a no ser su
contemporáneo, y se extraña de que ya no coincidan vivencias, cuando coincidieron
tantos años y de que su tiempo haya dejado de ser el de él.
Tarda uno mucho en
darse cuenta de que son y han sido más que eso, distinto de los que siempre han
estado ahí y conocemos. Tarda uno tanto que a muchos ni siquiera les llega
nunca ese momento, el de pararse a pensar que quiénes fueron nuestros padres antes
de serlo, y antes de conocerse ellos; o también durante: durante nuestra
infancia, cuando aún eran jóvenes; o la adolescencia, cuando no lo eran tanto,
pero en modo alguno eran viejos. Los vemos tan de una pieza, y les asignamos y
adoptan desde el principio una función tan vital, que en el fondo lo que nos
cuesta es creer que están en el mundo para otra cosa que para ser nuestros
padres. Los damos tan por supuestos que apenas los vemos, aún menos los imaginamos.
Hoy, en las ciudades,
se guarda poca memoria de quienes nos precedieron en los pisos y apartamentos,
y a casi nadie preocupa saber si esas personas fueron allí razonablemente
felices o desdichadas, si las paredes que contemplamos a diario fueron testigos
de vehemencias o incertidumbres o esperas, de imploraciones o de rutinas, de
tarareos o de imprecaciones o de crueldades: si alguien aquí padeció antes que nosotros
o se ruborizó de gozo, si entre estas paredes se dijeron cosas que alguien que
salió de aquí -quizá obligado- ya no va a olvidar nunca, alguien en cuya retina
están para siempre impresas las habitaciones en las que dormimos, comemos,
vemos la televisión o escribimos.
Tengo para mí que los
más placenteros son los saberes inútiles, los que uno adquiere como sin querer,
por mera afición, y a los que apenas saca ningún provecho. Y, siempre que muere
alguien, una de las cosas que más me cochan y me resultan más incomprensibles
es la desaparición repentina, abrupta, de cuento el vivo recordaba y sabía
hasta hacía unos momentos. ¿Adónde va todo eso, los apellidos de los profesores
y compañeros del colegio, los rostros de los primeros novios o novias, aquellos
que nos pudieron gustar sólo a distancia, los millares de anécdotas ce
cualquier vida, las lenguas que hablábamos y leíamos, los infinitos nombres almacenados,
de conocidos imprescindibles y de desconocidos superfluos…
Sea o no creyente,
esto es, crea o no en otra vidas las única muerte que aquí conocemos, sus
figuraciones no lo tienen a él como destinatario, no se ve a él mismo en el más
allá ni tampoco en la cesación absoluta; sino que contempla el escenario de sus
actuales desdicha o ultrajes, en una especie de anhelo cinematográfico, o anhelo
de ser fantasma: imagina lo que ocurrirá si él o ella ya no estuvieran, la
noticia llegado a cuantas personas conoce, sobre todo a las más cercanas y a
las que más daos le hacen; imagina su reacción, su dolor, su arrepentimiento,
su desesperación incluso, más adelante su añoranza. Las imagina en su entierro,
y si es alguien público, también imagina lo que escribirán los periódicos. Sí,
es una fantasma tan reconfortante que a veces satisface el deseo de venganza: <<Se
han portado más conmigo; les infligiré el castigo de la muerte>>. Y así
hay numerosos suicidios -no digamos tentativas- que se ejecutan tan sólo para
vengarse del otro o de otros, para arrojar sobre ellos una culpa infinita que
los acompañará el resto de sus existencia. <<Quieres librarte de mí, no
me soportas>>, puede pensar el amante despechado. <<Me mataré para
que así no te libras nunca y para siempre hayas de soportarme>>.
