lunes, 16 de diciembre de 2024

La Eneida. Virgilio.

Juntas se le van, por el mismo camino, la sangre y la vida.

¡Qué dirá toda Italia si te dejo morir por quitarle a Eneas lo que es suyo!-¡No te preocupes por mí, rey! -le replica Turno-. ¡Déjame morir para lograr la gloria! ¡También yo sé manejar las armas! ¡También brota sangre de las heridas que yo abro!

sábado, 7 de diciembre de 2024

Novela con cocaína. Mark Aguéyev.

Llegábamos al íntimo convencimiento de que lo mismo que antes, en los tiempos de la tracción animal, también ahora, en la época de las locomotoras, al hombre estúpido la vida le resultaba más fácil que al inteligente y al astuto mejor que al honrado; que el avaro llevaba una vida más desahogada que el bueno; que el cruel era más apreciado que el débil; que el autoritario adquiría mayores riquezas que el pacífico; que el mentiroso se saciaba más que el justo; que el voluptuoso lograba mayores placeres que el continente. Que así había sido siempre y así seguiría siendo, mientras quedara en el mundo un solo ser humano.

 

Terminaba su exposición con un recuerdo de la enfermedad que había empezado a desarrollarse muchos siglos antes; había ido apoderándose poco a poco de la sociedad humana y, finalmente, en ese época de perfeccionamientos técnicos, había contaminado en todas partes al ser humano. Esa era la trivialidad. Esa trivialidad que consiste en la capacidad del hombre para despreciar todo aquello que no comprende, y cuya magnitud aumenta a medida que crece la inutilidad y la insignificancia de los objetos, cosas y acontecimientos que despiertan la admiración de ese hombre.

 

Parece, señor Stein -dijo- que le asusta a usted el antisemitismo. No hay razón para ello. El antisemitismo no es en absoluto temible, sólo repugnante, lamentable y estúpido; lamentable porque es envidioso, cuando pretende mostrarse despectivo; estúpido porque fortalece aquello que pretende destruir. Los judíos sólo dejarán de ser judíos cuando eso constituya una deshonra de índole moral, no nacional. Y ser judío se convertirá en una deshonra de índole moral cuando nuestros señores cristianos se hagan verdaderos cristianos, o, dicho de otro modo, cuando se conviertan en personas que empeoren de forma consciente sus condiciones de vida para mejorar la vida de los demás, y a causa de ese empeoramiento experimenten satisfacción y alegría. Pero eso todavía no ha sucedido, pues dos mil años se han mostrado insuficientes para lograrlo. Por eso, señor Stein, es absurdo que hable usted y trate de comprar una dignidad dudosa humillando delante de estos cerdos al pueblo al que usted tiene el honor, escúcheme bien, al que usted tiene el honor de pertenecer. Debería darle vergüenza que yo, un ruso, le diga estas cosas a usted, un judío.

 

Demuestra que empleáis esas terribles palabras a cada momento, a cada minuto, que han dejado de ser para vosotros una injuria y se han convertido en un recurso expresivo de vuestro lenguaje.

 

Lo hice como aquel que se lanza en busca de un médico para un amigo moribundo, no porque el médico pueda salvarle, sino porque con ese movimiento, con esa búsqueda, trata de apaciguar el deseo de experimentar en sí mismo los sufrimientos cuya visión ha despertado ese sentimiento de compasión absolutamente insoportable.

 

De mí se apoderó una sensación de extrañeza. Resultaba que en un hombre ese comportamiento era indicativo de virilidad; pero en el caso de una mujer constituía un signo de prostitución. Se deducía también que el desdoblamiento de la espiritualidad y la sensualidad en el varón era una señal de hombría, mientras en la mujer ese mismo proceso era un indicio de depravación.

 

Si todo se hubiera realizado según mis deseos, la hubiera arrastrado, sin decirle una palabra, a una cama o a un banco o incluso debajo de una puerta cochera. Es indudable que actuaría de ese modo si las mujeres me lo permitieran. Ese desdoblamiento de la espiritualidad y la sensualidad, en virtud del cual no encontraba obstáculos morales que se opusieran a la satisfacción de eses instintos, era la razón principal por la que mis compañeros me consideraban un bravo y un valiente. Si se hubiera dado en mí una fusión completa de la espiritualidad y la sensualidad, me habría enamorado locamente de cualquier mujer que me hubiera atraído sensualmente.

 

Bastaría que todas las mujeres, de común acuerdo, aspiraran a la virilidad para que el mundo entero se convirtiera en una casa de citas.

 

Para un hombre enamorado todas las mujeres son mujeres, a excepción de aquella a la que ama, a la que considera una persona. Para una mujer enamorada todos los hombres son personas, a excepción de aquel al que ama, al que considera un hombre.

