jueves, 26 de marzo de 2026
Lo fatal. Rubén Darío.
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...
lunes, 16 de marzo de 2026
Hamlet. William Shakespeare.
Hamlet:
¿Qué parece decís, señora?
no hay tal: es; yo no sé de pareceres,
no es tan solo mi capa color tinta,
mi buena madre, ni mi usual ropaje
solemnemente negro, ni el suspirar ruidoso
con forzado resuello.
No, ni el copioso río de los ojos,
ni el aspecto abatido de mi rostro,
junto a todas las formas
y talentes y nuestras de dolor,
lo que puede de veras expresarme.
Todo eso en efeto es parecer,
pues son actos que un hombre muy bien puede fingir,
pero yo llevo dentro lo que va más allá
de cualquier apariencia;
lo otro son los arreos y galas de la pena.
Hamlet:
¡Oh, Dios mío, Dios mío, qué fatigosos, rancios,
vanos y sin provecho,
me parecen los usos de este mundo!
Hamlet:
Sospecho alguna sucia treta;
ojalá fuera ya de noche;
hasta entonces, serénate, alma mía;
las perfidias saldrán a plena luz
aunque la tierra entera las sepulte
a la mirada humana.
Polonio:
No te muestres lenguaraz
para tus pensamientos, ni pongas en acto
un pensamiento desproporcionado.
sé natural; pero vulgar, de ningún modo.
los amigos que tengas,
y puesta a prueba su adopción,
aférralos a tu alma con anillas de acero;
pero no hagas callosa la palma de tu mano
agasajando a cada camarada imberbe
y no salido aún del cascarón;
cuídate de meterte en una riña,
pero una vez metido, llévala de tal modo
que sea tu oponente quien se cuide de ti.
Presta a todos tu oído, pero a pocos tu voz;
Recibe las censuras de cualquiera,
pero resérvate tu juicio;
tu ropa tan costosa como alcance tu bolsa,
mas no manifestada estrafalariamente:
rica sí, no ostentosa
pues muchas veces por el atavío
se ve lo que es un hombre,
y en Francia los de más alcurnia y rango
del modo más selecto y generoso
sobresalen en esto. Nunca pidas prestado
ni prestes tú, que un préstamo casi siempre te lleva
a perder el dinero y el amigo.
Y el pedir mella el filo de tu buen gobierno.
Y sobre todo esto: sé sincero
contigo mismo, y de ello ha de seguirse,
como la noche sigue al día, que no podrás entonces
ser falso con ninguno.
Ofelia:
Señor, me ha requebrado de manera honesta.
Apolonio:
Bien sé yo
cuando abrasa la sangre, con qué soltura el alma
presta promesas a la lengua;
estas pavesas, hija, con más luz que calor,
que una y otra se extinguen en su promesa misma
mientras aún está haciéndose,
no debe confundirlas con el fuego.
Hamlet:
Es costumbre que se honra mas
rompiéndola que respetándola
Hamlet:
No hay nada bueno o malo, sino que el pensamiento lo hace
tal.
Hamlet:
Ser o no ser, de
eso se trata;
...
¿quién soportaría
los azotes
y escarnios de los tiempos, el daño del tirano,
el desprecio del fatuo, las angustias
del amor despechado, las largas de la ley,
la insolencia de aquel que posee el poder
y las pullas que el mérito paciente
recibe del indigno, cuando él mismo podría
¿Dirimir ese pleito con un simple punzón?
¿Quién querría cargar con fardos,
rezongar y sudar en una vida fatigosa,
¿Si no es porque algo teme tras la muerte?
Esa región no descubierta,
de cuyos límites ningún viajero
retorna nunca, desconcierta
nuestro albedrío, y nos inclina
a soportar los males que tenemos
antes que abalanzarnos a otros que no sabemos.
De esta manera la conciencia
hace de todos nosotros cobarde,
y así el matiz nativo de la resolución
se opaca con el pálido reflejo del pensar,
y empresas de gran miga y de mucho momento
por tal motivo tuercen sus caudales
y dejan de llamarse acciones.
Rey:
¿Puede ser personado uno, y a la vez
retener el delito? En los cursos
corruptos de este mundo,
puede, cubierta de oro, la mano del delito
hacer a un lado a la justicia,
y vemos a menudo que el precio infecto mismo
compra a la ley; mas no es así en lo alto,
allí no se hace trampa: allí la acción se muestra
en su naturaleza verdadera,
y allí nosotros mismos nos vemos obligados
a rendir nuestras pruebas de nuestros delitos
a rostro descubierto.
Rey:
Si mis palabras vuelan,
mi pensamiento en cambio permanece en el suelo;
palabras sin ideas nunca alcanzan el cielo.