Es común todo esto, y
sin embargo resulta extraño. En ocasiones no sé si son los tiempos lo que tanto
cambian o si es uno mismo el que cambia tanto con sus años, y se engaña menos. Lo
cierto es que esta clase de ensoñación por lo general se queda corta, corta en
el tiempo. Quien imagina su muerte detiene sus figuraciones casi allí donde se
detendría él mismo: en la impresión, el lamento, las dudas, la sepultura. Pero olvida
-y quizá es normal que lo haga- que la vida de los otros sigue, acaso durante
decenios. Olvida que los días pasan y todo se difumina; que quien hoy no puede
conciliar el sueño acaba siempre durmiendo; quien se obsesiona con los
recuerdos acaba sustituyéndolos por algún presente que por fin lo alivia o
distrae o interesa; quien tiene remordimientos acaba por justificarse y
tranquilizar su conciencia. Y lo que es aún peor: queda el muerto a mercede de
los vivos, que contarán sobre él o ella sin que haya mentís posible; le
atribuirán bajeza y no habrá respuesta; o se colgarán medallas resaltando cuanto
hicieron por uno aquellos que más lo infamaron; dirán que fueron amigos tuyos
quienes te odiaron, y usurparán y mancharán tu nombre; tergiversarán tus hechos
y robarán tus dichos y tus recuerdos; y acaso quienes más te impulsaron a
abandonar el campo cantará tus alabanzas sin que puedas afeárselo ni tacharlos
de falsos. << Seré amado cuando falte.>> tal vez, pero aún así es
mejor no faltar, o más bien ser el último en despedirse por lo tanto el último
en contar el cuento. Al menos, háganme caso, en el terreno de las figuraciones.
Y cuando uno hace
cómputos se da cuenta de la cantidad de personas que ha ido dejando o que lo
han dejado a uno, desde los compañeros del colegio en adelante, como si nadie
pudiera durarnos tanto como nos duramos a nosotros mismos sin posible
escapatoria. Hay amigos a los que uno ve a diario durante prolongadas temporadas
o aún largos años, y entonces parece imposible concebir la existencia sin
ellos, sin su compañía cotidiana o casi. Y sin embargo, al cabo del tiempo que
se deslizó fugitivo, uno se da cuenta de que hace mucho que no sabe nada de aquella
gente con la que una vez habló a diario y a quien necesitaba informar de cuanto
le acontecía y esta puntualmente enterado de lo que le ocurría a ella.
Resulta muy frustrante
acabar un libro, y ver que no te han dejado la menor huella. Me gustan los libros
que son algo más que divertidos, o ingeniosos. Prefiero lo que dejan una resonancia,
un ambiente, tras de sí. Eso es lo que yo siento al leer a Shakespeare y a
Proust. Se producen iluminaciones, destellos de cosas que transmiten una forma
de pensar completamente distinta. Recurro a palabras que tiene que ver con la
luz porque a veces, como dijo Faulkner, me parece, encender una cerilla en
plena noche en mitad del campo no te permite ver nada con más claridad, pero sí
ver claramente la oscuridad que te rodea. Esto es lo que hace la literatura,
por encima de todo. No es que ilumine las cosas, pero igual que la cerilla, te
permite ver cuánta oscuridad hay.
viernes, 23 de mayo de 2025
Época prosaica. Javier Marías.
¿Cómo convencer a unos gobernantes iletrados y gañanes de que nuestra capacidad para manejar la lengua condiciona directamente la calidad de nuestro pensamiento, no digamos la comprensión de lo complejo? ¿De que cuanto peor la conozcamos y usemos, más tontos seremos? ¿Cómo hacer ver a una gran parte de la sociedad —la irremisiblemente idiotizada— que la Filosofía y la Literatura son lo que nos convierte en personas, en vez de en seres simples y embrutecidos llenos de información y de aparatos tecnológicos con los que —ay— hacer el chorras?
martes, 6 de mayo de 2025
Las fuerzas contrarias. Lorenzo Silva.
Lo vi dudar. Lo vi sufrir... era uno de esos idiotas que se creen lo que dicen creer.
Todos acarreamos en nuestro interior a los varios o los muchos que hemos sido, de todos ellos se alimentan nuestras fortalezas y nuestras debilidades.
A veces la vida se presenta así. Inapelable. Y sólo queda acatarla.
Nos habíamos hecho a tenerlo todo controlado, a que los problemas fueran predecibles, o más bien a la ilusión de que lo eran. Esto nos devuelve a lo que de verdad somos: un milagro que se sostiene en la incertidumbre.
Qué razón tenía quien dijo que las palabras son poderosas, y que cuando son las justas llegan al fondo y obligan a quien las escucha a pensar en lo importante.
lunes, 21 de abril de 2025
Los hermanos Karamázov. Fiódor M. Dostoievskii.
