miércoles, 25 de febrero de 2026

Los miserables. Víctor Hugo.

Mientras a consecuencia de las leyes y de las costumbres exista una condenación social, creando artificialmente, en plena civilización, infiernos, y complicando con una humana fatalidad el destino, que es divino; mientras no se resuelvan los tres problemas del siglo: la degradación del hombre por el proletariado, la decadencia de la mujer por el hambre, la atrofia del niño por las tinieblas; en tanto que en ciertas regiones sea posible la asfixia social; en otros términos y bajo un punto de vista más dilatado todavía, mientras haya sobre la tierra ignorancia y miseria, los libros de la naturaleza del presente podrán no ser inútiles.

 

Lo que de los hombres se dice, verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y sobre todo en su vida, como lo que hacen.

 

No era bastante ignorante para ser absolutamente indiferente.

 

Quien no ha sido obstinado acusador durante la prosperidad debe callarse ante el derrumbamiento. El denunciador del éxito es el sólo legítimo justiciero de la caída.

 

Quien no ha sido obstinado acusador durante la prosperidad, debe callarse ante el derrumbamiento. El denunciador del éxito es el sólo legítimo justiciero de la caída.

 

Vivimos en una sociedad sombría. Medrar, tal es la enseñanza que gota a gota cae de la corrupción a plomo sobre nosotros.

 

Dicho sea de paso, el éxito es una cosa bastante fea. Su falso parecido con el mérito engaña a los hombres de tal modo que para la multitud, el fringo tiene casi el mismo rostro que la superioridad.

 

Aprovechad la ocasión de medrar y tendréis lo demás; sed afortunados y os creerán grande. Fuera de cinco o seis excepciones inmensas, que son el orgullo y la luz de un siglo, la admiración contemporánea no es sino miopía: se toma el similor por el oro: no importa que uno sea advenedizo si llega a su objeto el primero. El vulgo es un viejo Narciso que se adora a sí mismo, y que aplaude todo lo vulgar.

 

Confunden con las constelaciones del firmamento las huellas estrelladas que dejan en el cieno blando de un lodazal las patas de los gansos.

 

¿Qué más necesitaba aquel anciano que repartía los ocios de su vida, donde tan poco lugar había de estar ocioso, entre cuidar su jardín de día y la contemplación de noche? Aquel estrecho cercado que tenía por bóveda los cielos, ¿o era bastante para poder adorar a Dios, ya en sus obras más hermosas, ya en las más sublimes? ¿Qué más podía desear? Un pequeño jardín para pasearse y la inmensidad para meditar. A sus pies lo que podía cultivar y recoger, sobre su cabeza lo que se puede estudiar y meditar: algunas flores sobre la tierra y todas las estrellas en el cielo.

 

… era sencillamente un hombre que observa desde fuera las cuestiones misteriosas, sin escrutarlas, sin agitarlas y sin perturbar su propio espíritu, y que tenía en el alma el grave respeto de la sombra.

 

Todas las invasiones de la historia están determinadas y señaladas por mujeres. La mujer es el derecho del hombre. Rómulo robó las sabinas, Guillermo robó las sajonas, César robó las romanas. El hombre que no es amado se cierne como un buitre sobre los amores del prójimo. Por lo que a mí hace, a todos esos infortunados que están viudos, les dirijo la sublime proclama de Bonaparte al ejército de Italia: <<Soldados, carecéis de todo. El enemigo lo tiene.>>

 

Hay almas, que como el cangrejo, retroceden continuamente hacia las tinieblas, que retrograda más que adelantan en la vida, empleando su experiencia en aumentar su deformidad, empeorándose sin cesar, e impregnándose más y más de un tizne creciente.

