lunes, 26 de octubre de 2026

Posthoméricas. Libros VII-XIV. Quinto de Esmirna.

A poco de fallecer él, me resigné yo a tomar comida y a contemplar aún vivo el amanecer, pues bien sé que todos los hombres andamos el mismo camino del Hades y que a todos nos llega el nefasto final de una muerte luctuosa: conviene que quien es mortal acepte todo cuanto un dios le conceda, sean alegrías o dolores.

A todos los hombres la divinidad les procuró el mismo mal: la pérdida de los seres queridos; pero también a todos nosotros nos cubrirá la tierra, sin que hayamos recorrido un mismo camino de la vida, ni el que cada uno desea, porque allá en lo alto bienes y males reposan en las rodillas de los dioses, mezclados todos juntos por obra de las Moiras. Y ninguno de los inmortales alcanza a verlos, sino que resultan invisibles, ocultos como están por una divina niebla; sólo la Moira pone sobre ellos sus manos, y, sin mirarlos, del Olimpo a la tierra los arroja: por todas partes entonces se desplazan, como movidos por los soplos del viento; y así, a menudo a un hombre bueno lo envuelve una gran desgracia, y al malvado le sobreviene involuntariamente la prosperidad. A ciegas se conduce la vida de los hombres, por lo que no avanza con paso seguro, sino que continuamente tropiezan sus pies.

Nunca una mujer le sobreviene un dolor más funesto que cuando sus hijos perecen, una vez ha fallecido también su esposo, y es así despoblada su cada por la cruel muerte; de inmediato los hombres de los alrededores se reparten sus campos y todo se lo saquean, sin cuidarse de las leyes, porque no existe nada más angustiado ni pusilánime que una mujer desvalida en su morada.  

Enone: ¡Ay de mí!, ¡qué necedad la mía! ¡Ay de mí!, ¡qué odiosa vida! Yo, infeliz, amé a mi esposo y con él esperaba, aun atormentada por la vejez, alcanzar precisamente este ínclito umbra en constante armonía, pero los dioses lo dispusieron de otro modo. ¡Ojalá en el pasado me hubieran arrebatado las negras keres, cuando lejos me iba a encontrar de Alejandro! Pero, aunque éste me abandonó en vida, yo acometeré la gran empresa de morir a su lado, porque ya no me agrada la luz del día.

Las Ninfas quedaron atónitas, cada una en su lugar, al verla caída al lado de su marido; y, para sus adentros, una se dijo tales palabras: ¡Realmente Paris era un necio, pues abandonó a su esposa legítima, tan fiel como era, y se trajo a una desvergonzada concubina, perniciosa calamidad para él mismo, para los troyanos y para su villa! ¡Insensato!, que no tuvo respeto por el corazón atormentado de su muy casta mujer, quien lo apreciaba más que a la luz del sol, aun cuando él la aborreciera y no la amara.

Calcante, para sí detener a la tropa: ¡Dejad de disparar contra la persona del valeroso Eneas luctuosos dardos y letales lanzas! Pues es su destino, por la muy gloriosa voluntad de los dioses, marchar desde el Janto hasta el Tíber, de ancha corriente, y allí fundar una villa sagrada y digna de la admiración de las generaciones venideras, y aún ser el soberano de un muy diseminado pueblo; más aún, su estirpe extenderá luego sus dominios, hasta llegar a los inmutables confines del Oriente y del Occidente.

Consumaron los argivos, de violento espíritu, su indecible empresa, después de haber arrostrado tantas y tantas fatigas por Helena, de vivaces párpados: Troya entera, antaño del todo próspera , se abrasa ya en el fuego, sin que un dios le haya prestado la protección deseada. Y es que todas las acciones de los mortales las contempla el irresistible Destino: muchas veces, aquello que es infame y carente de esplendor, lo hace gloriosos, al tiempo que convierte en insignificante algo que está en lo más alto; y a menudo, del bien resulta el mal, y del mal algo bueno, con el transcurso de nuestra muy sufrida existencia.

Mucho glorificaban en ese placentero banquete a todos cuantos, revestidos de sus armas, había acogido en su interior el caballo de madera. Y alababan al perínclito Sinón, porque había soportado los muy dañinos ultrajes de los enemigos, todos lo honraban de continuo con cánticos e infinitos presentes, y él en el fondo de sus sufridas entrañas sentía regocijo por la victoria de los argivos, sin afligirse por aquellos ultrajes padecidos: para un varón sabio y sensato, en efecto, es mucho mejor la gloria que el oro, la belleza y los demás bienes, cuantos para los hombres existen y existirán.

Para satisfacer sus deseos, he aquí que primero cantaban cómo se congregaron las huestes en el sagrado suelo de Áulide y cómo la gran fuerza del infatigable Pélida devastó doce ciudades durante su travesía por el ponto, y otras once por el infinito continente; cuántas fueron sus hazañas en su lucha contra el soberano Télefo y el poderoso Eetión; cómo dio muerte al orgulloso Cicno y cuántas penalidades hubieron de soportar los aqueos en la batallas que tras la cólera de Aquiles acontecieron; cómo arrastró a Héctor alrededor de las murallas de su patria; cómo acabó con Pentesilea en plena refriega; cómo abatió al hijo de Titono y cómo mató el robusto Ayante a Glauco, experto en el manejo de la lanza, y cómo a Eurípilo, muy glorioso varón, le dio muerte el hijo de veloz Eácida; cómo abatieron a Paris los dardos a Filoctetes y cuántos guerreros penetraron dentro del engañoso caballo; y cómo, tras haber arrasado la ciudad de Príamo, vástago de los dioses, banqueteaban ya exentos de los malditos combates. Cada uno en su lugar cantaba lo que su ánimo le dictaba.

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