En cuanto, sumido seriamente
en sus meditaciones, llegó al convencimiento de que la inmortalidad y Dios
existen, acto seguido se dijo con naturalidad: <<Quiero vivir para la inmortalidad
y no aceptaré el compromiso de una solución a medias.>> Exactamente de la
misma manera, si hubiese llegado a la conclusión de que la inmortalidad y Dios
no existen, en el acto se habría hecho ateo y socialista (pues el socialismo no
es sólo la cuestión obrera o del denominado cuarto estado, sino que es, de
preferencia, el problema de la encarnación moderna del ateísmo, el problema de
la torre de Babel, que se edificaba precisamente sin Dios, no para alcanzar el
cielo dese la tierra, sino para traerlo a ella).
Se trata de que, en
general, el liberalismo europeo, y hasta nuestro diletantismo liberal ruso, con
frecuencia y desde hace mucho confunden los resultados finales del socialismo
con los del cristianismo. Esta conclusión es absurda, es ciertamente, un rasgo
característico. Por lo demás, el socialismo y el cristianismo los confunden,
según resulta, no sólo los liberales y los diletantes, sino también en muchos
casos los gendarmes, es decir, los gendarmes extranjeros, se comprende… No hace
más de cinco días, en cierta tertulia de nuestra ciudad, en la que predominaban
las señoras, manifestó solemnemente a lo largo de una discusión que en toda la
tierra no había nada en absoluto que moviese a los hombres a amar a sus semejantes,
que esto era ley de la naturaleza: que eso de que el hombre ame a la humanidad
no existe en absoluto y que si hasta ahora ha habido amor en la tierra, eso no
se debe a una ley natural, sino únicamente a que los hombres creían en su inmortalidad.
Iván Fiodorovich añadió, entre paréntesis, que en esto reside toda la ley
natural, de tal modo que, si destruís en el género humano la fe en su inmortalidad,
inmediatamente desaparecerá no sólo el amor, sino cualquier fuerza viva capaz
de prolongar la vida universal. Más todavía: entonces no habrá ya nada inmoral,
todo será permitido, hasta la antropofagia. Y por si esto era poco, terminó afirmando
que para cada individuo, por ejemplo, nosotros, que no cree ni en Dios ni en su
inmortalidad, la ley moral de la naturaleza debe convertirse inmediatamente en
el extremo opuesto de lo anterior, de la moral religiosa, y que el egoísmo e
incluso el crimen no sólo deber ser permitido, sino que ha ser considerado en
su situación como la salida necesaria, la más racional y casi la más noble…
¿Acaso está usted convencido, en efecto, de que la desaparición en los hombre
de la fe en la inmortalidad del alma tendría esas consecuencias? Sí, así lo afirmé.
Si no hay inmortalidad, no hay virtud.
Pero, sin embargo, di:
¿hay Dios o no? ¡Pero en serio! Ahora necesito que se me hable en serio.
-No, no hay Dios.
-¿Hay Dios, Aliosha?
-Sí que lo hay.
-Y la inmortalidad,
Iván, ¿hay inmortalidad, aunque sea pequeña, la más reducida?
-Tampoco hay inmortalidad.
-¿Ninguna?
-Ninguna.
-Es decir, un cero
perfecto o la nada. ¿No habrá algo? Porque, a pesar de todo, eso de que no haya
nada…
-Un cero perfecto.
-Aliosha, ¿existe la
inmortalidad?
-Sí, Dios y la
inmortalidad, La inmortalidad está en Dios.
-Hum. Lo más probable
es que Iván tenga razón. ¡Dios mío, si nos paramos a pensar lo que el hombre ha
dado a la fe, cuántas energías ha perdido en este sueño, y eso durante tantos
miles de años! ¿Quién se burla así del hombre? ¿Qué me dices, Iván? Por última
vez y decididamente: ¿hay Dios o no? ¡Te o pregunto por última vez!
-Y por última vez,
no.
-¿Quién se burla así
de los hombres, Iván?
-Debe de ser el
diablo -sonrió irónicamente Iván Fiodorovich.
-¿Es que existe el
diablo?
-NO, tampoco existe.
-Es una lástima.
¡Demonios! ¡No sé lo que después de esto haría con el primero que inventó a Dios!
Sería poco ahorcarle en un miserable pino.
-Si no hubiesen inventado
a Dios, no habría civilización alguna.
-¿Qué no la habría
sin Dios?
-No, y coñac tampoco.