 

Cuando se le vio ganar dinero, se dijo: <<Es un negociante.>> Cuando se le vio derramar su ganancia, se dijo: <<Es un ambicioso.>> Cuando se le vio desechar los honores, se dijo: <<Es un aventurero.>> Cuando se le vio rechazar la sociedad, se dijo: <<Es un bruto.>>

 

Comía siempre solo, con un libro abierto delante de sí, en el cual leía. Tenía una pequeña y escogida biblioteca; gustaba de los libros: los libros son amigos fríos y seguros.

 

Querer prohibir a la imaginación que vuelva a una idea, es lo mismo que querer prohibir al mar que vuelva a la playa. Para el marinero este fenómeno se llama marea; para el culpado se llama remordimiento.

 

Las realidades del alma no dejan de ser realidades porque sean invisibles e impalpables.

 

La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del deber, son cosas que, engañándose, pueden ser repugnantes; pero aun repugnantes, son grandes; la majestad propia de la conciencia humana subsiste en el horror; son virtudes que tienen un vicio, el error. El impío y honrado placer de un fanático en medio de la atrocidad conserva algún resplandor lúgubre, pero respetable.

 

Wellington, caprichosamente ingrato, declara en una carta a Lord Rathurst, que su ejército, el ejército que combatió el 18 de junio de 1815, era <<un ejército pésimo>>. ¿Qué piensa de esta frase ese oscuro montón de huesos sepultados bajo los surcos de Waterloo?

 

El soldado de hierro vale tanto como el duque de hierro.

 

Mientras uno vive en su país natal, cree que las calles le son indiferentes; que las ventanas, los tejados y las puertas nada significan; que las paredes le son extrañas; que los árboles son como otros cualesquiera; que las casas cuyo umbral no se pisa son inútiles; que el suelo que se pisa se solamente piedra. Pero después, cuando se ha abandonado la patria, se conoce que aquellas calles son objeto de cariño; se siente la falta de aquellas ventanas, de aquellos tejados y aquellas puertas; se echa de ver que aquellas paredes son necesarias; que aquellos árboles son queridos; que en aquellas casas cuyo umbral no se pisaba se entraba todos los días, y que el desterrado ha dejado su sangre y su corazón en aquel suelo. Todos esos sitios que no se ven ya, que no serán nunca quizá, y cuya imagen se han conservado viva, toman un encanto doloroso, se presentan con la melancolía de una aparición, hacen visible la tierra sagrada, y son, por decirlo así, la forma misma de la patria: se les ama; se les evoca tales como son, tales como eran; se recuerdan obstinadamente, y no se nota que hayan cambiado nada, porque se ven en ellos el rostro de la madre.

 

Estudiemos las cosas que ya no existen. Es necesario conocerlas, aunque no sea más que evitarlas. Las falsificaciones de lo pasado toman falsos nombres, y se apropian a sí mismas el del porvenir; lo pasado es un viajero que puede falsificar el pasaporte: estemos prevenidos, desconfiemos. Lo pasado tiene una fisonomía, la superstición; una máscara, la hipocresía. Denunciemos la fisonomía y arranquemos la máscara.

 

Negar la voluntad del infinito, es decir, negar a Dios, es cosas que sólo puede hacerse negando el infinito; y que el infinito existe, lo hemos demostrado.

La negación del infinito nos lleva vía recta al nihilismo, y entonces todo se convierte <<en un puro concepto del espíritu>>.

Con el nihilismo no hay discusión posible; porque si el nihilismo es lógico, niega que su interlocutor exista, y tampoco está s4eguro de su propia existencia.

Aplicando su doctrina, es posible que no sea para sí mismo más que un <<puro concepto del espíritu>>.

Pero no cae en que todo lo que niega lo admite en junto, con sólo pronunciar la palabra: <<Espíritu>>.

A este monosílabo no hay más que una respuesta posible: sí.

El nihilismo no tiene trascendencia alguna.

Y la nada no existe; el cero no existe. Todo es algo; porque la nada es nada.

El hombre vive de afirmación más que de pan.

Ver y enseñar no basta.