Reina:
Ay, Hamlet, no hables más.
Me haces volver los ojos al fondo mismo de mi alma,
y veo allí unas manchas
yan negras en sus fibras íntimas,
que nunca perderán su tinte.
Hamlet:
La costumbre, ese monstruo que se come
todos nuestros sentidos, demonio de los hábitos.
Hamlet:
Tengo que ser cruel; sólo para ser bueno.
Ahora empieza lo malo, y falta lo peor.
miércoles, 25 de febrero de 2026
Los miserables. Víctor Hugo.
Mientras a consecuencia de las leyes y de las costumbres exista una condenación social, creando artificialmente, en plena civilización, infiernos, y complicando con una humana fatalidad el destino, que es divino; mientras no se resuelvan los tres problemas del siglo: la degradación del hombre por el proletariado, la decadencia de la mujer por el hambre, la atrofia del niño por las tinieblas; en tanto que en ciertas regiones sea posible la asfixia social; en otros términos y bajo un punto de vista más dilatado todavía, mientras haya sobre la tierra ignorancia y miseria, los libros de la naturaleza del presente podrán no ser inútiles.
Lo que de los hombres se dice,
verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y sobre todo en su vida,
como lo que hacen.
No era bastante ignorante para
ser absolutamente indiferente.
Quien no ha sido obstinado
acusador durante la prosperidad debe callarse ante el derrumbamiento. El
denunciador del éxito es el sólo legítimo justiciero de la caída.
Quien no ha sido obstinado
acusador durante la prosperidad, debe callarse ante el derrumbamiento. El
denunciador del éxito es el sólo legítimo justiciero de la caída.
Vivimos en una sociedad sombría.
Medrar, tal es la enseñanza que gota a gota cae de la corrupción a plomo sobre
nosotros.
Dicho sea de paso, el éxito es
una cosa bastante fea. Su falso parecido con el mérito engaña a los hombres de
tal modo que para la multitud, el fringo tiene casi el mismo rostro que la
superioridad.
Aprovechad la ocasión de medrar y
tendréis lo demás; sed afortunados y os creerán grande. Fuera de cinco o seis
excepciones inmensas, que son el orgullo y la luz de un siglo, la admiración
contemporánea no es sino miopía: se toma el similor por el oro: no importa que
uno sea advenedizo si llega a su objeto el primero. El vulgo es un viejo
Narciso que se adora a sí mismo, y que aplaude todo lo vulgar.
Confunden con las constelaciones
del firmamento las huellas estrelladas que dejan en el cieno blando de un
lodazal las patas de los gansos.
¿Qué más necesitaba aquel anciano
que repartía los ocios de su vida, donde tan poco lugar había de estar ocioso,
entre cuidar su jardín de día y la contemplación de noche? Aquel estrecho
cercado que tenía por bóveda los cielos, ¿o era bastante para poder adorar a
Dios, ya en sus obras más hermosas, ya en las más sublimes? ¿Qué más podía
desear? Un pequeño jardín para pasearse y la inmensidad para meditar. A sus
pies lo que podía cultivar y recoger, sobre su cabeza lo que se puede estudiar
y meditar: algunas flores sobre la tierra y todas las estrellas en el cielo.
… era sencillamente un hombre que
observa desde fuera las cuestiones misteriosas, sin escrutarlas, sin agitarlas
y sin perturbar su propio espíritu, y que tenía en el alma el grave respeto de
la sombra.
Todas las invasiones de la
historia están determinadas y señaladas por mujeres. La mujer es el derecho del
hombre. Rómulo robó las sabinas, Guillermo robó las sajonas, César robó las
romanas. El hombre que no es amado se cierne como un buitre sobre los amores
del prójimo. Por lo que a mí hace, a todos esos infortunados que están viudos,
les dirijo la sublime proclama de Bonaparte al ejército de Italia:
<<Soldados, carecéis de todo. El enemigo lo tiene.>>
Hay almas, que como el cangrejo,
retroceden continuamente hacia las tinieblas, que retrograda más que adelantan
en la vida, empleando su experiencia en aumentar su deformidad, empeorándose
sin cesar, e impregnándose más y más de un tizne creciente.
Cuando se le vio ganar dinero, se
dijo: <<Es un negociante.>> Cuando se le vio derramar su ganancia,
se dijo: <<Es un ambicioso.>> Cuando se le vio desechar los
honores, se dijo: <<Es un aventurero.>> Cuando se le vio rechazar
la sociedad, se dijo: <<Es un bruto.>>
Comía siempre solo, con un libro
abierto delante de sí, en el cual leía. Tenía una pequeña y escogida
biblioteca; gustaba de los libros: los libros son amigos fríos y seguros.
