¿Por qué se teme tanto a la soledad? Porque no se sabe convivir con ella. No la quiero, tampoco la detesto. No la quiero pero la necesito. La necesito para conocerme a mí mismo. La necesito para conocer a los demás. La necesito para sentir tristeza. La necesito para para conocer mi alma. La necesito para estremecerme. Cuando te tengo, anhelo la compañía. Cuando no te tengo, te echo de menos. A veces, te huelo al pasar. A veces te veo cruzar la calle. A veces creo que bailas entre la gente. Nadie se percata de ello. Creo que soy el único que te ve. Te veeeeeo. Deseo que te acerques y me beses mas nunca te lo pediré. Ven. Abrázame. Envuélveme con tus brazos. Hazme sentir especial por unos segundos. Ya te vas.
jueves, 22 de marzo de 2012
J. Sfortuna.
jueves, 1 de marzo de 2012
J. Sfortuna.
Aún recuerdo aquellas noches interminables, riendo y bebiendo, castigando a la vida. Con esa amistad y compañerismo que no es posible encontrar después.
A la vez también se recuerdan aquellos días de desasosiego, de inquietud, propios de una personalidad sin fijar.
Con qué encanto se recuerda todo ahora, incluso los malos momentos, que los hubo también. El aderezo de la vida.
viernes, 24 de febrero de 2012
Érase una vez América.
miércoles, 8 de febrero de 2012
Sueños de un seductor. Play It again, Sam. Woody Allen
Ella: - Suicidarme.
Allan: - ¿Y el viernes por la noche?
martes, 7 de febrero de 2012
De Poemas póstumos, 1968. Gil de Biedma.
De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación —y ya es decir—,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colmena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?
Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.
Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
—seguro de gustar— es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.
Si no fueses tan puta!
Y si yo supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y que eres débil cuando me enfurezco...
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.
A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo!