Y el coñac, después de todo, a usted le gusta.
Recuerda siempre,
joven, que la ciencia mundana, unida en una gran fuerza, ha roto, sobre todo en
el último siglo, todo cuanto desde el cielo se nos mandaba en los libros
sagrados, y después de un cruel análisis en los sabios de este mundo no ha
quedado absolutamente nada de lo anterior. Pero examinaron las partes, sin
advertir el conjunto, siendo digna de admiración su ceguera.
No es que niegue a
Dios, compréndelo, lo que no acepto ni quiero aceptar es el mundo por él
creado, el mundo de Dios.
Quieres ir al mundo y
vas con las manos vacías, con una promesa de libertad que ellos, en su simpleza
y su natural inclinación al desorden, no pueden comprender siquiera, que les
infunde temor y espanto, pues para el hombre y la sociedad humana no hubo nunca
nada ni más insoportable que la libertad… <<Es mejor que nos esclavicéis
y nos deis de comer>>. Comprenderán, por fin, ellos mismos que la
libertad y el pan terrenal en abundancia para cada uno son cosas inconcebibles,
pues nunca, nunca sabrán repartirlos entre sí. Se convencerán también de que
tampoco pueden ser nunca libres, porque son débiles, viciosos, insignificantes y
rebeldes. Tú les prometiste el pan de los cielos, pero, lo repito, ¿puede ese
pan compararse a los ojos del género humano, débil, eternamente vicioso y
eternamente ingrato, con el pan de la tierra?
Sólo domina la
libertad de los hombres quien tranquiliza sus conciencias… Sin una noción firme
de para qué ha de vivir, el hombre no aceptará la vida y antes se aniquilará
que seguir en la tierra, aunque a su alrededor todo fuesen panes… ¿O has
olvidado que la tranquilidad y hasta la muerte so para el hombre preferibles a
la libre elección en el conocimiento del bien y el mal? Para el hombre no hay nada
más seductor que la libertad de su conciencia, pero tampoco hay nada más
doloroso… ¿Y quién hizo esto? ¡Aquél que vino para dar por ellos su vida! En
vez de dominar la libertad humana, tú la multiplicaste y abrumaste por los
siglos de los siglos con sus sufrimientos el resino espiritual del hombre…
¿acaso no pensaste que acabaría por rechazar y poner en duda hasta tu imagen y
tu verdad si lo oprimían con una carga tan terrible como la libertad de
elección?... ¿Hay tres fuerzas, tres únicas fuerzas en la tierra capaces de
vencer y cautivar para siempre la conciencia de estos débiles rebeldes, para su
felicidad? Son: el milagro, el misterio y la autoridad… Inquietud, confusión y
desdicha: ¡tal es la suerte actual de los hombres después de que tú sufriste tanto
por su libertad!
Así hicimos nosotros.
Corregimos tu empresa y la asentamos sobre el milagro, el misterio y la
autoridad. Y los hombres se mostraron jubilosos de que de nuevo los condujesen
como a un rebaño y que de sus corazones hubiese sido quitado, por fin, un don
tan terrible y que les había causado tantos tormentos. Di, ¿teníamos razón al
enseñar y hacer esto? ¿Es que no amábamos a la humanidad al reconocer tan
humildemente su impotencia, al aliviar con amor su carga y autorizar a la débil
naturaleza hasta a pecar, pero con autorización nuestra débil naturaleza hasta
a pecar, pero con autorización nuestra? ¿A qué vienes ahora a mostrarnos? ¿Y
por qué me miras en silencio y de manera tan penetrante con tus tímidos ojos?
Irrítate, no quiero tu amor, porque tampoco yo te amo. ¿Por qué me voy a
ocultar de ti? ¿es que no sé con quién hablo? Lo que tengo que decirte lo sabes
ya todo, lo leo en tus ojos. Además, ¿te oculto nuestro secreto? Acaso quieras
oírlo precisamente de mis labios; pues bien, escucha: no estamos contigo, sin
con él, ¡ese es nuestro secreto! Hace mucho que no estamos contigo, sino
con él, hace ya ocho siglos. Hace justamente ocho siglos que tomamos de
él lo que tú rechazaras indignado, el último don que te ofrecía al mostrarte todo
los reinos de la tierra: tomamos de él Roma y la espada del César y nos
declaramos simples reyes de la tierra, reyes únicos, aunque hasta ahora no
hayamos podido llevar nuestra empresa hasta su completo término… ¿quién está
llamado a dominar a los hombres sino aquellos que dominan su conciencia y que
tienen su pan en las manos?