Querer prohibir a la imaginación
que vuelva a una idea, es lo mismo que querer prohibir al mar que vuelva a la
playa. Para el marinero este fenómeno se llama marea; para el culpado se llama
remordimiento.
Las realidades del alma no dejan
de ser realidades porque sean invisibles e impalpables.
La probidad, la sinceridad, el
candor, la convicción, la idea del deber, son cosas que, engañándose, pueden
ser repugnantes; pero aun repugnantes, son grandes; la majestad propia de la
conciencia humana subsiste en el horror; son virtudes que tienen un vicio, el
error. El impío y honrado placer de un fanático en medio de la atrocidad
conserva algún resplandor lúgubre, pero respetable.
Wellington, caprichosamente
ingrato, declara en una carta a Lord Rathurst, que su ejército, el ejército que
combatió el 18 de junio de 1815, era <<un ejército pésimo>>. ¿Qué
piensa de esta frase ese oscuro montón de huesos sepultados bajo los surcos de
Waterloo?
El soldado de hierro vale tanto
como el duque de hierro.
Mientras uno vive en su país
natal, cree que las calles le son indiferentes; que las ventanas, los tejados y
las puertas nada significan; que las paredes le son extrañas; que los árboles
son como otros cualesquiera; que las casas cuyo umbral no se pisa son inútiles;
que el suelo que se pisa se solamente piedra. Pero después, cuando se ha
abandonado la patria, se conoce que aquellas calles son objeto de cariño; se
siente la falta de aquellas ventanas, de aquellos tejados y aquellas puertas;
se echa de ver que aquellas paredes son necesarias; que aquellos árboles son
queridos; que en aquellas casas cuyo umbral no se pisaba se entraba todos los
días, y que el desterrado ha dejado su sangre y su corazón en aquel suelo.
Todos esos sitios que no se ven ya, que no serán nunca quizá, y cuya imagen se
han conservado viva, toman un encanto doloroso, se presentan con la melancolía
de una aparición, hacen visible la tierra sagrada, y son, por decirlo así, la
forma misma de la patria: se les ama; se les evoca tales como son, tales como
eran; se recuerdan obstinadamente, y no se nota que hayan cambiado nada, porque
se ven en ellos el rostro de la madre.
Estudiemos las cosas que ya no
existen. Es necesario conocerlas, aunque no sea más que evitarlas. Las
falsificaciones de lo pasado toman falsos nombres, y se apropian a sí mismas el
del porvenir; lo pasado es un viajero que puede falsificar el pasaporte:
estemos prevenidos, desconfiemos. Lo pasado tiene una fisonomía, la
superstición; una máscara, la hipocresía. Denunciemos la fisonomía y arranquemos
la máscara.
Negar la voluntad del infinito,
es decir, negar a Dios, es cosas que sólo puede hacerse negando el infinito; y
que el infinito existe, lo hemos demostrado.
La negación del infinito nos
lleva vía recta al nihilismo, y entonces todo se convierte <<en un puro
concepto del espíritu>>.
Con el nihilismo no hay discusión
posible; porque si el nihilismo es lógico, niega que su interlocutor exista, y
tampoco está s4eguro de su propia existencia.
Aplicando su doctrina, es posible
que no sea para sí mismo más que un <<puro concepto del espíritu>>.
Pero no cae en que todo lo que
niega lo admite en junto, con sólo pronunciar la palabra:
<<Espíritu>>.
A este monosílabo no hay más que
una respuesta posible: sí.
El nihilismo no tiene
trascendencia alguna.
Y la nada no existe; el cero no
existe. Todo es algo; porque la nada es nada.
El hombre vive de afirmación más
que de pan.
Ver y enseñar no basta.
La filosofía debe ser un poder
vivo, y debe tener por esfuerzo y por efecto la mejora del hombre. Sócrates
debe entrar en Adán y producir a Marco Aurelio; en otros términos, es preciso
hacer del hombre de la felicidad, el hombre de la sabiduría: transformar el
Edén en el Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Sólo gozar! ¡Qué objeto tan
triste! ¡Qué ambición tan pequeña! Los brutos gozan. Pero ¡pensar! Ése es el
verdadero triunfo del espíritu. La misión de la filosofía real es hacer fluir
el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles a todos en elixir la
noción de Dios; unir fraternalmente en ellos la conciencia y la ciencia, y
hacerlos justos por medio de esta unión misteriosa. La moral es un ramillete de
verdades y la contemplación nos lleva a la acción. Lo absoluto debe ser
práctico; lo ideal debe ser respirable, potable, comestible al espíritu humano.
Sólo lo ideal puede decir: Tomad, ésta es mi carne; tomad, ésta es mi sangre.