La filosofía debe ser un poder vivo, y debe tener por esfuerzo y por efecto la mejora del hombre. Sócrates debe entrar en Adán y producir a Marco Aurelio; en otros términos, es preciso hacer del hombre de la felicidad, el hombre de la sabiduría: transformar el Edén en el Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Sólo gozar! ¡Qué objeto tan triste! ¡Qué ambición tan pequeña! Los brutos gozan. Pero ¡pensar! Ése es el verdadero triunfo del espíritu. La misión de la filosofía real es hacer fluir el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles a todos en elixir la noción de Dios; unir fraternalmente en ellos la conciencia y la ciencia, y hacerlos justos por medio de esta unión misteriosa. La moral es un ramillete de verdades y la contemplación nos lleva a la acción. Lo absoluto debe ser práctico; lo ideal debe ser respirable, potable, comestible al espíritu humano. Sólo lo ideal puede decir: Tomad, ésta es mi carne; tomad, ésta es mi sangre. La sabiduría es una comunión sagrada. Sólo bajo esta condición deja de ser un amor estéril de la ciencia para convertirse en el modo único y soberano de la unión humana, y pasar de ser filosofía a ser religión.

La filosofía no debe ser un edificio construido sobre el misterio para mirarlo fácilmente, sin más resultado que una distracción de la curiosidad.

Aunque dejamos para otra ocasión el desarrollo de nuestro pensamiento, diremos aquí que no comprendemos ni el hombre como punto de partida ni el progreso como fin, sin están dos firmezas, que son los dos motores: crear y amar.

El progreso, es el fin; lo ideal, es el tipo.

¿Qué es lo ideal? Dios.

Lo ideal, lo absoluto, lo perfecto, lo infinito; todo esto es idéntico.

 

¡Qué olas tan poderosas son las ideas! ¡Cómo cubren rápidamente todo lo que deben destruir y sepultar en cumplimiento de su misión, y cuán pronto excavan terribles profundidades!

 

No debemos renegar de la patria ni en lo pasado ni en lo presente. ¿Por qué no hemos de admitir toda la historia? ¿Por qué no hemos de amar a toda Francia?

 

Por lo demás, era un joven entusiasta… Puro hasta ser insociable.

 

¿Cómo le subyugaba Enjolras? ¿Por las ideas? No, por el carácter. Fenómeno observado muchas veces. Un escéptico que se une a un creyente es una cosa tan sencilla, como la ley de los colores complementarios; siempre nos atrae lo que nos falta; nadie ama la luz como el ciego.

 

… porque hay hombres que parece que han nacido para ser el verso, el anverso y el reservo; que son al mismo tiempo Pólux y Patroco, Niso y Eudámidas, Efestión y Pechméja. Sólo viven a condición de estar unidos a otro; su nombre es una continuación, y sólo se escribe precedido de la conjunción y; su existencia no les pertenece; es el otro lado de un destino que no es el suyo. Grantaire era uno de esos hombres; era el reverso de Enjolras.

 

La vida, la desgracia, el aislamiento, el abandono, la pobreza son campos de batalla que tienen sus héroes; héroes oscuros, pero más grandes a veces que los héroes ilustres.

 

Hay naturalezas firmes y raras que han sido creadas así; porque la miseria, que es casi siempre una madrastra, es algunas veces madre; la desnudez engendra en ocasiones el vigor del alma y del talento; la miseria amamante la altivez; la desgracia suele ser un buen alimento para los corazones magnánimos.

 

Se daba testimonio de que nunca había debido un sueldo a nadie, porque creía que una deuda era el principio de la esclavitud; y se decía que un acreedor es peor que un amo, porque un amo no posee más que la persona, pero un acreedor posee la dignidad, y puede abofetearla…

 

… son raros aquellos que han caído y no se han degradado. Además, hay un punto en que los infortunios y las infamias se confunden y mezclan en una sola palabra fatal: los miserables.