 

Bastaba con que se presentara mis sentimientos de una manera más profunda y reflexiva para que todos los actos de los que me vanagloriaba parecieran repugnantes, crueles y absolutamente injustificable.

 

Mientras antes experimentaba sólo sensualidad y para satisfacer a la mujer tenía que fingir amor, ahora sólo experimentaba amor y para satisfacer a Sonia tenía que fingir sensualidad.

 

Empecé a pensar que lo más importante para el hombre no son los acontecimientos que rodean su vida, sino el reflejo de éstos en su conciencia. Los acontecimientos pueden cambiar, pero mientras ese cambio no se refleje en la conciencia, la transformación es nula, absolutamente insignificante.

 

Toda la vida del hombre, todo su trabajo, sus actos, su voluntad, su fuerza física e intelectual se emplean y se gastan sin control y sin medida únicamente para ejecutar un acto en el mundo exterior, pero no por el acto en sí mismo, sino por el reflejo que éste produce en la conciencia. Y si a todo esto añadimos que el hombre ejecuta esos actos para que, una vez reflejados en su conciencia, creen en ella una sensación de alegría y felicidad, se nos revela con claridad el mecanismo que mueve la vida de cualquier hombre, independientemente de que sea malo y cruel u honrado y bondadoso.

 

En realidad cualquier felicidad humana consiste en una astuta fusión de dos elementos: 1) la sensación física de felicidad y 2) el acontecimiento exterior que actúa como detonante psicológico de esa sensación.

El edén de las manitas de cerdo. Enrique Pérez Balsas.

lunes, 25 de noviembre de 2024

La isla de la mujer dormida. Arturo Pérez-Reverte.

Inoportunos tiempos de antaño que obligaban más que los nuevos… Lealtad, compromiso, obligación, honor eran ya términos difusos, de límites imprecisos: una trampa peligrosa para quienes, como él, se veían obligados por antiguas e ineludibles maneras.

 

La imaginó con otro hombre y sintió crecer el deseo. Tal vez aquel marino grande y rubio que acababa de irse. Al fin y al cabo no habría sido la primera vez. Algunos, pensó con sangre fría, tenemos la facultad de adivinar futuros recuerdos.

 

- En realidad, un buen secreto no es algo que nadie sabe, sino de lo que nadie habla.

- Se basa en que casi siempre sólo vemos lo que estamos preparados para ver.

 

Soy más bien misántropo, como resulta obvio -dijo-. Poco partidario del género humano, fundamento esta misantropía en el método aristotélico: obtengo universales a partir del análisis de numerosos particulares hijos de puta.

 

…el verdadero seductor es el que hace aparecer a la mujer que hay tras las que parece haber.

 

Tarde o temprano, llega un momento en que miras tu futuro y sólo ves el pasado.

 

Mi lámpara vacía, mi luz que mengua, la edad sin retorno… Reposemos nuestros miembros, pues pagamos al tiempo con dolor.

sábado, 26 de octubre de 2024

Jane Eyre. Charlotte Brontë.

No sirve de nada afirmar que para los seres humanos debe suponer satisfacción suficiente el haber alcanzado la tranquilidad. Necesitan acción, y si no consiguen hallarla, la inventan. Existen millones de ellos condenados a una existencia más mortecina que la mía, pero otros tantos millones se rebelan en silencia contra su sino. Nadie puede calcular cuántas rebeliones, dejando aparte las políticas, fermentan entre el amasijo de seres vivos que pueblan la tierra. Se da por supuesto que las mujeres son más tranquilas en general, pero ellas sienten lo mismo que los hombres; necesitan ejercitar y poner a prueba sus facultades, en un campo de acción tan preciso para ellas como para sus hermanos. No pueden soportar represiones demasiado severas ni un estancamiento absoluto, igual que les pasa a ellos. Y supone una gran estrechez de miras por parte de algún ilustre congénere del sexo masculino opinar que la mujer debe limitarse a hacer repostería, tejer calcetines, tocar el piano y bordan bolsos. Condenarlas o reírse de ellas cuando pretenden aprender más cosas o dedicarse a tareas que se han declarado impropias de su sexo es fruto de la necedad.

 

Cuando se sienta tentada por el error, señorita Eyre, que el miedo a los remordimientos le sirva de freno. Los remordimientos son el veneno de la vida.

 

Toma un día, divídelo en porciones y asígnele una tarea distinta a cada una. No dejes ni un cuarto de hora ni diez minutos ni cinco sueltos en manos del ocio, inclúyelos todos. Cumple cada cometido a su tiempo con precisión metódica. El día habrá acabado antes de que llegues a darte cuenta de que empezó, y no tendrás que agradecerle a nadie que te ayudara a llenar un minuto; no necesitarás implorar la compañía de nadie, ni su charla, ni su simpatía ni su clemencia.