La sabiduría es una comunión sagrada. Sólo bajo esta condición deja de ser un
amor estéril de la ciencia para convertirse en el modo único y soberano de la
unión humana, y pasar de ser filosofía a ser religión.
La filosofía no debe ser un
edificio construido sobre el misterio para mirarlo fácilmente, sin más
resultado que una distracción de la curiosidad.
Aunque dejamos para otra ocasión
el desarrollo de nuestro pensamiento, diremos aquí que no comprendemos ni el
hombre como punto de partida ni el progreso como fin, sin están dos firmezas,
que son los dos motores: crear y amar.
El progreso, es el fin; lo ideal,
es el tipo.
¿Qué es lo ideal? Dios.
Lo ideal, lo absoluto, lo
perfecto, lo infinito; todo esto es idéntico.
¡Qué olas tan poderosas son las
ideas! ¡Cómo cubren rápidamente todo lo que deben destruir y sepultar en
cumplimiento de su misión, y cuán pronto excavan terribles profundidades!
No debemos renegar de la patria
ni en lo pasado ni en lo presente. ¿Por qué no hemos de admitir toda la
historia? ¿Por qué no hemos de amar a toda Francia?
Por lo demás, era un joven
entusiasta… Puro hasta ser insociable.
¿Cómo le subyugaba Enjolras? ¿Por
las ideas? No, por el carácter. Fenómeno observado muchas veces. Un escéptico
que se une a un creyente es una cosa tan sencilla, como la ley de los colores
complementarios; siempre nos atrae lo que nos falta; nadie ama la luz como el
ciego.
… porque hay hombres que parece
que han nacido para ser el verso, el anverso y el reservo; que son al mismo
tiempo Pólux y Patroco, Niso y Eudámidas, Efestión y Pechméja. Sólo viven a
condición de estar unidos a otro; su nombre es una continuación, y sólo se
escribe precedido de la conjunción y; su existencia no les pertenece; es el
otro lado de un destino que no es el suyo. Grantaire era uno de esos hombres;
era el reverso de Enjolras.
La vida, la desgracia, el
aislamiento, el abandono, la pobreza son campos de batalla que tienen sus
héroes; héroes oscuros, pero más grandes a veces que los héroes ilustres.
Hay naturalezas firmes y raras
que han sido creadas así; porque la miseria, que es casi siempre una madrastra,
es algunas veces madre; la desnudez engendra en ocasiones el vigor del alma y
del talento; la miseria amamante la altivez; la desgracia suele ser un buen
alimento para los corazones magnánimos.
Se daba testimonio de que nunca
había debido un sueldo a nadie, porque creía que una deuda era el principio de
la esclavitud; y se decía que un acreedor es peor que un amo, porque un amo no
posee más que la persona, pero un acreedor posee la dignidad, y puede
abofetearla…
… son raros aquellos que han
caído y no se han degradado. Además, hay un punto en que los infortunios y las
infamias se confunden y mezclan en una sola palabra fatal: los miserables.
El pensamiento es el trabajo de
la inteligencia, la meditación fantástica es la voluptuosidad; reemplazar aquél
por ésta es confundir un veneno con un alimento.
Se ha abusado tanto de las
miradas en las novelas amorosas, que se han concluido por darles poca
importancia; apenas se atreve hoy un novelista a decir que dos seres se han
amado porque se han mirado; y sin embargo, así es como únicamente se ama. Lo
demás no es sino lo demás, y viene después. Nada es más real que estas grandes
sacudidas, que dos almas se impresionen mutuamente al cambiar esta chispa.
Y además, cosa extraña, el primer
síntoma del verdadero amor en un joven es la timidez, y es una joven es el
atrevimiento.
Es un error creer que la pasión
es pura cuando es feliz, y que conduce al hombre a un estado de perfección; le
conduce simplemente, como hemos dicho, al estado de olvido. En esta situación,
el hombre se olvida de ser malo, pero se olvida también de ser bueno. El
agradecimiento, el deber, los recuerdos esenciales e importunos desaparecen.
Como hemos dicho ya, en el primer
amor se toma el alma antes que el cuerpo; después se toma el cuerpo antes que
el alma, y aun algunas veces no se toma el alma del todo.
La convicción irritada, el
entusiasmo frustrado, la indignación conmovida, el instinto de guerra
comprimido, el valor de la juventud exaltada, la ceguedad generosa, la
curiosidad, el placer de la variación, la sed de lo inesperado, el sentimiento
que hace experimentar placer al leer el cartel de un nuevo espectáculo, y al
oír en el teatro el silbato del maquinista; los odios vagos, los rencores, las
contrariedades, la vanidad que cree que ha fracasado el destino; el malestar,
los pensamientos profundos, las ambiciones rodeadas de abismos; todo el que
espera de un derrumbamiento una salida; y en fin, en lo más bajo la turba, ese
lodo que se convierte en fuego tales son los elementos del motín.