 

El pensamiento es el trabajo de la inteligencia, la meditación fantástica es la voluptuosidad; reemplazar aquél por ésta es confundir un veneno con un alimento.

 

Se ha abusado tanto de las miradas en las novelas amorosas, que se han concluido por darles poca importancia; apenas se atreve hoy un novelista a decir que dos seres se han amado porque se han mirado; y sin embargo, así es como únicamente se ama. Lo demás no es sino lo demás, y viene después. Nada es más real que estas grandes sacudidas, que dos almas se impresionen mutuamente al cambiar esta chispa.

 

Y además, cosa extraña, el primer síntoma del verdadero amor en un joven es la timidez, y es una joven es el atrevimiento.

 

 

Es un error creer que la pasión es pura cuando es feliz, y que conduce al hombre a un estado de perfección; le conduce simplemente, como hemos dicho, al estado de olvido. En esta situación, el hombre se olvida de ser malo, pero se olvida también de ser bueno. El agradecimiento, el deber, los recuerdos esenciales e importunos desaparecen.

 

Como hemos dicho ya, en el primer amor se toma el alma antes que el cuerpo; después se toma el cuerpo antes que el alma, y aun algunas veces no se toma el alma del todo.

 

La convicción irritada, el entusiasmo frustrado, la indignación conmovida, el instinto de guerra comprimido, el valor de la juventud exaltada, la ceguedad generosa, la curiosidad, el placer de la variación, la sed de lo inesperado, el sentimiento que hace experimentar placer al leer el cartel de un nuevo espectáculo, y al oír en el teatro el silbato del maquinista; los odios vagos, los rencores, las contrariedades, la vanidad que cree que ha fracasado el destino; el malestar, los pensamientos profundos, las ambiciones rodeadas de abismos; todo el que espera de un derrumbamiento una salida; y en fin, en lo más bajo la turba, ese lodo que se convierte en fuego tales son los elementos del motín.

 

La multitud tiene cierta tendencia a admitir un amo. Su masa produce la apatía; la multitud se totaliza fácilmente en la obediencia. Y es preciso removerla, empujarla, animar a los hombre con el beneficio de su libertad, deslumbrar sus ojos con la verdad, arrojarles la luz a puñados. Es preciso que se vean un poco deslumbrados para su propia salvación; porque este deslumbramiento los despierta.

 

Los grandes dolores llevan en sí mismos el decaimiento, desaniman; el hombre en quien penetran siente retirarse alguna cosa. En la juventud, su visita es lúgubre; más tarde, es siniestra. Cuando la sangre está caliente; cuando los cabellos son negros; cuando la cabeza está recta sobre el cuerpo como la llama sobre la antorcha; cuando la rueda del destino tiene aún casi todo su espesor; cuando el corazón lleno de amor tiene aún latidos que pueden renacer; cuando se tiene delante tiempo para repararlos; cuando aún existen para él todas las mujeres, toda las sonrisas, todo el provenir y todo el horizonte; cuando la fuerza de la vida está completa, si la desesperación es una cosa terrible, ¿qué será en la vejez cuando los años se precipitan cada vez más pálidos, en esa hora crepuscular en que se principian a descubrir las estrellas de la tumba?

 

Las estatuas, bajo los árboles, desnudas y blancas, tenían ropajes de sombra, agujereados de luz; eran diosas con harapos de sol, pues los rayos les colgaban de todas partes.

 

Las razas petrificadas en el dogma, o desmoralizadas por el huero, son impropias para dirigir la civilización. La genuflexión ante el ídolo o ante el escudo, atrofia el músculo que anda y la voluntad que va. La absorción hierática o comercial aminora el radio de un pueblo, baja su horizonte al bajar su nivel, y le retira el conocimiento, a la vez humano y divino, del fin universal, que constituye las naciones misioneras.

 

Duerme. Aunque la suerte no le fue propicia,

vivía, y murió cuando perdió a su ángel.

La muerte le llegó sencillamente,

como llega la noche cuando se marcha el día.