 

Haber cedido a la primera hubiera significado un error de principios, en la segunda, un error de cálculo.

 

Ya se sabe que los prejuicios son muy difíciles de arrancar de algunos corazones cuyo suelo no ha sido abonado por la educación, crecen y arraigan allí como la mala hierba entre las piedras.

 

Observar leyes y principios cuando no hay asomo de tentación ¿qué mérito tiene? Lo que cuenta es respetarlos en momentos como éste, cuando alma y cuerpo se amotinan contra su rigor. Cuanto más estrictos me parezcan, más inviolables los consideraré. Si los rompiera, a favor de mi gusto, de qué valdrían entonces.

 

No hay despropósito ni estupidez que no sea capaz de cometer un hombre acuciado por la lujuria, las inconsistentes rivalidades, los arrebatos y la ceguera de la juventud.

martes, 24 de septiembre de 2024

El niño. Fernando Aramburu.

Pero, dígame, ¿qué otra cosa significa ser adulto sino hacer por compromiso, por diplomacia, a diario, lo que a uno no le gusta o es contrario a sus deseos y convicciones?

miércoles, 18 de septiembre de 2024

El séptimo velo. Juan Manuel de Prada.

Cuando las personas que amamos son ya ancianas o llevan largo tiempo consumidas por la enfermedad, tendemos a representarnos anticipadamente su muerte, en un ejercicio mental preparatorio, el avance minucioso de las arrugas, la pérdida inexorable de facultades, los estragos de la decrepitud, en esos meses o años de convivencia previa con la muerte, apreciamos y valoramos lo que pronto perderemos y aprendemos a encarar ese futuro más o menos próximo en que faltarán. Nuestra piedad actúa como un mecanismo de defensa, previniéndonos contra su muerte, y así, las lloramos antes de tiempo, honramos su memoria antes de tiempo, nos atribulamos y desesperamos antes de tiempo, porque sabemos que ese dolor sostenido, consuetudinario casi, nos herirá más livianamente que el dolor abrupto que sobrevive a una pérdida que hemos preferido ignorar.

 

Sentado ante su cadáver en la habitación penumbrosa de la funeraria traté de rescatar ese depósito de lágrimas, vergonzantes o tumultuosas, que se supone que un hijo debe derramar, como testimonio secreto de gratitud, antes de atender las muestras de condolencia de familiares y amigos en el velatorio. Pero mis esfuerzos resultaron vanos. El dolor permanecía ahí, escondido en alguna fibra de mi sensibilidad, pero era un dolor absorto, incluso resignado, mil veces recreado por la imaginación, tan poco plañidero que podía confundirse con la ausencia de dolor.

 

De esta corriente de confianza mutua había quedado apartado mi padre desde el principio, no tanto porque nosotros lo hubiésemos excluido sino más bien porque nunca había sido un hombre preparado para tal intensidad de los afectos. Así, al menos, me lo había tratado de explicar, por aquietar mi conciencia, durante todos aquellos años que precedieron a la revelación que iba a trastornar mis precarias seguridades. El amor que no se dice a sí mismo acaba pereciendo por asfixia o inanición, tal vez por eso los enamorados se ensimisman en la repetición de unas fórmulas rituales que actúan a modo de promesas renovadas. Y mi padre, que había sido educado en la represión verbal de ciertos afectos, había mantenido siempre conmigo una relación elusiva, huidiza, incluso avergonzada de sí misma. Tanto que, a la postre, acabó convirtiéndose en una figura de autoridad más o menos severa o permisiva a la que debía respecto, un borroso respeto que se había ido desdibujando a medida que transcurrían los años, hasta convertirse en una suerte de rutina moral, una de esas rutinas que engendran tedio y melancolía, ni siquiera sentimiento de culpa, pues resultaba evidente en su austeridad que era casi desapego.

 

 … pero las sospechas, aunque crezcan sobre un terreno más yermo que las certezas, aunque no las abones sino la ofuscada y enferma imaginación, arraigan y crecen mucho más rápidamente.

 

Quizá la felicidad consista, a la postre, en reconciliarnos con lo que verdaderamente somos, con lo que verdaderamente fuimos.

 

El mundo tenebroso que había logrado mantener a buen recaudo durante los últimos años, encerrado en cámaras precintadas, reanudaba su carcoma, anegaba otra vez con su pujanza cualquier vestigio de vida sensible, otra vez el rencor y el despecho y una como ofendida perplejidad danzando en un aquelarre enloquecedor.

 

Nunca he sido persona curiosa, ni siquiera inquisitiva, más bien al contrario, me he esforzado siempre por rehuir las confidencias ajenas, por evitar los descargos de conciencia, incluso cuando esos descargos y confidencias de algún modo no me atañen, o sobre todo entonces.