La multitud tiene cierta
tendencia a admitir un amo. Su masa produce la apatía; la multitud se totaliza
fácilmente en la obediencia. Y es preciso removerla, empujarla, animar a los
hombre con el beneficio de su libertad, deslumbrar sus ojos con la verdad,
arrojarles la luz a puñados. Es preciso que se vean un poco deslumbrados para
su propia salvación; porque este deslumbramiento los despierta.
Los grandes dolores llevan en sí
mismos el decaimiento, desaniman; el hombre en quien penetran siente retirarse
alguna cosa. En la juventud, su visita es lúgubre; más tarde, es siniestra. Cuando
la sangre está caliente; cuando los cabellos son negros; cuando la cabeza está
recta sobre el cuerpo como la llama sobre la antorcha; cuando la rueda del destino
tiene aún casi todo su espesor; cuando el corazón lleno de amor tiene aún
latidos que pueden renacer; cuando se tiene delante tiempo para repararlos; cuando
aún existen para él todas las mujeres, toda las sonrisas, todo el provenir y
todo el horizonte; cuando la fuerza de la vida está completa, si la desesperación
es una cosa terrible, ¿qué será en la vejez cuando los años se precipitan cada
vez más pálidos, en esa hora crepuscular en que se principian a descubrir las
estrellas de la tumba?
Las estatuas, bajo los árboles,
desnudas y blancas, tenían ropajes de sombra, agujereados de luz; eran diosas
con harapos de sol, pues los rayos les colgaban de todas partes.
Las razas petrificadas en el
dogma, o desmoralizadas por el huero, son impropias para dirigir la
civilización. La genuflexión ante el ídolo o ante el escudo, atrofia el músculo
que anda y la voluntad que va. La absorción hierática o comercial aminora el
radio de un pueblo, baja su horizonte al bajar su nivel, y le retira el
conocimiento, a la vez humano y divino, del fin universal, que constituye las
naciones misioneras.
Duerme. Aunque la suerte no le
fue propicia,
vivía, y murió cuando perdió a su
ángel.
La muerte le llegó sencillamente,
como llega la noche cuando se
marcha el día.
miércoles, 21 de enero de 2026
Corazón tan blanco (relectura). Javier Marías.
El mundo entero se mueve a menudo sólo para dejar de ocupar su lugar y usurpar el de otro, sólo por eso, para olvidarse de sí mismo y enterrar al que ha sido, todos nos cansamos indeciblemente de ser el que somos y el que hemos sido.
No era desconfianza ni falta de compañerismo ni ganas de ocultamiento. Era simplemente instalarse en el convencimiento yo superstición de que no existe lo que no se dice. Y es verdad que sólo lo que no se dice ni expresa es lo que no traducimos nunca.
El mundo está lleno de sorpresas, también de secretos. Creemos que vamos conociendo a quienes están cerca, pero el tiempo trae consigo mucho más ignorado de lo que trae sabido, cada vez se conoce menos comparativamente, cada vez hay más zona de sombra.
Ahora lo vi claro: no es que no supiera cómo, sino que era una superstición lo que lo paralizaba, no saber qué puede dar suerte o traerla mala, hablar o callar, no callar o no hablar, dejar que las cosas sigan su curso sin invocarlas ni conjurarlas o intervenir verbalmente para condicionar ese curso, verbalizarla o no hacer advertencias poner en guardia o bien no dar ideas, a veces nos dan ideas quienes nos previenen contra esas ideas, nos las dan porque nos previenen, y hacen que se nos ocurra lo que nunca habríamos concebido.
Casi todo el mundo se avergüenza de su juventud, no es muy cierto que se añore como se dice, más bien se relega o rehúye y con facilidad o esfuerzo se confina el origen a la esfera de los malos sueños, o de las novelas, o de lo que no ha existido. La juventud se oculta, la juventud es secreta para quienes ya no nos conocen jóvenes.
Hay personas que han estado en el mundo durante muchos años y de las que nadie recuerda nada, como si a la postre no hubieran estado.
