Hamlet:
¿Qué parece decís, señora?
no hay tal: es; yo no sé de pareceres,
no es tan solo mi capa color tinta,
mi buena madre, ni mi usual ropaje
solemnemente negro, ni el suspirar ruidoso
con forzado resuello.
No, ni el copioso río de los ojos,
ni el aspecto abatido de mi rostro,
junto a todas las formas
y talentes y nuestras de dolor,
lo que puede de veras expresarme.
Todo eso en efeto es parecer,
pues son actos que un hombre muy bien puede fingir,
pero yo llevo dentro lo que va más allá
de cualquier apariencia;
lo otro son los arreos y galas de la pena.
Hamlet:
¡Oh, Dios mío, Dios mío, qué fatigosos, rancios,
vanos y sin provecho,
me parecen los usos de este mundo!
Hamlet:
Sospecho alguna sucia treta;
ojalá fuera ya de noche;
hasta entonces, serénate, alma mía;
las perfidias saldrán a plena luz
aunque la tierra entera las sepulte
a la mirada humana.
Polonio:
No te muestres lenguaraz
para tus pensamientos, ni pongas en acto
un pensamiento desproporcionado.
sé natural; pero vulgar, de ningún modo.
los amigos que tengas,
y puesta a prueba su adopción,
aférralos a tu alma con anillas de acero;
pero no hagas callosa la palma de tu mano
agasajando a cada camarada imberbe
y no salido aún del cascarón;
cuídate de meterte en una riña,
pero una vez metido, llévala de tal modo
que sea tu oponente quien se cuide de ti.
Presta a todos tu oído, pero a pocos tu voz;
Recibe las censuras de cualquiera,
pero resérvate tu juicio;
tu ropa tan costosa como alcance tu bolsa,
mas no manifestada estrafalariamente:
rica sí, no ostentosa
pues muchas veces por el atavío
se ve lo que es un hombre,
y en Francia los de más alcurnia y rango
del modo más selecto y generoso
sobresalen en esto. Nunca pidas prestado
ni prestes tú, que un préstamo casi siempre te lleva
a perder el dinero y el amigo.
Y el pedir mella el filo de tu buen gobierno.
Y sobre todo esto: sé sincero
contigo mismo, y de ello ha de seguirse,
como la noche sigue al día, que no podrás entonces
ser falso con ninguno.
Ofelia:
Señor, me ha requebrado de manera honesta.
Apolonio:
Bien sé yo
cuando abrasa la sangre, con qué soltura el alma
presta promesas a la lengua;
estas pavesas, hija, con más luz que calor,
que una y otra se extinguen en su promesa misma
mientras aún está haciéndose,
no debe confundirlas con el fuego.
Hamlet:
Es costumbre que se honra mas
rompiéndola que respetándola
Hamlet:
No hay nada bueno o malo, sino que el pensamiento lo hace
tal.
Hamlet:
Ser o no ser, de
eso se trata;
...
¿quién soportaría
los azotes
y escarnios de los tiempos, el daño del tirano,
el desprecio del fatuo, las angustias
del amor despechado, las largas de la ley,
la insolencia de aquel que posee el poder
y las pullas que el mérito paciente
recibe del indigno, cuando él mismo podría
¿Dirimir ese pleito con un simple punzón?
¿Quién querría cargar con fardos,
rezongar y sudar en una vida fatigosa,
¿Si no es porque algo teme tras la muerte?
Esa región no descubierta,
de cuyos límites ningún viajero
retorna nunca, desconcierta
nuestro albedrío, y nos inclina
a soportar los males que tenemos
antes que abalanzarnos a otros que no sabemos.
De esta manera la conciencia
hace de todos nosotros cobarde,
y así el matiz nativo de la resolución
se opaca con el pálido reflejo del pensar,
y empresas de gran miga y de mucho momento
por tal motivo tuercen sus caudales
y dejan de llamarse acciones.
Rey:
¿Puede ser personado uno, y a la vez
retener el delito? En los cursos
corruptos de este mundo,
puede, cubierta de oro, la mano del delito
hacer a un lado a la justicia,
y vemos a menudo que el precio infecto mismo
compra a la ley; mas no es así en lo alto,
allí no se hace trampa: allí la acción se muestra
en su naturaleza verdadera,
y allí nosotros mismos nos vemos obligados
a rendir nuestras pruebas de nuestros delitos
a rostro descubierto.
Rey:
Si mis palabras vuelan,
mi pensamiento en cambio permanece en el suelo;
palabras sin ideas nunca alcanzan el cielo.
Reina:
Ay, Hamlet, no hables más.
Me haces volver los ojos al fondo mismo de mi alma,
y veo allí unas manchas
yan negras en sus fibras íntimas,
que nunca perderán su tinte.
Hamlet:
La costumbre, ese monstruo que se come
todos nuestros sentidos, demonio de los hábitos.
Hamlet:
Tengo que ser cruel; sólo para ser bueno.
Ahora empieza lo malo, y falta lo peor.