 

Supongo que esta actitud retraída me ha granjeado alguna malquerencia o animadversión y también cierta fama de persona esquiva; pero a cambio me ha permitido vivir más tranquilo, porque los secretos que llegamos a conocer mal de nuestro grado acaban de algún modo infectando de malestar nuestros días, acaban removiendo ese mundo tenebroso que hubiésemos preferido mantener anestesiado.

 

¿Nos llegaremos a extinguir? Y antes de que acertara a contestar a su pregunta, que tal vez fuera retórica o una forma velada de exorcismo, el padre Lucas murmuró:

En ese caso, quienes vengan a sustituirnos serán mucho peores.

 

-Aprenderá a amarme. Las mujeres, sobre todo si son jóvenes, confunden el amor con el deslumbramiento. Pero con el tiempo…

-Con el tiempo llegan a cogernos asco, si no nos aman desde el principio.

 

El otoño ya arañaba con su herrumbre el cielo de París. Los atardeceres aún tenían una tibieza dulce, como de oro viejo.

 

Ni las guerras ni los años inventan nada en el espíritu de las personas; sus penalidades sirven, a la postre, para que afloren pasiones y atavismos que ya estaban inscritos en su naturaleza, en estado larvario, o reprimidos por las convenciones sociales: y así, quien desiste o se rebela es porque antes ya escondía una inclinación latente al desistimiento o la rebeldía, quien se enfanga o enaltece no hace sino responder fatalmente a una vocación originaria. Esta certidumbre no incorporaba ningún juicio o censura moral, sino más bien al contrario, un ingrediente de compasión hacia la debilidad…

 

Quizá el amor no sea sino el espejismo y fortaleza que brinda la agregación de dos debilidades.

 

La insistencia de Jules al fin obtenía resultado, al fin rendía el baluarte de su sueño, y durante los minutos que duraba su muta entrega dejaban ambos de llamarse Lucía y Jules, dejaban de tener un solo nombre para tener todos los nombres del mundo, herido por una misma luz blanca, traspasados por un mismo fuego que los fundía en la íntima unidad del universo; y alcanzaban a comprender, en la fulguración de un instante, que todo era una misma cosa; muerte y vida, posesión y pérdida, pasado y futuro, todo giraba en un mismo carrusel ebrio de eternidad, y en el vertido de ese giro llegaban a creerse inmortales, indestructibles como la mañana que ya se posaba rendida en la sábanas.

 

La mente humana es como Salomé al inicio de su danza, escondida del mundo exterior por siete velos de reserva, timidez, miedo… Con sus amigos, un hombre normal se quita primero un velo, luego otro, puede que hasta tres o cuatro en total. Con la mujer a la que ama se quita cinco, o quizá seis si entre ellos existe gran confianza, pero nunca los siete. A la mente humana también le gusta cubrir su desnudez y guardar su intimidad para sí.

 

El punto de vista es en sí mismo una mentira, una manipulación de la realidad.

 

Necesitamos culpables nítidos, para que nuestra vida no se parezca demasiado a un sueño incoherente y febril.

 

…valentía es, en la mayoría de los hombres, una pasión que requiere el estímulo del gregarismo.

 

El olvido no es una enfermedad de la memoria, sino una condición de su salud y de su vida.

 

Descubrieron que en el interior de cada hombre y de cada mujer pervive un paraíso íntimo, un huerto clausurado, donde la muerte no filtra su alienteo, donde el eco de la guerra no se alcanza de oír, donde el león y el cordero puede retozar en paz, entregados a mil gozosos coloquios, ensimismados en un tesoro de dichas que nunca dimite de fulgor. Bastaba cerrar los ojos a todo lo demás, bastaba entregarse al éxtasis de la carne y a la voluptuosidad de los sentidos para que esos amenos parajes asomaran entre las ruinas de un mundo que había dejado de existir. Se amaban sin rebozo y sin desconfianza, como se aman los animales, olvidados de sus garras, o usándolas para hacer más encarnizado su amor. Ambos sabían que la razón podía convertirlos en enemigos, a poco que hurgasen en sus respectivos pasados, a poco que probaran a husmear en el desván donde habían arrumbado sus pecados pretéritos, pero sobre esa tentación destructiva prevalecía la pura conformidad de dos corazones latiendo al unísono, un pacto de sangre anheloso de ofrendarse mutuamente que nadie podía romper, esa muda tan elocuente complicidad que une con un deseo común al hombre que se entrega y a la mujer que consiente.

 

Jules la oía llorar en el baño con un llanto pudoroso, vergonzante, casi inaudible entre el retemblar de las tuberías, ese llanto cautivo de quienes ya saben que no hay agua que lave las manchas del alma.

 

Las circunstancias extraordinarias no transforman el alma de un hombre, sino que más bien decantan aquello que permanecía oscuro o apenas formulado.