Esa noche, viendo el mundo desde mi almohada con Luisa a mi lado, como es costumbre entre los recién casados, con la televisión delante y en las manos un libro que no leía, le conté a Luisa lo que ¨Custardoy el joven me había contado y lo que yoo no había querido que me contara. La verdadera unidad de los matrimonios y aún de las parejas la traen las palabras, más que las palabras dichas – dichas voluntariamente-, las palabras que no se callan- que no se callan sin que nuestra voluntad intervenga-. No es tanto que entre dos personas que comparten la almohada no haya secretos porque así lo deciden -qué es lo bastante grave para constituir un secreto y qué no, si se lo silencia- cuanto que no es posible dejar de contar, y de relatar, y de comentar y enunciar, como si esa fuera la actividad primordial de los emparejados, al menos de los que son recientes y aún no sienten la pereza del habla. No es sólo que con la cabeza sobre una almohada se recuerde el pasado e incluso la infancia y vengan a la memoria y también a la lengua las cosas remotas y las más insignificantes y todas cobren valor y parezcan dignas de rememorarse en voz alta, ni que estemos dispuestos a contar nuestra vida entera a quien también apoya su cabeza sobre nuestra almohada como si necesitáramos que esa persona pudiera vernos desde el principio -sobre todo desde el principio, es decir, de niños- y pudiera asistir a través de la narración a todos los años en que no nos conocíamos y en que creemos ahora que nos esperábamos. No es sólo, tampoco, un afán comparativo o de paralelismo o de búsqueda de coincidencias, el de saber cada uno dónde estaba el otro en las diferentes épocas de sus existencias y fantasear con la posibilidad improbable de haberse conocido antes, a los amantes su encuentro les parece siempre demasiado tarde, como si el tiempo de su pasión nunca fuera el más adecuado o nunca lo bastante largo retrospectivamente (el presente es desconfiado), o quizás es que no se soporta que no haya habido pasión entre ellos, ni siquiera intuida, mientras los dos estaban ya en el mundo, incorporados a su paso más raudo y sin embargo con la espalda vuelta hacia el uno el otro, sin conocerse ni tal vez quererlo. No es tampoco que se establezca un sistema de interrogatorio diario al que por cansancio o rutina ningún cónyuge escapa y acaban todos contestando. Es más bien que estar junto a alguien consiste en buena medida en pensar en voz alta, esto es, en pensarlo todo dos veces en lugar de una, una con el pensamiento y otra con el relato, el matrimonio es una institución narrativa. O acaso es que hay tanto tiempo pasado en compañía mutua (por poco que sea en los matrimonios modernos, siempre tanto tiempo) que los dos cónyuges (pero sobre todo el varón, que se siente culpable cuando permanece en silencio) han de echar mano de cuento piensan y se les ocurre y les acontece para distraer al otro, y así acaba por no quedar apenas resquicio de los hechos y los pensamientos de un individuo que no sea transmitido, o bien traducido matrimonialmente.
Yo no creo que a nada se le pase el tiempo, todo está ahí, esperando a que se lo haga volver. Además, a todo el mundo le gusta contar su historia, incluso a los que no tienen ninguna. Si los relatos son distintos, el significado es el mismo.
Date cuenta de que un vídeo se mira impunemente como la televisión. Nunca miramos a nadie en persona con tanto detenimiento ni con tanto descaro, porque en cualquier otra circunstancia sabemos que el otro también nos está mirando, o que puede descubrirnos si lo estamos mirando a escondidas. Es un invento infernal, ha acabado con la fugacidad de lo que sucede, con la posibilidad de engañarse y contarse después las cosas de manera distinta de como ocurrieron. Ha acabado con el recuerdo, que era imperfecto y manipulable, selectivo y variable. Ahora uno no puede recordar a su gusto lo que está registrado, cómo va uno a recordar lo que sabe que puede volver a ver, tal cual, incluso a mayor lentitud de como se produjo.
Quizá sea esto lo que nos lleva a leer novelas y crónicas y a ver películas, la búsqueda de la analogía, del símbolo, la búsqueda del reconocimiento, no del conocimiento.
Parece increíble pero nada puede saberse nunca. O eso creo. Por eso es mejor a veces no saber ni el inicio, ni oír las voces que cuentan ante las cuales se está tan inerme, esas voces narrativas que todos tenemos y que se remontan hasta el pasado remoto o reciente y descubren secretos que ya no importan y sin embargo influyen en la vida o los venideros años, en nuestro conocimiento del mundo y de las personas, no se puede confiar en nadie después de escucharlas, es todo posible, el mayor horror y la mayor vileza en las personas que conocemos, como en nosotros mismos.
Cuántas cosas se van no diciendo a lo largo de una vida o historia o relato, a veces sin querer o sin proponérselo.
Pude callar y callar para siempre, pero uno cree que quiere más porque cuenta secretos, contar parece tantas veces un obsequio, el mayor obsequio que puede hacerse, la mayor lealtad, la mayor prueba de amor y entrega. Y se hacen méritos contando. De repente a uno no le basta con decir tan sólo encendidas palabras que se gastan pronto o se hacen repetitivas. Tampoco le basta a quien las escucha. El que dice es insaciable y es insaciable el que escucha, el que dice quiere mantener la atención del otro infinitamente…y el que escucha quiere ser distraído infinitamente, quiere oír y saber más y más, aunque sean cosas inventadas o falsas.