El mundo ha proclamado
la libertad, particularmente en los últimos tiempos, ¿y qué vemos en esa
libertad? ¡Sólo esclavitud y el suicidio! Porque el mundo dice: <<Tienes
necesidades y debes satisfacerlas, puesto que tienes los mismos derechos que
los más nobles y ricos. No temas satisfacerlas, mutiplícalas.>> Tal es la
actual doctrina del mundo. Ahí es donde ven la libertad. ¿Y qué resulta de este
derecho a multiplicar las necesidades? En los ricos, el aislamiento y el suicidio
espiritual, y en los pobres, la envidia y el crimen, porque los derechos se los
han dado, pero sin indicar los medios de satisfacer las necesidades. Aseguran
que conforme pasa el tiempo el mundo se une más, se integra en una comunidad
fraternal al reducirse las distancias y transmitir las ideas por el aire. ¡Oh!,
no creáis en tal unión de los hombres. Al comprender la libertad como multiplicación
y rápida satisfacción de las necesidades, adulteran su naturaleza, pues dan
origen a muchos deseos absurdos y estúpidos, a las más necias costumbres e
invenciones. Tan sólo viven para envidiarse unos a otros, para la lujuria y la
presunción.
Los celosos son los
que más pronto perdonan, y eso lo saben todas las mujeres. El celoso, por
ejemplo, es capaz de perdonar con extraordinaria rapidez (se comprende, después
de una terrible escena) la tradición casi demostrada, los abrazos y besos que
él mismo ha visto, y, por ejemplo, llega a persuadirse d que esto fue <<la
última vez>> de que su rival
desparecerá en aquel momento, se irá al fin del mundo, o de que él mismo se la
va a llevar a un sitio donde el terrible rival no podrá presentarse nunca. Se comprende
que la reconciliación no durará más de una hora, porque aun en el caso de que
el rival haya desaparecido realmente, el día siguiente él inventará a otro y
tendrá celos de este otro. Podría preguntarse, ¿qué hay en ese amor cuando
tanto hay que vigilarlo? ¿Qué vale ese amor? Pero esto no lo comprenderá nunca
el verdadero celoso, y eso que entre ellos hay personas incluso de corazón elevado.
Hay personas profundamente
sensibles, pero oprimidos por el ambiente. Las bufonadas son en ellas como una
rencorosa ironía contra quienes no se atreven a decir la verdad a la cara por
la larga y humillante timidez a que se han visto sometidos.
A mí me atormenta Dios.
Es lo único que me atormenta. ¿Y si no existe? ¿Y si tiene razón Rakitin en que
se trata de una idea artificial entre los hombres? Entonces, si no existe, el
hombre es el amo de la tierra, del Universo. ¡Magnífico! Pero ¿cómo podrá ser
virtuoso sin Dios? ¡Ese es el problema!
En cuanto la humanidad
renuncie toda ella a Dios (y creo que se llegará a esto, paralelamente a los períodos
geológicos), de por sí, sin recurrir a la antropofagia, caerá toda la anterior
concepción del mundo y, lo que es más importante, toda la antigua moral, y todo
será nuevo. Los hombres se unirán para tomar de la vida cuanto ésta puede
darles, pero, eso sí, para la felicidad y la alegría en este mundo únicamente. El
hombre se exaltará con el espíritu de un orgullo divino, titánico, y aparecerá
el Hombre Dios. Al vencer a cada hora, ya sin límites, a la naturaleza, merced
a su voluntad y a la ciencia, el hombre sentirá, también a cada hora, un placer
tan sublime, que reemplazará en él todas las esperanzas en los placeres del cielo.
Cada uno sabrá que ha de morir del todo, sin resurrección, y aceptará la muerte
con serenidad y orgullo, como un dios. El orgullo le hará comprender que no
debe quejarse de que la vida es un instante, y amará a su hermano sin pensar en
la recompensa. El amor satisfará tan sólo un instante de la vida, pero ya la
conciencia de su instantaneidad avivará su fuego en la misma medida en que
antes se disipaba la esperanza en un amor de ultratumba e infinito.