Lo
que hice fue hecho, pero la gran diferencia para lo que viene luego no es haberlo
o no haberlo hecho, sino que fuera ignorado por todos. Que fuera un secreto. Tal
vez ni siquiera habría tenido vida, después de eso.
miércoles, 17 de diciembre de 2025
El fantasma y la señora Muir. R.A. Dick.
¿Y por qué se retiró si le
gustaba tanto el mar? – preguntó Lucy.
-Me estaba haciendo viejo en
todos los aspectos – dijo el capitán-; más corto de vista y de resuello, de
juicio y movimientos más lentos. Uno tiene que ser capitán de sí mismo ante de
ser capitán de mar.
… en general, las habladurías no son más que un reflejo de la mente retorcida de la gente salida a la superficie.
Era imposible de explicar, ni siquiera a Anna, que sentirse solo no tenía nada que ver con la sociedad, sino con el espíritu, y que por esa misma razón esa sensación se veía agravada a menudo estando en compañía.
lunes, 15 de diciembre de 2025
Agnes Grey. Anne Brontë.
Me resulta difícil concebir situaciones más desoladoras que ésta: por mucho que desees el éxito, por mucho que luches por cumplir con tu deber, tus esfuerzos se ven frustrados y aniquilados por los que están por debajo de ti e injustamente censurados y malinterpretados por los que están por encima.
Y me dejó, ofendida por mi falta
de compresión, y, sin duda, pensando que la envidiaba. Yo no la envidiaba…, o,
al menos, no creía envidiarla en absoluto. La compadecía; sentía asombro y un
horrible rechazo por su cruel vanidad. Me preguntaba por qué tanta belleza
recaía en personas que tan mal uso hacían de ella, y se les negaba a otras que
podrían emplearla en beneficio propio y en el de los demás. Pero Dios sabe lo
que hace, pensé. Seguramente hay hombres tan vanos, egoístas y crueles como
ella, y quizá este tipo de mujer sea el castigo que merecen.
viernes, 7 de noviembre de 2025
La piel del tambor. Arturo Pérez-Reverte (relectura)
Para Lorenzo Quart la fe era un
concepto relativo, y monseñor Spada no erraba mucho al motejarlo, bromeando
sólo a medias, de buen soldado. Su credo consistía menos en la admisión de
verdades reveladas que en actuar con arreglo al supuesto de tener fe, sin que ésta
fuese imprescindible en el conjunto. Considerada desde ese punto de vista, la
Iglesia Católica le había ofrecido desde el principio lo que a otros jóvenes la
milicia: un lugar donde, a cambio de no cuestionar el concepto, uno encontraba la
mayor parte de los problemas resueltos por el reglamento. En su caso, aquella
disciplina oficiaba en lugar de la fe que no tenía.
El padre pertenecía a una especie
casi desaparecida: viejos curas campesinos que se ordenaban sin disciplina y
sin vocación, con el único objeto de escapar a la miseria y la pobreza, y que
todavía se asilvestraban más en parroquias rurales dejadas de la mano de dios.
Añada a eso un tremendo orgullo que lo vuelve incontrolable, y que ha terminado
por hacerle perder el sentido del mundo en que vive… en otro tiempo lo
habríamos fulminado en el acto, o enviado a América, a ver si Dios Nuestro
_Señor lo llamaba a su seno merced a una fiebres en el Dañen, mientras convertía
indígenas a golpes de crucifijo en el lomo. Pero ahora hay que tener mucho tiento,
con los periodistas y la política que lo complican todo.
Quart detestaba con todas sus
fuerzas y toda su memoria aquella tosquedad, la pobreza de espíritu, la misma
limitación oscura y miserable, misa de madrugada, siesta en la mecedora oliendo
a cerrado y a sudor, rosario a las siete, chocolate con las beatas, un gato en
el portal, un ama o una sobrina que de un modo u otro aliviarán la soledad o
los años. Y después el final: la demencia senil, la consunción de una vida
estéril y sórdida en un asilo con la sopa cayéndole entre las encías
desdentadas. Para mayor gloria de Dios.
Contempló de nuevo la imagen. En todo
caso, aquel Nazareno los tenía bien puestos. Nadie podía avergonzarse de
enarbolar su cruz como bandera. A menudo sentía nostalgia de aquella otra clase
de fe, o tan sólo de la fe a secas; cuando hombres negros de polvo y de sol
bajo una cota de malla gritaban el nombre
de Dios y entraban en combate impulsados por la esperanza de abrirse camino a
mandobles hacia el Cielo y la vida eterna.
En torno a Cristo, protegido por
una urna de cristal, colgaba medio centenar de polvorientos exvotos: manos,
piernas, ojos, cuerpos de niños de latón y cera, trenzas de cabello, cartas, cintas,
notas y placas agradeciendo tal curación o cual remedio. Incluso una vieja
medalla militar de la guerra de África atada con las flores secas e un ramo de
novia. Como cada vez que tropezaba con semejantes muestras de devoción, Quart
se preguntó cuántas angustias, noches en vela junto a un leche de enfermo
oraciones, historias de dolor, esperanza, muerte y vida, había en cada uno de
aquellos objetos que, a diferencia de otros párrocos ás a tono con los tiempos,
don Príamo Ferro conservaba junto al Jesús Nazareno de su pequeña iglesia. Era la
religión de antes, la de siempre, la del sacerdote de sotana y latín,
intermediario imprescindible entre el hombre los grandes misterios. La iglesia
del consuelo y la fe, cuando las catedrales, las vidrieras góticas, los
retablos barrocos, las imágenes y las pinturas que mostraban la gloria de Dios cumplían
la misión desempeñada ahora por las pantallas de los televisores: tranquilizar
al hombre ante el horror de su propia soledad, de la muerte y del vacío.
Defendemos de la Santa Madre
Iglesia -dijo por fin, sin volverse-. Tan católica, apostólica y romana que ha
terminado traicionando su mensaje original. Con la Reforma perdió la mitad de
Europa, y en el siglo XVIII excomulgó a la Razón. Cien años más tarde perdió a
los trabajadores, que comprendieron que estaba del lado de los amos y los
opresores. En este siglo que termina está perdiendo a la juventud y a las
mujeres.
Lo que en ese momento importaba
menos era que hubiese o no, en alguna parte, un Dios dispuesto a impartir
premios y castigos, condenación o vida eterna. Lo que contaba en aquel silencio
donde la voz recia del padre Ferro desgranaba la liturgia era los rostros graves,
tranquilos, pendientes de sus manos y su voz, murmurando con el oficiante
palabras, comprendidas o no, que se resumían en una sola: consuelo.
La vida y el mundo son el sueño
de un dios ebrio, que escapa silencioso del banquete divino y se a dormir a una
estrella solitaria, ignorando que crea cuanto sueña… y las imágenes de ese
sueño se presentan, ahora con una abigarrada extravagancia, ahora armoniosas y
razonables… La Ilíada, Platón, la batalla de Maratón, la Venus de Médicis, el
Munster de Estrasburgo, la Revolución francesa, Hegel, los barcos de vapor, son
pensamientos desprendidos de ese largo sueño. Pero un día el dios despertará
frotándose los ojos adormilados, sonreirá, y nuestro mundo se hundiera en la
nada sin haber existido jamás…
- ¿Cómo preservar, entonces -prosiguió
el párroco-, el mensaje de la vida en un mundo que lleva el sello de la
muerte?... El hombre se extingue, sabe que se extingue, sabe que se extingue, y
que, a diferencia de reyes, papas y generales, no quedará ninguna memoria d él.
Tiene que haber algo más, se dice. De lo contrario, el Universo es una broma de
mal gusto; un caos desprovisto de sentido. Y la fe se convierte en una forma de
esperanza. Un consuelo. Quizá por eso ya ni el Santo Padre cree en Dios.
La desesperanza de la inteligencia.
Aunque mucho me temo que a mi
edad ya no soy una prueba para el celibato de nadie… Es duro, ¿sabe?, para
cualquier mujer, darse cuenta de que ha perdido su atractivo para siempre.
Pocas cosas hay más trágicas en
la vida como descubrir algo a destiempo.
-Ciertos mundos no terminan con
terremotos, ni estrépitos formidables -la septuagenaria miraba a Quart con aire
de duda, preguntándose si era capaz de comprender sus palabras-. Se limitan a
extinguirse en silencio, con un discreto ay.
-Dígame que somos. Qué papel
jugamos aquí, en todo ese escenario que se extiende sobre nuestras cabezas. Qué
significan nuestras vidas miserables, nuestros afanes… ¿En qué lugar de esa
bóveda celeste residen los sentimientos, la compasión, el cálculo de nuestras
pobres vidas, la esperanza? – otra vez sonó la risa queda, áspera,
intranquilizadora-… Aunque brillen supernovas y agonicen estrellas, mueran y
nazcan planetas, todo seguirá girando, con apariencia inmutable, cuando nos
hayamos ido.
